viernes, 28 de noviembre de 2008

LOS PERGAMINOS CÁTAROS, gratis. Mientras, la estafadora tan campante


Hoy ofrezco los capítulos VIII y XIX de LOS PERGAMINOS CÁTAROS, un thriller sorprendente en un escenario insólito y con circunstancias desusadas. Os apasionará y emocionaará a todos.

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Mientras, la editora estafadora sigue tan campante y cínica, disfrutando deprisa el dinero que ha robado a sus autores, antes de que el CONGRESO DE LOS DIPUTADOS la obligue a cumplir sus contratos y dejar de estafar.

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LOS PERGAMINOS CÁTAROS

Capítulo VIII
MANIOBRAS
1º de julio de 1811

Aunque el verano era un fulgor exuberante en todo el valle, en las alturas del Pla de Beret hacía frío. Un frío que les helaba aún más los ánimos porque no podían estar del todo seguros de que los franceses hubieran perdido su pista, tras varias cabalgadas angustiosas y múltiples maniobras de despiste. Por precaución, eludieron guiar los caballos por las lindes de Salardú y, más arriba, dieron un rodeo para no ser vistos al pasar cerca de Tredòs, pero los torrentes discurrían muy crecidos por Beret y debieron sujetar las bridas refrenando las monturas para vadearlos y, más allá, poder cruzar silenciosamente junto a las casas de la pequeña aldea, cuyas chimeneas humeantes denotaban que los escasos pobladores se encontraban desayunando ya, para emprender sus tareas.
Pareció que lograban que nadie les viera pasar, y entonces volvieron a espolear los caballos. Necesitaban no tardar en llegar a Forat de l’Embut, para curar las heridas de Jàn y Ferran antes de que se infectasen, pero ninguno de los quince tenía idea clara del mejor camino a seguir, pues todos eran difíciles por escarpados y resbaladizos. Llegó un momento en que tuvieron que aventurarse por extensiones nevadas donde los robustos y tercos caballos araneses comenzaron a rehusar las órdenes, y entonces aflojaron la marcha.
La travesía de la blanquísima extensión nevada transcurrió como un sueño, un paseo silencioso y sonámbulo con el miedo agarrotando sus miembros. Marianna aparentaba calma, pero llevaba dentro un torbellino. Continuaba sintiendo en los costados y el pecho el rastro de las manos blandas y sudorosas del francés Antoine y la erección impaciente de Marcel. Y la puñalada frustrada, aunque había lanzado toda su alma tras el pequeño puñal. Y el ahogo del estrangulamiento. Y el horror de la sangre de la cabeza abierta salpicando sobre sus ojos.

No era la primera vez que le había cegado la sangre vertida por la cabeza rota de un hombre.
El día que cumplió veintiún años, mossen Roger organizó una fiesta a la que asistieron más de cincuenta invitados. Las principales figuras de la aristocracia zaragozana estaban presentes pero había también religiosos; todos los que residían en la mansión donde el deán reinaba y algunos de los que la frecuentaban.
-Vas haciéndote mayor, Marianna. El deán dejará de sentir tanto miedo.
Quien acababa de pronunciar una frase tan sorprendente era un cura en la treintena, mossen Antonio, cuyas miradas inquisitivas hacía tiempo que la turbaban.
-¿Por qué siente miedo mossen Roger? –preguntó Marianna.
-¿No lo imaginas?
Marianna negó y se apartó bruscamente del cura cuya expresión estaba desconcertándole tanto, porque sintió inquietud. Se acercó a un grupo, cuyos integrantes eran casi todos miembros de la misma familia, una de las más ilustres de Zaragoza. Les atendió distraídamente mientras la felicitaban y festejaban la riqueza y brillantez del vestido estrenado para la ocasión, pero no podía dejar de pensar en las palabras de mossen Antonio.
Ocurrió cuando ya comenzaban a dar por terminada la fiesta.
Mossen Antonio solicitó su ayuda para encontrar cierto volumen sobre marinería en la inmensa biblioteca del deán, puesto que todos sabían en la diócesis que era ella quien mejor conocía los libros entre los que pasaba la mayor parte del tiempo y la consideraban oficiosamente bibliotecaria y archivera. Aceptó de mala gana ayudarle y le precedió hasta el salón contiguo, ocupado por dos pisos de librerías. Cuando comenzaba a subir la escalera de caracol que la conduciría a los estantes superiores, mossen Antonio la apresó fuertemente por la cintura para llevarla en volandas hasta uno de los grandes bancos, donde la situó bocabajo, colocándose él encima, sobre su espalda.
-Yo soy mucho más joven y no tengo miedo, Marianna. Vas a comprobar que conmigo es mucho mejor que con él.
-Soltadme, os lo suplico.
-Hace mucho que todo el clero de Zaragoza sueña contigo, Marianna. Eres nuestra perdición. Y puesto que peco mortalmente con el pensamiento, da igual que también peque con mi cuerpo. Voy a hacerte muy feliz, ya verás.
Marianna trató de rebullirse y mordió de perfil la boca que se le ofrecía por encima de su hombro aprisionado. Mossen Antonio gritó y en el mismo instante sintió que se esfumaba la fuerza que había estado inmovilizándola, mientras algo cálido se deslizaba hacia su ojo izquierdo y su mejilla. Cuando pudo girarse y apartar el cuerpo laxo del sacerdote, vio al ama, doña Agustina, que blandía un rodillo ensangrentado.
-Corre, Marianna. Límpiate la cara y vuelve al salón como si nada hubiera ocurrido.
-¿Ha muerto?
-No. No te preocupes. Vuelve rápido al salón mientras la servidumbre resuelve esto.

Marianna sintió un fuerte estremecimiento y sabía que no era a causa de la gélida nieve sobre la que circulaba el caballo. A pesar del tranquilizante “no” de doña Agustina, nunca había vuelto a saber de mossen Antonio, de quien le dijeron que había sido trasladado a otra diócesis. Debía reponerse de tales emociones, porque había cosas urgentes que hacer y necesitaba hacerlas bien.
-No paro de darle vueltas a la frase “Tos los romieus que passaran prendan aigo senhado” –dijo Miquéu emparejando su caballo con el de Marianna-. Me da que es un recuerdo de cuando era niño.
Ella se sobresaltó, tan ensimismada iba. El caballo resbaló en la nieve, pero pudo recuperar su dominio. Observó que Miquèu se había distanciado un poco de su par, el joven y hermoso Ricar, de quien creía que no se separaba jamás.
-Gracias a Dios que alguien tiene cabeza para algo más que el miedo a los franceses –comentó Marianna con una sonrisa.
-Me da que ya les hemos dado esquinazo.
-¿Podrías asegurarlo, Miquèu?
-¿Quién puede estar seguro de nada en este valle, donde las rocas hablan, los torrentes gritan y los bosques callan? Pero tú misma dices que el miedo nos incapacita, así que es mejor pensar en otras cosas que en esos franceses que vienen pisándonos los talones, y yo no paro de darle vueltas a la frase del pergamino cátaro porque me da que es uno de esos recuerdos que no llegas a atrapar.
-Si, recuerdo que lo dijiste cuando lo leímos la primera vez. En esta semana que ha pasado, ¿no has conseguido revivir ese recuerdo?
-No. Pero me da que está ahí, a punto de aparecer ante mis ojos.
-Para mí esa frase es una tontería de mierda –dijo Manel, que cabalgaba a escasa distancia-. Todos los romeros toman agua bendita cuando llegan a las ermitas, ¿no? Pues vaya gilipollez. ¿Quién iba a poder encontrar una pila de agua bendita tan especial?
Con algo parecido a la turbación, preguntó Marianna alzando un poco la voz:
-¿Qué has dicho, Manel?
Éste calló y compuso una mueca de escepticismo sarcástico. En su lugar, habló Miquèu:
-Ha dicho que nadie podría encontrar una pila de agua bendita especial.
-Pero en Aran hay varias pilas de agua bendita especiales –afirmó Marianna-. Algunas, muy insólitas.
-A eso me refiero, joder –dijo Manel con impaciencia-. Es que en este valle, las pilas de agua bendita raras abundan más que los pedos del Tomèu.
-Pues en cuanto lleguemos a Forat de l’Embut hay que preguntar al mossen –determinó Marianna.
-¿Ese lunático? –Manel usó un todo muy despectivo-. Ni siquiera habla bien el aranés y no puede comunicarse con nadie, ¿cómo va a saber de todas las pilas raras de agua bendita de Aran? Mejor será que le preguntes a Bartolomèu, que es el archivo andante del valle.




La madrugada del día en que Jàn y Ferran fueron liberados, espiraba el plazo que el comandante De Montesquiou diera al cabo Bertrand para evitar que le degradase. Al ser informado de su ínfimo rango militar, el corregidor de les lo había desterrado de la habitación profusamente adornada donde le acomodara el primer día, y ahora reposaba en un camastro plagado de chinches en un cuartillo separado de la casa, en pleno huerto, una especie de choza maloliente por la vecindad de la letrina.
Iba a tener que permanecer en ese lugar infecto hasta que consiguiera valerse por sí mismo, porque era impensable que le enviasen un carruaje desde la guarnición. Si el hueso de su muslo iba a tardar en soldar, ¿cómo evitaría la degradación y de qué manera podría salir cuanto antes de tan desagradable alojamiento?
Ninguno de sus dos hombres de confianza había averiguado el menor indicio sobre el paradero de esa pareja tan esquiva y osada. Menos mal que esos mismos hombres de su equipo habían sido capaces de entregar, al menos, a los dos campesinos que actuaron de cómplices de la pareja durante las fiestas de San Juan, el día que él sufrió el incidente que ahora le mantenía paralizado. Para su suerte, el comandante había permanecido demasiado ocupado con las cada vez más complicadas requisas de provisiones y, sobre todo, con el interrogatorio de los dos campesinos. Para su desgracia, tales campesinos habían conseguido la proeza impensable de escapar de las disciplinadas tropas de Napoleón gracias a la audacia de sus cómplices, lo que iba a hacer que el comandante, frustrado, volviera a pensar en su caso.
No pudiendo entregarle al mossen ni la ramera, ¿tenía alguna posibilidad de conseguir, al menos, realizar una hazaña hoy mismo que deslumbrara a De Montesquiou para convencerle de que le diera más tiempo?
Porque necesitaba adelantarse a la carrera que iba a ponerse en marcha entre todos los hombres de la guarnición; con esa promesa de un tesoro que el comandante había hecho a varios de los oficiales y sargentos, no llegaría a tiempo de ser él quien entregara a los fugitivos para ahorrarse la afrenta de la degradación ante sus propios hombres.
¿Dónde podía haber lugareños que tuvieran conocimiento efectivo del emplazamiento del refugio? Desde luego, no en los pueblos ni aldeas. De necesitar equipo y provisiones, el cura y su puta sólo podían atreverse a pedirlos a los granjeros, pastores y labradores aislados, los que vivían y trabajaban en parajes solitarios de las laderas vertiginosas de ese traicionero e incómodo desfiladero que era el Valle de Aran. Sólo en lugares casi incomunicados tendría posibilidad de encontrar a los fugitivos.




-Ahí abajo arde una granja –comentó Miquèu volviendo la cabeza hacia Marianna, pero sin dejar de vigilar la pendiente nevada que recorrían a duras penas, pues los caballos podían despeñarse.
Habían empleado toda la mañana y parte de la tarde en el ascenso desde el Pla de Beret y la travesía del Serrat de la Bastida, y el sol comenzaba a declinar dándoles completamente de cara. Marianna entrecerró los párpados para ver con mayor nitidez la escena que se desarrollaba bastante por debajo de los riscos de donde comenzaban a bajar.
-Apeaos de los caballos –pidió, conteniendo la voz.
Desmontaron con sigilo. Por señas, Marianna fue indicándoles que reunieran las monturas donde no pudieran ser vistas desde abajo y las tranquilizaran para que no relinchasen. A continuación, ella, Miquèu y Ricar descendieron hacia la granja incendiada, agazapados y en silencio.
El humo hedía a estiércol y a carne chamuscada. La tosca construcción de tablones ardía sólo parcialmente, sobre todo en la parte dedicada a vivienda, pues los corrales permanecían casi intactos, aunque la algarabía que armaban los animales revelaba que el fuego había llegado lo bastante cerca como para aterrorizarlos. Las despóticas e impacientes órdenes en francés eran devueltas en ecos por las montañas, confundidos con el llanto de una mujer de mediana edad y una muchacha que debía de ser su hija, y los aspavientos de protestas del granjero. Podían ver de espaldas, delante de ellos y a cierta distancia de la granja, a un muchacho escondido tras unos matorrales, en un punto donde no iba a ser descubierto por los asaltantes; les maravilló que portase una guitarra, que aferraba como si fuera un arma. Como eran sólo seis soldados, Marianna se planteó si podían combatirlos.
-¿Los atacamos? –le preguntó Ricar, como si hubiera escuchado su pensamiento.
-No sé si nos conviene ni si sería prudente. ¿A ti qué te parece, Miquèu?
-Allá abajo, asoma la torre de la iglesia de Salardu.
-Y sólo tenemos machetes, arcos y flechas –se lamentó Marianna-. ¡Santísima Virgen del Pilar! Aunque seamos más del doble que ellos, no podemos enfrentarlos, porque dispararían los mosquetes. Muchos podríamos morir y las detonaciones alertarían a todo el ejército. Los soldados de los que hemos escapado tendrían claro por dónde volver a perseguirnos. Si no han encontrado nuestro rastro por el Pla de Beret y se han dado la vuelta, andarán ahora por los contornos de Salardu.
-No podemos atacarlos cara a cara, Marianna –dijo Ricar con sus hermosos ojos ensombrecidos por la pena-. Pero algo podríamos hacer con disimulo para ayudar a esa familia, sin que los franceses nos descubran.
Marianna reflexionó unos minutos, asintiendo en silencio a sus propios cálculos, mientras le estremecía la crueldad que se desplomaba sobre los granjeros. Finalmente, dijo:
-Tienes razón, Ricar. Sube hasta los demás y diles que bajen... sí, que bajen Manel y Tomèu, que son nuestros mejores arqueros. Que traigan todas las provisiones de flechas.
Mientras esperaban el regreso de Ricar, ella y Miquèu observaron con pasmo el horror del ataque. El granjero no se quejaba por su sufrimiento ni por lo que hacían a los suyos, sólo hacía esfuerzos desesperados para justificar el silencio aduciendo su ignorancia. Repetía una y otra vez que no conocía el escondite “del mossen y la puta”.
Una vez que Ricar volvió con los otros dos, Marianna les indicó lo que tenían que hacer por turno y en cadencia, aconsejándoles cautela y contundencia; sobre todo, tenían que evitar que dispararan los mosquetes. Mientras los cuatro hombres bajaban reptando hacia la granja, ella fue acercándose al muchacho de la guitarra con cuidado, hasta que pudo hacerse ver por él estando ya a su lado, sin sobresaltarlo.
Lloraba con desconsuelo, murmurando como una letanía “soy un cobarde, soy un bicho asqueroso...” Era un adolescente que no superaba los dieciséis o diecisiete años, aunque con la reciedumbre física propia de quien ha trabajado desde la niñez en una granja. La voz de sus lamentos sonaba con algunos falsetes, reminiscencia de la cercana infancia, y la mano con que aferraba el árbol de la guitarra era delicada y casi infantil, aunque llena de arañazos y señales del laboreo. El pelo de color panocha muy mal cortado, una boca y una nariz correctas y los grandes ojos verdes componían un rostro agradable que, al madurar, podía llegar a ser muy atractivo. Marianna notó su perplejidad mientras lo rodeaba con los brazos. No pareció asustado, más bien alelado, pues creía que era víctima de una alucinación.
-Cálmate, muchacho –le dijo, acariciándole las mejillas para borrar su llanto.
-Tengo que bajar ahí, a luchar por los míos. He huido como un cobarde.
-Has hecho muy bien en huir. No tienes ninguna posibilidad de luchar, ni tampoco tu padre; ya ves el salvajismo de esos soldados. No te preocupes, mis hombres están tratando de salvar a los tuyos.
-¿Tus hombres? ¿Quién eres, la puta por la que van a matar a mi familia?
Marianna comprendió que no podía reconocer que era la fugitiva que los franceses buscaban, porque ello haría que el muchacho la empujase, saltando para correr a delatarla. Lo que ya no salvaría a su familia, porque habían llegado muy lejos en la crueldad y no iban a volverse atrás, y era sabido en el valle que los soldados de Napolerón remataban todas sus faenas como el peor terremoto.
-Espera unos momentos –dijo Marianna, sin aflojar el abrazo.
-Pero...
Marianna comenzó a besarlo en la frente y los ojos, sin dejar de observar lo que ocurría ladera abajo, atenta a que Miquèu y los demás empezaran a actuar. Notó que el muchacho se abandonaba a las caricias, quizá reconociéndose incapaz de emprender lo que él consideraba que debía hacer.
El soldado que acababa de tumbar a la muchacha en el suelo y forcejeaba pretendiendo alzarle la falda para violarla, recibió una flecha que le atravesó el cuello. Quedó fulminado al instante, rígido como un leño. Debajo, ella gritaba con aullidos de terror, sin fuerzas para quitárselo de encima. Oyéndola, su padre empujó al que le interrogaba a golpes y se lanzó hacia ella, con el desesperado anhelo de consolarla ayudándole a librarse del peso del terror; pero al segundo siguiente recibió un bayonetazo en la espalda, y cayó también sobre su hija, encima del soldado de la flecha en el cuello. El que enarbolaba la bayoneta, fue alcanzado casi en el mismo instante por una flecha en la frente que le hizo caer fulminado de espaldas sobre el fuego, sin ademán alguno.
-Sólo quedan cuatro –murmuró Marianna al oído del asombrado muchacho, cuyos hipidos de llanto iban volviéndose más y más desconsolados.
-A mi padre lo van a matar y… ¡mi hermana se está asfixiando!
-Vas a ver que no. Paciencia.
El corpulento soldado que abofeteaba a la madre, un individuo patibulario que muy bien pudo haber trabajado de descargador en el puerto de Marsella antes de que lo reclutaran, fue alcanzado por una flecha en el hombro izquierdo. Giró hasta el impacto su rostro enfurecido, con los ojos desorbitados como si no pudiera creer que él fuese vulnerable; trató de arrancarse el venablo y al no conseguirlo, lo partió dejándose clavada la punta y, como si le acabaran de poseer todas las furias, disparó el mosquete en la frente de la granjera, que se abrió en un estallido bermejo como una rosa monstruosa. Marianna tuvo que tapar con la mano la boca del muchacho. Sin tiempo de recargar el arma, el forzudo saltó hacia el granjero y le clavó la bayoneta en la espalda; en el mismo instante, fue alcanzado por otras tres flechas, en la cadera izquierda, el hombro derecho y el muslo del mismo lado; furioso como un jabalí acosado, se agitó un momento pero rugió igual que una manada de toros y, sin fuerzas para seguir de pie, fue a caer sobre el hombre a quien acababa de matar por la espalda; se debatió unos instantes, pero en seguida dejó de hacerlo cuando le atravesó el cuello otra flecha. Debajo de él, la muchacha no paraba de gritar, sepultada ya por tres pesados cuerpos y aplastada por el terror pintado en su rostro, que era lo único visible bajo los tres cadáveres. Su voz era como una tormenta que agitó el pecho de su hermano. Para impedir que también él gritase, Marianna apretó aún más fuerte el abrazo y volvió a besarlo. Corría llanto abundante por sus mejillas y estaba a punto de condensar su dolor en un grito, lo que les descubriría a los dos para los disparos de las armas de fuego. Sin tener a mano otro medio, Marianna selló con sus labios la boca del joven, cuyos ojos se desorbitaron.
El soldado que ejercía de jefe del pelotón mandó a sus tres compañeros agacharse, a fin de no ofrecerse más como blancos para quienes disparaban las flechas, y a continuación se arrastró hacia donde la muchacha continuaba inmovilizada por el peso de los tres cuerpos; de manera muy ostentosa alzó y movió el mosquete como una bandera, de manera que lo que iba a hacer fuese advertido por los arqueros; cuando calculó que había conseguido la atención que pretendía, apoyó el cañón del arma contra la sien de la joven y gritó en francés y, en seguida, repitió en castellano:
-Entregaos, o la mato.
Siguió un silencio tenso y saturado de malos augurios. Sólo se oía el crepitar del fuego y la algarabía menguante de los animales, cuyos corrales ardían todos ya. Marianna mantenía el brazo fuertemente aferrado al cuello del muchacho, con la boca de él pegada a su garganta para impedirle gritar. Manel y los otros tres hombres habían dejado de disparar flechas. Todo parecía en suspenso, salvo la agonía de los animales y los hipidos del adolescente, y por ello tuvo Marianna un ligero sobresalto cuando una mano se posó en su hombro.
-Que la mate no podemos consentir –susurró en su oído la voz de Marc.
-¿Han bajado más contigo? –preguntó Marianna con el mismo tono.
-No. Apenas conseguimos calmar a los caballos entre todos. Pero es que desde allí arriba, hemos visto que ni Miquèu ni Ricar, ni Manel ni Tomèu están situados de manera que puedan disparar con tino una flecha al soldado, para matar a la muchacha impedirle. Por eso me han elegido a mí…
-Pero tú no eres buen tirador, Marc.
-Ya lo sé. Sólo tengo que acercarme y a Manel decirle dónde tendría que trasladarse, para la flecha lanzar desde donde alcanzar a ese soldado en el cuello, que es la única manera de que el mosquete no llegue a disparar. Y yo sí que puedo sin descubrirme avisarle y sin que ninguno de esos soldados asesinos se dé cuenta.
Era verdad. Ya lo había visto en Les trepar y moverse entre las ramas de los árboles con la levedad y la destreza de un pájaro. Seguramente, se deslizaría como un lagarto entre la maleza.
-Apresúrate, Marc, por favor.
Mientras el leñador se alejaba hacia el punto donde Manel se encontrara apostado, lugar que ella no era capaz de ver desde su puesto de observación, Marianna notó la intensidad esperanzada con que el muchacho lo seguía con los ojos. Tenía que hacerle hablar para que se fuera serenando y evitar que saltase en pos de Marc.
-¿Cómo te llamas?
-Felip. ¿Tú eres la…
-¿La que llaman la puta del mossen?
-Iba a decir “la zaragozana”.
-Sí, yo soy. Pero ni antes habrías impedido la muerte de tus padres delatándome, ni ahora conseguirías salvar a tu hermana si lo haces. Esos hombres se comportan como fieras en guardia permanente, temerosos de que los araneses decidamos echarlos del valle a patadas, así que te habrían disparado en cuanto te pusieras de pie y les gritases; te matarían sin darte tiempo de explicarles tus intenciones.
-Ese hombre va a salvar a mi hermana, ¿verdad?
-Sí, Felip. Confiemos en que quien puede salvarla, lo consiga.
-¡Ahora voy a disparar si no os rendís! –farfulló el francés en castellano.
Había que hacer algo para dar tiempo a Marc y Manel. Marianna rogó al muchacho que no se moviera ni hablase y se incorporó un poco, lo suficiente para que los cuatro soldados pudieran ver su frente y su pelo, para lo que se desató el pañolón con que lo cubría. Veía a los cuatro, pero ninguno de ellos la miraba. Entonces, se puso a cantar en francés con dulzura extraordinaria y una voz cuya tesitura se enriquecía con los ecos que las empinadas laderas devolvían en matices múltiples. La letra de la canción era el triste lamento de una dama que por miedo a su familia, tenía que callar el amor que sentía por un trovador. Alerta a los gestos de los soldados por si tenía que agacharse de súbito para eludir un disparo, Marianna notó que los cuatro miraban absortos en su dirección, con mayor perplejidad que recelo.
Ocurrió cuando estaba a punto de terminar el canto.
La flecha disparada por Manel acertó al que amenzaba a la muchacha, pero no en el cuello, sino en la quijada. No murió del modo fulminante que convenía y, tal vez, ni siquiera tomó la decisión de disparar, pero su mano crispada por el dolor lo hizo. Con horror, Mariana vio cómo el joven y hermoso rostro de la hermana de Felip se convertía en una vasija hueca de carne abrasada y sangre.
Simultáneamente, las flechas comenzaron a rozar de modo incesante a los tres soldados que permanecían de pie. Viéndose cercados, ellos se pusieron a disparar los mosquetes a ciegas, hacia donde creían que podían estar los arqueros, y comenzaron a recular. Dispararon un par de veces, por turno y recargando escalonadamente las armas, antes de echar a correr hacia donde tenían los caballos amarrados, que montaron a saltos y pusieron en seguida a galope.
Ya sin ninguna cautela, Marianna se puso de pie y gritó:
-¡Todos arriba, ya, ahora mismo, sin pérdida de tiempo! ¡Corred, por favor, antes de que venga a apresarnos el ejército de Napoleón en pleno!
Tuvo que tirar del brazo de Felip, que lloraba desconsoladamente, y correr arrastrándolo montaña arriba. Cuando consiguió llegar al punto donde los caballos estaban agrupados, ya estaban todos los hombres.
-Han oído los disparos salen a galope desde Salardu –le dijo Miquèu, muy agitado-, aunque todavía no saben para qué, porque mira a los tres que han escapado de nosotros en la granja; me da que les falta un trecho para encontrarse con los que vienen a ayudarlos.
Marianna inspiró hondo, para aliviar el sofoco de la subida.
-No podemos volver directamente a Forat de l’Embut –dictaminó-. No tenemos otra salida que cabalgar en dos direcciones diferentes, y hacerles creer que huimos hacia un punto que ni siquiera se aproxime a nuestro refugio. Sólo reemprenderemos el regreso directo a la cueva cuando estemos completamente seguros de haberlos despistado.
Indicó cómo dividirse y asignó la dirección del otro grupo a Miquèu. Cuando ya estaban a punto de partir llamó a Felip, que continuaba llorando aferrado a su guitarra, sentado sobre la nieve, y le dijo:
-Tú te vienes conmigo. Sube a la grupa de mi caballo.




