jueves, 13 de noviembre de 2008

LA DESBANDÁ. Disgfrútala gratis. LA CÍNICA EDITORA SE ENROCA


En el colmo del cinismo más desvergonzado, la editora se ha enrocado y ni menciona la posibilidad de pagarme lo que me ha defraudado durante cinco años, a pesar de la comisión parlamentaria que se ha puesto en marcha para reformar la Ley de Propiedad Intelectual e impedir abusos como el suyo.
Ahora, en vez de pagar sólo los 70.000 euros que me adeuda, tendrá que pagar los millones que no les ha pagado a todos sus autores.

Aquí tenéis un nuevo episodio de La Desbandá para seguir disfrutándola.

LA DESBANDÁ. Continuación
V- La Goleta
Cuatro días llevaba solicitando hablar con Cayetano Bolívar, sin conseguirlo. La sede del Partido Comunista era un agitado y presuroso ir y venir continuo, donde tratar de ser recibido por el diputado era tarea mucho más desesperante que pedir audiencia al Papa. Elena había encerrado a Miguel bajo llave, porque no halló otro medio de evitar males mayores. El poco tiempo que Mani permanecía con Paula, ella lo traspasaba constantemente con la mirada, con resentimiento, porque él no consentía en decirle ni una palabra sobre la visita a Elena ni lo que ocurría.
Para no traicionarse ante su madre, pasaba muchas horas en la playa charlando con el Chafarino y, a ratos, durante las pausas del asedio a Cayetano Bolívar, se sentaba en los norayes del puerto, a ver si la caricia del sol ahogaba sus quejidos de impotencia rabiosa, porque la fatalidad había alzado barreras infranqueables entre él y la necesidad de encontrar a Paco o la urgencia de rescatar a Angustias, barreras que también le aislaban del dolor de Miguel y el magisterio de Paula, como si la vida le exigiera ser un extranjero de sí mismo. A la noche, los adolescentes del barrio iban a celebrar una fiesta en el patio del corralón de las Dos Puertas; había ayudado esa mañana a apartar los enormes lebrillos para despejar lo que iba a ser la pista de baile, amenizado por una orquestina de tres músicos, porque esperaba de su primer baile estival de 1936 alivio para lo que le abrasaba el pecho y derretía su entendimiento.
El trajín era los sábados mayor que otros días en el puerto, una ínsula donde la actividad febril era productiva y no como en el resto de la ciudad, donde el movimiento incesante de las riadas de gente parecía no tener más fin que el jaleo por el jaleo, sin propósito ni metas, como si nadie fuese ya capaz de creer que el gobierno instaurado dos meses antes fuera diferente de sus predecesores. Tampoco Azaña iba a sacarles de la miseria y, como de costumbre, los castigos se les imponían a machamartillo a quienes no tenían donde escapar por no tener donde caerse muertos; a esas alturas, comprendía que los poderosos seguían siendo bienaventurados, porque si sentían miedo, el dinero les permitía instalarse en cualquier otro lugar, ya que quienes poseían grandes fortunas no necesitaban patria y estaban por encima de las patrias; como siempre, sufrían los de siempre las mismas penas de siempre. En el puerto, en cambio, todo palpitaba cual saludable sangre promisora; el fuerte olor a salitre y pescado descompuesto, que sin embargo a Mani le sabía a bocanadas de vida, y la calima del polvo de cereal, al velar el paisaje, hacían que todo pareciera muy hermoso revestido de la pátina dorada del sol. Debido al descanso dominical, los arrumbadores tenían que multiplicarse en sábado para descargar de los barcos toda la mercancía perecedera y se apresuraban de los buques a los almacenes sudando copiosamente bajo los sacos de harpillera con que se protegían la espalda y la cabeza a modo de capucha; sus torsos eran mazacotes de nudosos músculos inflamados por el esfuerzo. El Templao decía en la carta recibida el día anterior que había adelgazado más aún; pensó con gran melancolía que si permaneciera en Málaga, si no se hubiera alistado a la Legión, Guaqui sería uno más de los arrumbadores que ahora observaba encorvados bajo el peso de los bultos, optimistas a pesar de la dureza del trabajo. Tras ellos, los ratas pugnaban entre sí, como de costumbre, tras los regueros de legumbres que escapaban de los sacos rotos.
-¡Eh, Rubio!, ¿eres tú, de verdad?
-¡Quini!
El que había sido lugarteniente del Templao en sus postreros juegos infantiles, aparentaba diez años más que el día que Mani lo viera por última vez, cuando Serafín le disparó en calle Nueva.
-Si no fuera por el color de tu pelo, tan cantoso, y por no sé qué más... no te habría conocío -dijo Quini, mientra jalaba de Mani para que se pusiera de pie-. Joder, si estás más grande que yo.
-Creía que te habías muerto.
-¡No jodas, Rubio! Lagarto, lagarto. Me tiré más de un año en la trena.
La cabeza rapada y los tatuajes de las manos hacían innecesaria la aclaración.
-Entonces, ya no tienes que esconderte.
-¡Digo! Por lo que me pillaron, pagué, y por lo que nunca me pillaron, ya se han olvidao... Ahora, voy de cabal por la vida. Vengo de aquel barco de allí, de hablar con el capataz de los estibaores. El lunes empiezo, y a partir de ahora, a currelar lo mismo que un gachó fetén. Y a ti, ¿qué tal te va? ¿Hiciste aquel trabajillo de La Virreina?
-No. Un poco después, las cosas empezaron a irnos mejor en mi casa.
-Pero tu Antonio está en chirona...
-Has tardao mu poco en enterarte.
-He pasao mucho tiempo encerrao, Rubio, y salgo con unas ganas locas de saber si al mundo no lo han movío del sitio. Si no tienes ná que hacer aquí ¿por qué no te vienes pal barrio conmigo, y así me vas contando?
Hablaron de la cárcel y sus miserias, de las penas eternas y las alegrías olvidadas del barrio, del Templao y su exilio en Marruecos español, de la tragedia de Inma y el matrimonio de Antonio, pero Mani logró eludir la mención de Miguel y Angustias y recalcó, sin embargo, la dificultad de encontrar a Paco.
-Voy a tratar de hablar con don Cayetano Bolívar, ¿vienes?
-¿Tú crees que un señorón como ése va a darte audiencia? ¡Estás majara!
-Tengo que conseguirlo hoy mismo, Quini, y de todas las maneras, su secretario me ha dicho que estoy en la lista pa el lunes o el martes... ¿A dónde irán ésos?
Señaló un nutrido grupo de soldados que bajaban de un cuartel situado a pocos centenares de metros, un antiguo convento de los monjes capuchinos. Con las cartucheras evidentemente repletas y las armas al hombro, desfilaban hacia el centro.
-¿A dónde vais? -preguntó Quini.
-Yo qué sé -exclamó un soldado tan joven como él.
-¿Qué vais a hacer? -dijo Mani.
-Corrernos una juerga, ¿no te jodes?
-¿Hay rebelión? -preguntó Quini.
-A mí, que me registren.
-Oye, Rubio -dijo Quini-, ese tío, el diputao, no va a querer recibirte a estas alturas del sábado. ¿Vamos a ver a dónde van éstos?
Mani asintió y se pusieron en marcha tras el desfile. La gente estaba echándose a la calle. Antes de llegar a la Alameda, acompañaba y envolvía a los soldados una ingente multitud. Muchos iban a medio vestir y las matronas lucían todas las trazas de haber abandonado sus guisos y tareas. Era una muchedumbre compacta, más festiva que exaltada, más dicharachera que crispada. Gritaban consignas, pero con tonos bienhumorados y un lenguaje plagado de tacos injuriosos que no parecían injuriar a causa de las expresiones chistosas. Llenaban las calles de banda a banda, de modo que Quini y Mani perdieron de vista a los uniformados y únicamente consiguieron volver a verlos después de que la multitud se desbocara en carreras y se rompieran las voces en algarabías de lamentos, vivas y mueras, y muchos minutos más tarde del momento en que comenzaron a sonar los disparos. Superada a duras penas la marea de carreras, empujones, tropezones y codazos, Mani aferró el brazo de Quini para detenerlo, porque no podía creer lo que estaba viendo. Los guardias de Asalto se encontraban enzarzados en otro enfrentamiento, pero en vez de cruzar tiros con los huelguistas, los anarquistas, los asaltantes de tiendas o los alborotadores de todas las noches, o con los borrachos que se reunían a diario a las puertas de las iglesias para cantar coplas blasfemas, estaban disparando contra una compañía de soldados del ejército. Un espectáculo que a Mani le parecía tan extravagante como si fueran jesuítas y monjas de la caridad enfrentados en una reyerta de taberna.
-¿Qué pasa? -preguntó Quini a un hombre cincuentón que juntaba las piernas tratando de disimular que había evacuando involuntariamente dentro de sus pantalones.
-Los soldaos querían apoderarse del ayuntamiento -respondió el sujeto con voz entrecortada-, y también del gobierno civil y el edificio de teléfonos. Pero ya ves tú, la gente echa pelillos a la mar de tantísimas putadas como los guardias les han hecho, y han salío a ayudarles a impedir que el ejército haga lo que le han mandao hacer, o sea, aplastar la república.
-Van a la Aduana, Quini -empujó Mani-. Vamos pallá.
La gente no paraba de abandonar sus casas en avalancha, cantando entre jadeos jubilosos el himno de Riego, la Internacional y la Madelón. Cuando Quini y Mani llegaron cerca del ciclópeo edificio de piedra gris sombreado por palmeras tropicales, una antigua aduana que ahora era sede del gobierno local, la aglomeración formaba una barrera tras la cual sonaban los disparos como una atronadora guerra de película. Como no podía ver a quienes disparaban, Mani se encaramó a un árbol.
-Rubio, baja de ahí -gritó Quini-; te van a coser a balazos.
-Tan jodío es enero como febrero, Quini, ¿o te crees que ahí abajo estás a salvo? Sube aquí, que verás qué cosa más resalá.
El expresidiario exhibió buen estado de preparación para sus antiguas actividades de quinqui, pues se encaramó junto a Mani con sólo un par de cabriolas.
-¡Digo, será posible! Esto va a durar menos que ná.
-Fíjate, Quini. La gente llega en masa a tirarles a los soldados piedras por la espalda. ¡Mira aquel cachondo de allí, está tirándoles chumbos y pencas, con espinas y tó! Los militares van a aguantar menos que un muelle de guitas...
-Esos quintos son muchachos del campo y obreros, Mani. Enseguía van a convencerse de que apuntan en la dirección equivocá.
-¡Ya lo están viendo! -exclamó Mani-. Mira, mira por allí, por la boca de calle Alcazabilla. Están desertando y ya mismo se van a disolver.
-Po fíjate aquel teniente con los dos pistolones. Está amenazándolos pa que no deserten.
-¡Será hijo de puta! Y los pobres desgraciaos, entre dos fuegos... pero mira, Quini.
Observaron que llegaban dos hombres por detrás del teniente sujetando entre ambos una tranca, casi un tronco de árbol, que usaron como ariete para tumbar al oficial, que cayó violentamente de bruces para comenzar inmediatamente a recibir en el suelo una lluvia de puntapiés y pisotones. Los soldados habían iniciado ya la desbandada y desoían las imprecaciones, juramentos e insultos de sus sargentos y oficiales, y hasta tenían que sortear sus disparos. Se alejaban con cuidado, mirando atrás y adelante, y en cuanto se suponían a salvo de sus propios mandos, entregaban las armas a los civiles que les rodeaban masivamente, los cuales respondían con vivas a cada nueva arma que recibían. Muchos de los soldados con aspecto de más veteranos prometían a la turba guiarla hasta los polvorines del ejército.
-Mira aquel tío, Mani.
Quini señalaba con ampulosos movimientos de la mano al militar que más dorados exhibía en la guerrera. Lo vieron recular cautelosamente hacia el árbol donde ellos estaban, Cortina del Muelle abajo, como si quisiera huir hacia la Acera de la Marina. Mirando en todas las direcciones, calibraba con los ojos desorbitados sus posibilidades de escape, haciendo balance de su situación con expresión descompuesta. Quizá porque se movía con pericia de estratega o porque la masa se hallaba demasiado ebria de júbilo por la inmediatez de su victoria, el oficial consiguió escabullirse, entró en un portal a escasos diez metros del árbol y pocos segundos más tarde volvió a salir despojado de la guerrera, condecoraciones y entorchados, en mangas de camisa, tras abandonar la pistola, la espada y el fusil, y trató de confundirse con la multitud.
Mani se esforzó luego, durante semanas, por entender su reacción, convencido de que en aquel instante actuó igual que un autómata desprovisto por completo de discernimiento. Algo le impulsó por encima de su voluntad, pero nunca pudo determinar si había sido un soplo de Inma con su falda hecha jirones y enrojecida por su propia sangre de violada, la acidez de la ausencia del Templao, la huella de los cuatro meses perdidos durmiendo una parte irrecuperable de su vida en el hospital, el desconcierto por la desaparición de Angustias que no se atrevía a confesar a Paula, las heridas de Miguel y Antonio o la ignorancia de si Paco vivía o no. Ni siquiera en aquel momento, cuando saltó del árbol como si volase, era capaz de reconocerse. La inercia del salto le situó entre el oficial y el portal donde acabada de abandonar todos los signos de su grado; corrió adentro, tomó la pistola con la seguridad de que estaba cargada y se lanzó en pos del militar, un hombre de unos cuarenta años cuya figura, al despojarse de la guerrera con hombreras recamadas y todos los símbolos de su poder, había perdido cualquier atisbo de marcialidad. Ahora, con los hombros hundidos y la cabeza agitada como una veleta, se había convertido en una comadreja acogotada por los ladridos de una jauría de perros rabiosos. Mani sentía un furioso deseo de castigarle y hacerle pagar el precio de todas sus cuitas, aunque no lo supiera en aquellos instantes; le dominaba un rencor a cuya intensidad no era capaz de sustraerse. Casi rozándole el omoplato izquierdo con el cañón, dijo:
-Quedas detenido.
El hombre se paró, alzó las manos hasta la altura de los hombros en ademán de rendición y se giró lentamente hacia él, para encararse con el flaco adolescente de mirada primaveral en un rostro de ángel enmarcado por rizos rubios; no había nada tétrico en la hermosa cara juvenil ni en su figura, ni en sus ademanes aristocráticos ni en su voz bien modulada, nada que inspirarse terror; ni siquiera una sombra de miedo. Sonrió con ironía y suficiencia, convencido de que no tenía nada que temer, y fue a adelantar la mano para arrebatarle el arma.
Mientras, Quini había saltado también del árbol, en pos de Mani. A espaldas de éste, gritó al oficial:
-¡Cabrón, hijo de puta! ¿Querías robarle el poder al pueblo?
La voz de Quini fue un reclamo que actuó de llamada para algunos de los que se agitaban cerca. En pocos segundos, casi instantáneamente, se formó un nutridísimo corro en torno al trío. En el centro, con su comprometedora apariencia de hijo de familia rica, Mani, apuntando con el arma a uno de los principales cabecillas de la rebelión; a un lado, éste, cuya sonrisa helada trataba al mismo tiempo de disuadir al joven y convencer a los espectadores de que la acusación y la amenaza eran infundadas; al otro lado, Quini, con su inconfundible figura de plebeyo y su patibularia voz aguardientosa de excarcelario. Había cierta perplejidad entre el público y algunas dudas, que el oficial, evidentemente ducho en peores contiendas, trató de acrecentar.
-¡Este chavea está loco! -dijo lo bastante alto para que todos le oyeran, pero sin descomponer la voz-, ¿no lo veis? Yo soy un pobre obrero y él se ve claro que tiene que ser uno de esos fascistas que quieren acabar con nosotros los pobres.
Desgraciadamente para él, su dicción carecía de sintonía alguna con la clase a la que decía pertenecer y, para colmo, Quini, con su aspecto de proletario genuíno, gritó:
-Mirad las botas de ese cabrón embustero. Mirad sus pantalones de caballista de pega. Mirad su camisa, caqui pero más planchá que el sombrero de una monja. Es el comandante de tos esos pobres soldaos que han traío engañaos al mataero pa enfrentarse con sus hermanos de clase...
Viendo que las miradas se estaban convirtiendo en dardos, el oficial, que había permanecido con la mano en el aire a pocos centímetros de la pistola que Mani blandía, trató de arrebatársela. Pero le faltaron unas décimas de segundos, porque Mani continuaba todavía en el mismo arrebato con que había descendido del árbol, con los cinco sentidos alertas y sin cabida en su mente para el razonamiento. Disparó sin premeditación, sin haber tomado la decisión de hacerlo. Igual que en la íntima soledad de una butaca de cine, vio que el estallido abría una brecha en el pecho del hombre y que brotaban surtidores de sangre en círculo, con la misma teatralidad y exageración e idéntica aparatosidad que si se tratara de una película muda. A continuación, y antes de que el cuerpo se derrumbase del todo en el suelo, el rugido de la multitud y los vivas con que alzaron a Mani a hombros lo sumergiero en el estupor.
Mani no compartía el júbilo de quienes le portaban. La detonación de la pistola que aún aferraba le había golpeado en el meollo de sus trece años y el seismo de la onda expansiva le traqueteaba las sienes, la nuca y la espalda, como si un ciclón le hubiera secuestrado de su biografía y acabara de reencarnarlo en un desconocido. Giró la cabeza. El oficial, un amasijo sangrante, estaba en el suelo como un muñeco descoyuntado, como un polichinela de trapo carente de esqueleto, muerto, reventado por las patadas furiosas y los puntapiés y pisotones de la turba más que por el disparo.
-¡Dejadme bajar! -gritó Mani a quienes le vitoreaban-. Dejadme, coño, que tengo cosas que hacer. ¡Quini, cojones, ayúdame a bajar!
No se lo permitían. La multitud había encontrado un totem del que se negaba a prescindir, y le portaron a hombros entre vivas y olés, aclamándole como un torero frente a los flashes de los periodistas, hacia la plaza del Siglo, la plaza del Carbón y más allá, en una procesión triunfal donde los que abrían la marcha les contaban a cuantos se cruzaban la hazaña a gritos, con gestos ampulosos y absurdas exageraciones. Al pasar ante la sede del Partido Comunista, varios de los que se hallaban en la entrada exclamaron: "¡pero si es el hermanillo del camarada don Francisco!", lo que ocasionó que Mani se sintiera insoportablemente incómodo, mientras descubría con horror que circulaban en la dirección contraria oleadas de hombres gritando:
-Hay que acabar con los ricos y los curas. ¡Que arda La Caleta!
Ya en el colmo de la impaciencia, y temiendo perder de vista a Quini, amenazó con la pistola a los que tenía más cerca y, a continuación, disparó al aire.
-Bueno, joé, si querías que te bajáramos, tampoco tenías que ponerte así -dijo festivamente uno de los que lo cargaban.
Mani se apresuró hacia Quini.
-Tienes que venir conmi go. El Migue está refugiao en una de esas casas que quieren quemar.
-¿Y la fiesta de esta noche en tu corralón?
-Joé, Quini, ¿tú crees que va a haber baile, con este panorama? No hay fox-trot que sea capaz de tapar el guiragay que habrá en el barrio. Ven conmigo, por favor; necesito tu ayuda.
-Tú ya no eres tú -dijo enigmáticamente Quini.
-¡Viva la revolución! -gritó un muchacho, mientras les palmeaba la espalda a ambos.
-Viva -respondieron al unísono, porque no compartir el júbilo les convertiría en sospechosos.
-¡Tenemos que masacrar a los ricos! -gritó otro joven.
Se trataba de un grupo que a Mani le hizo recordar el relato del Templao sobre la noche de la quema de iglesias de 1931. Jóvenes casi todos imberbes, pavoneándose al exhibir con orgullo sus relucientes pistolas y fusiles, cogidos en algún arsenal militar recién asaltado.
Ya no se veían militares ni se escuchaban más que vivas a la república y la revolución. Ninguna discrepancia ni más disparos que los de celebración. Una marea desbocada, jubilosa, feliz, entre centenares de coches cubiertos de banderas, más rojas que tricolores. Mani no imaginaba que hubiera tantos coches en Málaga. Circulaban haciendo sonar las bocinas mientras los hombres encaramados encima disparaban al aire y gritaban vivas y mueras.
-¡La tortilla se ha vuelto! ¡Mueran los fascistas, los ricos al paredón!
Mani trató de apresurarse y empujó a Quini contracorriente. El otrora seguro refugio de Miguel se había convertido de repente en el más peligroso de los sitios donde permanecer. Tenía que rescatarlo, pero el tropel no se lo permitía. Ardía el Café París que, inaugurado hacía poco, era el orgullo de la Málaga burguesa porque los periodistas decían que superaba a los cafés con el mismo nombre que había en Londres y Berlín. La calle de Larios, que ahora denominaban "14 de Abril", era un río tempestuoso, donde las llamaradas del ardor colectivo parecían más volcánicas aún que las de los inmuebles que ardían. También habían incendiado el Círculo Mercantil y la Casa Massó, de cuyas cristaleras rotas surgían grandes lenguas de fuego. El río humano les empujaba en la dirección opuesta a su camino y los dos tenían que abrirse paso a codazos y empujones. Sobre sus cabezas volaban enseres de las casas elegantes del centro, que estaban siendo asaltadas, y también de algunos balcones brotaban llamas. El antiguo Banco de España, en la Alameda, se había convertido en una hoguera y cuando lograron salir de la marea y atravesar el Boquete del Muelle, al llegar de nuevo junto a la Aduana vieron arder también la famosa Casa Fornos. El fuego jalonaba todo el camino y Mani comenzó a temer que llegarían tarde.
-Corre, Quini, por Dios.
-Joé, a ése, ni lo nombres, no nos vayan a fusilar.
Mani aceleró la marcha y dejó de gritar para economizar aliento, porque sentía una punzada muy aguda junto a la costilla fracturada. A lo largo del Paseo del Parque les adelantaban coches de cuyas ventanillas emergían brazos enarbolando antorchas encendidas. Otros iban en bicicleta, con compadres de pie en la parrilla agitando las teas ardientes. Mani y Quini consiguieron adelantarse a todos los que corrían a pie, pero conforme se aproximaban a la mansión de Elena Viana-Cárdenas James-Grey el ánimo de Mani fue volviéndose más pesimista. Entre muchos edificios bellos, y junto a exóticos árboles convertidos en piras gigantescas, ardían Villa Antonia, la mansión que decían que era la más suntuosa de Málaga, y dos de los palacetes que más había admirado durante las frecuentes visitas a la casa de su vieja amiga, Villa Eloísa y Villa Trini; en el primero, una construcción fantástica que parecía salida de un cuento de hadas, las cristaleras y cortinajes habían sido sustituídos ya en todos los ventanales por las brillantes llamaradas, y sobre las dos fastuosas escalinatas semicirculares de Villa Trini caían las cascadas de leños encendidos de la techumbre. La noche recién comenzada era serena, había paz en el cielo estrellado, por encima les cubría un toldo azul prusia bellamente enjoyado de rojo en la línea del horizonte y por abajo les arrastraba el raudal del resplandor cuyo humo ascendía cansinamente, pues no soplaba ni la más suave brisa.
Corrieron Limonar arriba, hacia la recoleta calle donde se alzaba la mansión de Elena Viana-Cárdenas James-Grey, a quien todos en la ciudad motejaban "la de los barcos". Nada parecía alterado allí, salvo que no brillaba ninguna luz en el exterior ni en las ventanas, cerradas a pesar de la calidez de la noche. Mani agitó insistentemente el llamador de la reja, porque la cancela de hierro estaba asegurada con los candados echados y no podía, como había hecho siempre, cruzar el jardín y tocar el timbre de la puerta. Seguía pertinaz el silencio y crecía su impaciencia, porque intuía que había más de un par de ojos atisbando por las ventanas sin reconocerle a causa de la oscuridad. Volvió a tirar del cordón sin resultado. Ansió que Miguel hubiera visto venir el peligro. Tal vez había vuelto al barrio y quién sabía si Elena y los suyos no se habrían exiliado de urgencia a Suiza o Gibraltar, tal como llevaba dos meses proponiendo el yerno, Alonso Betancur. Pero la casa parecía una fortaleza preparada para la defensa y no un palacio abandonado.
-Ayúdame a subir, Quini.
-Joé, Mani. Que ya se oyen chillíos por allí abajo. A ver si nos van a siquitrillar, creyendo que somos potentaos.
-Ayúdame, joé, que así me reconocerán y dejarán de callar por susto.
Encaramado en lo alto de una de las jambas del portón, un monolito coronado por un ancla de bronce, gritó con voz contenida:
-Doña Elena, soy yo, el Mani. Abra, por favor. ¡Miguel, sal, cojones, que tienes que ponerte a salvo! ¡Le están pegando fuego a toa La Caleta, venga, sal, joé...
Oyó descorrerse un pestillo y el chirrido de una bisagra.
-¡Schssss! -le acalló la voz de Miguel, procedente del lateral donde se abría la puerta de servicio.
Mani le ayudó a auparse, operación en la que ambos sufrieron un crujido de sus huesos mal soldados. Quini escaló la verja de un salto para ayudarles, y en pocos segundos se reunieron en una piña de abrazos junto a los gruesos barrotes de hierro, creyéndose a salvo. Se detuvieron con objeto de inventariar la situación, porque el resplandor de las antorchas iluminaba ya la revuelta de la esquina, a poco más de cien metros.
-Vienen pacá -gimió Mani.
-Vámonos corriendo -apremió Miguel-; esto se pone mu feo.
Mani le aferro el brazo.
-¿Doña Elena está dentro de la casa?
-Natural.
-¿Y su familia?
-¡Digo! -exclamó Miguel-. Don Alonso Betancur, el yerno, pasó toa la mañana brindando con champán francés por el levantamiento. Pero luego, visto lo visto, se le indigestó la borrachera y anda por ahí dentro con la vomitaera, corriendo del sillón al retretete y del retrete al sillón, con la radio a toa pastilla. Sólo quedan los de la familia, Rafael el chófer y una criada, porque las demás han salío de estampía.