-Comentan que los franceses han asaltado una granja por el río Unhola –dijo el síndico Raimundo Tinel.
-Así es –afirmó mossen Pèir-. Además de incendiar la granja y acabar con todos los animales, han torturado y matado a toda la familia de Felip Servet
-Esto comienza a ser excesivo, arcipreste. ¿Qué podemos hacer?
-Las cosas se complican demasiado, y es para sentirse muy intranquilo. Aunque me trata con un desdén insultante, De Montesquiou me ha asegurado que él no ha dado la orden de ese ataque.
-¿Miente?
-No lo creo. De Montesquiou me ha dicho que su general ha dado recientemente orden de no soliviantar demasiado a “los naturales”. Según deduzco, ello significa que ahora temen a los araneses un poco más que hace unos meses, porque tienen problemas no sólo en España, sino en su propio país, con los ataques constantes de los ingleses.
-Entonces, si no han sido los franceses, ¿quién podrá ser?
-¡Claro que han sido los franceses, don Raimundo! Se trata de un asalto que lleva el sello de cuantos han realizado hasta hace poco los soldados de Napoleón, un asalto donde han derrochado crueldad hasta unos límites que producen náuseas además de desconsuelo. Han exterminado a toda una familia y lo que me cuentan los vecinos de los alrededores causa escalofríos. La promesa del tesoro de los cátaros está surtiendo el efecto previsible. En la granja de Felip Servet han sido disparados muchas veces una cantidad grande de mosquetes. ¿Sabemos de algún granjero o algún aranés que disponga de varios mosquetes?
-Entonces, han soltado un monstruo que ya no pueden controlar.
-Así es. Es posible que lo de la granja de Felip Servet lo haya organizado cualquier soldado tras una noche de borrachera o cualquier suboficial con mucha soberbia y muy pocas luces, que sienta que puede abusar de sus prerrogativas. O varios soldados que hayan cruzado una apuesta entre ellos durante una de sus noches de desenfreno. Puede ser cualquier barbaridad, don Raimundo. No creo que ni el romano ni De Montesquiou contaran con estas tropelías cuando prometieron parte de un fabuloso tesoro a quienes le entregasen a mossen Laurenç y la zaragozana, pero el hecho cierto es que la ambición se ha desatado por Aran y ahora nadie va a poder fiarse ya de nadie.




No fue sino al amanecer del día siguiente cuando consiguieron llegar a Forat de l’Embut, tras una noche de zozobra e incertidumbre, como una pesadilla que les impulsara a gritar teniendo que mortificarse con sus propias palmadas y pellizcos para no hacerlo y para no acabar despeñados al quedarse dormidos sobre las monturas. Creyeron haber esquivado a los franceses poco después de alejarse de la granja de Felip Servet, pero las negras montañas de Aran eran como cíclopes crueles y burlones, decididos a engañarles con las infinitas resonancias de sus ecos. Interrumpieron muchas veces la marcha como reacción ante voces y sonidos de galopes procedentes de puntos que, tras una parada cautelosa y acechante, demostraban no ser donde tales ruidos habían tenido lugar. Los espejismos de su percepción les obligaron a cambiar muchas veces de ruta en la oscuridad, guiados tan sólo por el reflejo de las estrellas. Retrocesos y reemprendimientos del camino en completo silencio y procurando que no relinchasen los caballos. Una odisea de toda una noche para lo que en circunstancias normales hubiera sido un viaje de dos horas.
Durante el laberíntico recorrido, Marianna no había parado de consolar a Felip, cuyos lamentos y quejidos habían resonado tan estridentes por el atajo que ella había elegido, el Llac de Montoliu, como para sentir el impulso de echarlo al agua gélida, a ver si de ese modo lograba serenarse, y a punto estuvo de hacerlo. Al mismo tiempo, tenía que luchar contra su propio reconcomio; temía por la vida de Jàn y Ferran, en un estado febril que les hacía arder a pesar del frío de las cumbres, un temor que le causaba angustia sobre todo por la mujer de Jàn, que estaba a punto de parir, pero también porque, si morían, con la pesadumbre y el desánimo serían todos mucho más vulnerables.
El grupo comandado por Miquèu debía de haber llegado hacía rato, porque sus monturas estaban recogidas en el cercado y ya sin aperos. Cuando la boca de la cueva se hizo visible como una cálida bienvenida, descubrió que mossen Laurenç se encontraba un poco más arriba, cargando impetuosamente y cambiando de lugar piedras que parecían demasiado pesadas como para que las levantase un hombre solo. Tenía el torso desnudo, sin dar importancia a la cercanía de la nieve. Conociendo tan bien como conocía ese cuerpo pletórico, que de lejos poseía la apariencia de un titán, Marianna supuso que estaría sudando a chorros aunque a la distancia que se encontraba no pudiera asegurarlo.
-¿Qué hace el mossen? –preguntó muy bajo a Bartolomèu, que acudió a recibirla.
-Tras oír lo que Miquèu ha contado, dice que hay que preparar las defensas sin demora –respondió Bartoloméu con una sonrisa sardónica-. Cree que tarde o temprano subirán los franceses y hay que construir un parapeto. Nadie le ha hecho caso, pero él, erre que erre. ¿Ferrán y Jàn van a sobrivivir?
-Dios lo permita.
-Ya lo tengo todo preparado para las curas y les he asignado los jergones más limpios.
-Muy bien, Bartolomèu. Gracias.
-Ahora, descansa, Marianna, que llevas dos noches sin dormir. Todo está bajo control y Miquèu y los que venían con él duermen como leños. Pero antes de caer fulminados en los jergones, me han contado con todos los detalles el espanto de esa granja. ¿Este joven es el único superviviente?
Marianna asintió con tristeza.
-Pobre –dijo Bertolomèu-. Ven conmigo, muchacho.
Fue a ayudarlo a bajar de la grupa del caballo de Marianna, pero Felip se negó con un quejido de horror, aferrándose a ella. No pudieron convencerlo de apartarse. Marianna tuvo que aceptar su contacto permanente inclusive cuando se desplomó en el jergón sin romper el muchacho el abrazo.
Despertó tres horas más tarde.
Felip continuaba tercamente abrazado a su cintura. Varios de los hombres habían despertado ya y se dedicaban a reponer las provisiones de flechas. Las excepciones eran Bartolomèu y mossen Laurenç. Éste continuaba construyendo el parapeto y Bartoloméu cocinaba muy cerca de la bocamina. Los del grupo de las flechas conversaban a media voz, pero ella pudo oír de lo que hablaban. Consideraban un problema que Felip hubiera llegado al refugio, por su desesperación y su juventud. Tenía que impedir que esa convicción se extendiera. Empujó a Felip y puso entre sus brazos el hato que le servía de almohada, para que creyese que mantenía el abrazo; cuando comprobó que tras agitarse un instante volvía a dormir, se alzó, se alisó la saya y el pelo y salió hacia el fuego de los que elaboraban flechas.
-Buenos días, Marianna –saludó Bartoloméu al pasar junto a él-. ¿Quieres un café?
-Sí, gracias. ¿Cómo están Jàn y Ferran?
-Sufren mucho, pero no veo heridas mortales. Les he dado una tisana que les ayudará a dormir y eso será lo que seguiremos haciendo, obligarles a dormir hasta que baje la inflamación y las heridas se alivien. Mira al mossen; parece que hubiera perdido la cabeza. De seguir con esos ímpetus, habrá construido la gran pirámide antes de acabar el día.
Marianna sonrió. Lo que tres horas antes era una hilera de grandes piedras en el suelo, comenzaba a ganar altura y ya se había convertido en un murete bajo.
-Buenos días –saludó a Manel y a los que pulimentaban varas en un corro.
-Marianna, no podemos apencar con otro problema –espetó Manel-. Ese muchacho es demasiado joven para la dureza de la vida que llevamos, y no podemos dedicar tiempo a protegerlo.
-Acaba de perder a sus padres y su hermana, y según me ha contado no tiene más familia, porque también sus tíos y primos, que tenían una granja por Mijarán, han sido exterminados. De momento, no tenemos más salida que ampararlo.
-Podemos darle unas monedas –opuso Manel- de las reservas que tenemos, un pedazo de tocino y un zurrón, y mandarle ir Unhola abajo, que ya encontraría cobijo con alguna familia granjera o, en última instancia, con el clero de Vielha.
-Lo que propones es como esas limosnas que damos para quitarnos de encima la molestia de un pedigüeño que nos corta el paso -dijo Marianna, muy severa-. Pero dar limosna no es caridad, es humillación; lo verdaderamente cristiano es procurar que nadie haya de pedir limosna. Escúchame, Manel; para proteger a Felip de sus disparatados y suicidas deseos de venganza, no vamos a despacharlo, ¿está claro?
-Por las riberas del Unhola –dijo Manel- ha circulado siempre el rumor de que la polla de los Servet es descomunal. Si este muchacho ha heredado las dotes de sus antepasados, lo suyo debe de ser digno de verse. ¿Te has enamorado de él y vas a follártelo?
Marianna apretó los labios. Los otros cuatro hombres disimulaban la ironía, que asomaba como un débil brillo a sus ojos. No podía consentir que se contagiasen de las actitudes de Manel. Dijo con tono contenido, pero con mirada tan lacerante como un cuchillo:
-Hay palabras que conmocionan como bombas, levantan murallas de acero y no dejan ni una tronera para reconstruir lo que arrasan. Tus groserías prefiero fingir que no las oigo, pero preguntar si me he enamorado es un asalto a mi privacidad y a mi libertad. Todos tenéis claro que en la cueva donde nos hacinamos no hay lugar para la indiscreción, pues todo está a la vista, inclusive nuestras intimidades físicas. Sólo nos quedan los sentimientos como reductos donde cada uno es de verdad propietario absoluto. No debéis rebasar ni el menor límite en el respeto de esa propiedad privada, ¿lo entendéis?
Todos bajaron la mirada, turbados, excepto Manel, que queriendo hacerle pensar en otra cosa dijo:
-Hay varias iglesias en el valle donde hacen romerías muy concurridas. Una de ellas tiene que ser la del pergamino de los cátaros.
Marianna apretó los labios. Aceptaría el forzado cambio de argumento, pero no olvidaría las impertinencias de Manel. Sin dejar de cargar y transportar piedras, mossen Laureç dijo al pasar junto a ellos:
-La pila de agua bendita más rara de todas es la de Vilac.
Ninguno dijo nada, ostentando desdén. Tampoco habló Marianna, aunque no pretendiera humillar al mossen. Haber llegado a la solución de la clave anterior descubriendo que “almendra” y “flores” eran metáforas capaces de confundir a cualquiera, le hacía suponer que la clave de los romeros y el agua bendita debía ser igual de metafórica. Tomèu dijo:
-Yo no recuerdo ninguna romería en la que sea obligatorio coger agua bendita al pasar.
Marianna comentó:
-No deberíamos olvidar que se trata de un pergamino escrito hace seiscientos años. No creo que se refiera a una costumbre, porque aunque sea con mucha lentitud, las costumbres van modificándose y después de seis siglos no pueden ser exactamente las mismas. Tiene que tratarse de un grabado en una piedra, lo que sería lo más obvio, o de algo simbólico, lo que me parece bastante más probable. Me imagino que ha de ser tan claro como lo de la ermita de Les, pero sólo nos parecerá claro cuando lo descubramos.
-¿Y si resulta que no encontramos nada más que otro jodido rollo de pergaminos –preguntó Manel-, en vez de riquezas para vivir como obispos?
-¡No digas más groserías delante de una dama! –ordenó mossen Laurenc, alzado junto a Manel con una piedra enorme en el hombro que parecía a punto de dejar caer sobre su cabeza.
Sin brusquedad para no provocarle, Marianna se alzó poco a poco y fue a situarse entre la trayectoria posible de la piedra y la cabeza amenazada. Como si no estuviera a punto de producirse un suceso tan grave, dijo con tono neutro:
-Sabemos que sólo encontraremos pergaminos. El texto de los de Les así lo anuncia. El tesoro lo encontraremos a continuación, con una clave que nos proporcionará el del agua bendita.
La conversación fue interrumpida por el rasgueo de una guitarra. Todos giraron la cabeza; sentado en una piedra junto al fuego donde cocinaba Bartolomèu, Felip parecía disponerse a cantar. Pero estaba llorando de modo incontenible y los hipidos se lo impedían. Repetía una y otra vez el mismo rasgueo, como si iniciara la canción, pero su garganta se negaba a entregarse a la música. Marianna se le acercó por detrás y también Bartolomèu; cada uno apoyó una mano en un hombro del muchacho, que de ese modo pareció consolarse y una vez serenadas sus convulsiones, comenzó a cantar.
Su voz comenzaba a ser abaritonada, como la de un adolescente, pero no se le rompía en los gallos propios del paso de la niñez a la juventud. La guitarra no sonaba con afinación total, pero sus cuerdas vocales sí. Muy bajo al principio, la canción fue ganando volumen tan armónica y seductora, que en seguida se formó un corro alrededor de él; en unos momentos, se sumaron todos los hombres, hasta los que habían estado durmiendo, pero excluyendo a mossen Laurenç, Jàn y Ferran.
La canción elogiaba a la madre y el amparo de la familia, añoranzas de un aventurero lanzado hacia lo desconocido en busca de una princesa a quien conquistar. Cada vez que la letra nombraba a la princesa, giraba la cabeza para sonreír tristemente a Marianna, que sentía preocupación creciente por las miradas aviesas que mossen Laurenç lanzaba de soslayo a Felip sin parar de amontonar pedruscos.


Capítulo IX
EL TROVADOR Y EL CONSUELO
Julio de 1811

¿Se había vuelto loco mossen Laurenç? Esta pregunta se convirtió en cotidiana, más convincente a cada momento. Trataban de no reír cuando se ponía a rezar entre aspavientos y persignaciones, arrodillado en el jergón con el rostro entre las manos, o cuando increpaba a Manel por la procacidad de su lenguaje. Fingían sordera si expresaba temores sobre la condenación colectiva de quienes vivían en la cueva o apuntaba la conveniencia de bajar al valle a pedir perdón o, en caso contrario, la obligación que tenían de construir defensas muy sólidas. La fortificación en torno a la mina carecía de sentido, pero Marianna comprendía que su ardorosa naturaleza necesitase esos desahogos. Siempre lo había visto realizar descomunales esfuerzos físicos para aliviar sus tensiones y no podía olvidarse que pocas semanas atrás era el párroco de una aldea, no muy querido pero, al menos, respetado, y de la noche a la mañana había perdido sus prerrogativas y todas sus coordenadas. Nada de cuanto poseyera a lo largo de su vida continuaba en su poder, sus convicciones más íntimas se encontraban en entredicho y había perdido toda ascendencia sobre sus semejantes. Hasta la personalidad más fuerte podía derrumbarse ante tantas adversidades; la cuestión a dilucidar era si su vesania sería peligrosa para el grupo.
Ahora, desde la cabecera de la reunión, Marianna lo veía de reojo en su destierro voluntario, siempre aparte de los demás y huidizo para no sentirse humillado por las chanzas, día a día más ensimismado y menos participativo.
-¿Nos está mirando el mossen? –preguntó en susurros Marianna a Bartolomèu, que se había acomodado a su lado, frente a todos los demás.
-No. Sigue con la construcción de sus murallas de Jericó, que el mossen, de parar, ni para descansar. La locura no tiene cura, y si la tiene, poco dura. No creo que pueda oírnos.
Descontados Jàn y Ferran, que llevaban dos días sedados en sus jergones gracias a los cocimientos de Bartolomèu, y tras la incorporación de Felip, eran diecisiete quienes mantenían la reunión.
-El arcipreste mossen Pèir es un hombre de quien no he recibido más que afrentas –dijo Marianna-. No tengo atisbos de su bondad, si es que la posee, ni de su caridad cristiana. Pero es un eclesiástico y parece un aranés orgulloso de serlo. Sospecho que no pueden dejarle indiferente las tropelías que cometen los franceses ni la brutalidad fanática del romano. Necesitaríamos conocer su opinión e indagar si se ha sometido a los franceses. En el caso de que mantuviera intacta su lealtad con el Valle de Aran, nos convendría averiguar si querría acoger a mossen Laurenç y si no pudiera, que nos dijese cómo debemos tratarlo. ¿Os parece que sería conveniente ir a hablar con él?
-¿Tú? –preguntó Miquèu con sorpresa. A su lado, el hermoso Ricar sonrió con displicencia, como si la idea le pareciera descabellada.
-No –respondió Marianna-. Me echaría con cajas destempladas y llamaría a los soldados para entregarme sin darme tiempo a hacerle ni una pregunta. Propongo que vaya Bartolomèu.
-Buena idea –dijo el aludido y a continuación señaló su pelo gris-, pero con estos rizos nevados, voy a ser reconocido hasta de lejos por la calle, que donde menos se piensa salta la liebre.
-Te pintaremos de negro el pelo con carbón y no irás por la calle. Entrarás en la vicaría por la ventana del huerto. Te acompañarán Tomèu y esos dos.
Marianna señaló a los hermanos Quicó y Andrèu, voluminosos y fortísimos leñadores naturales de Arties.
-Y además –continuó Marianna- será de noche cuando vayáis. Andrèu y Quicó os ayudarán a subir y entraréis por la ventana tú y Tomèu. Seréis dos pares. Llevad en todo momento las túnicas negras y no os mostréis ni a la luz de la luna. En caso de que mossen Pèir amague el más leve gesto de hostilidad, escaparéis al instante por la ventana, donde estos dos estarán alerta para ayudaros a bajar. ¿Se va a celebrar alguna romería estos días?
-Mañana toca la de Escunhau, la romería al Santito –respondió Quicó.
-¿Hay alguna pila de agua bendita especial?
-No estoy seguro –respondió de nuevo Quicó-, pero en Escunhau viven los hermanos de mi padre y desde que me acuerdo siempre he pasado temporadas allí, jugando con mis primos; la pila bautismal de San Pedro me ha llamado la atención desde que era niño, porque tiene grabado un hombre con un martillo y un hacha. Vamos, es que parece mi retrato antes de talar un árbol.
Todos rieron.
-Y como todos sabemos –añadió Andrèu-, Escunhau tiene fama de ser refugio de brujas y una entrada a las profundidades donde viven los demonios; lo murmuran desde el tiempo de Maricastaña. Sant Pèir está algo apartado, en la parte alta del pueblo, y a mí, al contrario que a éste –señaló a su hermano Quicó-, siempre me daba escalofríos, me fijara o no en el leñador de la pila; vamos, es que me daban ganas de mear y echaba a correr si tenía que pasar solo por allí cuando subía al bosque. Y fijaos: además de la torre principal, hay otra que parece una casa endemoniada, y es que esa iglesia está repleta de cosas extrañas. Tiene muchas piedras formando como si fueran cuadrículas de ajedrez y un crucifijo muy desproporcionado encima de la entrada…
-¿Cómo de desproporcionado? –preguntó Marianna, recordando las cruces de los cuños cátaros-. ¿Con las cuatro puntas iguales?
-Me parece que sí –respondió Andrèu-. Pero, además, es que hay una columna con tres rostros en el capitel, mirando cada uno para un lado, y otra con un árbol más raro que la nieve de agosto, y luego, un pedestal con bichos con picos como elefantes, imaginaos, elefantes aquí, en el Valle de Arán. Pero lo que dice mi hermano de la pila bautismal es de verdad como si nos hubieran pintado.
-Bien. Entonces, Miquèu, Ricar, Marc y Jusep bajaréis esta noche a Escunhau. Si encontráis cerrado San Pedro, no forcéis la puerta; esperad el amanecer. Ni se os ocurra entrar hasta que la iglesia no se haya llenado de romeros. Debéis mirar bien la pila bautismal y teniendo en cuenta la frase del pergamino, tú, Miquèu, que sabes más que nadie de los cátaros, te fijarás en los detalles de alrededor, a ver si algo te hace recordar eso que dices que está rondándote la cabeza o por si cualquier detalle te pareciera que guarda relación con la frase “Tos los romieus que passaran prendan aigo senhado”.
-Has nombrado a ocho de nosotros Marianna –dijo Hugo-. ¿Es que los demás vamos a quedarnos aquí, esperando, rascándonos los sobacos?
-No. Tenemos que rematar el despiste de la madrugada de ayer. Por si a los franceses les hubiera quedado la menor sospecha de por dónde pudiéramos estar, es necesario que los volvamos a desconcertar, pero también es necesario para facilitar las acciones de Bartoloméu y los suyos y el grupo de Miquèu. Así que un par subirá por Casàu al Serrat de la Fumarola y otro, al Pic de Sacauba; estarán formados uno por Manel y Jon y el otro, por Hugo y Amiel. Los dos pares encenderán grandes fogatas, asegurándose de no perjudicar los bosques, que no hagamos tierra quemada como cuentan que hace Napoleón por toda España. Pero las fogatas tienen que ser muy humeantes, y dejad rastros de comilonas salvajes propias de los fugitivos asilvestrados que somos, de manera que el asesino ése que reina en el fuerte de la Sainte Croix envíe soldados a inspeccionar, lo que no sólo les desorientará más sobre nuestro paradero, sino que les distraerá de las acciones de los otro cuatro pares. Dormid y descansad hasta la noche para ir despejados, con mente clara, y una vez que aperéis los caballos, cubríos con los hábitos negros, sed discretos y sigilosos como serpientes, comportaos con modestia y caridad, proteged cada uno la vida de vuestro par como la vuestra propia y volved sanos y salvos.