-Tenemos que salvar a doña Elena, Migue.
-Tú has perdío la cabeza -intervino Quini-. Míralos, ahí llegan. ¿Qué crees que podríamos hacer nosotros tres contra España entera?
Para que la multitud que se acercaba no sospechase de ellos, Quini y Miguel se sentaron en un bordillo bajo una mata de jazmín que surgía profusamente a través de los barrotes de hierro del jardín del caserón situado al otro lado de la calle. Mani, en cambio, se quedó parado en mitad de la calzada, acariciando la pistola sujeta en su cinturón mientras veía llegar la turba y preguntándose cómo era posible que, en tales circunstancias, los jazminez inundaran el aire con tanto perfume.
-¡Venga, Mani! -le urgió Miguel casi en un susurro.
-Doña Elena es como nuestra familia, Migue. Tenemos que hablar con ésos.
-No van a hacerle ná, ya verás. Venga, vámonos.
-¡Me cago en la virgen! -se impacientó Quini-. Vámonos de una vez, Mani.
Mani volvió la mirada hacia las relucientes anclas de los dos monolitos que formaban las jambas del portón. Dio un salto hasta el murillo de la cerca, escaló la verja sin necesitar esta vez la ayuda de Quini y se encaramó de nuevo, aferrado al ancla. Los primeros hombres del tumulto habían comenzado a zarandear la cancela.
-Ahí no hay nadie -gritó Mani.
-¿Qué dice ese muchacho? -preguntó uno.
-Por el color del pelo, tié que ser de la casa.
-¡Qué va!, ¿no ves su ropa? Será el hijo de una criada.
-Po si es hijo de una criada, será un bastardo del señorito. ¿No ves su cara de rico?
El portón cedió a la marejada humana.
-¡Quedaos quietos! -aulló Mani-. La gente que vive ahí es buena.
-¡Mira el majareta, será cretino...
-¡Como esclavos nos trataba a los marineros el yerno de Elena la de los barcos.
-El rubio ése tiene que ser un cachorro fascista.
-Vamos a caldearle la espalda.
Una mano aferró un tobillo de Mani y éste iba a sacar la pistola cuando sonó el primer disparo. La bala, procedente de la casa, pasó muy cerca de su cabeza; dio un repullo que le hizo perder el equilibro y estuvo a punto de caer, pero se abrazó al ancla y se quedó con los pies colgando en el vacío.
-Suéltalo -oyó Mani que alguien le decía al que le aferraba el tobillo-. Si no me engaña la vista, este chavea es el hermano del Paco que se ha cargao al comandante.
Mani consideró prudente no moverse y en la postura que estaba, colgado del ancla, lo presenció todo. No tardaron en cesar los disparos provenientes de la casa. Los asaltantes se pusieron en seguida a apedrear las ventanas; muchos encendían más antorchas en las que ya ardían, mientras que otros se emplearon concienzudamente en echar abajo el hermoso invernadero del otro extremo del jardín; como si fuera un cañizo aún más precario que el del Chafarino, la construcción acristalada y pintada de blanco se vino abajo y muchos de los hombres, aplastando los arriates en sus carreras, se pusieron a golpear con estrépito a puerta de madera que había sustituído la de cristales emplomados, así como las cristaleras de todas las ventanas. La puerta nueva de la mansión, aún sin lacar, resultó ser muy resistente, por lo que uno sugirió usar como ariete el pilar central del invernadero, un tronco de árbol apenas desbastado. La puerta cayó al fin y entraron en masa. En medio del estruendo de voces, ayes y alaridos, empezaron a caer objetos de todas las ventanas. Volaban las porcelanas, las bandejas de plata y las miniaturas de barcos, los hermosos cuadros en cuyos marcos había chapas de bronce con nombres grabados, los cojines y lámparas, las alfombras, ropas, sombreros y zapatos. Mani no conseguía ver a Elena ni oírla, por más que forzaba la vista y el oído. Sólo consiguió reconocer a Alonso Betancur, que era bajado por la escalera de mármol, debatiéndose mientras anclaba sus manos en el pelo de los que lo arrastraban. Dejó de mirarlo porque escuchó la voz cupletera de Rafael, proveniente del lateral izquierdo de la mansión.
-Coged a esa puta guarra, que es la señoritinga más rica y más abusona de Málaga y se quiere escapar disfrazá de proletaria -el chófer señalaba a Rita, la hija de Elena, que había conseguido cruzar el jardín vestida como una campesina, con un pañolón negro cubriéndole la cabeza.
Fue rodeada al instante. Ella se hincó de rodillas con las manos juntas, como si rezara. Imploró, gimió, lloró y, finalmente, insultó de modo desencajado aunque Mani no conseguía escuchar sus palabras. Calculó las posibilidades de acudir a rescatarla y, soltando una mano del ancla, fue a acariciar la pistola prendida en su cintura, para toparse con la mano de Miguel, que anticipándose a su gesto, se la estaba arrebatando.
-Mani, baja y vámonos, hombre, no seas niño.
-Migue, parece mentira. No eres mi hermano ni ná de ná. ¿Es que ya no te acuerdas de lo que esa gente ha hecho por ti?
-Se lo agradeceré toa mi vida, te lo juro por lo más sagrao. Pero es que no podemos hacer ná; Mani, venga ya, vámonos.
-¡Violadla! -gritaba Rafael en ese momento, señalando de nuevo a Rita con el brazo extendido y el índice rígido, como un vengador de teatro-. Es una coneja asquerosa e indecente, que le ha puesto los cuernos al señor más veces que pelos tiene en la cabeza. Abridla en canal y veréis que tiene el coño como un bebedero de patos...
Muchos hombres acarreaban palos del invernado derrumbado y los apilaban bajo las ventanas para alimentar el incendio. Uno de ellos se acercó al grupo que rodeaba a Rita, blandiendo una gruesa tranca que presentaba la punta afilada del engarce con que había estado ensamblada en la viga. El mayordomo-chófer se la arrebató.
-Vamos a ver si también te cabe esto, so putón -dijo-. Seguramente tienes dentro quintales de pus de la gonorrea más podrida y asquerosa del mundo.
Mani tuvo que cerrar los ojos mientras le daba una patada a Miguel, que trataba de obligarle a bajar del monolito. No oyó los alaridos de Rita a causa de sus propios gritos, aunque en aquel momento no supo que estaba gritando. Logró abrir los ojos cuando el tumulto comenzó a abandonar la mansión. La casa ardía completamente. El resplandor iluminaba el cuerpo ensartado de la hija de Elena; la tranca desaparecía entre las piernas y volvía a surgir de su pecho reventado cerca del cuello.
Tuvo un sobresalto cuando Miguel volvió a tirarle de la pierna.
-Vámonos Mani. Tó ha acabao ya.
-¿Y doña Elena?
-Tiene que haber muerto, Mani, ¿no ves cómo arde la casa? Vámonos, hombre.
Paula dio un brinco al ver llegar a Mani y Miguel. Deshizo el abrazo de Ana y los abrazó a los dos a la vez.
-Mi hermanillo es un héroe, mamá -afirmó Miguel-. Si no fuera por él...
-¿Y Angustias? -preguntó Paula al tiempo que miraba hacia la puerta como si esperase verla aparecer.
Miguel se puso a lloriquear mientras relataba entre gemidos el secuestro, abrazado por su madre y Ana.
-Mani, tienes mala cara. ¿Te sientes mal, hijo ? -preguntó Paula.
Mani no podía articular la voz. Tenía aún los ojos desorbitados, con la imagen empalada de Rita impresa en la retina.
-Tranquilízate de una vez, joé, Mani -dijo Miguel emergiendo del lago de sus lágrimas. Sabía lo que producía la alucinación de Mani-. Nadie en la casa la quería. Trataba mu mal a la servidumbre y se pasaba el día insultando a tó quisque, sobre tó al mayordomo. No puedo creer lo hipócrita que es ese hijoputa. A toas horas andaba diciéndole pelotillerías a doña Rita; que si qué bonito es el sombrero, que si usted está la mar de joven, que hay que ver lo guapísima que es usted... ¿Cómo podía estar siempre con tantas zalamerías, si la odiaba tanto?
-¿De qué hablas? -preguntó Ana.
Miguel relató el suceso.
-¡Dios mío! -exclamó Paula-. Si estos se ponen a hacer cosas tan horrorosas, vamos a acabar mu mal.
-Hay que averiguar lo que le ha pasao a doña Elena -balbuceó Mani.
-Olvídala, Mani -dijo Miguel, echándole el brazo por los hombros para darle un beso en la sien-. Has visto cómo ardía la casa. Ya no hay ná que tú ni nadie podamos hacer. Van por ahí como si se hubieran escapao del manicomio y han vuelto a emprenderla con las iglesias. He escuchao por el camino que en estos momentos están ardiendo más de treinta.
-¡Por los clavos de Cristo! -exclamó Paula-. ¡¡Ricardo!!
La mención del hermano fraile sacó a Mani de su estupor.
-Me parece que él pensaba que pasaría esto... -dijo.
-Hay que sacarlo de allí -determinó Paula.
-¿Ahora? Mamá, son las tres de la mañana -protestó Miguel.
-¿Y qué? -retó Paula-. ¿Esperamos a que nos lo traigan con los pies por delante? Acuéstate, Ana. Mani, hijo, ¿te has respuesto ya?
-Sí mamá.
-Venga, andando.
-Somos tres namás, mamá. Déjame que vaya en busca del Quini.
Volvió en seguida, porque Quini había permanecido a la puerta de su casa, cantando con alabanzas y exagerando hasta el delirio las hazañas de Mani. Partieron Paula, Miguel, Mani y Quini simulando que iban también de fiesta. La calle se encontraba tan animada como si fueran las diez de la noche; por todas partes comentaban con excitación los acontecimientos del día, haciendo balance.
-Esos generalitos se creían que el pueblo iba a quedarse cruzao de brazos... ¡vamos, anda, ni que hubiéramos nacío ayer!.
-Con los proletarios no hay quien pueda.
-¡Viva la revolución!
Paula respondió con expresión neutra al que había alzado el puño ante su cara. Mani se esforzaba por no pensar en dormir, ya que las tensiones interminables del día habían dado paso a un cansancio insoportable; los párpados se le rebelaban y apenas podía mantenerlos abiertos mientras corría arrastrado por la mano de su madre.
Llegados frente al convento, Paula les dijo a los tres que esperasen en un portal, desde donde podían ver la gran puerta cenobial sin ser vistos ni causar temor. Ella aporreó el portón durante un buen rato, mientras decía a media voz que no tuvieran miedo, que sólo quería hablar con su hijo, hasta que, por fin, la rendija inferior se iluminó muy levemente por una luz trémula. Abrieron la mirilla y Paula metió la mano para que no pudieran cerrarla, y habló con quien había dentro. Tras unos diez minutos de argumentación le franquearon la entrada, abriendo el portillo lo indispensable para que entrase precipitadamente. Poco después, salió con Ricardo y cruzaron la calle a saltos. Miguel, Quini y Mani cayeron sobre él para despojarle en seguida del hábito. A Mani le sorprendió que su hermano no llevase pantalones debajo.
-¿Qué hacéis? -protestó el fraile- ¿Dónde está el Antonio?
-Perdona, hijo -dijo Paula-, he tenido que engañarte pa que consintieras en salir.
-Soltadme. Me vuelvo al convento.
-Ni hablar del peluquín -ordenó Paula-. Tú te vienes a la casa.
-Yo me quedo. Compartiré con mis hermanos lo que Dios nos depare.
Paula echó chispas encendidas por los ojos y apretó las comisuras de los labios.
-Escucha -dijo-, tonto de la perinola. En el momento más inesperao, llegarán pa meterle fuego a tu convento. ¿Tú crees que los que están ahí dentro van a a esperar, tranquilamente, que vengan a matarlos? Ahora mismo, el que más y el que menos estará cavilando cómo echar a correr con garantías. Tus hermanos son estos dos y los otros dos... Su destino es el que tienes que compartir.
-Mamá, tú no me comprendes.
-¿Quién te comprende entonces? -estalló Paula-, ¿el fariseo de tu superior, que no sabe más que decir buenas palabritas mientras engorda y se da la buena vida? ¡Mucha comedia de santidad y poquísima caridad!
-Paco y Antonio te han hecho cambiar, mamá. También tú ofendes a Dios Nuestro Señor.
En el silencio inquietante de la madrugada, la bofetada que lanzó Paula restalló como un látigo. Con una dureza en el rostro que Mani le había visto muy pocas veces, Miguel sujetó a Ricardo por detrás, pasándole los brazos bajo las axilas y alzándolo del suelo mientras decía:
-Mani y Quini, pillarlo por los pies. Venga, andando y se acabó la historia.
Lo cargaron entre los tres, ayudados por Pauala, unos centenares de metros. Ricardo cedió por fin y dejó de debatirse.
-Bueno, ya está bien, soltadme. Os prometo que voy con ustedes, pero no dejéis el hábito tirao.
Mani retrocedió para recuperarlo y cuando alcanzó el grupo de nuevo, ver a su hermano fraile andando en calzoncillos por la calle le hizo reír, y rió a carcajadas por primera vez ese turbulento 18 de julio del primer verano de su adolescencia

Continuará
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jueves, 23 de octubre de 2008

LA DESBANDÁ. Segunda parte.


Como ya os he anunciado, sigo redondeando mi novela DESPUÉS DE LA DESBANDA. Si quieres ayudarme con datos y aparecer en los créditos de la novela, mándame un mail a
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Continuación

Durante las semanas siguientes, Mani se preguntó muchas veces qué tendrían que decirse Elena y su madre mientras permanecieron encerradas en el hispano-suiza, estacionado ante la verja tras ser llevado Miguel al interior de la mansión desde la ambulancia. Luego de negarse Paula una y otra vez a entrar en la casona ni a aceptar la invitación a almorzar aunque ya era mediodía, le dijo a Mani que saliera del coche, que permaneciera a cierta distancia y que no volviera a acercarse a menos de tres metros hasta que ella no le hiciera una señal, lo que no sucedió hasta una hora más tarde. Trató de espiar embozado por un pimentero, pero sólo notó la reiteración con que Paula movía la cabeza en ademanes de negación.
Antonio y Paco rehusaron los empleos que Elena les consiguió. Ricardo lo intentó, pero demostró escasas aptitudes, lo que ocasionó las protestas enfurecidas del yerno de Elena, que trataba de encontrarle nuevo acomodo. Mani volvía a desvelarse. La familia estaba comiendo bien a pesar de todo, porque Paula simulaba tener mucha costura y cada uno aportaba lo que podía, y ya casi nunca discutían Paco y Antonio; si lo hacían, saltaban chispas, como si se hubiera situado cada uno en las antípodas políticas del otro. Libre del miedo a las sombras de la noche y a la silueta del muro del convento, a Mani le angustiaba ahora la descomposición que observaba en derredor. Había demasiadas cosas que no comprendía; Paula se negaba a visitar la mansión y era él quien tenía que ir cada día a conocer la evolución de Miguel y, por otro lado, cuando llegaba a la casa de La Caleta era como si allí no vivieran más que Elena y el chófer, pues jamás veía a nadie más, ni al resto de la servidumbre ni a la hija, ni a su marido ni a los dos hijos. Tuvo que acostumbrarse a viajar en el tranvía sin mirar la calle apenas, para no estremecerse con tantas bestialidades cuya monstruosidad eliminaba la necesidad de averiguar qué bando las había causado, y los escalofríos le torturaban luego hasta el amanecer a menos que encontrara consuelo con las fantasías sonámbulas. Imperio Argentina era la más excitante. Cuando Inma le permitía un leve roce en la mejilla, miraba con avidez sus labios, vedados no sólo por las advertencias del Templao sino, sobre todo, por la severidad de las costumbres, y entonces tendía a obsesionarse con la hilera de dientes perfectos, blanquísimos, de Imperio Argentina, de quien decían que era medio malagueña y medio inglesa, una mezcla nada exótica en una ciudad donde se daba con frecuencia, incluso en su propia familia, para comprobar lo cual bastaba con mirarse él mismo al espejo. Hasta Inma poseía unas lindas pecas que parecían anglosajonas, pero aunque le traqueteara hasta el pensamiento de amor y deseos por ella, consideraba blasfemo representársela al masturbarse y era Imperio Argentina quien flotaba sobre los frecuentísimos orgasmos con que intentaba recuperar el sueño.
Miguel mejoraba tras superar las primeras cuarenta y ocho horas, críticas según el médico, que les recriminó que lo hubieran movido en el azaroso peregrinaje de la primera noche. Ahora, mediada la cuaresma, tenía el cuerpo enyesado en un sesenta por ciento pero estaba fuera de peligro, por lo que Mani creyó que ya era hora de tomar en consideración las preguntas que Angustias no paraba de transmitirle mediante papelitos escritos, que le hacía llegar a través de Inma.
-¿Dónde la ha encerrao el barbero? -preguntó Mani.
-Perdona, niño, a Angustias le da miedo que te lo diga -alegó Inma- y no consentirá mientas tú no le digas dónde está el Migue. Y me da cosa traicionarla.
-¿Seguro que tú no le has dicho ná?
-¡Mani, ni mi hermano ni tú habéis querío soltar palabra!
-¿De verdad que el Guaqui no te ha dicho ná?
-¿Es que no te das cuenta de que pa mi hermano tú eres Dios y que cree que estaría en pecado mortal si no hiciera lo que tú mandas?
-No digas chalaúras, Inma.
-¿Chalaúras? Si no tiene importacia, Mani; mi madre dice que aunque él te lleve cinco año, la veneración que tiene por ti es lógica. Es que tú eres tú...
Mani sintió impaciencia mezclada con sonrojo.
-Tu hermano vale mil veces más que yo. Mira, Inma, vamos a llevarnos bien. Yo os cuento algo del Migue si puedo decírselo a la Angustias. Date cuenta de que el criminal de su hermano ha querío matarlo; tengo que sentirme confiao y no me hinches más...
Inma arrugó la frente por la grosería que Mani estaba a punto de pronunciar. Para evitarlo, preguntó:
-¿No ibas a llevarme a conocer al ciego de la playa?
-Es que esta mañana tengo que ir a... un recao de mi madre.
-Pero hay una pechá de tiempo. Anda, niño, vamos ahora mismito a La Isla y si eres bueno, a lo mejor te llevo donde está la Angustias.
Eran las ocho y cuarto. Paula acababa de decirle que fuese temprano a La Caleta para volver a la hora justa del almuerzo, porque iba a preparar potaje de cuaresma y "después te quejas de que el arroz está pasao", pero Miguel llevaba muchos días insoportable con sus interrogatorios sobre Angustias y se ponía a hacer pucheros como un niño cuando Mani se encogía de hombros. Calculó que todo iba a resultar mejor si dejaba para la tarde la visita a La Caleta, aunque se le había advertido de que sólo debía ir por las mañanas. Complacería a Inma llevándola a La Isla, lo que le abriría la posibilidad de hablar con Angustias, de manera que pudiera tranquilizar a Miguel; no comería el delicioso potaje de Paula a base de bacalao, garbanzos y acelgas.
Llegaron a la playa a las nueve y media de una mañana azul de primavera. El sol brillaba todavía no muy alto, arrancando al mar reflejos cegadores; ya no quedaban pescadores del copo, desparramados por los mercados hacía más de dos horas, y sólo algún bolichero que pintaba o reparaba su jábega daba vida a la plácida quietud del paisaje resplandeciente y cálido, a cuya izquierda, dibujada sobre el arco de la bahía, parecía soñar la ciudad en calma, como si fuese el paraíso extraterrenal cantado por un poeta y no el tenebroso laberinto en que Mani veía que estaba convirtiéndose.
-¿Por qué has venido hoy? -preguntó el Chafarino alzando la mirada vacía de la labor de red-. Vamos a tener mal tiempo. ¿Quién es tu amigo... no, tu amiga?
-Ésta es la Inma, que ya la conoce usted de oídas; tenía mucha ganas de que la trajera por aquí. ¿Por qué dice usted que vamos a tener mal tiempo? Hace un día cojonúo.
-¿Ves aquellos pañuelitos blancos que forman las olas a lo lejos?, pues dentro de un par de horas habrá temporal.
-¿Cómo sabe usted que hay pañuelitos blancos? -preguntó Inma, asombrada.
-Es la experiencia, que me hace ver por medio de los sonidos y los olores. El viento va a arreciar de aquí a media hora, así que una de dos: os vais en seguida o pensáis en quedaros hasta la noche, porque el temporal va a ser tela marinera. Poseidón está enojado. Acércate, Inma, deja que te toque la cara, a ver si es verdad lo que Mani cuenta.
La muchacha se acuclilló junto a las piernas del ciego, que la palpó durante unos minutos con expresión muy complacida.
-Mani, me has mentido.
-¡Qué dice usted!
-Esta señorita no es guapa. Es una auténtica hermosura.
Inma sonrió. De repente, quería al ciego con toda su alma.
-Tiene usted razón -dijo Mani-. Inma es... ¡un jazmín! ¿Por qué está Poseidón de mal humor?
-Los malagueños están eligiendo el fango ensangrentado, cuando tienen a mano el bálsamo del salitre; y van a pagar por ello, Mani. Cuando uno cree que es víctima de injusticias, no hay que perder el aliento tratando de que el que las comete sufra como uno sufre; lo importante es dejar de sufrir. Nuestros ancestros llevan centenares de generaciones transmitiéndonos esa sabiduría, pero los malagueños han dado la espalda a las enseñanzas milenarias de la mar. Aquí llegan los ecos de lo que pasa en todas las calles de todos los barrios, y aunque eso te parezca tremendo no son más que ramalazos del maremoro que se aproxima, debido a que los malagueños oyen sin deber oír cuando les recitan lecciones que están escritas para bárbaros esteparios y no son las que le conviene a una estirpe que lleva tres mil años casada con la mar.
Mani examinó a Inma, que parecía creer que oía hablar en otra lengua. Pero hacía cerca de un año que conversaba frecuentemente con el Chafarino, por lo que intuía que el viejo redero usaba metáforas inextricables para explicar cosas sobre las que acababa teniendo razón. Por ello, tocó el costado de Inma indicándole que fuese respetuosa, cuando una ráfaga de viento les metió arena en los ojos.
-Entonces -dijo el Chafarino-, ¿queréis que me ponga a preparar el almuerzo? Pienso hacer sopa de rape con almendras y tortilla de habas.
-No, muchas gracias -respondió Mani-. Hay que tirar pal barrio antes de que vayamos a ponernos como sopa y además, tenemos que visitar a una vecina.
Inma asintió, por lo que Mani entendió que iba a cumplir su parte del compromiso. Cuando tomaron el tranvía ante la fábrica de Tabacos, caía una lluvia racheada casi horizontal que traqueteaba los vidrios. Inma, que no paraba de hacer comentarios sobre las rarezas del Chafarino, alabó su condición de adivino cuando indicó que iban a mojarse porque debían bajar del tranvía cerca de la estación de ferrocarril.
-Tú amigo es un pitoniso chachi, porque ¿quién podía imaginar esta madrugá que iba a llover? Tendrías que haberle preguntao dónde está la Angustias, pero ahora ya no hace falta, porque es aquí.
Señaló el convento de las Hermanitas de los Pobres.
-¿No irá el barbero a meterla monja?
-¡Qué va! Es que una de las hermanas es prima retirá de Bernarda y por eso le han dao refugio, pero, ¡chiquillo!, es como si la tuvieran presa. Angustias está enrabietá, porque pa no irle con quejas a su madre la obligan a hacer lo mismo que las monjas, levantarse de noche, rezar, limpiar como una esclava y repartir los paquetes de comida, pero no le digas ná porque le da mucho coraje hablar de tó eso.
-¿Tú crees que podemos hablar con ella?
-Seguro que sí. Por lo menos, ella lo va a intentar.
-¿Nos espera? -preguntó Mani e Inma asintió-¿Cómo te enteraste del escondite?
La muchacha se ruborizó y Mani, comprendiendo la razón, no repitió la pregunta. Seguramente, la madre del Templao había sido la portadora de la confidencia, porque a ese convento acudían a diario las madres de familia que no tenían qué dar de comer a sus hijos, en busca de paquetes de legumbres medio podridas que las monjas recibían como donación de los almacenes que iban a tirarlas a la basura. Sabía cuánto se avergonzaban sus vecinos de su miseria, sentimiento contra el que Paula le prevenía con insistencia: "Ser pobre no es una deshonra; la pobreza da temperamento pa subir y hasta pa volar". Según dedujo Mani, a las monjas les habían pedido el Granaíno y su mujer no permitir visitas a Angustias. La portera le miró como si fuera el diablo y no sólo se negó a llamarla, sino que con su mutismo y sus labios apretados parecía negar que se alojara en el convento. Abandonaron el edificio con frustración e iban a volver al barrio cuando golpeó la espalda del muchacho un guijarro envuelto en un papel, una nota echada desde una de las ventanas de las plantas superiores; con letra apresurada y muy defectuosa, Angustias les indicaba que acudieran a la fachada posterior, que daba a un carril por donde pasaba la vía del tren. Entre el edificio y el carril, había una patio enorme, cercado por un muro de piedra en el que se abría una pequeña verja de hierro que no había sido usada durante años, a juzgar por la herrumbre y los matorrales que la cubrían. Aguardaron mucho rato y comenzaron a plantearse el abandono de la espera. Les detuvo el chirrido de los goznes de la verja, que se entreabrió lo justo para dejar pasar a una Angustias irreconocible. Iba disfrazada de monja, una monja algo voluminosa.
-Echar a correr pal Bulto -dijo.
Inma y Mani recorrieron a zancadas el carril hacia la playa, seguidos algo más lentamente por Angustias que, llegados a un barrio marinero que llamaban El Bulto, se quitó el hábito y la toca, para abandonarlos en un portal. Con la ropa que llevaba debajo, surgió la Angustias de siempre, con sus volúmenes normales y embellecida por el sofoco de la carrera.
-Tienes que llevarme con el Migue, Mani, por el amor de Dios.