Marianna pasó la tarde aprendiendo a preparar los cocimientos de hierbas para hacerse cargo del cuidado de Jàn y Ferran; poseía nociones teóricas sobre el valor curativo de ciertas hierbas, tomadas de libros de la biblioteca zaragozana de mossen Roger, pero le asombraban los resultados de la sabiduría telúrica del campesino sencillo, sentencioso pero poco letrado, que era Bartolomèu, ya que la fiebre de los dos jóvenes torturados estaba bajando con una celeridad increíble. Y además, ahora dormían con mayor placidez gracias a las canciones de Felip, aunque todas eran conmovedoras; los sones de la guitarra llegaban a ser melodiosos en algunos compases a pesar del desafinamiento de las cuerdas, y su voz era dulcísima.
El muchacho tenía los ojos enrojecidos y la nariz inflamada. Marianna había podido zafarse de su empecinamiento en permanecer constantemente agarrado a ella. Perdida toda su familia, había elegido como asidero el primer rostro amigo y el único abrazo que había tratado de aliviar su dolor. Viendo de lejos su desesperación, Marianna temía la llegada de la noche, por si insistía en el empeño a la hora de dormir. Quería evitar que una situación tan insólita diera lugar a habladurías que desbarataran los frágiles equilibrios que gobernaban el refugio. Nunca, ni en Aran ni en Zaragoza, había temido la maledicencia más que por lo que pudiera afectar a quienes estuviesen a su lado, pero en el Forat de l’Embut los chismes representarían un obstáculo para la solidaridad. Sobre todo, le inquietaba la convicción de que no debía provocar los celos de mossen Laurenç.
Los seis pares partieron al anochecer después de ajustar los horarios en que cada uno debía actuar, basándose en observaciones del firmamento y, llegado el amanecer, del sol. Marianna repitió las recomendaciones habituales, que estaban adquiriendo tono ritual, y los vio partir con el corazón encogido. Las espaldas desolladas de Ferran y Jàn eran prueba de que no podían arriesgarse a ser capturados; tenían que ser cautelosos como zorros.
Después de cenar y mientras los dos heridos continuaban en su sueño reparador, Marianna se sentó en una piedra fuera de la mina tratando de rezar, pero no recordaba una oración que valiera para la protección que deseaba implorar en beneficio de los seis pares. Laurenç, exhausto tras haber construido buena parte de su muralla, cayó en el jergón como si una de las pesadas piedras que había amontonado le cayera encima. Los otros tres, campesinos algo obtusos a los que nunca se decidía Marianna a encomendarles trabajos ni misiones, también se durmieron al instante. Felip continuaba rasgueando la guitarra y llorando, con la voz rota de tanto rajarla en quejidos y suspirando en las pausas.
Para que no se diera cuenta de que iba a acostarse, Marianna trató de levitar al acercarse al jergón, pero Felip permanecía alerta. Estaba convencida de no haber hecho el más leve ruido pero el muchacho se volvió hacia el interior de la mina en penumbras, miró directamente hacia ella a pesar de que estaría deslumbrado por la pequeña hoguera, rasguéo la guitarra, la apoyó en un pilar de la entiba y se apresuró a echarse a su lado.
Ella fingió dormir, aunque intuía que no sería fácil engañarle. A despecho de su condición de granjero, había demostrado sensibilidad no sólo con la música; la misma intensidad de su desconsuelo la confimaba. Él sabía que ella permanecería alerta por si los heridos necesitaban cuidado y después de dos días observándolo no lo consideraba capaz de pasarlo por alto. En cuanto se acostó, el muchacho alargó un brazo hacia su cintura y se puso a llorar. Lo hacía muy cerca de su oído, para que ella no pudiera fingir que lo ignorababa.
Pero Marianna trató de ser una estatua fría como el mármol, sobre todo cuando él, sin disimulo, pegaba todo el cuerpo al de ella, que se iba apartando con suavidad frente a cada acercamiento. Llegó un momento en que ya era imposible fingir, puesto que los dos sabían que el otro sabía lo que estaba pasando.
Poco a poco, una luz brilló en la memoria de Marianna, una luz antigua encendida por la dura protuberancia que Felip se esforzaba porque ella notase impulsando una y otra vez la pelvis hacia su cadera. Había un renglón en el que cuanto decían los manuales sobre moral dejaba de tener sentido. Felip tenía dieciséis años, pero su cuerpo era definitivamente el de un hombre vigoroso, pletórico de ardor debutante pero maduro, como el fruto que se elige en el árbol entre los demás. Y ella llevaba dos meses sin una caricia; en realidad, sin apetencia de recibirla. Pero no era la mujer pusilánime que retrataban los manuales como arquetipo de virtud, no aceptaba someterse ni admitía ataduras con normas ideadas por los que siempre, desde los once años, habían deseado su cuerpo. A ninguno les guardaba rencor; sin ellos, a pesar de lo que otros llamarían abuso, no habría pasado de ser una atrasada granjera de una aldea perdida de Aran; con ellos y los medios que pusieron a su alcance, había escalado cotas de conocimiento reservadas a hombres eminentes. Ella era igual que cualquiera de los redactores de tales normas; en realidad, sabía que era muy superior a muchos de ellos. Por lo tanto, ninguna de esas normas, ningún manual ni prejuicio podía determinar el comportamiento que debía mantener ahora, cuando sentía en sus mejillas el aliento fresco y juvenil que había dejado de ser un quejido para convertirse en un anhelo impostergable.
Fue, por consiguiente, un acto indisimulado y franco el de tomar la mano de Felip para conducirla a su pecho. El muchacho se echó a llorar, y Marianna sabía que no era tristeza, sino júbilo, y aunque en esos momentos ya no había lugar para el desconsuelo, pasó toda la noche consolándolo.
¿Pero quién la consolaba a ella? Tuvo un lamento en la garganta desde que Felip se desatara en convulsiones la primera vez, porque si tampoco alguien tan dulce e inocente, tan incansable, afanoso y entregado podía elevarla al paraíso donde decían todas las novelas picarescas que debía subir, ¿quién podría lograrlo? ¿Padecía ella una tara que la condenaba para siempre al amor anestesiado, a la indiferencia?
Pasó todas las pausas entre las acometidas de Felip en ese angustioso limbo sin respuestas, con los ojos cerrados y los párpados apretados anhelando no tener que abrirlos nunca más, para no encontrarse con la imagen de su propio fracaso como ser humano. Cuando los abrió ya de día, fue para sufrir un sobresalto al toparse con un problema muy previsible y del que se había olvidado temerariamente; mossen Laurenç se encontraba de pie al borde del jergón, con los labios fruncidos en una mueca atroz, contemplándoles como si se hubiera abatido el universo sobre su cabeza. Sentados en sus jergones, los demás también les miraban fijamente, con los ojos desorbitados.




Varios soldados franceses y muchos vecinos de Vielha observaban con preocupación las dos grandes humaredas, tratando de decidir si sería necesario organizar equipos que subieran en monturas con capazos y cántaros para extinguir los fuegos, porque tales lugares eran inaccesibles con carretas. A punto de sonar las campanadas del ángelus, con el sol en su cénit, el humo era excesivamente intenso para haber sido causados por fogatas de paseantes, pero, al mismo tiempo, ambos parecían de lejos demasiado localizados como para tratarse de incendios fortuitos del bosque.
El arcipreste miró con desinterés a quienes discutían acerca de las resoluciones a adoptar, porque tenía otra preocupación más urgente. Sabía por qué le había mandado llamar Guzmán Domenicci, y mientras se dirigía hacia su residencia de la casona del barón de Les, cavilaba sobre si debía o no reconocer que lo sabía, porque ello implicaría tener que revelar que gracias a los correos montados del Consejo General, recibía a primera hora de la mañana confidencias desde todas las parroquias sobre cualquier novedad que se hubiera producido la noche y el día anterior. Horas antes, al llegar el informe de Escunhau, le pareció que la inesperada y extraña visita que había irrumpido en su cuarto a las dos de la madrugada cobraba mucho mayor sentido. A punto de llamar a la puerta, decidió que le convenía callar y simular ignorancia. Elaboraría una expresión pétrea para cuando el romano le gritase desaforadamente preguntándole sobre el robo.
El enviado del Papa bajó las escaleras igual que una tromba, seguido de su secretario.
-¡Ya lo han encontrado! –gritó.
-¿Quién y el qué?
-¡El tesoro cátaro, estúpido! Ese cura apóstata y su ramera han conseguido por fin lo que llevan meses buscando. Ahora, disponen ya de unas riquezas que les otorgan un poder que tú, desgraciado, ni puedes imaginar, porque tu vida miserable de cura rural te impide tener sentido de la grandeza del mundo. Esos dos han conseguido una caja de Pandora.
-¿Estáis seguro, monseñor?
-¡Claro que sí, maldito traidor hipócrita! Estoy completamente seguro como lo estás tú; porque tú lo sabías, ¿verdad?
-No consigo llegar a ninguna conclusión sobre a qué os podéis referir, ilustrísima.
Domenicci se lanzó a abofetear al arcipreste, pero éste, que por un momento sintió la tentación de aferrar esa mano y retorcerla, sencillamente reculó unos pasos hacia atrás para eludir los golpes.
Jean, el amanuense, se encontraba un poco detrás del romano, con ademanes que denotaban sus apurados esfuerzos de contención. Su expresión iba de la perplejidad al espanto. El conato de agresión al arcipreste que, según los escritos que el monseñor le dictaba, era la máxima autoridad religiosa del valle, le había parecido una monstruosidad de difícil encaje en su visión del mundo. Por ello, a ver si podía evitar un nuevo ataque a mossen Pèir, se acercó a Dominecci murmurando suavemente:
-Monseñor, por favor; os ruego, monseñor…
Con expresión desencajada, Domenicci se giró hacia él con la mano alzada. Vaciló un instante, como si el rostro diáfano y la mirada azul del muchacho ejercieran un influjo inconveniente en su pecho, pero en seguida liberó esa mano y lo abofeteó con violencia, reiteradamente, con saña que parecía el desfogue no sólo de la ira del momento, sino de insoportables frustraciones viejas. Mossen Pèir saltó hacia él, aferró y detuvo el brazo convertido en un arma desatada, momento en el que Domenicci gritó fuera de sí:
-¡A mí la guardia!
Acudieron los dos criados que en esos momentos portaban petos y armas de escolta, y se detuvieron junto a la entrada con indeterminación. No comprendían el porqué de una llamada que había sido gritada como si el enviado del Papa se encontrase en peligro de muerte. Siendo quienes eran los que estaban con él, les parecía que no tenían nada que hacer. Tal vacilación de la guardia sirvió para que Domenicci, tras inspirar profundamente, recapacitara y decidiera cambiar el sentido de la llamada:
-Preparad los caballos, que hemos de subir al fuerte de la Sainte Croix. Y tú, arcipreste, irás conmigo. Te lo ordeno.
Subieron lo más rápido que permitía la empinada cuesta, sin el boato que Domenicci solía desplegar en todas sus visitas a la guarnición francesa. De cualquier modo, el centinela lo reconoció y avisó al oficial de guardia y éste, al comandante De Montesquiou, que acudió a recibir al enviado del Papa sin prisas, remoloneando de manera ostensible.
La expresión de Domenicci al responder su saludo contenía furias desatadas, a pesar de que la frase que dijo fue:
-Buenos días, comandante. Hemos de conferenciar.
-¿Conferenciar, monseñor? Olvidáis que os encontráis en una guarnición militar, donde la disciplina y las misiones son las que establecen el orden del día –De Montesquiou desplegó una hoja de papel, que fingió repasar-. Según veo, en mi orden del día no figura ninguna conferencia para esta mañana.
Las venas y tendones del cuello de Domenicci parecían que iban a estallar y sus ojos fulguraban desorbitados cuando repuso:
-Te recuerdo quién soy y a quién represento.
De Montesquiou compuso la expresión más neutra que pudo, aunque lo que le apetecía era mandar detener y encerrar en un calabozo a ese impertinente. El insolente romano no parecía estar bien informado. Las cosas no marchaban militarmente bien en Francia y el día anterior había recibido orden de permanecer en su puesto y defender el fuerte, pero sin ostentaciones, con discreción para no provocar las iras de la población aranesa ni un levantamiento popular. Por ello, y pese a que el cabo Bertrand permanecía postrado en un lecho cochambroso, sin restablecerse aún de sus heridas, lo había degradado de manera fulminante al ser informado de lo que habían hecho sus hombres en la granja de Felip Servet. Teniendo en cuenta todos los datos que conocía, lo más peligroso que podía hacer en las circunstancias presentes era posicionarse públicamente al servicio de alguien a quien no importaba las consecuencias de soliviantar los ánimos del valle con maltratos indiscriminados.
-Vuestro reino, monseñor, no es de este mundo, y por consiguiente no necesita recurrir a un ejército. Os recuerdo que la Revolución Francesa fundó el estado laico moderno, por lo que ni nuestro ejército ni nuestras leyes aceptan la sumisión a otros poderes, sobre todo si son extraterrenales. El del Emperador es el único poder que cuenta.
Guzmán Domenicci pareció a punto de reventar. De debajo del brazo que aún llevaba sujeto con un pañuelo al cuello, extrajo con la mano derecha un azote corto y lo hizo restallar ante el rostro demudado del comandante De Montesquiou, mientras gritaba:
-¡Miserable! Ya te enseñaré yo lo muy de este mundo que es el Reino de Dios. Te ordeno que lances a tu ejército en persecución y saqueo por todo el valle, sin importar los estragos que hayan de causar. Que hieran y derramen la sangre indiscriminadamente, porque todos en este valle infame son cómplices de esos pecadores demoníacos. Tienes que conseguir que estos campesinos animalescos y canallas ansíen con toda su alma entregar a la pareja de apóstatas.
Firme, con simulada expresión serena a pesar del ardor de sus ojos, De Montesquiou contuvo con un gesto a varios de sus hombres que se disponían a caer sobre el enviado de Roma. Se limitó a decir:
-Por vuestra seguridad, monseñor, os demando abandonar el fuerte inmediatamente.
Como si se hubiera hecho la luz en su entendimiento, Domenicci dio media vuelta sin decir nada más, se dejó ayudar torpemente por Jean para montar de nuevo el caballo y lo espoleó a galope montaña abajo. Mossen Pèir fue tras él con una mezcla muy indigesta de sentimientos, pues su caridad cristiana le inspiraba preocupación por la integridad física del romano pero, al mismo tiempo, sus sentimientos más sinceros le hacian anhelar que se descalabrara. Llegados todos a la plaza de Vielha, donde había varios vecinos tomando el sol, el enviado del Papa frenó la montura y se situó de cara a Jean, mossen Pèir y los dos guardias. Tras una pausa durante la que echaba llamaradas por los ojos, aulló con una especie de alarido que hizo que los vecinos que remoloneaban al sol se pusieran de pie:
-Arcipreste, vuelve a la vicaría y permanece en recogimiento penitencial hasta que recibas mi dispensa. Jean, disponte a escribir dos despachos inmediatamente. Vosotros dos –se dirigía a los criados armados-, procurad todo lo necesario para emprender en seguida una larga cabalgada.
Una hora más tarde, partió un correo para el obispo de Seo de Urgel y otro, para el de Cominges. Las órdenes que portaban los criados armados debían ser cumplimentadas por los dos obispos en el plazo de un día, con la obligación perentoria de que fueran satisfechas todas y cada una de las exigencias.






Jusep, a quien le tocaba esa mañana la guardia, corrió a comunicarle que varios de los pares llegaban de regreso río Unhola arriba, pero Marianna apenas alzó la mirada de la lectura, a pesar de lo muy intensamente que anhelaba escuchar los informes que trajeran. Permaneció sentada, casi encogida, con un sentimiento parecido al miedo escénico que no había experimentado jamás hasta ese día. Más que rubor o bochorno, sentía vértigo y un desagradable cosquilleo en el estómago. Con la cabeza inmóvil mientras releía sin concentración los manuscritos encontrados en Les, y el cuello como un pilar de piedra, se negaba a mirar siquiera de reojo hacia donde dormía a pierna suelta Felip, porque aunque se alegraba por él, le turbaba la plenitud gozoza de su expresión, producida sin duda por sueños muy salaces a juzgar por la protuberancia de su calzón.
Ahora, a punto de volver los seis pares, no conseguía anticipar lo que podía ocurrir. Por más que calculaba las implicaciones y consecuencias de lo que iba a ser a partir de ese día la comidilla a sus espaldas, ningún cálculo le parecía razonable.
Mossen Laurenç aparentaba indiferencia mientras llevaba adelante la construcción de la muralla, pero estaba convencida de que había en su cabeza un volcán de erupción inminente. Lo miraba de reojo cargar las piedras descomunales con expresión ida, descargarlas sin pedir ayuda, ajustarlas al muro y volver en busca de otra piedra como si no quisiera descansar para no darse oportunidad de pensar. La fogosidad que desplegaba parecía suficiente como para superar la altura del vecino Tuc de Mauberme, con ese disparate que había elegido como obra de su vida, una muralla para defender nada. Marianna temía el estallido que no podía tardar mucho.
Curtidos como estaban en herirse en el penoso trabajo desde la niñez, tanto Jàn como Ferran se encontraban despiertos, aunque echados de lado en sus jergones. El dolor de sus espaldas desolladas debía de ser fuerte todavía, pero se trataba de una medida del dolor que ellos estaban acostumbrados a soportar, sobre todo el vigoroso Jàn, aunque Ferran, de constitución física más vulnerable, trataba de mostrarse tan animoso como su compañero. Gracias a eso, conversaban muy bajo con los campesinos que no habían bajado al valle. Marianna sabía que murmuraban sobre ella y Felip.
Miquèu fue el primero de los ausentes en llegar junto a la bocana de la cueva. Frenó el caballo mientras gritaba jubilosamente “¡lo tengo, lo tengo!”. Envuelto en una casulla muy deteriorada, que parecía el desecho de una parroquia pobre, portaba a la grupa un paquete que parecía muy pesado, puesto que tuvo que acudir Ricar a ayudarle a descargarlo y lo hizo de manera entregada, sonriendo con complicidad a los ojos triunfantes de Miquèu. En la contemplación de la camaradería incondicional entre los dos, que le arrancó una sonrisa conmovida, encontró Marianna consuelo para su propia desazón.
-¿Qué traéis ahí? –preguntó.
-¡El tesoro de los cátaros! –exclamó Miquèu muy ufano-. Llevaba desde que aparecieron los pergaminos de Les con la cabeza caliente por un recuerdo que no conseguía pillar. Eso de “Tos los romieus que passaran prendan aigo senhado”, me tenía sin dormir, porque me daba pensar en algo que no sabía qué era. Pero en cuanto he visto esto lo he sabido.
-¿De qué se trata? –preguntó Marianna.
Otros dos pares habían llegado y en cuanto descabalgaron, se formó un corro en torno a Miquèu y Marianna; también los que permanecían en el refugio se aproximaron. Sólo se mantuvieron aparte los heridos y mossen Laurenç, que había parado de trasladar piedas pero seguía en el punto donde estaba a punto de cargar una, a una distancia de unos treinta metros, vuelto hacia el grupo y mirándolos fijamente.
En respuesta a la pregunta de Marianna, Miquèu, ayudado por Ricar, depositó el envoltorio en el suelo y retiró la casulla vieja. Apareció una urna de piedra de algo más de dos palmos de largo, profusamente decorada de bajorrelieves en sus seis caras.
-¡Mirad! –dijo Miquèu con orgullo.
Señalaba uno de los lados de la urna. Representaba un grupo de personas con ramas en las manos, que parecían desfilar en romería; frente a ellos, otra figura con ornamentos sacerdotales alzaba un pequeño hisopo, como si les bendijese con agua bendita.
-¡Aquí está la respuesta! Esto es lo que recordaba a todas horas, porque yo soy de Betrén, que está a un paso de Escunhau, y con tantas historias que corren sobre las brujas y demonios de ese pueblo, cuando era niño nos gustaba a mí y a mis amigos ir a husmear por allí. Quicó y Andrèu tienen razón; la iglesia de Sant Pèir es más rara que la nieve de agosto.
-Pero esta urna… -Marianna se mostraba muy seria.
-¿Qué? –preguntaron Ricar y Miquèu al unísono.
-¡Imbéciles ignorantes! –gritó mossen Laurenç de lejos, demostrando haber permanecido muy atento a lo que hablaban -¿No veis que es un osario?
Miquèu giró la cabeza hacia el cura con expresión contrariada. Sopesaba responder con una puya o un sarcasmo. Marianna abortó la posibilidad de que lo hiciera, diciendo muy bajo:
-Mossen Laurenç tiene razón, Miquèu. Esto es un osario, y por su tamaño debe de ser la sepultura de un niño. Este grabado que a ti te parece una romería bendecida por el párroco no es más que la bendición del olivo del Domingo de Ramos. Ni son romeros ni cogen agua bendita con sus propias manos.
-Entonces, ¿no vamos a abrirla? –preguntó Ricar.
El bello muchacho sentía más pena por la decepción de Miquèu que por la suya.
-Abridla si queréis –dijo Marianna- en el caso de que podáis hacerlo sin romperla. Porque además de la falta de respeto a un muerto que sería profanar su sepultura, nadie nos ha concedido bula para destrozar el patrimonio artístico de Aran.
No se atrevieron a romper la piedra, y ningún esfuerzo bastó para desencajar la tapa. Miquèu y Ricar la depositaron en el interior de la mina. Mientras la trasladaban, preguntó el joven:
-¿Nos vamos a quedar sin saber lo que contiene, Miquèu?
-Ya has oído…
-Sí. Ellos dicen que es un osario. Pero ¿y si no lo es? Deberíamos tratar de averiguar lo que hay dentro.
-Está bien. Cuando nadie nos vea, mañana o pasado o cuando sea, buscaremos rendijas que nos permitan levantar la tapa.