El muchacho sintió que le aplastaba el peso de la responsabilidad. Especuló mentalmente sobre lo que podía ocurrir si aceptaba. Elena se negaría a recibir a la fugitiva y a él le echaría una reprimenda por poner su casa en el punto de mira de los falangistas; Paula convocaría una especie de consejo de guerra familiar que le condenaría al exilio de las tinieblas exteriores; Gustavo y Bernarda pondrían a los guardias tras el rastro de la pareja; Serafín desencadenaría la guerra.
-Tú estás loca, Angustias.
-No la trates así, niño -reprendió Inma-. ¿No ves que va a darle un síncope?
-¡Las dos estáis locas! Está claro que me habéis metido en una encerrona. Esto no puede ir adelante; Angustias, tienes que volver al convento y echarle paciencia. Te juro que tó se arreglará con el tiempo.
-Espera una mijilla, niño -rogó Inma-. Déjala hablar.
En vez de decir nada, Angustias tomó la mano de Mani para que le tocase el vientre. En los refulgientes y húmedos ojos verdes había una mezcla de llanto, risa, orgullo y súplica de complicidad.
-Esto no lo arregla el tiempo -dijo-, sólo lo hace aumentar.
La comprensión de que estaba embarazada fue peor que un mazazo en la cabeza. En efecto, había cambios sutiles en su cara y en su figura, aunque todavía no la hubieran deformado; las aletas de su nariz y sus labios parecían algo dilatados y su aire general había ganado madurez. La mujer desterraba a la niña.
-¡La que nos va a caer! -exclamó Mani-. Mira, Angustias, esto no es un chiste, ¿no te das cuenta? Los cinco hermanos hemos estao a punto de morir a manos de tu Serafín, y hasta a mi madre le puso un pistolón en la nuca, y al Migue, ya van dos veces y a la tercera, la vencida. ¿Quieres tener un huérfano de padre antes de nacer?
Angustias se echó a llorar.
-No puedo llevarte con el Migue, Angustias.
-¿Y qué voy a hacer yo? El peligro pa mí será tremendo si vuelvo al convento, porque mis padres van a enterarse de la fuga y lo que harán ahora será encerrarme en uno de Graná, donde no tendré escapatoria. Cuando se me hinche la barriga y se entere mi hermano, primero buscará al Migue pa matarlo y luego me matará a mí.
Mani se sentó en un bordillo, donde permaneció varios minutos con las manos tapándose la cara. Sentía vértigo, el vientre agarrotado y necesitaba ir al retrete. En vez de hacerlo, se enderezó y exclamó:
-¡Las mujeres sois la caraba! No esperaba yo que me metieras en esta encerrona, Inma, que sabes de más la que nos va a caer. Pero a lo hecho, pecho. ¿Tenéis dinero?
Inma negó con la cabeza, pero Angustias sacó del bolsillo dos billetes de a duro y varias monedas de a peseta y perras gordas.
-Te cojo un duro pal taxi. Meterse en la iglesia de San Pedro y no salgáis ni a mear. Tener paciencia, porque voy a tardar.
Paula tuvo que apartar la olla del anafe cuando el potaje estaba en plena ebullición. La idea de que los garbanzos iban a quedar duros le causó enojo al anticipar que tendría que improvisar una comida a base de bocadillos de morcilla, ahora que había conseguido establecer regularidad en la alimentación de sus hijos. La llamada de Elena, transmitida por el chófer, era apremiante; temió que Miguel hubiera sufrido una recaída, pero al acercarse al coche en el Molinillo, Mani se encontraba en el interior, junto a Elena.

El viernes de Dolores, el vestido de novia de Ana había tomando forma tras ensamblar las mangas. Todas las vecinas aseguraban que era la obra maestra de Paula. Reflejaba con fidelidad la fotografía de Katharine Hepburn en una escena de "Las cuatro hermanitas", reproducida en una página de revista que estaba pegada con esparadrapo en el cristal del balcón, donde la artista, sosteniendo un abanico y con guantes blancos, más que conversar con el actor parecía recibir pleitesía. Era en verdad un vestido de princesa lo que Paula había copiado, con los rasos y tules fruncidos en torno al escote, que dejaba los hombros descubiertos, y en el festón de la falda; el volante lleno de rizos se convertía por detrás en una sobrefalda de la que partía la cola de tres metros. Colgado de una percha sujeta en un clavo de la pared, resplandecía porque apenas le faltaban unos ajustes y Paula se afanaba ahora en hacer florecillas de satén, para copiar también en el tocado de la novia de Antonio la primorosa constelación del peinado de la actriz. Faltaban tres semanas para la boda.
Para que no viera el vestido, Antonio había sido desterrado a la que iba a ser vivienda conyugal; Paco pasaba dos o tres noches todas las semanas en diferentes pueblos de la provincia mandado por el partido; Ricardo hacía vigilia de adoración nocturna cada dos por tres. Con Miguel en su convalecencia dorada de La Caleta, ahora amenizada con la presencia de Angustias, era Mani el único hombre de la casa.
Los primeros días tras la fuga de Angustias, él y su madre habían tenido que resistir con estoicismo los interrogatorios de los guardias y los escándalos que Bernarda y Gustavo, primero por separado y luego en conjunto, organizaron en el patio del corralón, gritando que Paula era igual que el brujo de una tribu de salvajes. Pero las cosas se iban serenando; los guardias tenían demasiado que hacer para ocuparse de una desaparición y cambiaron el interés inicial por sarcasmos a causa de la insistencia de Bernarda. Gustavo echaba a correr tras Mani cada vez que lo veía pasar, tratando de atraparlo para hacerle confesar; como el muchacho siempre conseguía escabullirse, el barbero se paraba a gritarle de lejos palabras escalofriantes, pero ya no iba al corralón de Las Dos Puertas a insultar a Paula. Bernarda también le había abordado en cuatro ocasiones, aunque sin amenazas ni insultos, y ante la resistencia de Mani, desistió. Serafín había vuelto a esfumarse, a pesar de lo cual Mani se acostumbró a mirar atrás cada tres pasos, no sólo cuando iba a La Caleta, sino siempre.
Esa tarde de viernes, Concha la Chata subió a ayudar a Paula a planchar por primera vez la cola del vestido nupcial, porque al día siguiente iba a probárselo Ana por enésima vez. Cuando entró Concha, Mani se encontraba con el torso desnudo, de rodillas, con la cabeza medio sumergida en la palangana colocada sobre una silla, lavándose el pelo.
-Me están entrando ganas de vestirme de mantilla -dijo Concha-, pero... no sé, Paula. La gente tiene tan mala lengua...
-A mí me parece muy requetebién que salga la Expiración -dijo Paula- y que vayan mantillas a millares. ¿No te acuerdas de lo bonitas que son las procesiones? Concha, anímate.
Sin dejar de hablar, Concha fue acercándose a Mani y le puso la mano en la espalda.
-Osú, Mani; te has echao demasiao jabón. Deja que te enjuague.
Mani no quería que su madre se oliera que había nada inconfesable entre él y la vecina, y por ello no mostró resistencia. Concha le enjuagó la cabeza y el cuello pero, fingiendo casualidad, le pasó la mano por los hombros y el pecho sin parar de elogiar la blancura y la suavidad de su piel. El abultamiento del pantalón iba a ponerle en evidencia.
-¡Hay que ver cómo estás de grande, Mani! Ya tienes otro hombre más en casa, ¿eh, Paula? A falta de pan...
Mientras Concha se empeñaba en secarle, Mani se dio cuenta de que ya era más alto que ella, a diferencia de la noche de los ajos. Manteníase muy delgado, cosa que Paula lamentaba a diario, pero, sin embargo, vio en los ojos de Concha algo que nunca había visto en los encuentros de su cuarto; la mirada que le recorría de abajo arriba y la lengua que se mojaba los labios significaban exactamente lo que parecían. Salió sin abrocharse la camisa ni meterse los faldones en el pantalón, para disimular la erección. Esa noche, cuando tuvo que acompañar a Inma a su casa porque ya eran las diez, propuso al Templao salir a dar una vuelta.
-¿Has estao con una puta, Guaqui? -le preguntó cuando echaron a andar.
-A ver si te crees que yo soy san Juan evangelista o que voy a meterme a cura como tu Ricardo. Con lo difíciles que son las gachís del barrio, voy cuando consigo dinero, o sea, cá vez que llueven bellotas, y por eso voy derramando el queso a toas horas; ¿por qué?
-¿Cuánto cuesta?
-¡Mani! No me digas... No creo que te dejen entrar en una casa de trato, porque aunque ya eres casi igual que yo de alto, hueles a infante que apestas. Y, como pareces una anguila, tendrás una picha de pajarito y la puta se hartaría de reír.
-Tú no te agaches mucho delante de mí, no sea que te lleves un disgusto.
El Templao rió a carcajadas. Tras reír con él, Mani dijo:
-Te lo preguntaba por curiosidad, porque yo tengo mis desahogos.
-¡Mani! Como le estés metiendo mano a mi Inma, te voy a capar.
-¿Qué bestia eres! ¿Cómo voy a meterle mano a la Inma? Tengo buena despensa.
-Será que tienes una mano mu habilidosa...
-¡Una mierda! Bueno, también... pero... ¿quieres que te demuestre que la he metío en caliente más veces que tú?
Mientras el Templao le miraba con su gesto característico de encoger los párpados como si estuviera a punto de soltar un sarcasmo, Mani hizo un resumen de su relación con Concha la Chata. Como no le creyó, acordaron que vigilara escondido en la escalera cuando Mani llamó a la puerta de Concha, que abrió en seguida y le sonrió como si hubiera estado esperándole. A pesar de su bravuconada ante el Templao, la cosa no había pasado nunca de tocamientos y revolcones y era ella quien llevaba la iniciativa. Palpaba su cuerpo mientras Mani permanecía más sometido que dominante y sin desnudarse del todo. Pero esa tarde, mientras le enjuagaba la cabeza, sin duda Concha había sufrido una alucinación, porque ahora cerró la puerta de golpe y comenzó a desabrocharle el pantalón con codicia. Contempló con expresión tierna el pene erecto y se recostó con la blusa abierta, invitando con un gesto de abandono al muchacho a que la desvistiera. Si alguna vez se hubiera planteado penetrarla, creía que hubiera desechado la idea con la convicción de que no sería capaz, pero ella se lo estaba imponiendo con sus ademanes y con los desplazamientos bajo su cuerpo. Mani sintió que estaba preparado, listo para entrar sin miedo al fracaso, pero en ese instante sonaron golpes insistentes en la puerta. La voz del Templao fue un jarro de agua helada:
-¡Mani, corre, que tu Paco te anda buscando! Ha pasao una cosa malísima.
A Mani le turbó la mirada de Concha, furiosa porque el Templao supiera que estaba con ella y por el temor a que corrieran chismes de que andaba seduciendo a los menores del vecindario. Se vistieron deprisa y ella sostuvo la puerta para empujarle fuera.
-¿Qué ha pasao? -preguntó mientras corría tras el Templao sin saber adónde.
Notó que su amigo no podía responderle ahogado por las risas. Al comprender que había sido víctima de una broma, se lanzó hacia su espalda para tratar de tumbarlo, pero el Templao eludió el golpe.
-Eres un mariconazo y un mal amigo -gritó Mani, desencajado, mientras el Templao se sujetaba el vientre para aliviar los espasmos de la risa- Eres un cabrón hijoputa aunque tu madre sea la más santa, y me has hecho quedar en ridículo.
-¿En ridículo?, ¡qué va!, te he salvao. Imagina lo que habría pasao cuando la pobre Concha descubriera que tienes la pichita como un zorzal.
Mani le dio un puntapié en la espinilla. Aunque sin duda tuvo que dolerle, siguió riendo; tenía en la mano la mitad de una chirimoya que había estado mordisqueando; la aplastó sobre el pelo de Mani sin ira, como si necesitara un motivo más para reír al ver la cabeza embadurnada de pegajosa pulpa blanca. Se apartó un poco y, apoyado contra la pared, se puso a dar patadas al aire convulsionado por la risa. Mani sintió un acuciante afán de castigarle; tenía que vencer la solidez de muralla que se alzaba ante él burlona y desdeñosa; se puso a golpear como en trance, lanzando puntapiés y puñetazos pero, sin dejar de reír, el Templao se limitó a contenerle sin mostrar la menor intención de devolver golpes. El brazo con que frenaba a su amigo era un ariete. Los golpes de Mani al aire se tornaron desesperados, porque ansiaba encontrar un punto donde causarle dolor y castigar su indiferencia por la superioridad física, hasta que, incapaz de hallarlo, mientras el Templao le sujetaba por los hombros entre carcajadas, lanzó un rodillazo contra su entrepierna.