Bartoloméu llegó con su grupo pocas horas más tarde. Su expresión era muy jubilosa.
-Estaba preocupada por tu tardanza –dijo Marianna.
-¿Cómo están Jàn y Ferran?
-Mejoran. ¿Por qué has llegado tan tarde?; el acuerdo era que visitaras al arcipreste de madrugada.
-Marianna, por favor. Recuerda que todos tenemos familia.
-Eso es una locura.
-No te preocupes, hemos ido a verlos por separado y con disimulo. No nos ha visto nadie que no convenga que nos vea. Pero se trataba de una necesidad que no podíamos aplazar más, porque la sangre tira y quien de los suyos se separa, Dios lo desampara. Además, las visitas han sido muy provechosas, porque hemos sabido cosas que nos importan.
-¿Buenas?
-En general, sí. Pero empecemos por el principio. El arcipreste se llevó un susto de muerte cuando asaltamos su habitación a las dos de la mañana, porque no se puede hacer tortilla sin romper huevos; pero luego fue amable y comprensivo. ¿Imaginas por qué? –Marianna negó con la cabeza-. ¡No somos proscritos!
-¿Qué dices?
-El síndico, los seis bayles y el Consejo General en pleno no nos consideran criminales ni ninguna de esas cosas tremendas que nos llaman los franceses y el fulano ése de Roma. Mossen Pèir jura que los bayles y todos los párrocos han recibido la consigna de no ayudar a nadie a localizarnos. A la gente se le dice que calle, que se encojan de hombros y que nieguen saber nada de nosotros, por el dicho aquél de cállate y callemos, que sendas no tenemos. A nuestras familias les han mandado que digan que estamos unos en Barcelona y otros, en Zaragoza, porque la necesidad hace a la payesa trotar y al gotoso saltar. En cuanto a ti y el mossen, todos deben decir que habéis muerto.
-Entonces, podéis volver a vuestras casas…
-No, Marianna. Dice mossen Pèir que hasta que no echemos al chismoso del Papa y se vayan los franceses, nadie puede sentirse seguro. Nos aconseja permanecer aquí hasta que podamos volver a la normalidad sin miedo y cantando, que quien canta sus males espanta. Y una hermana de Tomèu que trabaja de cocinera de oficiales en la Sainte Croix, le ha contado que los franceses tienen problemas muy gordos, que les va fatal en la guerra que tienen por todas partes, y el comandante de la guarnición tiene orden de no soliviantarnos a los araneses. Contando con la peligrosa presencia del romano y sin olvidar cómo se las gastan los franceses, hay que ser prudentes como las serpientes. Así que la partida tiene que seguir aquí, hasta que escampe. Porque, además, ahora que tantas cosas han cambiado en nuestras vidas, es más importante que nunca encontrar el tesoro de los cátaros, porque la buena ventura de los unos ayuda a los veintiuno. No tenemos más remedio que permanecer juntos hasta que lo consigamos.
-Faltan Hugo y Amiel –dijo Marianna paseando la mirada alrededor.
-Habrán ido a visitar a sus familias, como hemos hecho los demás. No te preocupes.





La tarde transcurrió de un modo extraño y diferente de lo habitual; nadie encendió hoguera para el endurecimiento y elaboración de arcos y flechas ni se aventuraron mina adentro para explorarla, cosa que necesitaban hacer en busca de espacio para dormir menos hacinados, porque ya no se trataba sólo de que nadie pudiera reservar su desnudez, sino que el hedor comenzaba a ser muy espeso.
Como los que habían presenciado lo sucedido entre Marianna y Felip eran sólo tres más los dos heridos y mossen Laurenç, no paró el trasiego de los recién llegados de conversación en conversación, sin echarse a dormir aunque habían pasado la noche en blanco. Formaban capillitas entre cuchicheos. Felip ya no lloraba tanto como el día anterior, pero continuaba cantando y rasgueando su guitarra sin auditorio, como si ahora presentase un estigma; entonaba con dulzura romances sobre amores y desamores en un punto situado a cuatro pasos fuera la bocamina, sin hablar con nadie y sin que nadie trabase conversación con él, como si ya no fuera un muchacho necesitado de consuelo.
Hacia el oscurecer, Marianna decidió parar la avalancha; lo mejor era abordar la cuestión de frente. Los convocó a voces para reunirse ante la bocamina y cuando formaron un corro que les englobaba a todos salvo mossen Laurenç, dijo sin preámbulos:
-Felip es casi un niño, que ha quedado solo en este mundo. Presenció hace dos días el cruel asesinato de toda su familia. En esas circunstancias, lo normal sería enloquecer de dolor. Necesitaba consuelo para soportar su tragedia y yo he tratado de consolarlo.
-Pues aquí somos muchos los que también necesitamos tu consuelo –dijo Manel.
Volvió el rostro sonriente hacia los demás, pero ninguno secundó el sarcasmo.
-Pensad y haced lo que queráis –prosiguió Marianna, ignorando el exabrupto de Manel-. Pero recordad que la carne es carne y el espíritu, espíritu. Este cuerpo es materia y nada de lo que haga o sienta repercutirá en la pureza de lo que de verdad importa, el espíritu. Yo no concedo a esas cosas tanta trascendencia como vosotros, no me importaría hacerlo de nuevo si fuese necesario, pero nadie tiene derecho a violentar el libre albedrío de otro; somos personas adultas y somos libres, todos con iguales derechos, pero nadie puede forzar ni obligar a nadie a hacer lo que no desee hacer.
-Te repito, Marianna –proclamó Manel-, que necesito también tu consuelo, y debes proporcionármelo.
-¿También han asesinado a toda tu familia ante tus ojos? –ironizó Marianna.
-No. Pero yo también me siento triste, una tristeza enorme y amarga como la hiel de tantos días desterrado en estas frías soledades, y aunque no disponga de un pollón tan espectacular como el de Felip, cargo reservas de leche como para preñar a media España, porque soy virgen a pesar de mis veintisiete años. Si es que uno sigue virgen después de follarse a todas las mulas del pueblo.
Todos rieron aunque no a carcajadas, pero Marianna se puso de pie con expresión severa y dijo con voz rajada:
-¡No te consiento ese lenguaje!
-¿Cómo vas a impedírmelo?
-Existen muchos medios…
Manel alzó los hombros resaltando su superioridad física, y tensó el bíceps antes de replicar:
-Tú no podrías resistirte si yo lo intentara… y seguramente lo intentaré si me obligas a ello.
Marianna repuso con tono suave, pero sumamente grave:
-Te recuerdo que no me importó matar cuando me vi en la necesidad de hacerlo para sobrevivir. Si tengo que hacerlo de nuevo para no sentirme sucia por el contacto de tu cuerpo, no tendré reparo.
Un silencio solemne siguió a esta frase, dicha con contundencia y una severidad que, hasta ese momento, ninguno de los presentes había visto en el rostro, la voz ni los ademanes de Marianna. Mossen Laurenç permanecía junto a su muralla, atento al desarrollo de la asamblea; estaba rellenando con guijarros los huecos entre las piedras apiladas, para proporcionar a la construcción mayor solidez y estabilidad. Al oír la amenaza, se acercó de pocas zancadas al corro y dijo muy alto en dirección a Marianna:
-Aunque este sinvergüenza asqueroso merece que lo castren, estás abusando de nuestra consideración y respeto. No te comportas como una mujer dulce y decente, sino como un bronco y autoritario teniente de caballería.
Marianna examinó el rostro del mossen durante unos segundos. ¿Cómo podía describir la pasión que fulguraba en sus pupilas? Trató de convencerse a sí misma de que sólo era despecho y nada más, pero decidió permanecer alerta porque había mucho que temer de ese hombre, cuyos parámetros se habían trastornado tanto. La desesperación lo arrastraba sin darse cuenta. Se encogió un poco de hombros y respondió, sin dirigirse a él en concreto, sino a todo el grupo:
-El mossen vivió demasiado tiempo en Barcelona y Seo de Urgel, lo que le ha hecho olvidar los matices de las costumbres aranesas. ¿No es verdad que en esta tierra es tradición que no se hagan distingos entre hombres y mujeres a la hora de atribuir mandos y honores?
Como esta pregunta les brindaba la ocasión de despejar la tensión del diálogo entre ella y Manel, todos asintieron, tanto con ademanes como de viva voz.
-Aquí permanecemos fieles a nuestro pasado –continuó Marianna con tono didáctico, mirando fijo a los ojos de Laurenç-. Y hablo del pasado más remoto, no sólo anterior al cristianismo, sino mucho antes de los romanos también, aquel tiempo en que las mujeres, las madres, eran las verdaderas señoras...
-¡Bah! –exclamó el mossen con desprecio-. Hablas de las diosas madre y del matriarcado idólatra...
-No del todo. A punto de comenzar lo que llamamos historia, todo el Mediterráneo vivió una especie de Arcadia feliz, donde los hombres y las mujeres eran tomados en cuenta y respetados por sus méritos y no por su sexo. Pero también hablo de no hace muchos siglos; concretamente, del Medioevo europeo. Hablo de un estilo de vida que feneció cuando a un fanático de Roma se le ocurrió la idea de las Cruzadas y la perversión de las guerras santas, porque de creer en la divinidad y el amor no hay nada menos santo que una guerra. Cuando se organizó la primera Cruzada, que no fue para conquistar Tierra Santa en realidad, sino para lanzar a los europeos al fratricidio, forzándolos a exterminar a los cátaros, que también eran europeos y cristianos, ese día firmaron el acta de defunción de un estilo de vida en el que la mujer tenía un papel mucho más revelante y digno que el de ser una prisionera, con cinturones de castidad y almenas inalcanzables, bajo el dominio absolutista de maridos obsesos, fanáticos, insensatos y muy inseguros, y de virilidad bastante discutible. Hasta entonces, hubo muchos lugares durante la Edad Media en que las mujeres tenían igual relevancia, autoridad y libre albedrío que los hombres. Fue así en toda Europa, inclusive en los reinos de León y de Castilla, que más tarde nos parecieron tan misóginos, pero donde en el Medioevo hubo grandes y poderosísimas reinas. Antes de que el fanatismo obsesivo e hipócrita de Roma impusiera otros tribunales mucho más espantosos, como el de la Inquisición, la expresión más clara del poder de las mujeres fue la invención de una institución, las Cortes del Amor, nacida por iniciativa femenina para suavizar y endulzar los usos cortesanos con conceptos como la fidelidad, la lealtad o la amabilidad. Y fijaos que en esas Cortes del Amor, organizadas como una especie de tribunal, la única pena que se imponía era la de quedar en evidencia, sacarle los colores al infractor. Pero, en general, la actuación de aquellas mujeres no era un “quítate tú para ponerme yo”; o sea, que no por tener poder humillaban las mujeres a los hombres ni les disputaban sus rangos ni prerrogativas. Era costumbre que las damas fuesen asistidas por un caballero en las Cortes del Amor, que podía ser cualquiera menos su marido. Un caballero que tenía casi siempre mayor intimidad con la señora que la de un simple procurador de un tribunal. Porque ésta es otra cuestión a tener muy en cuenta. A ver, ¿cómo os lo explicaría yo? ¡Ah, sí! Hay una leyenda que dice que un caballero bretón encontró la sepultura del legendario rey Arturo, cubierta por una losa cuya inscripción rezaba: “Un hombre puede ser amado por dos mujeres o una mujer por dos hombres, y ello no será ilícito ni causará escándalo”.
-¡Eso es libertinaje, fornicación diabólica y perversión! –proclamó mossen Laurenç con expresión desencajada.
Marianna sonrió y movió la cabeza como si asintiera, de modo que el grupo no supo dilucidar si estaría apoyando la exclamación del cura o burlándose.
-No estoy de acuerdo con el mossen –dijo Miquèu sin mirar hacia el sacerdote-. Me da que el mensaje de esa lápida podría ser la confirmación más clara de la igualdad que certificaría más tarde el paratje de los cátaros. Lo mismo que era la tabla rendonda, un símbolo de la igualdad total en la que el rey era sólo “primo inter pares”, el primero entre iguales. La igualdad entre el hombre y la mujer, entre siervos y señores, entre reyes y vasallos y entre las diferentes maneras de amar… que luego fue precisamente la Iglesia de Roma la que más se empeñó en perseguir.
-Otra leyenda –continuó Marianna, después de asentir a las palabras de Miquèu- cuenta que una dama exigió a su amante, un bellísimo trovador, como condición para seguir amándolo, que nunca la elogiara ante los demás ni la defendiera. Él dio su acuerdo, pero un día rompió la promesa, porque oyó que calumniaban intolerablemente a su dama, y salió en su defensa. Al enterarse, ella lo desterró de su lado, pero en sabiéndolo sus amigas y conociendo lo muy feliz que le había hecho el joven durante algún tiempo, convocaron la Corte del Amor, donde asistió hasta el propio marido, quien también votó a favor del dictamen final: el trovador no debía ser desterrado ni despreciado, porque había seguido el más lógico de los impulsos de un enamorado, defender el buen nombre, la dignidad y la fama de su dama.
Marianna notó el fuego de la mirada con que mossen Laurenç traspasó a Felip. Era tan venenoso su encono, que decidió establecer vigilancia para impedir que causara daño al muchacho. En cuanto a Manel, ahora daba la impresión de que tratara de eclilpsarse, como si quisiera que los demás olvidasen sus bravuconadas.
Acercándose a Marianna lo suficiente para hablarle al oído sin que los demás pudieran escucharle, dijo Bartolomèu:
-Tendríamos que organizar un tribunal de honor para disuadir a mossen Laurenç y a Manel de sus cosas, que en nuestras penosas circunstancias es sedición. Hay que pensar despacio y obrar aprisa.

Mañana, dos nuevos capítulos
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jueves, 27 de noviembre de 2008

LOS PERGAMINOS CÁTAROS, una aventura peligrosa, gratis


Los capítulos que tocan hoy, 27 de noviembre de 2008, son el VI y el VII, con la pareja protagonista ya en plena vorágine de acosos y persecuciones, arrebatados por los riesgos y el misterio de los fragmentos de información que empiezan a encontrar.
Ya estoy preparando EL OCASO DE LOS DRUIDAS para empezar a publicar en cuanto termine Los pergaminos cátaros. Sobre el mes de enero, podré comenzar ORO ENTRE BRUMAS, una aventura donde todo es histórico, menos lo que me he inventado para contarlo.
Como sabéis, publico en mis blosg cuatro novelas que contraté con esa editorial que no cumplió los contratos, puesto que me estafó 70.000 euros de mis derechos de propiedad intelectual durante cinco años, gracias a la inhibiciónm de los poderes públicos españoles sobre las agresiones que sufrimos los escritores.
Por fortuna, se está revisando la ley en el Congrerso de los Diputados.

Quienes gustéis de mi estilo, podéis leer seis libros míos en
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Dentro de unas tres semanas, podréis conoce gran parte de mi obra inédita, novelas, cuentos, idaes de TV, ensayos, coplas, poemas, etc., en mi web
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LOS PERGAMINOS CÁTAROS

Capítulo VI
LA RESISTENCIA
Junio de 1811

La herida de mosquete de mossen Laurenç estaba cicatrizando, ya sin ninguna clase de dudas, y los latigazos propinados por Domenicci se habían convertido en verdugones como costuras que le tatuaban los hombros y la espalda, decorando de líneas satinadas la piel nueva. La fiebre desapareció de un día para otro y comenzó a volver a sus miembros, torrencial, la sangre impetuosa que le hacía añorar como un paraíso inalcanzable las noches que había pasado abrazado a Marianna en Tredòs.
Ahora, ese consuelo le estaba vedado en el hacinamiento de la cueva.
Era domingo. Las fiestas de guardar nadie salía a trabajar, puesto que cumplían devotamente los preceptos religiosos, y en primavera y verano se concentraban después en las aldeas con sus fiestas y procesiones. Aprovechando que habría muy poca gente en los campos, Marianna había ido con los siete hombres a cazar y, de paso, ver si podía aproximarse con garantías a la iglesia de Betlán para tratar de encontrar la solución del acertijo de los cátaros, y en todo caso espiar los movimientos y actividades de las tropas francesas. Salieron, tal como ella había sugerido, en distintas direcciones, de dos en dos y vestidos de negro o con la ropa más sencilla y oscura que tenían, para camuflarse y pasar inadvertidos en los bosques y entre la oscura vegetación del valle. Todos manejaban ya con soltura los arcos, pues ella les prohibía usar armas de fuego, y habían conseguido reaprovisionarse con abundancia de carne.
Cuando no estaban cerca ni Marianna ni esos siete hombres por los que no era capaz de sentir simpatía, mossen Laurenç se arrodillaba sobre el jergón para pedir perdón por sus pecados. Con profundo recogimiento, lloraba de añoranza más que de contrición, porque ella no mostraba por él mayor interés que por los demás, salvo cuando le cambiaba los vendajes, lo que ya sólo ocurría de tarde en tarde. Y puesto que le dominaba el deseo y le atormentaba la imposibilidad de satisfacerlo, no le quedaba, siquiera, el bálsamo del sacrificio, la castidad ofrecida a cambio de sus impulsos incontrolados.
Para procurarse consuelo, hoy, domingo según lo que iban diciendo los ocho al marcharse, celebraría misa. Con cuidado y mucha lentitud para que la herida no se afectara por el esfuerzo, colocó un tablón desechado de la entiba sobre dos tocones parejos, a modo de altar; extendió encima como mantel el resto de la enagua de Marianna, que ella había dejado para moverse con mayor soltura en el viaje; preparó un cuenco con un trozo de corteza de pan y un jarro de vino para la consagración y se dispuso a comenzar el rito.
Marianna nunca le había amado, esa idea se abría paso en su entendimiento aunque su corazón se negaba a aceptarla. Murmuraba mecánicamente los rezos en latín según avanzaba la misa, pero su mente era un pelele secuestrado por un torbellino de anhelos insatisfechos y reproches que nunca se atrevería a pronunciar. Había sido lo bastante lista para hacerle creer que gozaba entre sus brazos, pero se trataba de una simulación tan fría y calculada como la de una meretriz. Apretó los párpados a ver si podía contener las lágrimas. Tenía que desechar esos pensamientos, o su esfuerzo de celebrar el sacrificio sería una ofensa a Dios en vez de un homenaje.
Había conseguido cierta concentración cuando llegó el ofertorio. Estaba con los ojos alzados hacia el techo oscuro de la cueva cuando, al reducirse la escasa luz difuminada que caía sobre el altar, notó que se recortaban unas siluetas en el contraluz de la bocamina. Sólo había transcurrido hora y media desde la marcha del grupo para una ausencia que se anunciaba que iba a durar todo el día, por lo que sintió gran alarma hasta que sonó la carcajada.
-¡Vaya con el mossen! –exclamó una voz desconocida entre risotadas estridentes-. A pesar de que lo acusan en los bandos de fornicador y asesino, aún se siente en gracia de Dios como para decir misa. ¿Te has lavado las manos sucias de polla y de sangre para consagrar la hostia, mossen?
Laurenç detuvo las manos en el aire. No sólo por el terror repentino que agarrotó sus miembros; le desagradaba tan profundamente que se dijesen palabras malsonantes en su presencia, que siempre que ocurría tenía que pararse a contar mentalmente hasta diez para no reaccionar de modo violento.
-No te burles, Manel –era Bartelomèu quien acallaba al otro, lo que tranquilizó a Laurenç-, que por donde se peca se paga. Ahora que te refugias con nosotros, tienes que aceptar nuestras reglas, y la principal es respetarnos todos.
-¿Bandos? –preguntó Laurenç, perplejo y con las manos paralizadas en el aire, en la misma actitud en que había sido sorprendido.
-Sí, mossen –informó Bartolomèu-. Los hay por todas partes, prometiendo el oro y el moro. Ofrecen una recompensa de diez onzas de oro por entregaros a vos y a Marianna.
-¡Dios mío! –gimió Laurenç.
-No se apene, padre –aconsejó Bartolomèu-, que quien ría el último ríe mejor.
-No me llames padre, Bartolomèu, ya no lo merezco. ¿Quiénes son ésos?
-Éste es mi vecino Manel y éste, un compadre suyo. Ayer, tuvieron un altercado con los soldados que se llevaron sus cabras y han tenido que huir. Para que no haya malentendidos ni broncas, les he contado el asunto de los cátaros, porque de todas maneras es un rumor que va extendiéndose por el valle y quien dice la verdad, ni peca ni miente. Por todos los pueblos corren chismes y fábulas. Y también éstos han oído desde niño hablar de tesoros cátaros.

El retorno tan aparatoso y tan súbito de Domenicci había descompuesto la estrategia del arcipreste mossen Pèir. No había tenido tiempo de materializar el plan de restauración de su autoridad ni el de acumulación de méritos ante el obispo. Con su vehemencia, cuyo motivo más profundo sospechaba, ese Domenicci iba a conseguir sumar más voluntades en contra que a favor. Y para colmo, su altanería se había redoblado con la impaciencia del dolor de las heridas y con sus prisas por castigar a Laurenç.
Bajó la cabeza para que le colocase la casulla el vecino que ese domingo iba a actuar de monaguillo, un joven que había pedido dispensa para casarse con su prima.
-Antoni, ¿tú has oído algún rumor sobre donde puedan refugiarse el cura de Tredòs y su sobrina?
El arcipreste notó que el joven tomaba aire antes de responder, como buen aranés que era. Evidentemente, se tomaba tiempo en busca de una respuesta que pudiera satisfacerle, porque no iba a decir lo que supiese.
-Murmuran que la sobrina volvió al valle en busca de un tesoro.
Mossen Pèir sonrió. A pesar de su escasa formación cultural, había encontrado el modo de no responder.
-Y... ¿dónde murmuran que pudieran estar buscándolo?
-No sé... Mi abuela contaba que había mucho oro sepultado bajo la Peira de Mijaran.
El arcipreste sonrió de nuevo mientras se apretaba el cíngulo.
-¿Sabes cuántas cosas habría bajo esa piedra de creer las leyendas, Antoni? Hasta un palacio de las Mil y Una Noches subterráneo, de ser verdad todo lo que se cuenta. Esa piedra es un menhir, esos obeliscos que levantaban en la prehistoria, y lleva ahí tantos siglos, que ha dado lugar a millares de cuentos, todos muy fantasiosos e improbables. Pero dime la verdad, ¿tienes idea de dónde están refugiados esos dos?
-¡Dicen tantas cosas!
Jamás conseguiría que el joven se comprometiera con una respuesta concisa y exacta. Mossen Pèir decidió preguntarle la otra cuestión:
-¿Qué te parece lo de los carteles?
-¿Esos carteles? Ni yo ni nadie de mi familia los entendemos.
Aunque de manera indirecta, Antoni sí le había respondido esta vez. Tomó el cáliz con la patena, la palia y el corporal y salió a la iglesia detrás del joven. A pesar de situarse ante el altar con tanto recogimiento como siempre que celebraba misa, no dejó de cavilar sobre Domenicci. Ni siquiera le había dispensado la consideración de consultarle sobre la colocación de los carteles en las puertas de las iglesias, que había traído ya impresos de Tolosa. Sencillamente, había mandado a sus matones en todas las direcciones, para colocarlos con malos modos y hasta con alguna violencia física, sin que valieran de nada las protestas de muchos de los párrocos.
Por suerte, pocos araneses sabían leer y casi nadie en francés. Se preciaba de conocer el carácter aranés mejor que nadie y si no se equivocaba, el texto impreso, de ser entendido por sus vecinos y viendo la actitud de Antoni, iba a producir exactamente el efecto contrario del que Dominecci buscaba.
Mossen Pèir sonrió. Pasara lo que pasara y pensara lo que pensara ese arrogante romano, la máxima autoridad religiosa de Aran era su arcipreste mientras el obispo no lo destituyese. Y como la Querimonia de los derechos araneses –a espaldas y a despecho de las iniciativas y recelos de los militares de Napoleón- continuaba intacta y guardada en el Armari des Sies Claus, el armario de las seis llaves, y esos derechos dictaminaban que todos los párrocos y, por supuesto, el arcipreste, tenían que haber nacido en alguno de los terçones del valle, él iba a seguir siendo el vicario episcopal para la comarca, porque, que él supiera, no había de momento nadie a quien el obispo pudiese recurrir para sustituirle.
Celebraba la misa en San Miquèu, que estaba a rebosar de gente, pero a pesar de hallarse presentes los representantes de los terçones que formaban el Conselh Generau dera Val d’Aran, con el síndico a la cabeza, el displicente enviado del Vaticano había preferido celebrar su propia misa en privado, con la excusa de que no deseaba exhibir los impedimentos de sus lesiones. Mejor así. A mossen Pèir le hacía sentir incomodidad la cercanía de los acompañantes del romano. No sólo porque fuesen armados a todas horas e inclusive tuvieran la desfachatez de exhibirse de esa guisa en los templos, sino porque sus expresiones y miradas le causaban aún mayor desasosiego que las armas. Presentía que los cuatro hombres de apariencia patibularia iban a ocasionar muchos problemas.
Al volverse hacia los feligreses para comenzar la homilía, miró fijamente los ojos del síndico. No podía tener la certeza absoluta, porque cualquier aranés que se viera aupado al poder tenía, por fuerza, que ver las cosas de otro modo; pero estaba convencido de que la máxima autoridad del valle según sus tradiciones, y al margen de lo que llegase de fuera, participaba sinceramente de sus mismos sentimientos y compartía su preocupación. En estos momentos, y por la prepotencia del ejército napoleónico de ocupación, el síndico no era el poder más ostensible ni podía ser resolutivo, pero continuaba siendo la autoridad moral que los araneses reconocían en el fondo de sus corazones.
En cuanto acabase la misa, y si ninguna presencia inoportuna lo obstaculizaba, iba abordar al síndico para proponerle una reunión secreta de los jefes de todos los terçones. Aunque fuera de modo subrepticio y muy cauteloso, el Consejo General tenía que tomar sus medidas y dictar discretamente sus mandatos.

Celebraban una fiesta tan concurrida junto a la iglesia de San Pedro, de Betlán, que Marianna tan sólo pudo realizar inspecciones de lejos sobre cuanto se alineaba frente al capitel de las almendras, observando casi oculta por el tronco de un árbol situado a espaldas del corro de danzarines, con tenso disimulo y embozada con Jòn, que era el par que había elegido ese día. Confiaba en que el mismo alboroto de la gente le sirviera para pasar inadvertida, porque en la puerta del templo casi ruinoso habían colgado un cartel donde ofrecían recompensa por su captura.
La iglesia se aferraba a una ladera muy pendiente, sin ningún rasgo urbano ante sus muros, ni pavimento de losas de piedra ni explanada, ya que Betlán era una de las aldeas más pequeñas y modestas del valle, y la maleza llegaba a lamer e invadir los sillares centenarios de la fachada, no muy cuidadosamente tallados. Aunque inquietante, la construcción era patéticamente pobre. Hasta le pareció que los muros no estaban bien alineados entre sí, que la planta carecía de simetría. Como única nota sobresaliente, descubrió una lápida incrustada en uno de los paños de muro cuya inscripción no estaba escrita con letras, sino con extraños signos desconocidos que bien pudieran ser cabalísticos.
Algo no acababa de cuadrarle cuanto más miraba el edificio. Daba la impresión de que no iba a durar mucho en pie y mostraba incontables añadidos y refuerzos, como si su fragilidad no fuese reciente. Nadie previsor hubiera elegido, seiscientos años antes, esa iglesia para esconder algo que deseaba que perdurase. Recitó una y otra vez, entre dientes, la coplilla del pergamino: “Déjoust ma finestra i a un amelhié que fa de flous blancos coumo de papié”. El verso hablaba de un almendro ¿vivo?, un árbol que daba flores tan blancas como el papel, y lo que Bartoloméu aseguraba que eran almendras, a la distancia que las miraba le parecían unos trazos no demasiado reconocibles grabados con impericia en la piedra de un capitel decrépito, que iba a desmoronarse en cualquier momento.
Por otro lado, el papel era en el siglo XII un género muy escaso y caro, y creía inconcebible que ya entonces fuera conocido y utilizado en lugares tan remotos como el Valle de Aran. El propio pergamino tuvo que ser escrito en algún punto mucho más cosmopolita del Languedoc. Pero intuía que la mención del papel no era casual. Tal vez se trataba del quid de la cuestión. Trató de diseccionar la copla para resaltar las palabras primordiales: ventana, almendro, flores blancas y papel. ¿Podía ser que se tratase de metáforas? En tal caso, “ventana” tendría que ser un mirador natural de los muchos que poseía el valle; el sentido metafórico de “almendro” no se le ocurría cuál podía ser; las flores blancas podían referirse a los espacios nevados a que se reducían en verano los mantos de nieve del invierno, que vistos de lejos, recortados sobre el granito oscuro de todas las montañas del valle, parecían hermosos arriates de flores blancas; en cuanto al papel, no podía tratarse de papel real, que no habría sobrevivido mucho tiempo en un encierro semejante al de la casa de Joan Pere; tampoco podía tratarse de uno de los árboles de los que se extraía la celulosa, porque los árboles crecen, mueren, arden o desaparecen. El papel era una clave que debía desentrañar deprisa, porque Domenicci podía azuzar al ejército de Napoleón aún más contra ella, cosa que seguramente estaba intentando también.
-Marianna –murmuró Jòn en su oído-, tenemos que aligerarnos o esa gente va a extrañarse de nuestra inmovilidad junto a este árbol, y vendrán a husmear.
-¿Se te ocurre un mirador de cualquier punto alto de Arán, que pudiera ser muy, muy especial?
-Hay centenares.
-Ya lo sé. Pero te pregunto por uno que destaque muy claramente sobre los demás.
Jòn cerró lo ojos apretando los párpados, como si cavilar fuese un esfuerzo demasiado agotador para él. Pasados unos minutos, dijo:
-Hay uno estupendo en las ruinas de un fuerte antiguo, que mira sobre Bossost, pero el más cojonudo que se me ocurre es el de Canejan, que es la plaza del propio pueblo y no hay que sudar para escalarlo como el de Bossost. Desde la plaza de Canejan se ve toda la parte baja de Aran, todo el Quate Lócs, atravesado por el Garona; es una vista increíble.
-¿Y qué ocupa el centro de esa vista?
-Les.
-¡Eso tiene que ser! En Les se recolecta mucha madera, ¿no? Y son famosas sus aguas termales, cuyo olor alguien podría confundir con el de las almendras amargas. A mí me pasaba de niña.
Jòn miraba a Marianna con perplejidad. No conseguía entenderla.
-Volvamos a Forat de l’Embut –ordenó ella.
No paraba de hacer cálculos mientras cabalgaba con enojo hacia las cumbres. El bando ofreciendo recompensa por capturarles a Laurenç y a ella debía de haber sido distribuido por todas las aldeas. Normalmente, los araneses no eran muy dados a colaborar con foráneos en contra de sus paisanos, pero el oro era el oro, y los pobladores de Aran eran pobres. En pocos días, aparecerían vecinos dispuestos a vender información. Iba a tener que apresurarse a encontrar el tesosro cátaro y huir cuanto antes del valle.
-¿Sabes si va a celebrarse pronto alguna fiesta en Les?
-El Haro, por san Juan –informó Jòn.
-La quema del Haro de Les es la más multitudinaria y famosa del valle, pero falta mucho para eso.
-No son más que dos semanas y dos días, Marianna.
-En dos semanas hay demasiado tiempo para morir- dijo Marianna, y para no seguir confundiendo ni desconcertando a su par con sus conjeturas, ni dejarse ganar por el desaliento, tarareó la copla con una musiquilla improvisada: “Déjoust ma finestra i a un amelhié que fa de flous blancos coumo de papié”.

Todavía llevaba el cabestrillo sujetándole el brazo, cuyo húmero le había partido en dos con sus enloquecidos golpes de machete la meretriz, esa vestal diabólica que habían corrompido en Zaragoza, la condenada Marianna que Satanás acogiera en sus tinieblas. No podía escribir, pero ello no era ningún inconveniente, puesto que el obispo de Tolosa, mucho más civilizado y poderoso que el de Seo de Urgel, le había provisto de seis sirvientes que cubrían todas sus necesidades.
Guzmán Domenicci observó el perfil de Jean, el joven que le servía como amanuense, mientras utilizaba la hermosísima pluma de ganso. Se trataba de un perfil mucho más propio de un noble que de un modesto artesano y su porte era tan gentil, que seguramente sería solicitado por todas las perversas pecadoras de este mundo. Tan donoso le parecía, que tras instalarse en Vielha en un agradable caserón ofrecido por el barón de Les, llevaba dos días considerando los pros y contras de nombrarlo oficialmente su secretario.
-¿Dices que todos tus informes son infructuosos?
-Sí, señoría. Mis compañeros han recibido negativas desde Tredòs, en el extremo sur, hasta la otra punta del alto Garona, el pueblo de Les. En todas las aldeas recibimos por respuesta el silencio y encogimientos de hombros. Tanto los párrocos como los señores locales dicen no saber ni haber oído cosa alguna sobre mossen Laurenç ni Marianna, ni tienen idea de dónde están. Tampoco han valido las ofertas de recompensas. Habrán abandonado el valle...
-¡Calla, te lo ordeno! Eso es imposible. Considerando la importancia de lo que buscan, la idea de irse del valle no se les ocurrirá jamás. Y por otro lado, las patrullas militares del Emperador Napoleón les hubieran impedido huir, puesto que todos los caminos de Arán están fuertemente guardados.
-¿Acaso por las montañas...
Jean se mordió la lengua y dejó la pregunta sin terminar al descubrir el furor volcánico en las pupilas de su señor, por apuntar una posibilidad en la que Domenicci no quería pensar, dado que a su modo de ver se trataba de una elección improbable por las dificultades extremas que conllevaría, e inimaginable por el valor incalculable de lo que tanto él como la pareja estaban tratando de encontrar. El hombre del Vaticano consiguió refrenar su impaciencia y suavizó la expresión mientras contemplaba a su pesar el azul increíble de los ojos asustados del amanuense. Nadie podía dudar de la existencia de Dios, se dijo, y para no seguir recreándose con la mirada acarició el cilicio por encima de la ropa; más tarde, tenía que apretarlo un poco más para suplicar la gracia de pensar menos en el donaire de Jean.
-Los naturales de esta tierra son redomados embusteros, ya me lo advirtió el arcipreste –murmuró el enviado papal, hablando más para sí que para su interlocutor-. Nos niegan noticias sobre su paradero no porque lo ignoren, sino porque quienes lo conocen prefieren protegerlos a denunciarlos, por solidaridad vecinal y por esas retorcidas complicidades de las comunidades rurales. Pero tú sabes bien que nosotros podemos inclinarlos a nuestro favor, por las buenas o por las malas...
Notando que Domenicci tejía su plan mientras hablaba, Jean aguardó en silencio a que continuase su disertación que apenas entendía, por lo bajo que farfullaba y porque, para ser franco, su conocimiento del latín era mucho más teórico que práctico, pues no había tenido, hasta ahora, oportunidades de conversar en la lengua del Imperio Romano. Tras una pausa de varios minutos, el enviado vaticano sonrió como quien ve de repente la luz, se dio una sonora palmada en la frente, se frotó las manos y dijo con mayor claridad y a mayor volumen de voz:
-Tenemos que persuadir a estos militares ociosos para que trabajen por nuestra causa. Hay que convencerles de que encontrar a ese profanador y a la pecadora tiene para ellos aún mayor interés que para nosotros. Manda preparar los caballos, que vamos a subir al fuerte de la Sainte Croix.
-¿Iremos solos vos y yo, señoría?
Domenicci sonrió con una ternura que había dejado de emplear hacia muchos años. La frase le había sonado íntima y sugerente.
-No, Jean. Al ejército hay que impresionarle con todo el boato posible. Manda a tus cinco compañeros que vistan sus mejores galas y que enjaecen a juego las monturas. Hemos de partir antes de una hora. Conseguiré que esos apóstatas caigan en mi poder antes de una semana, ya lo verás.

La inminente llegada del verano se notaba tanto por la temperatura como por los cambios en los paisajes mirados desde Forat de l’Embut. Inclusive en las alturas que dominaba la cueva, pues la nieve había desaparecido de la entrada y sólo quedaba alguna bastante por encima de la bocamina. Todo era ya fragante y luminoso, en una comarca donde había aldeas que sólo recibían tres horas diarias de sol en invierno. Todo era verde y violeta contemplado desde la entrada de la cueva; millares de tonos de verde que dividían los bosques en franjas según escalaban las montañas y decenas de tonos de violeta en el granito lejano difuminado por las nubes y la distancia.
A causa de sus iniciativas, siempre secundadas y poco discutidas, Marianna estaba actuando como jefe del grupo de manera natural y nadie le disputaba el rango. Cada vez que se les sumaba un refugiado nuevo, y tras los rituales de jura de fidelidad y camaradería a que eran sometidos, ella los escrutaba y sonsacaba por su cuenta, para tratar de determinar si eran, emulando los textos cátaros, “buenos, piadosos, trabajadores y honestos, y no mentían”. No se trataba de un asunto menor, porque aparte de la necesaria previsión de seguridad para un grupo tan acosado, eran muchos ya para un espacio tan reducido y el hacinamiento iba a originar problemas de convivencia y relación; penetrar más hacia el fondo de la vieja mina era una posibilidad que todos rehusaban con invocaciones supersticiosas, pero pronto no iban a disponer de otra solución, porque llegado el jueves, cuatro días después de la excursión a Betlán, como por ensalmo y como si la homilía leída en todas las iglesias hubiera sido un toque a rebato, los ocupantes de la mina de Forat de l’Embut eran ya dieciséis.
Después de explicar su huida, tras relacionar y detallar las penalidades y arbitrariedades sufridas a manos de los militares de Napoleón, cada uno de los nuevos era sometido al mismo escrutinio y obligado al mismo juramento. Pero como no formaba parte del acuerdo mantener en secreto la búsqueda del legado de los cátaros, en cuanto se enteraban se apresuraban a contar sus propias interpretaciones de lo tradicional. Todos habían escuchado leyendas del tesoro y todos estaban seguros de que se encontraba en determinado lugar. Pero había tantos “determinados” lugares como refugiados. Iglesias, tumbas antiguas, riscos que destacaban en los paisajes o pequeñas oquedades de las montañas.
-Yo he oído siempre hablar de grandes tesoros –dijo Jàn- enterrados en Tredòs por monjes muy raros...
-Los monjes que estuvieron en Trèdos eran templarios, Jàn –aclaró Marianna con una sonrisa que podía parecer llena de ternura-. En torno a los templarios, en todas partes hay leyendas sobre tesoros enterrados, porque no sólo eran monjes; eran verdaderamente los banqueros de su tiempo. Pero de los cátaros no abundan esas leyendas, porque vivían con modestia y no ostentaban el poderío ni la exuberancia de los templarios. Sin embargo, aquí, en Aran, sí se habla de un tesoro cátaro y, además, están los pergaminos que encontré en casa de Joan Pere que, como sabéis, es parte de un viejo convento. Sumando los pergaminos a las leyendas, hay para pensar que tiene que haber algo valioso oculto en esta tierra.
Sentado en el suelo, con la espalda contra la negra pared de roca y acomodado entre varias mantas aunque ya no le molestaban apenas las heridas, mossen Laurenç les miraba sombríamente a ella y al joven campesino. Era una pasión completamente desconocida la que comenzaba a anidar en su pecho. Tanto como había predicado en el confesonario contra el demonio de los celos, y ahora ese demonio le estaba trastornando. En esos instantes, sentía un irrefrenable impulso de contradecirla a ella y dejar en ridículo a Jàn:
-Cuando tenemos dificultades –declamó con el tono que empleara antaño en sus homilías-, los hombres sentimos la necesidad de procurar evadirnos de ellas. Es normal que nos inventemos tesoros imposibles, dichas imposibles y paraísos completamente imposibles cuando nos agobian los males. Pero es insensato dejarse engañar por esos señuelos del Demonio, porque son como cuando Satanás llevó a Jesucristo a la cumbre del Sinaí para mostrarle los poderes que iba a entregarle si le adoraba...
Marianna apretó los labios. El mossen llevaba varios días con expresiones mohínas y con un humor insoportable, por lo que se apresuró a interrumpirle:
-Sócrates decía que solamente vale la pena hablar en dos casos: cuando sepas con seguridad lo que vas a decir y cuando no puedas evitarlo. Fuera de esas ocasiones, lo mejor es callarse.
-Sócrates era un pervertido pederasta –dijo mossen Laurenc con tono seco y eludiendo mirarla cara a cara-. Un fornicador con la mente podrida.
-A cada ser humano hay que juzgarlo con las claves de su tiempo –aseguró Marianna, buscando con la mirada la complicidad en los ojos de los demás, que asistían con perplejidad a la lidia entre la antigua pareja-. En tiempo de Sócrates, nadie sabía que existiesen los pecados.
-Pero el pecado existe desde que nuestros primeros padres fueron expulsados del Paraíso –recitó Laurenç muy enfático-. Y es el pecado lo que inspira las conductas que vemos estos días por aquí.
Marianna asintió en silencio a su propio pensamiento. Así que era eso. Laurenç sentía celos de ella. No conseguía imaginar de qué clase de celos se trataba, si sería porque ostentaba en el grupo un mando que él creería merecer más o porque tenía que departir y ausentarse con otros hombres.
-Hay palabras que aturden como bombas –dijo por fin-, que levantan murallas con sílabas de piedra y que desmoronan hasta el ánimo más sólido.
Los ojos de Laurenç se desorbitaron. Hacía tiempo que había descubierto lo mucho que ella sabía, pero hasta ahora no imaginaba que pudiera ser tan terminante. Decidió en último extremo callarse, con un desesperado intento de no perderla para siempre. Marianna advirtió el quiebro y lo aceptó. Para secundarlo, quiso cambiar de tema de conversación preguntando:
-¿Alguien sabe cuándo comienzan los preparativos del Haro de Les?
Uno de los recién incorporados, un joven leñador procedente de los alrededores de Les, cuyo nombre era Marc, respondió:
-Una semana después de la cremá de San Juan comienzan.
-¿Qué quieres decir?
-Cuando quemamos el Haro, pocos días después vamos en busca de un árbol con un tronco que pueda ser el nuevo, lo cortamos si va a medir limpio más de quince varas, lo trasladamos hasta la plaza de la iglesia el día de San Pedro, y las grietas para encajar los tacos abrimos a hachazos; ésa es la fiesta que se llama “quilha der Haro”, que hay que sudar la gota gorda para tal como manda la tradición hacerla. Cuando terminamos, lo plantamos de pie y allí queda, hasta el año siguiente; entonces, reseco, igual que tea arderá. Ese día, hay una ceremonia muy bonita, porque las últimas parejas que se hayan casado tienen el honor de colocar en la punta una cruz y una corona de flores.
-Eso es muy interesante –aprobó Marianna-, y sabréis que se parece mucho a los ritos que los celtas festejban en honor de su dios Sol, pero lo que pregunto es lo referido a la fiesta misma, antes de la cremá. De acuerdo, el Haro está levantado todo el año, pero la fiesta de la noche de San Juan tendrá unos preparativos específicos, ¿no?
-Sí –respondió Marc-. Empiezan el día anterior, cuando las mujeres cocinan las ricuras que durante la fiesta comeremos. También la víspera se cuelgan las cadenetas de papel y las banderolas.
-¿Nada más? Trata de recordar. Tiene que haber más. La fiesta del Haro por San Juan es la reminiscencia de ritos muy primitivos. Aquí y en todos los Pirineos, hace muchos, muchos siglos, la madrugada de ese día que, por si no lo sabéis, es el solsticio de verano, los hombres andaban descalzos sobre la hierba cubierta de rocío y las mujeres se revolcaban desnudas en el prado, invocando a sus dioses para que les concedieran fertilidad. ¿No hay en la fiesta de Les nada que se parezcan a esas ceremonias?
Mariana notó que la pregunta había escandalizado a todos y a Marc en particular. A causa de su robustez, Marc tenía apariencia de hombre maduro por su durísimo trabajo de leñador, pero era en realidad un joven candoroso.
-Nosotros no hacemos esas marranadas –afirmó, con una mezcla de rubor y orgullo-. En la cremá, bailar y cantar es lo que hacemos.
-Bien, de acuerdo –aceptó Marianna, ya dirigiéndose a todos-. Haremos como aconsejaba el viejo refrán aranés: “Era paciencia qu’ei eth mètge des praubi”, o sea, que la paciencia es el médico de los pobres y nosotros, pobres, no tenemos más salida que armarnos de paciencia hasta que no encontremos el tesoro de los cátaros. Hay que hacer una lista de todas las personas que conozcáis en Les y de las cuales tengáis la seguridad de que podemos fiarnos. Pensad bien los nombres y tenedlos preparados por si los necesitásemos. Unos días antes de San Juan, tú y yo –señalaba a Jàn- iremos a Canejan a comprobar si su mirador es la “ventana” de la copla cátara. Y una cuestión muy importante; bueno, más que importante, es capital para nuestra seguridad. Hay que conseguir algo así como sayones o túnicas negras, con que cubrir nuestras ropas cuando hayamos de acercarnos a las poblaciones. ¿Quién sabe cómo y dónde conseguir tela que nos pueda servir?
Mossen Laurenç tuvo que tragar un poco de hiel antes de apuntar:
-Junto a la vicaría, en Vielha, hay una costurera que nos cose las sotanas a todos los curas de Aran. La última vez que fui a recoger una que me había remendado, vi que tenía dos rulos muy gruesos de tela negra.
Marianna sonrió para agradecer el dato, pero apartó la mirada en seguida a fin de no alentar otra clase de esperanzas.
-¿Quién conoce a esa costurera?
-Déjalo en mis manos, Marianna –dijo Bartolomèu-. Es prima hermana de mi mujer; yo te conseguiré esos dos rulos de tela negra, porque entre sastres no se pagan hechuras.