El Templao se encogió con mirada incrédula y las manos sobre el punto golpeado, babeando y con la respiración suspendida. Mani notó que en sus pupilas había más dolor que en sus genitales y que se clavava las uñas para no hundirle la calavera de un puñetazo. Le miró como si estuviese muy lejos antes de echar a andar en silencio, alejándose como si hubiera desaparecido toda conexión entre ellos. De pronto, a Mani le alcanzó como un rayo la comprensión de que su sentido del humor carecía de sintonía con el del Templao y con el del vecindario; esa constatación le desagradó, no sólo porque no quería ser diferente, sino porque el Templao era para él un modelo más emulable que sus hermanos; se había pavoneado ante los muchachos de su edad por su favor, había gozado por su mediación de la ilusión de traspasar el umbral que le separaba del mundo de los adultos, le utilizaba para apropiarse, por ósmosis, de su fuerza. Descubrió que no sabía nada de sus sentimientos, que hasta había dudado que los tuviera. Le vio andar encogido y sintió un nudo en el corazón. Tendió la mano para tocarle el hombro, pero el Templao rechazó violentamente el contacto.
-Déjame. El que con niños se acuesta cagao amanece. Me has llenao de mierda, mamón.
-Perdóname, Guaqui, por favor. Yo no he querío hacerte daño.
-¿Daño a mí?, ¡vamos, anda! Mocoso de mierda...
El Templao fue calle Ollerías abajo lentamente, dejándose ir sin rumbo en busca de alivio, encogidas las piernas con evidente temor a causarse a sí mismo aún mayor dolor. Mani estaba conmocionado. Decidió serenarse para intentar reagrupar los fragmentos del afecto que veía desistegrarse. Notando su proximidad, el Templao hizo un esfuerzo de superación del dolor y apresuró el paso para dejarlo atrás. Comenzaba a llover, pero ninguno de los dos lo advirtió. Caminaron largo rato, el Templao delante y Mani detrás, hasta abandonar el barrio. Daba la impresión de que el héroe que todos los adolescentes deseaban emular quisiera evitar que sus conocidos lo viera cojear de dolor. Las calles del centro se hallaban desiertas porque la lluvia arreciaba, disolviendo los rastros de sangre seca y los escombros de los asaltos, y brillaban los adoquines en los que se reflejaban las escasas luces, lo que proporcionaba al paisaje urbano la apariencia de una urbe normal. Para resguardarse, el Templao se refugió en un portal de la calle Santa María, apoyada la espalda contra el portalón cerrado.
-¿Te vas a quedar ahí, mojándote? -le preguntó a Mani varios minutos más tarde, al verlo irresoluto en mitad de la calle bajo el chaparrón.
Permanecieron más de diez minutos en silencio. Mani lo miraba de reojo, sin saber qué hacer. El Templao permanecía con la barbilla alzada apretando las mandíbulas, de modo que el mentón parecía el de un boxeador jactancioso. Mani recordó que cuando iba todas las tardes encabezando el desfile de su pandilla, cosa que ya no hacía casi nunca, reunía a sus amigos llamándolos con un silbido característico. Como lo había seguido tantas veces para conseguir su favor, recordaba con claridad las notas del silbido y ahora lo imitó. El Templao giró la cabeza con sorpresa. Mani sonrió con un gesto en solicitud de disculpas y el Templao sonrió también.
-Me has pegao mu fuerte, majarón.
-Perdona, Guaqui. He perdío la cabeza y como uno llega a convencerse de que a ti nunca te duele ná, con las palizas tremendas que te han dao...
-Hay sitios y sitios, joé. Mira, como vamos a ser cuñaos y seguramente no nos perderemos de vista en la vida, si volviéramos a pelearnos no se te ocurra nunca más pegarme en los huevos, porque he estao a pique de desfigurarte la cara.
-Cuando me rechazabas me ha dao una angustia...
El Templao le sacudió el pelo para quitarle los restos del empegostamiento de chirimoya, que la lluvia había borrado a medias, y luego le echó el brazo por los hombros.
-Te quiero demasiao pa echarte de mi vera.
-Yo también -confesó Mani con pasmo, porque hasta ese momento no sabía que lo quisiera. Como tal descubrimiento requería de reflexión, añadió: -¿Nos vamos pal barrio?
-Espera -dijo entre dientes el Templao señalando hacia la bocana de la calle-. Fíjate qué cuadro.
La calle de Santa María era muy angosta. Con la débil luz que llegaba desde la plaza de la Constitución, el portal que les resguardaba se hallaba totalmente a oscuras y podían ver sin ser vistos. Bajo el contraluz de la cortina de lluvia, Serafín llegaba hacia donde se encontraban; vestía su uniforme con las mangas remangadas a pesar del chaparrón que salpicaba de barro sus botas, relucientes sólo en las cañas, y sus pantalones de jinete de película. Caminaba despacio con pasos marciales, alzando hasta la horizontal la punta de los pies con las manos pegadas a los muslos. Saltaban olas de salpicaduras de los charcos cada vez que daba uno de aquellos extraños pasos con las piernas rígidas. Mani estuvo a punto de soltar una carcajada, pero el Templao le tapó la boca:
-Ten cuidao; lleva la pistola al cinto.
Serafín pasó ante ellos de perfil, con la mirada al frente, absorto en su ordalía como si estuviese bajo el efecto de la hipnosis o de una droga poderosa y, mientras se alejaba hacia la catedral, Mani contuvo una exclamación. Murmuró:
-Mira lo que lleva anudao al brazo, Guaqui.
-Sí, un trapo blanco.
-No es trapo blanco. Hace más de un mes que veo el vestido de novia de la Ana cuando me acuesto y cuando me levanto, cuando como y cuando... Es un pedazo del volante de la falda y lo llevará como trofeo de otra de las suyas.
-¿Estás seguro?
-Echa a correr. Mi madre está sola, porque mis hermanos andan desperdigaos por ahí.
Llegaron al corralón de Las Dos Puertas sin aliento. La puerta de la vivienda no estaba entornada del todo; dentro, silencio y oscuridad. Había pasado ya la medianoche y Paula no acostumbraba salir a esas horas. Mani no tuvo más tiempo de hacerse preguntas, pues al girar la llave de la luz vio la enormidad del destrozo. Los abundantes libros y pasquines de Paco, los folletos sindicales de Antonio y el contenido del baúl se hallaban esparcidos y desmenuzados en el suelo. El vestido nupcial de Ana era un archipiélago de guiñapos desparramados por todas partes, colgados de las paredes en las alcayatas de los cuadros, sobre las sillas y las colchonetas, en la cama de Paula y entre la ceniza del anafe. Con la cabeza abatida sobre el pecho, Paula se balanceaba encogida en una silla, apretados los brazos en torno al vientre. Tenía señales de golpes en la cara.
-¿Qué te han hecho? -chilló Mani.
La respuesta fue un quejido y el ruego de que saliera en busca de sus hermanos. Corrió a golpear la puerta de al lado, pero Antonio no estaba.
-Ve a buscarlo a la taberna, -dijo el Templao-. Mientras, pediré ayuda a las vecinas, porque tu madre está fatal.
Mani volvió con Antonio a los pocos minutos; por suerte, no estaba demasiado borracho. Más de diez comadres consolaban a Paula, que lloraba abrazada al Templao y esta vez sí corrían lágrimas por sus mejillas.
-Las arcadas son del purgante que le han dao -dijo Concha.
-¿Quiénes han hecho tó esto? -preguntó Antonio y ya podían escucharse los crujidos de sus articulaciones dispuestas para el salto.
-Eran cuatro... -dijo Paula, conteniendo la voz.
-¿Y los dejaste entrar, sin más? -aulló Antonio- Mira como te han puesto esos hijoputas la cara y... mis folletos del sindicato y... ¡el vestío de la Ana!
-Me apuntaban los cuatro con sus pistolas, ¿qué iba a hacer?
-¿Qué querían?
-Saber dónde está la Angustias.
-¿Se lo has dicho al Serafín? -preguntó Mani, sin darse cuenta de que Paula le pedía con los ojos que no pronunciara ese nombre.
-El Serafín no estaba...
-Anda, mamá -masculló Antonio-; ni que hubiéramos nacío ayer. ¿Le has dicho a ese asesino de niños dónde está la Angustias? Mira que tenemos que echar a correr pa proteger al Migue...
-Creo que los he convencío de que los dos están en Barcelona.
Mani sonrió. Buena era Paula para dejarse amilanar incluso por cuatro pistolas, cuando podía peligrar la vida de uno de sus hijos.
-Pero esto no puede quedar así -afirmó Antonio-. Mani, ven conmigo, porque sólo estamos tú y yo.
-¿Y yo no pinto ná? -dijo el Templao.
-No, Guaqui. Quédate ayudando a mi madre -dijo Mani.
-Tu madre tiene ayuda de sobra, ¿verdad, Concha? Hala, vámonos, que a esos cabrones les va a tocar la lotería.

El incendio del portalón de la barbería fue apagado por los vecinos, entre advertencias a los atacantes de que las cosas ban a empeorar para ellos tres, y también para el vecindario, porque llevaban varias semanas campando con toda desfachatez por el barrio los uniformados que hacía poco tiempo no se atrevían ni a asomarse a la esquina. A diferencia del día que Mani despertó del coma, esa noche Gustavo y Bernarda no pararon de proferir amenazas ni de gritar insultos por la ventana, sobre todo contra el Templao, como si les inspirase una clase especial de inquina.
De un día para otro, todas las circunstancias se habían conjurado para causar el desconcierto de Mani, y acudía a la choza del Chafarino con frecuencia. Continuaba teniendo que ir a diario a la casa de La Caleta, pero con mayores cautelas que nunca, porque ya le habían seguido muchas veces que tuvo que desistir de continuar. Pasó todas las noches de Semana Santa persiguiendo a Antonio por encargo de Paula, para evitar que cometiera alguna tropelía contra las procesiones, siempre con el Templao y, a veces, también con Inma. Realizaba extraños encargos para Paula, que no se daba cuenta de su estupor cuando le mandaba a comprar cortes de tela que no parecían tener destinataria o a llevar grandes paquetes de comida a la madre del Templao.
-¿Sigue bebiendo el mayor aun habiéndose casado? -preguntó el Chafarino.
Mani pensó que el cielo del atardecer sobre la sierra de Mijas era digno de un museo, y la mentira que iba a pronunciar sería digna de una antología.
-Bueno... no mucho. Se contiene algo más que cuando era soltero.
-Pero las cosas marchan bien en tu casa, a pesar de la diáspora...
-¿La qué?
-La dispersión de tus hermanos. Con Miguel refugiado en casa de esa señorona y Antonio en la suya, sólo quedáis tú, Paco y Ricardo.
-Paco es como si no existiera y el Ricardo va camino de lo mismo.
-¿Por qué?
-El Paco anda siempre por los pueblos o en las huelgas de las fábricas, o en los follones del puerto... Cuando está conmigo, que es de higos a brevas, no habla más que de organización; organización pallá, organización pacá... Yo creo que el partido le ha hecho olvidar que tiene familia. Pero el Ricardo... osú. Ése hay que echarle de comer aparte.
-¿En qué sentido?
-Hay un cachondeíto con él... Desde que atacaron a mi madre se ha vuelto más cura que los curas, como si aquella noche o en Semana Santa le hubiera visitao el Espíritu Santo. Cuando vio que Antonio se salía con la suya y no se casaba por la iglesia, se pasó dos días de rodillas delante de su puerta, en la galería del corralón. Desde entonces dice unas cosas... ¡y cómo mueve las manos, con tantas bendiciones y tanto imitar las estampas de Jesucristo! Mepongo colorao cuando lo veo parar a la gente en la calle pa hablarle, sin darse cuenta de que se cachondean.
-¿También se burla el Templao?
-¡Qué va! El Templao no haría nada que pudiera molestarme.
-¿Y qué dice tu madre?
-Ella nos manda respetar la religión y se cabrea si decimos palabrotas, así que no sé qué pensará sobre las cosas del Ricardo, porque no me atrevo a preguntarle.
-Tu madre es un gota de agua en el mar. Ojalá todo el mundo en esta ciudad tan desbocada actuara como ella, con su equidistancia y su afán de equilibrio. Aunque te parezca que estos tiempos no son propicios para una vocación religiosa, bajo ciertas circunstancias tu hermano Ricardo puede servir de coartada a tu familia, sobre todo a esos dos hermanos tan políticos que tienes. Nadie puede saber en qué acabarán estos vaivenes, Mani; en el libro de mi cabeza, sólo consigo ver sangre y más sangre. ¿Siguen acosándote los de la barbería?
-Una pechá. Y el hijo manda detrás de mí y de la Inma a sus compinches. Mi madre no llegó a convencerles de que la Angustias y el Migue están en Barcelona.
-¿No pone inconvenientes la señora de La Caleta a que sigan en su casa?
-¡Qué va! Está contentísima con ellos. No para de comprarles ropa y habla de organizarles la boda.
-¿Qué edad tiene Angustias?
-Dieciocho.
-Pues la boda es imposible porque necesita consentimiento paterno. ¿Sabes por qué se porta esa señora tan bien con vosotros?
-Ni puñetera idea. Lo que sé es que su criado me fastidiaba desde los júas del año pasao, sin parar de venir a mi casa a decirle a mi madre yo no sé qué.
-¿Sospechas que exista algún parentesco entre ella y tu madre?
-¡Qué va!
-¿Estás seguro?
-Natural.
-¿Sigue asustándote la monja emparedada?
-No.
-¿Recuerdas lo que te aconsejé que hicieras para superar el miedo?
-Sí; investigar; pero el miedo se me ha quitao sin llegar a enterarme de lo que pasó de verdad, porque me han contao lo menos veinte cuentos diferentes.