El Armario de las Seis Llaves donde guardaban la Querimonia presidía el austero salón del Consejo General; para abrirlo, eran indispensables las llaves que portaban consigo cada uno de los bayles de los seis terçones en que el valle estaba dividido.
Raimundo Tinel, el síndico, miraba la puerta abierta del armario con las llaves encajadas en las seis cerraduras, mientras escuchaba a mossen Pèir sin dejar de atender los sonidos que llegaban de la calle. Hasta ahora, siempre que el comandante De Montesquiou le exigía poder revisar la Querimonia, había pretextado no disponer de una o de varias de las llaves necesarias para abrir el armario. Si por casualidad se le ocurriera irrumpir ahora sin anunciarse en la sede oficialmente clausurada del Consejo, con el autoritarismo y el despliegue de fuerza que siempre le acompañaba iba a verse en gravísimos aprietos. No tenía cuero de resistente ni, mucho menos, de héroe, pero si transigía con cuanto ese pomposo y altanero militar le exigía y, sobre todo, si transigía en entregarle el documento que simbolizaba la identidad y los derechos araneses, sabía que no duraría ni medio día como síndico. Sería depuesto al instante por los bayles de los terçones. Si no se le ocurría un medio para navegar y sobrevivir en medio de todas las tempestades, estaba en un atolladero.
-¿Qué es lo importante, en esencia? –disertaba mossen Pèir en ese momento.
Los siete hombres lo miraron con atención, en espera de que él mismo se respondiera, puesto que no tenían claro su razonamiento.
-Lo importante es que Aran pueda continuar viviendo feliz y en paz, sin que nos arrastren las tragedias que convulsionan Europa, y tratar de mantener todos o la mayoría de nuestros privilegios. Sé que dos de vosotros sentís gran simpatía por lo francés y por los franceses, y no os lo recrimino, pero tenéis que mirar dentro de vuestros corazones pensando no sólo en vosotros, sino en vuestros abuelos, padres, hermanos e hijos; preguntaos con la mano en el pecho si os gustaría veros obligados a renunciar a nuestra lengua para hablar sólo francés; si estaríais dispuestos a aceptar que vengan a predicaros en francés clérigos sardos, bretones o bordoleses; si queréis que tengamos que pagar impuestos para que otros los disfruten lejos de nuestra tierra; si os parecería bien que perdamos el derecho que ahora tenemos todos nosotros, sea cual sea nuestra condición, a usar sin limitaciones ni murallas nuestros bosques y praderas; si aceptaríais que viniera un noble de París a apropiarse de nuestras tierras y convertirnos a todos en vasallos y sirvientes... Si vuestra respuesta es no, tal vez ha llegado el momento de que pensemos en no quedarnos cruzados de brazos.
El arcipreste observó los rostros de los dos bayles que podían disentir. No advirtió en ellos expresiones que tuvieran que alarmarle, pero consideró prudente no ser más explícito. Esos dos podían tener dudas sobre sus lealtades, sentirse en una encrucijada, y no deseaba arriesgarse a la posibilidad de que corrieran al fuerte de la Sainte Croix a dar parte de una confabulación. Era mejor que la cosa quedase, por ahora, en una sencilla invitación a la reflexión.
-Pero, entonces, ¿qué deberíamos hacer en relación con el párroco de Tredós y su sobrina? –preguntó uno de los dos afrancesados, el bayle del terçon de Lairissa.
Mossen Pèir sonrió con toda la inocencia que se creía capaz de fingir.
-¿Es que estamos obligados a hacer algo? –preguntó, bajo el convencimiento de que el interrogador indagaba movido por una solicitud o una exigencia surgida en la guarnición francesa.
El síndico detectó la finta. Comprendiendo que si el arcipreste eludía responder esa pregunta debía de ser porque tenía razones poderosas para ello, quiso ayudarle a escurrir el bulto:
-Lo que yo creo que nosotros deberíamos hacer sobre ese asunto es mantenernos al margen. De acuerdo con nuestras tradiciones, facilitar su captura sería una traición a nuestros mayores y nuestro pasado, pero tampoco nos conviene mostrarnos solidarios con ellos ni protegerlos... digamos que... con iniciativas deliberadas. Oficialmente, este Consejo General de Aran no sabe nada de esa pareja ni la busca ni la protege, ni secunda ni obstaculiza ni favorece iniciativas que se pongan en marcha para capturarlos.