-¿Y no te parece que la pregunta sobre lo que pueda haber entre esa señora y tu madre merece también que investigues?
Mani asintió. El Chafarino tenía razón. Llevaba demasiado tiempo preguntándose lo que podía haber tras la generosidad de Elena Viana-Cárdenas James-Grey. Ya era hora de conocer la respuesta.
-¿Sigue profundizándose tu amistad con el Templao?
-Cá vez discutimos más pero creo que cada día somos mejores amigos. Y no sólo porque su hermana es pa mí como el aire... El Templao está lleno de fallos, es un poquillo bruto y a veces es más pesao que cargar en la espalda dos mulos con los capazos llenos de piedras, pero no creo que yo pudiera vivir sin su amistad.
-La razón por la que te importa tanto -dijo el Chafarino- es la edad que te separa de tus hermanos. Eres muy maduro, pero tienes sólo doce años. El Templao es un modelo más a tu alcance. Tus facultades y las suyas son complementarias y también los defectos. Esa amistad va a jugar un papel trascendental en tu vida.
Volvió al barrio apretando el paso, porque llevaba demasiadas horas sin ver a Inma. La encontró en el escalón del portal, bordando a la luz del farol de la calle puesto que en su casa sólo disponían de un quinqué.
-Niña, te vas a quedar ciega. ¿Por qué no has subío a mi casa, con mi madre?
-Porque no está.
-¿Sabes a dónde a ido?
-Creo que a probar un vestido en La Caleta.
-¿A casa del ministro?
-No lo sé. Oye, niño, esta mañana me han cortao el paso dos veces los amigos del Serafín. La primera, en el Molinillo y me fui tan campante. Pero la segunda ha sío ahí, en la calle Huerto de Monjas, y me han llevao a la barbería a la fuerza. Dice el barbero que le han contao que yo iba mucho a las Hermanitas de los Pobres a cotorrear con la Angustias, y que no tengo más remedio que saber dónde está.
-¿Qué le has dicho?
-Que trataría de cogerle a tu madre un sobre con la dirección de Barcelona.
-¡Bien hecho! Pero oye, lo mejor será que trates de no andar sola por ahora. Espera siempre que estemos el Guaqui o yo por aquí, ¿de acuerdo?
-Tú no estás bien de la cabeza. ¿Te has olvidao de que tengo once hermanos y que la mitad se cagan todavía en los pantalones? Po no faltaba más que yo tuviera que quedarme encerrá cuando ustedes estéis por ahí, sin poder ayudar a mi madre.
-Joé, niña, que esto es muy serio. ¿No sabes de más las cosas que pasan en Málaga? Hazme el favor de no salir sola ni a la esquina; por lo menos, que te acompañe siempre tu hermano Pepillo, que ya tiene nueve años, o la Viky, que tiene mi edad. Ve siempre con alguien, que esos tíos tienen mu mala leche.
Con expresión de plenitud, Inma le pasó amorosamente la mano por la mejilla y los labios. Dijo:
-Quédate tranquilo, niño, que tengo buenas piernas pa correr y dar patás.
-¿Y el Guaqui?
-Pelando la pava con esa niña de La Trinidad.
-¿Todavía?
-¡Digo!, como que ella se ha empeñao en que suba a hablar con su padre, pero mi hermano dice que nanay. Se ve que ella todavía no lo conoce ni mijilla. Desde que tengo uso de razón, mi Guaqui no ha parao de decir que no se casará hasta que no salga de la mili mi hermano Pipe, que es el más chico de tós. Así que tú veras.
-Entonces, me voy a acostar. Mañana, iré a ver al Migue de madrugá, porque ya estoy hasta los huevos de tener que andar despistando a los compinches del Serafín.
-¡Niño!, que tu madre no quiere que digas guarrerías.

Despertó a las seis gracias a Paula, que le llamó en respuesta al recado que le había dejado escrito. La noche anterior no la había oído llegar, por lo que se preguntó dónde habría estado hasta tan tarde. Salió dispuesto a seguir la recomendación del Chafarino y responderse de una vez los interrogantes sobre Elena u Paula. Por lo temprano, creía que aún no había camaradas de Serafín vigilando la esquina. Avanzaba la primavera y en la parada de la Acera de la Marina olía a jacarandás y azahares tardíos. Tomó el tranvía a las siete menos diez. La línea discurría primero a través de un paseo umbroso, una cinta arbolada junto al puerto, saliendo a continuación a un bellísimo paseo orlado de palacios en miniatura. Había casonas que imitaban castillos medievales castellanos, caseríos vascos, masías catalanas, pazos gallegos, palacetes franceses, cotages ingleses y dos de arquitectura colonial filipina. En sus jardines crecían palmeras de todos los orígenes, chaguaramos, datileras, cocoteros y palmitos; enormes ficus de varias especies; tilos, araucarias y pinsapos entre bananeras gigantes y árboles del paraíso. Formaban en conjunto un parque botánico que envidiarían y cuidarían como joyas en cualquier país europeo, pero en la peculiaridad climatológica de la banda litoral protegida por los Montes de Málaga vivían y prosperaban libres, perfectamente adaptados. El poderío de los propietarios se manifestaba por doquier, en las sólidas verjas de hierro forjado y en los arriates de rosas, en la pintura inmaculada de las fachadas y en los cortinajes de terciopelo que se entreveían por las ventanas. El parque de la casa de Elena poseía la misma exuberancia exótica, pero era mucho más grande que todos los demás.
Le abrió el criado, que le dijo tras una corta vacilación:
-Oye, Mani... ¿por qué no te das una vueltecilla? Has venío mu temprano y tó el mundo está durmiendo todavía.
-¿También mi hermano?
-No. A él lo estamos preparando pa que tenga buena pinta, porque a mediodía va a venir el obispo a hablar con él.
-¡Qué!
-¿No lo sabías? -Rafael comprendió que había metido la pata-. Entonces, no te des por enterao. Ven, voy a darte de desayunar; luego tienes que irte por ahí lo menos hasta las diez de la mañana, ¿de acuerdo? Y no digas que te he dicho lo del obispo, hazme el favorcillo, ¿eh?
Iba a rechazar el desayuno, porque Paula no le dejaba salir a la calle sin tratar de cebarlo, cuando sonó la campanilla. Rafael cerró la puerta de cristales emplomados, pero Mani permaneció en el escalón de mármol blanco porque intuía a qué se debía la llamada de Elena. A los cinco minutos, volvió a abrirse la puerta y Rafael le dijo:
-Menos mal que no te has ido; doña Elena te vio llegar desde la ventana y quiere que vayas a su gabinete. Entra.
Tras el saludo, Elena le mandó cerrar la puerta del gabinete, cosa que jamás había hecho antes. Notó por la expresión de la anciana que quería hablar muy bajo, por lo que acercó un escabel al sofá, en cuyo reposabrasos apoyó el codo. Deseaba averiguar qué significaba la visita del obispo, pero decidió esperar a ver si ella abordaba la cuestión sin tener que preguntarle, con objeto de no abonar la enemistad del mayordomo..
-¿Por qué has venido tan temprano? -preguntó Elena.
-Pa despistar a los que me siguen tós los días.
-¿Estás seguro de que no han descubierto esta casa?
-Natural. Doy más rodeos que los volantes del vestío de una bailaora.
-Pero ¿de verdad crees que el hermano de Angustias es tan violento?
Como Mani le había descrito todos los hechos con pormenores, miró los ojos de la anciana a ver si la pregunta iba en serio o trataba de ser ecuánime. Pero tenía muy claro que ni Serafín ni sus compinches merecían ecuanimidad alguna.
-Es que tú sabes lo que has visto, Mani, y no pongo en duda tu versión, pero no dispones de pruebas que presentar a terceros, ¿comprendes?
-¿Pruebas, pa qué?
-Es preciso que resolvamos las cosas pa siempre, porque quiero que viváis en paz y no sé qué hacer para llegar a una solución definitiva. Si intentáramos convencer a las autoridades de que pongan coto, por ejemplo amenazando una mijilla a Serafín, la realidad es que no tenemos ninguna prueba que llevarles para convencerles. Se lo he comentado a Pepe Estrada, ya sabes, ese vecino mío que fue ministro, y me lo ha explicao muy claramente. Un día estaba yo con la reina...
-¡Con la reina!
-¿Te sorprende? Pues me hacía el honor de considerarme su amiga.
-¿Victoria Eugenia?
-Ella, también, pero quien me honró primero con su amistad fue la reina regente, doña María Cristina. Yo era muy joven cuando fui presentada en la corte; ella se prendó de mi carácter dicharachero y se divertía tanto conmigo, que me mandó llamar a Madrid una pila de veces, siempre que se sentía deprimida, porque le tocó padecer tela marinera. Ya sabes, lo de Cuba y todas aquellas cosas tan espantosas. Era austriaca, así que puedes imaginarte lo que se reía con mi acento malagueño y con mis salidas. ¡Tuvo suerte de morir antes de ver caer la monarquía! Ella admiraba a Pepe Estrada, que es un abogado formidable; tanto, que en Madrid circulaba la broma de que cualquiera podía hasta matar al rey si contaba con él para defenderle. Me dijo la reina un día que incluso Estrada sería incapaz de lograr la absolución de nadie si no disponía de pruebas y que ella sabía mucho de acusaciones falsas, por las insidias que habían circulado en la corte tras enviudar de Alfonso XII. Imagina, llegaron a decir que Alfonso XIII era hijo de un cochero. A veces nos engañamos, Mani. Tú eres la mar de inteligente y me gustaría que aprendieras a ser riguroso. Tu hermano el mayor, tó el mundo me dice que no tiene compostura; de Paco, que simpatiza con esos genocidas rusos; el beato creo que no tiene dos dedos de frente y a Miguel lo tenemos aquí al pobre, sin poder moverse. Sólo quedas tú, que a mí me pareces el más listo de los cinco. ¿Por qué no tratas de ver si lo de la familia del barbero y la tuya tiene arreglo?
Tras esta petición, Elena respondió con evasivas todas sus preguntas, “porque no hay nada más perentorio que un armisticio entre las familias de Angustias y Miguel”. Repitió el ruego de que intentase poner paz entre el barbero y su madre cada vez que le pedía respuestas, como si quisiera extorsionarle. La visita del obispo la explicó diciendo que "Miguel ha estado en peligro de muerte y necesita auxilio espiritual"; justificó las ayudas a Paula porque "tu madre se está ganando el cielo". Mani notó que le retenía en el gabinete, como si no quisiera que viera no imaginaba el qué. Pasadas las once, le permitió una fugaz visita a Miguel, que presentaba un aspecto magnífico, afeitado y repeinado sobre una almohada recién planchada; a continuación fue despachado con prisas por Rafael. Elena volvió a sisearle desde la ventana para decirle:
-Piénsatelo bien a ver si puedes mediar entre el padre de Angustias y tu madre.
Lo pensó, en efecto, durante el recorrido hasta el barrio. Al pasarse la mano por el pelo, recordó que necesitaba cortárselo. No dejó de cavilar durante el almuerzo, y después de comer le pidió dinero a Paula, que no se asombró cuando le dijo que iba a la barbería del Granaíno. ¿Existiría un pacto con Elena?
Gustavo el Granaíno contaba con algunos fieles, pocos si se comparaban con quienes le daban de lado. Mani notaba que ciertos vecinos, los más viejos y cascarrabias, se dejaban impresionar por la grandilocuencia del barbero y estaban de acuerdo con él en que la culpa de las tribulaciones que padecían era de quienes se rebelaban contra ellas. Solían jugar al dominó a la hora de la siesta, cuando no abundaban los clientes; esa tarde, formaban el cuarteto con el barbero tres que casi le doblaban la edad; al ver entrar a Mani, Gustavo lo miró con severidad, pero no dijo nada, fingió naturalidad y le indicó que esperase el final de la partida antes de atenderle.
-Se han vuelto locos -dijo Gustavo.
-Locos de remate -avaló uno de los jugadores-. Paso.
-Cierra la blanca seis -indicó otro-. El ejército tiene que tomar cartas en el asunto, porque esto ya no se pué aguantar.
-Sanjurjo debe venir a poner orden -sentenció Gustavo mientras revolvía las fichas- y lo hará, no tengan ustedes duda.
-Sale el seis doble. Gustavo, ¿cree usted que Sanjurjo, después de aquel fracaso, va a jugársela otra vez?
-Sanjurjo es un patriota -proclamó el barbero-. Los generales que derramaron su sangre en Marruecos al servicio de la patria sin temor a la muerte, no van a tener miedo ahora de un puñao de analfabetos enloquecíos.
-Por lo menos, le van a meter mano a Largo Caballero -celebró uno de la pareja contraria- porque si condenaron a muerte a Galán y García Hernández, mucho más grave fue lo que hizo el año pasao ese rojo que es mu largo pero poco caballero.
-Ya verá usted como sale tan campante del juicio -afirmó amargamente el barbero-, porque estos rojos republicanos se tapan los unos a los otros y tós pretenden lo mismo, que España, que fue dueña del mundo, se convierta en un satélite de Rusia. La intentona soviética de Asturias la repetirán una y otra vez hasta que no los echemos al mar.