Cuando Domenicci y su cortejo se acercaban al fuerte de la Sainte Croix, viéndolos llegar el centinela de la torre almenada dio aviso de que se aproximaba la lujosa comitiva del enviado papal, por lo que el oficial de guardia mandó formar para rendirle honores. Sonaron timbales y trompetas en el momento que Jean ayudaba a su jefe a apearse del caballo.
Domenicci apretó los labios con un rictus de furia al descubrir risas en los ojos de algunos de los soldados de la rígida e impecable formación, ya que les divertía el aspecto que presentaba con el rico y muy aparatoso manto de brocado cubriendo el brazo en cabestrillo como si estuviera cargando un mueble, y el efecto se completaba con los vendajes de la cabeza, que no había conseguido disimular del todo bajo el sombrero, haciéndole parecer un remedo del califa de Damasco. ¿Es que un enviado personal del Papa debía tolerar ser objeto de burlas? Tendría que considerar, determinar y exigir al comandante las consecuencias punitivas de esas burlas.
De Montesquiou oyó con un sobresalto el toque de corneta, pues significaba que llegaba una visita que merecía honores, y temió que pudiera tratarse del general Woïllemont con una de sus apariciones por sorpresa, para reprender y castigar si descubría la más leve relajación de la disciplina y el orden. Asomado a la ventana de sus habitaciones privadas, vio con alivio pero con fastidio que se trataba de la única persona residente en el valle a quien se otorgaba tal homenaje. Exclamó una maldición entre dientes. Ni siquiera en domingo se podía descansar en este valle infecto. Se vistió con apresuramiento y bajó las escaleras conteniendo sus prisas por despachar cuanto antes al representante de Roma, con objeto de que sus subordinados no creyeran al verlo correr que era más servil que cortés con tal individuo.
-Eminencia, ¡cuánto honor! ¿A qué lo debo?
Domenicci paseó la mirada en torno. Aparte de sus seis criados, eran más de diez los militares presentes.
-¿Podemos hablar a solas, comandante De Montesquiou?
-Desde luego. ¿Es grave?
-Depende de cómo se mire el asunto.
-Bien. Vayamos a mi despacho. ¿Os apetece un licor?
-Un málaga, por favor.
De Montesquiu dio las órdenes pertinentes para que sirvieran un refrigerio y no se les interrumpiera.
Una vez atendida la orden, y cuando los soldados de servicio hubieron abandonado el gabinete, se dijo el comandante De Montesquiu que el romano se complacía en estimular su curiosidad. Estaba degustando con muchísima lentitud el oscuro vino málaga sin sorber ni una gota, paladeando apenas con los labios su consistencia acaramelada. Las viandas que habían extendido los soldados en un velador, un aperitivo de patés, panecillos y encurtidos, no parecían interesarle, pero, sin embargo, jugaba distraídamente con ellas. Con su displicencia, su jactancia y su malhumor cotidiano, este hombre le sacaba de quicio.
-¿Has oído hablar del tesoro de los cátaros?
-Soy francés. Todos los franceses hemos escuchado de niños cuentos que hablan de esa leyenda.
-¿Consideras que es sólo eso, una leyenda?
-¿Qué otra cosa puede ser?
-¿Y si yo te dijera que dispongo de datos que confirman plenamente la existencia de ese tesoro?
De Montesquiu miró a su interlocutor con desagrado, por la sospecha de que estuviera burlándose. Domenicci prosiguió:
-Hablo en serio, comandante. Hay un tesoro de valor inimaginable e incalculable que consiguieron ocultar los cátaros cuando la Santa Madre Iglesia acabó por fin con esa herejía demoníaca.
-De acuerdo. Digamos que es posible que tal tesoro haya existido. Pero ¿alguien sabe, ni remotamente, dónde pudiera estar?
-Aquí.
-¡Qué decís!
-Sí, comandante. Dispongo de elementos suficientes de juicio para considerar no sólo la posibilidad de que se halle en Aran, sino para sostenerlo con seguridad. El tesoro de los cátaros está en algún lugar secreto de este valle.
-¿Qué os hace estar tan seguro?
Domenicci extrajo de su valija de mano el primer cuño cátaro que mossen Laurenç había descubierto en Nuestra Señora de Cap d’Aran, y lo puso en la mano del francés.
-¿Qué es esto? –preguntó De Montesquiu.
-El motivo de mi seguridad, comandante, lo que convenció al Papa y debe, por consiguiente, convencernos a nosotros. El símbolo grabado aquí es el más utilizado por aquellos herejes, con el que mejor se identificaban; la piedra, que en realidad es un cuño, sólo podía usarla cualquiera de sus falsos obispos para autentificar documentos. Por sí sola, no sería significativa. Su aparición aquí podía deberse al azar. Pero... -Domenicci introdujo teatralmente la mano en la valija para extraer la segunda piedra-, es que también ha sido encontrada esta otra.
De Montesquiu acercó un poco el sillón, pues sentía crecer su interés.
-Y... decidme, eminencia. ¿Las piedras conducen a ese tesoro que decís?
-Así es. Y ¿sabes quién las ha encontrado?
De Montesquiu no esbozó ningún ademán. Presentía la respuesta.
-Exactamente ése que pensáis. El asesino de uno de vuestros hombres y el que quiso asesinarme a mí encontró ambos cuños. Mossen Laurenç es el que, con la protección del diablo, ha sobrevivido al tormento y al disparo de uno de vuestros mosquetes que yo escuché cuando, casi moribundo, pude ahogarme en las frías aguas del Garona; precisamente fue ese disparo lo que me salvó, lo que me hizo despertar del mazazo que la pervertida zaragozana me había dado en la cabeza. Ese cura apóstata, asesino y diabólico y su meretriz, están en vías de encontrar, o quizá hayan encontrado ya, el tesoro más fabuloso del Medioevo. El de los cátaros es un tesoro que sus contemporáneos sabían que era fastuoso, pero nadie pudo arrebatárselo en dos siglos y nadie lo encontró jamás cuando recibieron el castigo que merecían.
-¿Por qué me contáis todo esto, eminencia?
-¿No sientes la obligación de castigar al asesino de uno de tus soldados?
-Según creo, no fue el mossen quien lo mató. Fue su... sobrina.
-¡Esa perversa que Dios condene! En cualquier caso, comandante, se trata de un contubernio diabólico el que forman los dos. Ambos son la misma monstruosidad y el mismo pecado abominable.
-Ya están dadas las órdenes para su captura. Pero nuestros informantes niegan conocer y ni siquiera sospechar su paradero.
-Eso ocurre porque tus informantes no han recibido los estímulos necesarios.
-¿Qué queréis decir?
Domenicci calculó las palabras que iba a pronunciar ahora, a fin de que no hubiera dudas de que iban a conseguir el efecto necesario:
-¿Imaginas la magnitud de ese tesoro? Para que te hagas una idea, con él Napoleón Bonaparte vería duplicadas sus fuerzas. Si tú lo encontraras, podrías ser inmensamente rico aun cuando entregases al Emperador casi la totalidad. Sin olvidar que serías cubierto de honores en París. Hasta es posible que te concediese un título; por ejemplo, duque de Arán.
-¿Estáis seguro de lo que decís?
-Completamente.
-Y aparte de la orden de captura, ¿qué más me sugerís que haga?
Domenicci sonrió. Lo había logrado.
-Es muy sencillo, comandante De Montesquiou. Los informadores que ahora remolonean y mienten se sentirán mucho más inclinados a ayudarte si les prometes que ellos van a tener una parte del tesoro. No te preocupes, para las miserables medidas del Valle de Aran, una minúscula parte de ese tesoro sería una fortuna aristocrática. Promete que recompensarás con una parte del tesoro por la captura, y en pocos días los tendrás en tu poder.
Ahora le convencía más la posibilidad de que Canejan fuese la ventana. Marianna tuvo que cerrar los ojos, deslumbrada por el sol insólitamente intenso para Aran que caía de contraluz sobre todo el valle, verde como esmeraldas y plácido como una siesta. En el centro, reposaba Les como pintado en un bucólico cuadro holandés. Menos rápido y más ancho que en Tredòs, el río Garona discurría sereno, poblado de numerosas jangadas que conducían los troncos de árboles hacia los mercados franceses. Aun de lejos, se podían intuir los juegos, bromas y cantos de los jangaderos de balsa a balsa, en la cinta plateada que se ondulaba en un par de curvas como si pretendiera abrazar y besar suavemente a la aldea. La torre de Les, rematada por una cornisa doble, le parecía una de las más singulares del valle y no precisamente por su armonía. No era muy antigua, pero los naturales del pueblo aseguraban que la base hasta la mitad era parte de una vieja torre románica derrumbada y reconstruida muchas veces.
-¿Podremos hacerlo? –preguntó a su lado Jàn, muy bajo, para no alterar la magia de la contemplación.
-Será muy peligroso. A ti, ¿qué te parece?
-En la mina somos casi veinte ya...
-Diecinueve –corrigió Marianna-, contando el que llegó ayer con los dos rulos de tela negra, el hijo de la costurera de Vielha.
-Diecinueve o veinte, da lo mismo. Todos tenemos hermanos, padres, hijos o esposas; y compadres y amigos. En total, centenares de personas repartidas por el Valle de Aran, dispuestas a encubrirnos y evitarnos peligros.
-¿Tú crees, Jàn? Te recuerdo que ofrecen recompensas importantes por entregarnos.
-Con las tradiciones aranesas no valen recompensas, tú lo sabes mejor que yo, Marianna, que no soy más que un pobre ignorante.
-Vales más de lo que crees.
-Con tanto lío en contra, ¿tú crees que lo vamos a conseguir?
Marianna sonrió con ternura ante la impaciencia del joven.
-Verás, Jàn, el éxito de cualquier acto, sea lo que sea, no depende sólo del mérito de quien lo hace ni de lo bien que lo lleve a cabo, sino del azar. La suerte cuenta muchísimo.
-Pues yo creo que vamos a tener mucha suerte. ¿Has resuelto ya el enigma? ¿Lo de aquella copla es un acertijo y no tiene nada que ver con la ventana de la iglesia de Betlán?
-Mira hacia allí arriba, Jàn, aquellos retazos de nieve en los picachos de los tucs. ¿No te parecen pétalos de flores blancas?
-Sí.
-Y en Les hay desde los tiempos del Imperio Romano un balneario de aguas termales. Las aguas de esas termas son sulfurosas, que huelen muy desagradablemente, como a huevos podridos, pero en pequeñas cantidades alguien que quisiera describirlo podría pensar en el olor de las almendras amargas.
-Entonces, ¿todo encaja?
-Aunque me parece un poco traído por los pelos, creo que sí, Jàn. Al menos, en parte. Pero lo del papel me trae de cabeza. Quiero creer que se trata del Haro, que es un tronco de árbol; en resumidas cuentas, la materia de donde se saca el papel.
Sin transición, Mariana tarareó:
“Déjoust ma finestra i a un amelhié que fa de flous blancos coumo de papié”.
-Para la fiesta del Haro, adornan las calles de Les con muchas guirnaldas de flores de papel blanco... –murmuró Jàn.
-¡¿Qué?! –exclamó Marianna.
-Cuando yo era niño, me entusiasmaba ir a casa de mi tía, en Les, cuando recortaba y componía las flores en guirnaldas. A mis primos Vicent y Ramonet y a mí nos permitía usar las tijeras para recortarlas también, porque éramos los mayores.
-¿Y siempre son blancas?
-No estoy seguro de que sean todas blancas y siempre. Pero las que yo recuerdo lo eran.
Marianna se encogió de hombros.
-De cualquier manera –afirmó-, la tradición de hacer guirnaldas de flores de papel debe de ser reciente, y lo que estamos buscando fue escondido hace unos seiscientos años y serían otras las costumbres.
-A lo mejor no –opuso Jàn con timidez, temeroso de contrariarla-. Marc, que ya sabes tú lo fanático que es con Les, dice que su Haro es el más antiguo de Aran, porque es el pueblo más maderero, y como dicen que esta fiesta de San Juan viene de los celtas, que así celebraban la llegada del verano...
Marianna asintió, y Jàn no supo determinar si respondía al razonamiento que él expresaba o a su propio pensamiento.
-Volvamos al Forat –ordenó Marianna.
Dado que la montura de Jàn abría la marcha por los escarpados senderos y la suya, sencillamente, seguía su instinto de ir tras la otra, Marianna podía abstraerse desentendida del camino. El comportamiento de mossen Laurenç le hacía temer consecuencias graves. ¿Podía llegar a actuar con la demencia de alguien desbordado por sus pasiones? Se comportaba como un enamorado enloquecido por los celos, pero ella no abonaba tales celos; todo lo contrario, procuraba no mostrar intimidad con ninguno, porque era lo más conveniente para todos y principalmente para él, puesto que con el paso del tiempo sentía menos ganas de corresponder su amor. Pero todos los hombres querían ser el gallo del corral y el mossen, a despecho de sus estudios y de su edad, era en esas cuestiones un adolescente debutante, tan obstinado como un muchacho de quince años. Y dado que cada día eran mayores las complicidades que surgían en el valle y más numerosos, por tanto, los refugiados en la cueva, los celos de Laurenç empeorarían día a día. Sin olvidar sus conflictos de conciencia; había tenido que rogar a los hombres que no se burlaran ante las genuflexiones y jaculatorias ni estorbasen cuando se empeñaba en decir misa, esfuerzos que constituían una penitencia por sentir lo que no podía evitar sentir, lo que estaba situándolo en una pendiente peligrosa. ¿Qué podía hacer ella? Tal vez tendría que propiciar su regreso al seno de la Iglesia, bajo el amparo del arcipreste; aunque era probable que éste, que tan desagradablemente la había tratado la última vez que lo vio, fuese menos de fiar que nadie y violentase los cánones eclesiásticos entregándolo a los franceses como un vulgar asesino. Los refugiados contaban que algunos curas mostraban más sumisión de la cuenta a los soldados de Napoleón, lo que no sabía si incluiría a mossen Pèir.
Rumió las mismas cavilaciones hasta la víspera de San Juan, cuando llegó la hora de organizar el viaje a Les. Antes de prepararse, Marianna siguió las indicaciones de Marc para trazar en el suelo de tierra de la cueva un plano del pueblo, que no había vuelto a visitar desde su niñez. Fue señalando con una vara los movimientos de cada uno, y cuando se convenció de que habían memorizado los turnos dio la señal de partida. En un aparte, pidió a Bartolomèu que permaneciese en el Forat vigilando al mossen.
Cubiertos con sobrecapas negras que habían cosido con tosquedad, salieron por parejas; dos pares bajaron por separado las dos riberas del río Torán, otros dos las del Varrados y otros dos atravesaron el Tuc de la Pincela para descender por una hermosa y empinada quebrada que desembocaba un poco más abajo de Vielha. Sólo quedaron cinco en la cueva. Contando el par formado por Marianna y Marc, totalizaban catorce expedicionarios cada uno con misiones concretas. Todos tenían orden de moverse como si fueran invisibles, no acercarse a ninguna aldea ni salir a campo abierto y, sobre todo, no pasar por Vielha, donde alguien podía avisar al comandante De Montesquiou si les avistaban.
Sin medios de comunicarse, cuando fueron llegando a Les por separado nadie sabía que la pareja que formadan Jàn y Ferran había sido detenida junto a Betlán por los soldados franceses.
Mientras que las calles más alejadas de la iglesia de Les estaban desiertas, en las que la rodeaban se agrupaban multitudes, porque además de los lugareños acudían a la fiesta vecinos de todo el valle. Junto a Marc, el par de quien se había hecho acompañar esta vez por su conocimiento minucioso del lugar, Mariana observó que las cadenetas de flores blancas de papel eran muy abundantes. Pero la lógica le hacía suponer que ésa no era la clave, pues en seiscientos años debían haber cambiado muchas veces las modas sobre cómo engalanar las calles para una fiesta. Examinó la torre, que desde su infancia sólo había vuelto a ver desde el mirador de Canejan. Por encima del sardinel de una ventana situada hacia la mitad de su altura la piedra era menos oscura, como si la construcción fuese a partir de ahí más moderna que el resto. Como todo lo que rodeaba a esa ventana tenía aspecto de antiguo, podía muy bien tratarse de la obra original, la base románica del edificio. Tenía que asomarse a esa ventana.
-Marc, ¿cómo podría subir a la torre sin que nadie me descubra?
-Con la ropa que llevas debajo, será difícil y si no te quitas el ropón negro, sería peor, porque lo que en el campo nos tapa, aquí nos haría destacar, si lo sabré yo. Vamos a casa de mi hermana, que allí arriba vive. Lo mejor es que te vistas como una mujer de por aquí y yo me pondré ropa de mi cuñado, que andando iremos de casados.
-¿No habrá ido tu hermana a la fiesta?
-Claro que sí. Ninguno en Les se perdería la fiesta del Haro por nada. Pero como somos como somos, no hay puerta en mi pueblo que se cierre con llave y, de todos modos, yo sabría cómo entrar en su casa, que uno lo suyo sabe.
Veinte minutos más tarde, volvieron hacia la iglesia. Vestida como una lugareña, con las cejas repintadas con carbón para desfigurarse todo lo posible y con una cofia que le cubría gran parte del rostro, Marianna se desplazaba del brazo de Marc como si formasen un joven matrimonio.
-¿Será la hora? –le preguntó Marc al oído.
-Falta poco.
-Ojalá que como has calculado funcione todo, porque mira cuántos soldados hay; son muchos más de los que esperabas, ¿no?
Efectivamente, había más militares franceses de lo previsto, ya que no sólo estaban los componentes de la patrulla, de rigor en mercados y celebraciones donde se reunían multitudes de araneses, sino que muchos habían acudido en busca de diversión.
-Démosle un voto de confianza a la suerte, Marc. ¡Qué remedio!
En ese instante, fue encendida una traca de petardos que no formaba parte del montaje situado junto al Haro, palabra que significaba “faro” y que era un tronco de árbol dispuesto en el centro de la placeta como un poste, de unas quince varas de alto, claveteado en todo su contorno y toda su longitud por centenares de cuñas de madera. La traca había sido montada por una de las parejas a lo largo de la menos concurrida calle secundaria. Tal como esperaba Marianna, la multitud centró su atención en los petardazos, desentendiéndose del resto, momento en que ella y Marc se introdujeron en el templo y corrieron hacia la estrecha escalera.
Cuando se asomaron a la ventana jadeantes, Marianna sonrió al comprobar que la gente que se apelotonaba en la plaza miraba en la dirección opuesta a donde podían descubrirla. Examinó cuanto se divisaba con mucho cuidado, confiando en que esa ventana fuese antigua de verdad o la hubieran reconstruido tal como era la original románica. Las flores blancas de papel adornaban profusamente las calles, a excepción del espacio donde el Haro iba a arder, pero esas guirnaldas no le decían nada. Cuanto más lo pensaba, menos le convencían. La vista abarcaba la mayor parte del pueblo y, hacia la izquierda, el viejo balneario romano de aguas sulfurosas y la mansión del barón de Les. Por encima de esa casona, descubrió una forma que le llamó la atención.
-¿Qué es aquéllo, Marc?
-El palacio del barón.
-Me refiero a lo que se ve un poco por encima, entre los árboles.
-¿Aquella almendra?
-¡Qué has dicho, Marc!
-Que si te refieres a aquella capillita con forma de almendra.
-¡Claro está! Vista así, casi de perfil, parece una almendra desde aquí, en el centro de la ventana. Tiene una forma muy insólita, como si hubieran empezado a hacer una iglesia construyendo el ábside y no hubieran pasado de ahí, dejándola inconclusa. ¿Dices que es una capilla?
-Eso creemos, aunque es más rara que un peral que limones críe. Dentro hay lápidas, como si fuera una de esas tumbas que se construyen los ricos. Pero para nosostros, los que por aquí vivimos, siempre ha sido la capillita de Sant Blai, y romerías hacemos. El mossen dice que Sant Blai es “milenaria”. ¿Tú crees que será verdad, Marianna?
-Supongo que sí. Al menos, puede ser tan antigua como para guardar lo que estamos buscando. ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde la traca?
-Un cuarto de hora, me parece.
-Tenemos que esperar otro cuarto. ¿Por dónde se llega allí, Marc?
-El único camino es atravesando la plaza y luego subiendo aquella cuesta, ¿ves? Más allá, un pequeño torrente hay que saltar y un corto trecho por el bosque andar.
-¿Hay otra manera de llegar, sin tener que pasar entre tanta gente?
-Sí. Habría que cruzar el río, un cuarto de legua hacia abajo andar por la margen izquierda y, luego, volver a atravesarlo por donde no hay puente, lo que es imposible y además de que no puede ser, hasta mañana por lo menos nos tomaría.
A pesar de su impaciencia, Marianna sonrió. La lógica telúrica de Marc no podía discutirse. Contó los minutos mentalmente como si estuviese cociendo un huevo, y un poco antes de cuando creía que tocaba, se puso a sonar una segunda traca.
-Démonos prisa, Marc.
Atravesaron la plaza con paso firme, conteniendo a las ganas de echar a correr. Todos miraban hacia el punto donde estallaban los petardos de la segunda traca, pero Marianna no quería llamar la atención. Sin embargo, al pasar junto a un grupo de soldados notó que uno de ellos, un cabo, la miraba fijamente y, unos pasos más adelante, de reojo, vio que continuaba mirándola apartándose un poco de sus compañeros.
-Marc, tenemos que separarnos y echar a correr. ¿Por dónde podría ir yo para dar esquinazo a ese cabo francés? Es el testigo de lo que hice cuando no tuve más remedio que hacerlo.
-¿Seguro que del mismo que presenció lo que os pasó a ti y al mossen se trata, el que le pegó el tiro? –Marianna asintió-. No te enojes conmigo, Marianna. Si no te importa que te contradiga, no vale la pena de camino cambiar, porque, además, no hay otro. Tú, sigue andando despacito por esa vereda, ¿ves?, y allí arriba, a tu izquierda tuerce. Cuando hayas recorrido unas cien varas, un abeto encontrarás que tiene grabado un corazón con los nombres de Marc y Rosaura. Espérame escondida junto al tronco. Si ese cabo te persigue, yo las ganas le quitaré.
-No lo mates, Marc. Se redoblarían nuestros problemas.
-No creo que necesario sea. Ya falta poco para la tercera traca, ¿verdad?
-Me parece que sí.
-Pues junto al abeto que te he dicho párate. En seguida que la traca oigas, yo te alcanzaré.
Mientras el muchacho hablaba, Marianna notó que el cabo, indeciso en el centro de la calleja, vacilaba sobre si debía lanzarse a atraparla. Si echaba a correr, sería la confirmación de que ella era quien el militar creía, así que se puso a andar parsimoniosamente, como siguiendo el ritmo de una música interior. Ondulando tanto el cuerpo como moviendo la cabeza al compás, creía remedar bien a una campesina boba hipnotizada por la ilusión de su primer baile. Cuando le pareció que el cabo desistía, aceleró un poco la marcha pero sin dejar de representar la comedia.
Reconoció el abeto antes de lo que esperaba. Se encontraba tan tensa por la acechanza de que todo discurriera tal como lo había previsto y tan pendiente de que, minuto a minuto, cada cosa ocurriera en el momento que debía ocurrir, que no había reparado en ello cuando Marc se lo describió, pero ahora cayó en la cuenta de que el corazón grabado con los nombres de Rosaura y Marc significaba que ése era el punto de encuentro para los devaneos románticos del joven. Sonrió. De Marc no tenía que preocuparse en cuanto a solicitudes de amor, lo que en los ojos de Jàn era ya una molesta y evidente declaración. Hacía días que procuraba mantenerlo ocupado a todas horas, lejos de ella, con la caza y con la fabricación de flechas, en lo que había resultado bastante habilidoso, para no dar pie a que esa pasión creciera.
Enfrascada en sus cavilaciones, no se percató de que pasaba bastante más tiempo del debido para el momento en que debía sonar la tercera traca. Lo comprendió de repente, al sentir ganas de sentarse y viendo que la luz del día declinaba. Los minutos pasaban tediosos, la tensión aumentaba y la preocupación fue convirtiéndose en una bola de nieve pendiente abajo, que crecía y crecía sin parar. Que no hubiera sonado la tercera traca en el momento que debía hacerlo podía significar dos cosas: que el par que debía encenderla se había distraído o, mucho peor, que no había podido llegar a Les, lo que tendría que ser porque habían sido descubiertos por el camino. En ese caso, todos se encontrarían en peligro; si el ejército de Napoleón había atrapado al par, bastarían un par de días para que consiguieran arrancarles gratis la información por la que Domenicci ofrecía recompensa.
Cuando ya comenzaba a oscurecer, oyó con alivio que sonaba una traca, tan fuera del programa de las fiestas del Haro como todas las que los pares habían organizado. Pero no podía estar segura de si se trataría de la tercera, que había sido encendida demasiado tarde, o de la cuarta, que el par encargado de ella habría podido apresurarse a encender notando que la anterior se retrasaba.
Tal como había prometido, Marc acudió corriendo pocos instantes después. Sonreía.
-Fuera de la circulación lo he dejado –se ufanó.
-¿Al cabo? ¿Qué le has hecho?
-Aprovechando el ruido de los cohetes, y ya has visto que esa traca ha sonado como bombas suenan, le he quitado a ese francés por una temporada las ganas de andar.
-¿Sin matarlo?
-Claro que no lo he matado. Que no lo hiciera me dijiste..
-Entonces, ahora está seguro de quién soy y va a mandar a sus compañeros a prenderme.
-Que pueda no creo. Además de partirle el hueso del muslo, que me parece a mí que ese hombre es más flojo que un ermitaño en cuaresma, también con un palo en la cabeza lo he dormido.
-¿Sangraba?
-¿Por la cabeza? No. En la nuca muy fuerte le he dado, pero sólo para que se durmiera.
El joven leñador estaba tan orgulloso de lo que había hecho, que Marianna prefirió no desalentarlo con sus temores. Sin embargo, tenía muy claro que los soldados que acompañaban al cabo iban a hacer todo lo posible porque se recuperase cuanto antes echándole agua por la cabeza, y que, en cuanto despertara, el cabo iba a mandar que corrieran hacia el último punto donde la había visto.
-Apresúrate, Marc, tenemos muy poco tiempo. Ve delante, que yo te seguiré.
La vereda era muy angosta y parecía poco hollada, lo que no acabó de tranquilizar del todo a Marianna, aunque rebajó un poco su tensión. No sería fácil que los franceses encontrasen su rastro, pero no por ello podía confiarse. Abundaba el muérdago entre los árboles y el musgo proliferaba por doquier, pero los acebos parecían empeñados en crecer donde más molestaba a los caminantes. Llegó junto a la capilla semicircular con los brazos llenos de arañazos. Vuelto hacia ella, Marc sonreía orgulloso, como quien ha triunfado en una carrera de obstáculos.
-La reja con esta cadena estaba atrancada, pero he conseguido abrirla, porque eso de abrir puertas cerradas es cosa que se me da muy bien.
-Magnífico, Marc. Vamos a darnos prisa, porque los franceses llegarán en cualquier momento.
En cuanto puso un pie en el piso de piedra, casi un mosaico de tan magníficamente trazado y compuesto, Marianna sintió una emoción extraña, como si una poción mágica le hiciera viajar en el tiempo hacia siglos pasados. No se trataba verdaderamente de un ábside frustrado o de la construcción interrumpida de un templo. La construcción, con paredes que se curvaban hacia la cúpula semiesférica, respondía a un proyecto claro y distinto de cualquier ábside, pues formaba como una concha marina. No había sido edificada por casualidad de esa forma y en ese lugar. Las ventanas, muy bien trazadas, parecían aspilleras; se encontraban perfectamente rematadas y muy bien conjuntadas con el domo, con sus dovelas como pétalos blancos de una hermosa flor. Seiscientos o setecientos años después de construida, la piedra de la capilla podía haberse oscurecido un poco, pero continuaba siendo casi tan blanca como el papel. Se convenció de que éste era el lugar y de que no había llegado por azar, sino guiada por un sortilegio. El maravilloso mirador de Canejan no era la “ventana”, sino la ventana nada metafórica de la parte románica original de la torre de Les. Sintió un escalofrío por la inmediatez del objetivo. El tesoro estaba a menos de dos metros de distancia. ¿Tendría tiempo de desvelarlo y huir antes de que los franceses llegasen?
-Marc, sin alejarte de aquí, ¿hay algún medio de que puedas ver con antelación si los soldados franceses vienen?
-Claro que sí, Marianna. Soy leñador.
-No comprendo.
-Mejor que por las calles, por las ramas ando. Las ramas, hasta las más altas, dan menos dolores de cabeza y no dan desengaños como las calles.
A pesar de su impaciencia, Marianna sonrió.
-Pues date prisa a subir a las ramas que mejor te sirvan para vigilar el camino, y si vienen avísame con algún silbido que ellos no puedan descubrir que es humano. ¿Conoces alguno?
-El canto del urogallo. Así.
Marc imitó de modo asombroso el sonido gangoso del evasivo animal.
-Para que es un aviso mío no dudes y con un urogallo de verdad no me confundas, antes silbaré así.
Ahora, imitó a una corneja.
-Los dos avisos, corto el primero y el segundo mucho más largo, que los soldados pueden invadir la capilla en menos de un cuarto de hora significarán.
-Magnífico, Marc. Antes de irte, fíjate en los arcos. Señala el que te parezca por su forma una flor de piedra.
-Ése, el primero de la derecha –señaló Marc-. Pero todos forma de flores blancas como el papel tienen.
-Igual me parece a mí. Voy a necesitar tu cuchillo.
Tras entregárselo, Marc se lanzó hacia el abeto más cercano. Marianna lo vio escalar tan ágilmente como si conociera cada uno de sus relieves y anfractuosidades. Y de nuevo tarareó muy bajo:
“Déjoust ma finestra i a un amelhié que fa de flous blancos coumo de papié”.
¿Cuál era exactamente el frente de una ventana situada en una pared curva? No había otra posibilidad que el centro de todo, suelo, pared con forma de hemiciclo y domo. Ese centro estaba remarcado por las primorosas piedras del pavimento, que formaban círculos concéntricos, como si el constructor hubiera querido que todo pareciera perfecto a cualquier observador y, al mismo tiempo, revelador para quien supiera lo que estaba buscando. Marianna sintió pena por tener que romper su armonía de mosaico, pero el mensaje era claro. Hundió el cuchillo de Marc en el intersticio entre dos piedras y luego el suyo al otro lado de la misma piedra. Hizo toda la presión que le permitían sus fuerzas, simultáneamente con las dos manos, forzando los cuchillos en sentido opuesto uno del otro; la piedra había sido tallada y encajada por una mano experta, se lamentó Marianna mientras corría el sudor por su frente. Tuvo que afanarse con las manos y pies, dando patadas a los cuchillos, pero, finalmente, la piedra se desencajó.
Abierto el hueco, las que habían rodeado a esa primera piedra blanca, muy semejantes y casi del mismo tamaño, fueron mucho más fáciles de desprender. Una vez extraídas las que cubrían un espacio de dos por dos palmos, Marianna notó al tacto que había algo liso bajo un manto muy delgado de arena, que apartó apresuradamente. Tarascada a tarascada, fue apareciendo una losa completamente cuadrada de un palmo de lado. Había otras muy parecidas y bien ensambladas con ella, pero esa losa en concreto había sido dispuesta, evidentemente, de manera que pudiera ser desencajada sin dificultad cuando se le despojase de las piedras encajadas encima. Introdujo uno de los cuchillos en un ángulo y el otro, en ese mismo lado de la losa, cerca del ángulo opuesto.
En ese momento, oyó muy estridente el canto de una corneja. Dejó de forcejear, alerta, para poder escuchar si seguía el del urogallo, lo que ocurrió un instante más tarde. Marc le avisaba de que acudían los franceses. Pero no podía irse con las manos vacías dejando tan visibles las huellas de su búsqueda. Debía llevarse lo que pudiera, aunque tuviera que abandonar la mayor parte del tesoro al alcance de los soldados de Napoleón.
Hizo un último esfuerzo en el que todo el resuello que le quedaba bajó por sus brazos hasta sus manos, y la losa se desencajó. La levantó deprisa, sin miedo a herirse los dedos; a tientas, palpó el contenido del nicho que la losa cubría. Tocaba a ciegas, con la mirada espiando a sus espaldas por si llegaba un soldado antes de lo que esperaba. Su mano derecha rozó un rollo de pergaminos y un cuño cátaro envuelto en un trozo de pergamino, como que el primero que había encontrado mossen Laurenç. Nada más que eso; ningún cofre lleno de joyas, ningún lingote de oro. Golpeada por la frustración, con los labios apretados en un rictus de profunda amargura, recogió ambos objetos, se los introdujo en el refajo, llamó con una tos a Marc y echaron a correr en la dirección contraria del punto por donde estaban a punto de aparecer los franceses.
Capítulo VII
PRENDAN AIGO SENHADO
Final de junio de 1811

Tras el regreso de Les, y viendo que faltaba un par, permanecieron toda la noche en vela. La tensión y el miedo progresivo tejían una telaraña de incertidumbre sobre sus cabezas, confundida con las penumbras de la gruta. Ninguno tenía ganas de hablar y Marianna sentía demasiada inquietud como para intentarlo. Sentado en un rincón según la que había adoptado como costumbre, con los brazos rodeando sus piernas, mossen Laurenç mantuvo la guardia con los ojos extrañamente fijos no en el rostro, sino en las manos de ella; en la opacidad de esos ojos se podía presentir el fragor del ciclón que agitaba su mente.
Habiendo pasado tantas horas, comprendieron que ni Jàn ni su par, Ferran, iban a volver y que por lo tanto tenían que haber sido apresados, lo que no sólo era terrible para los dos, sino muy peligroso para el grupo. Por ello, en cuanto amaneció se reunieron en asamblea.
-No nos apena que no hayas encontrado el tesoro, de verdad, Marianna –aseguró Bartolomèu-, ni te amargues tanto porque Jàn y Ferrán hayan preferido correr el riesgo de irse a sus casas. Lo importante es que los demás estamos aquí, a salvo de las brutalidades de los soldados, porque para los desdichados se hizo la horca.
-No han preferido volver a sus casas, Bartolomèu –discrepó Marianna-. Anteayer, durante la excursión a Canejan, tuve tiempo de sobra para intuir los sentimientos y emociones de Jàn, y sé que no es capaz de reservarse una determinación así; lo habría comentado con alguno de vosotros. Estoy segura de que los han apresado.
-Aunque así fuera, era de esperar que tuviéramos un traspiés –insistió en aconsejarle Bartolomèu-. Todos sabemos que pueden apresarnos cada vez que bajamos de estas soledades, por eso es tan importante aguantar y sobrevivir hasta que mejoren las cosas, que más vale un día alegre con medio pan que uno triste con un faisán. Y en cuanto a lo de los cátaros, no te hagas mala sangre, Marianna; no vamos a morirnos por no tener ese oro, con el que casi todos íbamos a echar a correr hacia Zaragoza o Madrid, porque si el bien te sale al encuentro, mételo dentro. Seguiremos aquí, qué remedio, que ya vendrán tiempos mejores, porque buenos y malos martes, los hay por todas partes.
Pero después de haber convivido dieciocho años con las damas de la aristocracia aragonesa, en cuanto al arte de interpretar las miradas ella estaba al cabo de la calle. La gentileza de Bartolomèu con su intento de quitar importancia a los hechos era muy de agradecer, mas iba a ser neutralizado muy pronto por los demás. Lo presentía. No todos los dieciséis hombres sentados en el fresco suelo de la cueva, formando un círculo alrededor, compartían la misma benevolencia. Marianna leía en algunos ojos la voluntad de darle de lado y en otros, el deseo de destituirla de la dirección del grupo e, inclusive, el de expulsarles a ella y a mossen Laurenç de la cueva. Y tendrían razón, así se librarían del problema extra que se había sumado a sus dificultades.
Pero a pesar de no haber dado con el tesoro, había encontrado lo que no podía ser más que un relato anterior al de Montsegur, que les llevaría forzosamente hacia lo que estaba en el principio de todo, lo más valioso. Y debía de contener una nueva clave cátara. Mas todos ellos tenían demasiadas preocupaciones cotidianas como para hipotecar su imaginación con sueños. Tras unos instantes de cavilación a ver si se le ocurría cómo volver a ilusionarlos, preguntó:
-¿Seguro que nadie notó algo raro entre Jàn y su compañero, algo que pudiera indicar que pensaban abandonarnos?
Todos se miraron entre sí y fue Manel quien respondió:
-Joder, Marianna, que no te enteras. ¿Cuántas veces hay que repetirlo? Ninguno sabemos una mierda de ellos ni los vimos después de dejar de oler la peste de sus sobacos, antes de pasar por los alrededores de Vilac. Pero ya anoche, cuando mi compañero y yo volvíamos para acá, corría el chisme por Mijaran de que va a haber un ahorcamiento. ¿No es Jàn natural de Mijaran? Pues están a punto de joderlo vivo.
Todos tragaron saliva. Laurenç hizo un esfuerzo por no recriminar a Manel su lenguaje, y se persignó antes de ponerse de rodillas para recogerse en actitud de oración. Observando con cuánto sarcasmo apartaban todos la mirada para no cuchichear ni reír, Marianna apretó los labios con desdén, contuvo el impulso de cabecear reprobadoramente y propuso:
-Pues un par tendría que bajar ahora mismo a Mijaran, para confirmar ese rumor y, de ser cierto, averiguar dónde los tienen y mirar lo que haría falta para rescatarlos.
-¿Quitárselos a los putos franceses del carajo? –preguntó Manel-. ¡Tú sueñas!
-Naturalmente que sí –proclamó Miquèu-. Nosotros no somos cátaros y no soñamos con la luminosa eternidad. Nada nos obliga a esperar más luz que la que podemos ver con estos ojos ni más calor que el nos pueda quemar. Me da que tenemos un porvenir más negro que tus uñas si, por nuestra propia seguridad, no conseguimos traerlos.
-¿No sabes lo que van a hacerles, Manel? –Marianna notó que le escuchaban ahora muy atentos-. Los torturarán hasta conseguir que confiesen no sólo el emplazamiento de este refugio, sino vuestros nombres y los de vuestros parientes, con los que puedan extorsionarnos. Y ahora que dicen que están siendo muy castigados por los ingleses en las costas y por los españoles en toda la península, los soldados de Napoleón se están volviendo más crueles que nunca y sus métodos serán día a día más carentes de escrúpulos. A Jàn y su par, Ferran, que es tan dulce y amable, les debemos, al menos, el intento de salvarlos, y para ello tenemos que conocer muy bien las condiciones en que estén, dónde los tienen encerrados y las posibilidades que nosotros tendríamos de ayudarles. ¿Quién se ofrece voluntario para bajar a Mijaran?
Cinco alzaron la mano derecha. Tras un examen rápido de los cinco, Marianna preguntó:
-Hugo y Amiel, ¿vosotros no vivíais cerca de Mijaran?
Sólo Amiel asintió. Hugo dijo:
-Yo vivo en Arros.
-De todos modos, vosotros seréis el par que baje. Poneos los ropones negros, llevad dos monturas, amarradlas en lo más oscuro del bosque sin mostrarlas en campo abierto, sed discretos, modestos y nada perentorios al preguntar, y no habléis sino con quienes tengáis la absoluta seguridad de que podéis confiar en ellos. Tenéis que fijaros hasta en los menores detalles y las posibilidades de asalto de dónde los tengan encerrados, que espero que no sea en el fuerte de la Sainte Croix, porque entonces la cosa no tendría remedio.