-¡Eh!, no vale hacer señas -reclamó el que que formaba pareja con Gustavo-. Cuando manden los militares, os meterán en la cárcel, por tramposos.
-En la cárcel tendrían que meter a muchos -proclamó el barbero, mirando a Mani de reojo-, porque esto es un contradiós. No les bastó con lo de la quema, ni con escupir y dar palizas a los curas. Ahora andan ya violando a las monjas.
-¡No me diga!
-Me lo contó anoche mi Se... -Gustavo recordó que su hijo estaba oficialmente desaparecido- anoche me contaron que un grupo de anarquistas cercó a dos monjitas en la calle Lagunillas. Las metieron a la fuerza en un portal e imagarse lo que pasó.
-¿Gritaron?
-¿Qué quiere usted decir? -preguntó el barbero.
-Hombre, es que las monjas no son de piedra, y si no gritaron mucho...
-¡Por el amor de Dios! Se pitorrea usted de cosas mu serias.
-Mire usted, Gustavo, yo creo en Dios, aunque no voy mucho a misa, pero pienso que hay demasiaos tunantes debajo de las sotanas.
-La excepción confirma la regla -afirmó Gustavo-. La Iglesia es la seña de identidad más importante de nuestra patria; los masones enemigos de España quieren que se hunda y por eso han convencío a los ignorantes de que la religión es enemiga del pueblo. Engañaos, los jóvenes cometen tantas tropelías, que se estremecen hasta las torres de la catedral. Sin la Iglesia y el ejército, España sería una merienda de negros.
-Cierro. Treinta y seis, cuarenta y uno, cuarenta y cuatro, cuarenta y nueve. Se acabó la partía, ustedes pagan.
-¿Cómo quieres el corte? -preguntó el barbero, arrinconando la mesa plegable.
-Militar -respondió Mani-, que no me quede ni un caracol.
-¿No te da miedo que se me escurra la navaja por tu gaznate? -murmuró Gustavo agachándose hasta su oreja.
-Usted tiene mucho más que perder que yo.
El barbero apretó los labios y asintió tristemente.
-¿Vas a decirme de una vez dónde está mi hija?
-Si lo supiera… Pero como no lo sé... Me parece que las cosas se compondrían una mijilla si... se le ocurriera a usted ir a hablar con mi madre y le pidiera perdón.
-¿Perdón, yo? ¿Pero qué te has creío...
-Su hijo trató de matarme. Después, él y sus compinches se llevaron al Ricardo como si fuera un tomaó y casi mataron a mi Antonio... y al Migue también, dos veces. Tó lo que nosotros hemos hecho ha sío siempre en defensa propia.
-¡Mira qué marisabidillo! ¿Quién te enseña a decir esas cosas?
Mani consideró que no ganaba nada impacientándose.
-Si fuera usted a pedirle perdón a mi madre, tendría mucho que ganar y ná que perder.
Gustavo permaneció varios minutos en silencio. Observándolo a través del espejo, notó Mani que sopesaba los pros y contras de la propuesta, de modo que no la rechazaba de plano. Consideró que el amor por su hija y el lógico deseo de encontrarla le inclinarían a cumplir el trámite de la petición de disculpas a Paula que, sospechaba Mani, estaría esperándolas, ansiosa de que acabase el enfrentamiento y Miguel no peligrara más.
-¡Oye, Mani! -le gritó el Templao desde la calle-. ¿Qué haces con ese esquilaó? ¿Es que te has vuelto mariquita?
Envuelto por el sol de media tarde, todavía con su ropa de arrumbador del puerto, su expresión era burlona, pero Mani notó que el barbero se ponía en tensión.
-Ese bárbaro no es digno de ti y va a llevarte a la perdición -murmuró Gustavo, convencido de que sólo Mani podía oírle.
Pero el Templao tenía, evidentemente, oído muy fino.
-Bárbara va a ser la bofetá con la que voy a partirte la jeta, granaíno de mierda.
-Eso será si un día de éstos no se te cae encima de la cabeza un bulto de la grúa del muelle -amenazó el barbero-, que tó es posible y uno tiene sus influencias.
-¡Mani!, déjate de mariconás y echa a correr. ¿No ves los trasquilones que ese hijoputa está dándote?
No era verdad pero en ese momento Gustavo perdió los estribos y, en efecto, cortó un mechón mucho más cerca de la raíz de lo que debía. El muchacho temió que sólo fuera el comienzo de una escabechina y, de un salto, se puso de pie, arrojó la toalla que tenía sobre los hombros y echó a correr tras depositar el precio del corte sobre el asiento. Siguió al Templao, que se dirigía hacia la calle Rosal Blanco convulsionado por la risa.
-¡Estás majara, Mani! ¿Cómo se te ocurre ir a pelarte en la barbería del Granaíno. Cuando me lo chismearon al llegar a calle Rosal Blanco, no me lo podía creer.
-Es que necesitamos encontrar una solución, Guaqui. Mi madre, el Chafarino y la señora de La Caleta dicen que esto no puede seguir así.
-¿Pero es que no te das cuenta de que esa gentuza no tiene compostura?
Se pararon, porque la madre del Templao acudía hacia ellos corriendo, avisada por las vecinas de que su hijo había regresado ya del puerto. Parecía que Carmela no podía haber parido doce hijos sin romperse, porque era menuda como una caña y quebradiza como un jarrón de porcelana. En ese momento, a causa de la carrera que había encendido dos rosetonos rojos en sus mejillas, su fragilidad infantil parecía mayor que nunca.
-Guaqui, la Inma...
-¿Qué pasa, mamá?
-Que la mandé a mediodía a comprar un huevo y no ha vuelto.
-¿No ha venío a comer?
-No. Sal a buscarla, que esto me huele fatal.
Mani sintió que un terremoto agitaba el suelo bajo sus pies. Había aconsejado muchas veces a Inma que no saliera de su casa sola, lo mismo que el Templao. Ahora no era tiempo de reprochar a la madre por no parar de mandarla a la calle, sino de encontrarla cuanto antes. Rastrearon a la carrera zonas cada vez más amplias con el barrio como epicentro. Empezaron en el Molinillo, pero fueron abarcando más y más calles, hacia las zonas céntricas, hacia el barrio de Capuchinos y hacia el río. Preguntaban a los conocidos y a los desconocidos, el Templao sin parar de llorar y Mani con el corazón estrujado por el peor de los presentimientos. Inma no se retrasaba jamás voluntariamente, poseía gran sentido de la responsabilidad que le hacía ayudar a su madre mucho más de lo que ésta le exigía y siempre volvía de los mandados en seguida, porque lo que más le gustaba era bordar. Pasaba horas y horas bordando, incluso mientras hablaba con Mani durante tardes-noches interminables. Parecía indudable de que su tardanza no era por iniciativa propia; alguien estaba reteniéndola. Cada hora, volvían a la calle Rosal Blanco por si había novedades. De tanto indagar, la noticia sobrevoló el barrio, por lo que se fue agrupando gente expectante en torno al corralón de la Torre. Los grupos se multiplicaron y cuando se acercaba la medianoche, eran más de diez. Carmela, en el centro de un círculo formado por sus hijos, permanecía en guardia a la entrada de la calle, como si con ello pudiera acelerar la reaparición de la más bonita, dulce y serena de los doce.
Mani y el Templao recorrieron todas las casas de socorro, los dos hospitales, los asilos de indigentes y cuando acudieron a la comisaría de vigilancia, los guardias se burlaron de su desconsuelo, porque las denuncias por desaparición eran demasiado frecuentes como para abrir diligencias. El Templao estuvo a punto de ganarse la detención, de no ser porque Mani cerró materialmente su boca obligándole a callar cuando ya había empezado a insultar al guardia del mostrador, que sencillamente se encogió de hombros con indiferencia.
Según les dijeron durante un nuevo regreso a calle Rosal Blanco, ya eran casi veinte los grupos que hacían batidas por el río, los huertos, el monte Coronado y las zonas de campo que orillaban los caminos que partían de Málaga. Salían con antorchas y linternas en una multitudinaria movilización del barrio, que era general cuando se aproximaba el alba.
Fue con la primera luz del amanecer cuando llegó uno de los grupos cargando a Inma entre cuatro. Convulsionada y babeante, se debatía como si fuese presa de un ataque epiléptico, pero no emitía sonido alguno.
-Estaba sujeta a la barandilla del puente; parecía que iba a tirarse -informó uno de los que la cargaban.
-No quiere hablar -aclaró otro.
La depositaron de pie ante su madre y Mani sintió que se le partía el corazón. Sobrocogido por el espanto, contempló su melena castaña enredada de rastrojos, sus mejillas tumefactas, sus labios hinchados y cubiertos de heridas y coágulos de sangre, sus ojos ennegrecidos a golpes, su vestido hecho jirones y la sangre seca que dibujaba un reguero en su pierna izquierda. Iba sucia de polvo y fango y de sangre y dolor en las incontables magulladuras y escoriaciones de su piel, visible en la abundante desnudez que su ropa hecha jirones no ocultaba. En una de los guiñapos mayores de la parte delantera de la falda, habían escrito "puta roja" con tinta china. Viendo que iba a caer desmayada al suelo, Mani dio un salto para evitarlo, pero ella rechazó el contacto con brusquedad, como si él quisiera multiplicar su horror.
-¿Quién te ha hecho esto? -la voz del Templao fue un alarido.
Sin responder, también rechazó Inma el abrazo de su madre No quedaba en su cuerpo un centímetro de piel que no hubiera sido golpeado, que no le doliera. Dado que el furor del Templao parecía a punto de reventarle los labios y las cuerdas vocales, Mani carraspeó para atemperar su voz, tratando de que sonara tranquilizadora.
-¿Cuántos te llevaron, cuatro? -preguntó.
Ella asintió, sin mirarle ni hablar.
-¿Estaba el Serafín con los que te forzaron a ir con ellos?
Inma negó con la cabeza gacha.
-¿Pero iban vestidos como él?
Tras una pausa alucinada, asintió de nuevo.
-Y luego, sí acudió el Serafín.
El movimiento de la cabeza de Inma en un gesto de afirmación se produjo con cierta violencia, como si ese nombre le causara un efecto aún más doloroso.
-¿Te encerraron en alguna casa?
Inma asintió.
¿En el Hoyo de Esparteros o en el Paseo Reding?
La negación de la muchacha fue tan ausente y sonámbula como la de alguien que estuviera a punto de perder el conocimiento.
-¿En el campo?
Nuevo asentimiento.
-¿Desde el mediodía, diecinueve horas torturándote?
Ya no hubo respuesta. Inma se sentó en el suelo, se cruzó de brazos protegiéndose el vientre y se acurrucó estremecida por los tiritones, aunque la temperatura era agradablemente tibia. Parecía no escuchar el clamor de preguntas que todos le hacían ni los improperios que también todos dedicaban a los raptores.
-Guaqui, hay que llevarla al hospital -dijo Mani al oído de su amigo-. Tiene mucha sangre y tendrá más de una herida. Vamos.
Inma se resistió a que la cargasen de nuevo. Continuaba sin emitir sonidos, pero se agitó con increíble violencia rechazando con terror el contacto de las manos, y no paró de revolverse en el recorrido de la numerosa comitiva hasta el hospital.
Terminado el reconocimiento, el médico pidió un aparte a Carmela, pero ella alegó que también tenía que estar su hijo y el Templao exigió que Mani les acompañase. Les hizo entrar en una pequeña habitación amueblada como un modesto despacho, donde les informó de que Inma presentaba un grave desgarro del himen y otro del esfínter anal. Violación múltiple, acaso con objetos grandes como patas de sillas o botellas además de penes, graves maltratos en todo el cuerpo, aunque ningún hueso roto, y casi toda la dentadura afectada, algunas piezas rotas y todas las demás aflojadas. La garganta, en carne viva, al parecer de tanto gritar. Tenía que permanecer encamada e iba a recibir asistencia psiquiátrica, puesto que se negaba a hablar.

Continuará
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sábado, 3 de mayo de 2008

¿Que hacer cuando una editora se apropia de los derechos de autor?

¿Alguien tiene idea de que tiene que hacer un autor cuando -sin ninguna duda- una editora lo estafa y se apropia de sus derechos sobre varias obras?
Consultada la SGAE, responden que ellos no se ocupan de libros. Sólo de música y teatro; o sea, donde hay mucha tela que cortar. ¿Quién defiende, entonces, a los escritores en España, qué organismo puede ocuparse de que sus derechos no sean conculcados, sin que el generalmente débil autor tenga que recurrir a costosos y lentísimos procesos judiciales?
Si un escritor con varios libros publicados, todos ellos con múltiples ediciones, recibe por sus derechos un total de 3.000 euros en DOS AÑOS, algo tiene que estar equivocado. El camino legal para averiguar la verdad es pedir notarialmente una auditoria y esperar meses o años a que los jueces resuelvan. Pero si el autor que ha recibido 3.000 en dos años lógicamente no puede esperar ni pagar ese carísimo proceso, ¿Qué camino le queda?
Si alguien pudiera responderme le agradecería que me escribiera una nota a mi dirección e-mail:
melerovc@yahoo.es