Al cabo Bertrand le costaba mucho mantener los ojos abiertos, a pesar de que las tisanas calmantes que le estaban administrando constantemente no le producían sueño; los cerraba porque se avergonzaba más y más, ante el furibundo comandante De Montesquiou, según iba devanando éste el interrogatorio.
Y no sólo por las preguntas impacientes del superior; es que se las hacía delante de sus soldados en posición de firmes, los mismos que lo habían recogido del suelo, herido vergonzosamente por un solo bandido que no tenía más arma que una garrota, y lo habían trasladado a la residencia del prefecto de Les, donde ahora se encontraban. Él, recostado en una cama, muy emperifollada con rizos y colgantes pero sumamente incómoda; los soldados, junto a la puerta que comunicaba la habitación con el despacho municipal, con expresiones serias, aunque sospechaba que contenían los impulsos de burlarse de él por haber sido dejado fuera de combate en dos ocasiones ya por sendos araneses, campesinos sin refinamiento ni armas de fuego. El comandante gesticulaba con ira que le distorsionaba el rostro hasta el patetismo de una máscara y componían sus ademanes aspavientos histéricos; rotaba sin cesar en torno a la cama.
-¿Qué clase de inútil eres, miserable?
Bertrand apretó los párpados. Tenía que hacer esfuerzos muy arduos para no romper a llorar, pero sentía como hierro al rojo vivo el rubor de sus mejillas.
-¡Mírame a la cara, cobarde! –gritó De Montesquiou-. Lo dejé pasar cuando una mujer sola, una podrida puta, fue capaz de hacerte huir, pero ahora no voy a consentir este nuevo fracaso. En cuanto tus heridas te permitan ponerte de pie, serás desarmado y degradado delante de tu propio pelotón.
El cabo sintió ganas de vomitar. Podía ser a causa de los medicamentos, pero era mucho más probable que fuese por el pánico ante las oscuras perspectivas que veía en el futuro inmediato. Se había presentado voluntario en Tarbes para ser destinado al fuerte de Aran, con la esperanza de que la misión en esa comarca remota e incomprensible le facilitara un ascenso que ofrecer a la ambiciosa mujer que le había enamorado, y ahora iba a toparse justamente con lo contrario, la degradación. Y no podía volver a pedir el traslado a Tarbes, sencillamente porque había sido tomado por tropas inglesas al servicio del rey de España. Con enorme esfuerzo para no mostrar su desolación, dijo con un tono lastimero que no consiguió parecer firme:
-Os juro mi comandante que en cuanto pueda levantarme de esta cama, no quedará piedra sobre piedra en el valle hasta que les aprese a ella y a su curita.
-Me has fallado más de lo que es posible tolerar, cabo. Ya se han acabado todas tus oportunidades.
-Os ruego, señor, que me concedáis una semana. Aunque no pueda ni moverme, os juro que antes de una semana los tendréis en vuestras manos.
De Montesquiou detuvo un instante sus evoluciones furiosas alrededor de la cama.
-¿Es que tienes idea de dónde pueden esconderse?
-Algo he oído...
El comandante miró muy fijamente al cabo, preguntándose si no sería más que una fanfarronada para salir del paso, o tendría de verdad información que prefería reservarse como un defensivo as en la manga. Se decidió por la calle de en medio.
-Muy bien. Tus heridas no te servirán de excusa. Te doy una semana. Si en siete días me los entregas, conservarás el grado.

Una vez que se marchó el par formado por Hugo y Amiel hacia Mijaran y los demás se dieron a sus trabajos habituales, principalmente el de fabricar arcos y flechas, Marianna salió a la boca de la cueva, se acomodó en una piedra y extendió los pergaminos en otra.
La escritura no era tan clara como en los que narraban el martirio de Montsegur ni el estilo tan conciso y cronológico. Desechó todos los que reproducían inventarios y las relaciones de nombres de mártires, más enrevesadas y mucho más torpes que las de Montsegur, y trató de dejarse abstraer por el relato para que nadie advirtiese el pánico que le causaba la desaparición de Jàn y Ferrán. Prefería no transmitir a los demás el convencimiento de que en el momento más inesperado podían oír relinchos de caballos seguidos del estrépito de las huestes napoleónicas que llegaban a exterminarles. Necesitaba encontrar en la lectura alivio para su zozobra, el medio para no pensar en el peligro que corrían y también el modo de no tener que hablar con los demás para que no descubriesen su desaliento.
Pero a rastras y muy poco a poco, como quien trata de que nadie note que hace lo que está haciendo, mossen Laurenç fue acercándosele. Aunque Marianna notó la maniobra desde el principio, fingió estar inmersa en la lectura y ni dijo nada ni denotó con su actitud haberse dado cuenta. A pesar de ello, dejó de leer para sí y pasó a hacerlo en voz no muy alta, con el tono suave y monocorde de una oración, de manera que, poco a poco, todos fueron abandonando sus tareas para formar un círculo con ella y el mossen en el centro. Marianna leyó:

En Lavaur, en el verano de 1210, cuando acaso estemos a punto de sufrir -el Señor misericordioso se apiade de nosotros- un ataque dirigido por Simón de Monfort, esbirro despiadado del rey francés y lacayo reptante cual sierpe del cruel e impío tirano de Roma. Digo que:
Fue el propio tirano blasfemo de Roma, Inocencio III, amo de los bienes terrenales más inconcebiblemente fastuosos que ha conocido la Historia, quien dio esta primavera a Monfort riquezas inmensamente pródigas con que armarse y comprar voluntades, y corromper y pagar traidores, y minar las conciencias diseminando la semilla del Mal, para proseguir de tan inicuo modo la cruzada romana contra nosotros, los puros, cruzada que ya suma decenios de exterminios y millares de hogueras del sacrificio mientras ofende y descompone el mensaje y la Verdad del Cristo muerto en esa cruz a la que usurpa su nombre profanándolo.
Han pasado tres meses desde lo de Bram, y todavía me tiembla la mano al escribirlo y me convulsionan los escalofríos, mientras mis entrañas se agitan como por un embarazo múltiple y maldito. Procurando con diligencia diabólica nuestro desconsuelo y para fomentar nuestro desaliento con la intención de obligarnos a abjurar de la Verdad y la Luz, Monfort y su cómplice, Amaury, cayeron sobre el pueblo de Bram, a dos leguas de Carcasona. Portando ostentosamente cruces de oro relucientes de gemas, banderas de nobles cainitas bordadas en sedas y oro y viáticos inmisericordes en nombre de la misericordia para con los moribundos que ellos mismos se disponían a multiplicar, los sayones y verdugos de Amaury y Monfort recorrieron las calles de Bram incendiando, apaleando, violando y exigiendo, al tiempo, la abdicación de nuestra fe, por ellos denominada herejía, y la vuelta a la que ellos llaman fe verdadera mientras bendicen, rezan y se dan golpes de pecho con las manos enrojecidas con nuestras sangre vertida por sus armas infames y desalmadas.
Ante sus casas incendiadas y sus mujeres ofendidas, hijos sodomizados e hijas violadas y martirizadas, proclamaron los naturales de Bram que ni la promesa de vida ni la muerte conseguirían arrancarles su fe. Enfurecidos, ambos nobles y, en particular, Simón de Monfort, fuera de sí, ordenaron cortar los labios y las narices de todos los vecinos de Bram y a todos les vaciaron los ojos, excepto a uno. A un solo habitante de Bram le permitieron conservar un único ojo, con la orden de que guiase por toda la región a sus vecinos mutilados, mandándole que la horrible compañía de seres sin labios, narices ni ojos fuese proclamando por todas partes la supuesta única verdad de Cristo y la fe cristiana, cuyo usurpador es el tirano de Roma. Pero ni aún en ese trance se rindieron los puros de Bram. Habiéndose negado a dar uno solo de los pasos que Monfort les exigía, todos fueron quemados en la hoguera.

Sin poder sofocar un sollozo que le quebró la voz, Marianna apartó los pergaminos. Notó que corrían lágrimas por las mejillas de Bartolomèu. Miquèu presentaba una actitud extraña, que no se sintió capaz de interpretar: tenía los labios apretados, y sus nudillos brillaban pálidos en las manos contraídas que abrazaban sus piernas recogidas hacia su pecho, sentado como estaba directamente en el suelo; pero le pareció que no había tristeza en sus ojos, sino otra clase de emoción. Mossen Laurenç tenía la cabeza gacha, con los ojos fijos en sus piernas para que ella no pudiera intuir lo que pensaba. Todos los demás se mostraban muy tristes. Mariana tomó de nuevo el pergamino y continuó leyendo a partir del dibujo de una aldea en llamas que cerraba la narración de la matanza de Bram:

Como lo que ansiaba sobre todas las cosas el tirano Inocencio III era, en realidad, apoderarse de los bienes y propiedades del conde de Tolosa, mandó al abad de Citeaux ante Raimundo VI exigiéndole bajo amenaza de anatema que le entregase los puros que todavía persistiésemos en nuestra fe dentro de sus dominios. Con su famosa y proverbial habilidad de decir sin decir, de mostrar colaboración sin colaborar y de prometer sin comprometer el conde respondió que el abad no podía pedirle nada más honroso que preservar las raíces de la fe de Cristo, pero que, por lo que sabía, en sus tierras no había herejes y que si el acaso o un infortunio le conducían a enterarse de que había alguno, jamás lo entregaría a extranjeros porque debería ser juzgado por tribunales del condado y en aplicación de las leyes tolosanas.
Transmitida la respuesta a Inocencio III, éste no disimuló ni quiso aplacar su cólera y envió un legado nuevo que se llamaba Teodosio, que junto con su cómplice Arnaud Amaury, dieron un ultimátum a Raimundo VI. Vendría obligado a destruir de inmediato y sin excusa todas las fortalezas, fuertes, fortines y guarniciones del Condado de Tolosa y licenciar a todo su ejército, que sería sustituido por un ejército franco aunque debería ser pagado muy generosamente por los habitantes del país. Los nobles occitanos vendrían obligados a morar fuera de sus castillos, exiliados de sus familias y cortes, exentos de las poblaciones, viviendo en el campo en las mismas condiciones que los villanos y no debían consumir alimentos que no fuesen los de los villanos ni vestir de otro modo que ellos. A Raimundo se le obligaría a marchar rumbo a Tierra Santa, desterrado en penitencia por la iglesia de Roma a un cenobio de la Orden del Temple. Así, el condado de Tolosa iba a ser una colonia de Francia, que Francia domesticaría a marchamartillo según sus leyes y disciplinas.
Raimundo no respondió ni comentó el ultimátum; regresó a su castillo de Tolosa y mandó difundir entre el pueblo la noticia de lo que se le exigía. Cuando los tolosanos supieron lo que el tirano de Roma y el rey de Francia pretendían, respondieron que preferían morir luchando antes de perder su libertad y su fe. Una vez que estas nuevas llegaron a Roma, Raimundo VI fue excomulgado y Tolosa declarada en pecado mortal. Desde ese día, para nuestra desventura y dolor, vienen en ser constantes las incursiones de francos pagados por Roma que, enarbolando cruces enjoyadas y pendones recamados de oro, recorren el condado asolando, violando, martirizando e incendiando. La hecatombe final...

-¡Este texto es falsario y blasfemo! –exclamó mossen Laurenç, iracundo.
El grupo contuvo el aliento, perplejo. Marianna no alzó la mirada del pergamino, inmóvil como si la voz del mossen la hubiera convertido en estatua.
-¿Es que no os dais cuenta? –prosiguió airadamente Laurenç-. Son textos perversos escritos por una mano blasfema y degenerada. Sólo por leerlo y escucharlo estamos pecando.
Viendo que nadie respondía ni aunque fuese tan sólo para contradecirle, Laurenç se levantó lentamente y, ya de pie en el centro del grupo, giró en torno tratando de encontrar al menos una mirada de asentimiento. Como no la halló, se apartó muy enfurecido con ademán brusco y expresión torva, encaminándose de prisa hacia la gélida extensión de nieve situada un poco por encima de la cueva.
-Hace bien en ir por ahí –ironizó Miquèu-. Me da que la nieve enfriará su malhumor.
Mariana movió la cabeza, abrumada.
-Este hombre va a darnos problemas –comentó Bartolomèu.
-¿Lo crees, en serio? –preguntó Marianna.
-Si algo no lo remedia...
-¿Pensáis todos lo mismo? –Marianna se dirigía al conjunto del grupo.
Varios asintieron con gestos.
-¿Qué propones, Bartolomèu?
-Organizar un tribunal de honor y juzgarlo, para que él comprenda sus culpas y vea que no es solidario ni actúa conforme a los intereses del grupo. Al mossen no podemos echarlo, porque si bajase al valle sería hombre muerto. Pero tampoco podemos arriesgarnos a que la cosa vaya a peor.
-Es que no para de rezar y darse golpes de pecho, como si algo lo jodiera royéndolo por dentro -dijo Manel.
Marianna asintió. Sabía lo que ardía en el pecho y la mente del mossen, y que estaba en su mano mejorar su ánimo, pero ¿tenía obligación de violentar su naturaleza? ¿Le asistía a él algún derecho a tal sacrificio? Pero tampoco creía que ella tuviera el derecho de poner en riesgo a los refugiados. Quizá se vería obligada a consolar al mossen para evitar males mayores. Como la idea le desagradaba, continuó leyendo para no seguir pensando en ello y que los demás tampoco lo hicieran:

La hecatombe final es la que padecemos en esta hora del tránsito de las tinieblas a la Luz cegadora del Bien eterno.
Llegado el atardecer de la víspera de este día infausto, vimos desde las almenas de Lavaur las persecuciones, el humo y el resplandor de las piras del sacrificio de nuestros hermanos, contemplamos impotentes las atrocidades sin cuento, las ejecuciones sin tribunal, los asesinatos, las mutilaciones, las torturas y las violaciones, y se nos ensombreció el espíritu y creció en nuestro interior el anhelo de pasar cuanto antes al otro lado, donde la Luz vence a las tinieblas.
Hace tres meses que resistimos. Nuestra castellana, Giralda, ha cuidado de nosotros y provisto nuestras necesidades. Somos sólo cien y ahí fuera nos han cercado hasta hoy más de mil. Pero ni aún sumando diez por cada uno de nosotros han conseguido doblegarnos. Por tal razón, los tiranos de Francia y Roma tuvieron que reclutar bárbaros teutones, seis mil en total, para lanzarlos contra nosotros en número de sesenta por cada uno de los que aquí aguardamos el destino que el Bien quiera depararnos. No llegaron al pie de las murallas de Lavaur, jamás pudieron sumarse a nuestros sitiadores porque los campesinos vecinos nuestros les tendieron una emboscada y ornamentaron el bosque entero de miembros y entrañas de seis mil germanos despedazados.
Sin embargo, todo ha llegado al final.
Como antes lo fue mi hermana, he sido encomendada con otras tres revestidas para escribir por cuadruplicado estas palabras verdaderas y llevarlas al recaudo de piedras consagradas en cuatro puntos diferentes, para que los manuscritos de Beziers puedan ser preservados y, algún día, encontrados por un alma pura.
He abandonado Lavaur por el pasadizo que sólo mi familia conoce durante generaciones, pero, antes de partir, padecí el inmenso dolor de ver lo que hicieron a la Dama Giralda.
Fue Simón de Monfort quien dirigió personalmente a sus hombres cuando, tras rendirnos de hambre y sed, lograron irrumpir en la fortaleza. Los ochenta caballeros que protegían a la dama y defendían el castillo han sido degollados y colgados como odres de las almenas para que todos los puedan ver y difundan el horror del exterminio como advertencia por muchas leguas a la redonda. A continuación, ella ha sido atada en el centro del patio y ha dispuesto Monfort una fila de cien hombres que, uno tras otro, han violado y sodomizado a la Dama por turno. Tras varias horas de tormento y habiéndose formado entre sus piernas un río de semen que corría caudaloso por el empedrado, la Dama Giralda ha sido arrojada viva al pozo y a continuación, los mismos cien violadores, engalanados todos con grandes cruces al cuello, han ido echando piedras sobre piedras hacia el pozo, hasta que la Dama dejó de lamentarse.
Por la Luz que cuanto aquí escribo es únicamente la parte de la verdad que mis ojos han visto.
Hermengarda de Lavour, en Aran, esperando la Luz y la Verdad, con la fe de que estas palabras encuentren ojos para que sean conocidas de los hombres.
Tos los romieus que passaran prendan aigo senhado.

-Esta frase del final es una clave nueva –dijo Marianna sin transición.
-Pero es demasiado enigmática –comentó Miquèu-. Si es que guarda alguna relación con el texto, me da que tiene un sentido demasiado oculto.
-Una clave oculta es útil solamente si todos creen que es absurda –afirmó Marianna, contundente.
-¿Qué carajo significa? –preguntó Manel.
-“Todos los romeros que pasen, que tomen agua bendita” –recitó Miquèu con la aprobación sonriente de Marianna.
-Entonces, ¿es la que nos puede dar de seguro el tesoro? –preguntó Ricar, un hermoso joven con quien Miquèu, últimamente, compartía confidencias y que le acompañaba como par.
-Me parece que no –aseguró Bartoloméu-. La propia redactora dice que escribe para que alguien encuentre “lo de Beziers”.
-Así es –afirmó Marianna-. Después de haber visto tres legados de los cátaros, que en estos casos eran cátaras, creo entender lo que hicieron. Como en aquel entonces no había buenos caminos ni existía tanta facilidad para comunicarse como en los tiempos modernos, cada vez que sufrían un acoso tan cruel como éste creían que ellos, o ellas, porque hasta sólo hemos leído pergaminos escritos por mujeres, creían digo que podían ser las últimas supervivientes de su religión y estar a punto de extinguirse. Según interpreto, había personas que se transmitían de padres a hijos unas claves de escondrijos anteriores, y en cada caso, cuando creían que iban a perecer, el o la que había heredado la clave estaba obligado a ponerla a salvo, a fin de que algo que estaba en el origen de todo pudiera ser encontrado y no permaneciera oculto para la eternidad. Bartoloméu dice bien; esta clave no nos llevará al tesoro, sino a otra clave que será la que nos conducirá a lo que de veras nos importa a nosotros. ¿Tendréis paciencia y perseverancia y me seguiréis ayudando a buscarlo?
Pareció que nadie disentía.
-Todos los romeros que pasen, que tomen agua bendita –volvió a recitar Miquéu-. A mí estas palabras me dan el presentimiento de algo que sé, aunque no consigo recordar qué es lo que sé.
-A mí me pasa lo mismo –Ricar apoyó la afirmación de Miquèu y éste le correspondió con una sonrisa que expresaba gran ternura.
-¡Igual me ocurrió a mí con la clave que citaba la casa de Joan Pere! –exclamó Marianna con los ojos brillantes-. ¿No caes en la cuenta de lo que intuyes, Miquèu?
-No. Pero es como esa palabra que uno a veces tiene en la punta de la lengua. En el momento más inesperado, me da que voy a recordarlo.
-¿Qué mierda de religión era ésa que practicaban los jodidos cátaros, Marianna?
-Manel, modera tu lenguaje –aconsejó Bartolomèu-. Sobre todo, modéralo cuanto el mossen esté presente, porque las groserías lo sacan de quicio y bastantes motivos de preocupación tenemos como para tener que arreglar sus cabreos.
-No era una religión distinta –comentó Marianna-; era cristianismo, basado en los evangelios, aunque se fijaban más en ciertos evangelios apócrifos que en los bendecidos por Roma.
-Entonces, esas guarrerías tan asquerosas, ¿eran cristianos que jodían a otros cristianos? –volvió a preguntar Manel.
-No sé qué decir, Manel –respondió Marianna-. Si se analizan con honestidad y fe sincera los evangelios, cuesta creer que la iglesia romana sea cristianismo verdadero. Yo creo que el primer enemigo de esa iglesia de Roma, el más hereje de los herejes, fue aquel emperador tan glorificado por esa iglesia, Constantino, a quien se le atribuye una falsa conversión que fue la más hipócrita que registran los anales de la Humanidad. Constantino no se convirtió al cristianismo, sino que por razones de conveniencia política fue él quien convirtió a aquel cristianismo atrayéndolo hacia la religión romana, con ídolos y un cierto politeísmo incluidos. Fijaos en unos pocos detalles: la lengua del imperio, el latín, es la que mantiene la iglesia de Roma para sus ritos, y sólo gracias a ella continúa siendo utilizada. Cada pueblo o aldea del mundo católico tiene una imagen venerada, con unas atribuciones y un nombre propio, como tenían durante el imperio sus lares locales. Beatificar y santificar a seres humanos, a los que nos exigen que adoremos en los altares, viene a ser lo mismo que cuando el Imperio Romano deificaba a sus generales o emperadores. Heredera del imperio, pudo conservar durante siglos el Sacro Imperio Romano y después de perderlo, la curia vaticana se ha sentido siempre la heredera de la burocracia imperial, de manera que ha sido desde entonces el poder temporal más cruel, avasallador e imperativo de la historia europea, con métodos tan infames como la Inquisición, que tenían el descaro de calificar de “santa”. Por lo tanto, sobrevivió amparada por las fuerzas del mal. La iglesia de Roma es sin ninguna clase de dudas la reminiscencia pura del Imperio Romano, con la misma sed de poder terrenal y la misma contundencia e inclemencia para imponerse, combatir y doblegar a sus enemigos.
-¿No exageras, Marianna? –objetó Bartolomèu con una sonrisa.
-Quien ame a Cristo de corazón –continuó Marianna-, no puede aceptar las doctrinas, las enseñanzas ni los métodos de Roma. Los cátaros fueron combatidos y masacrados por Roma bajo la acusación de herejía, cuando los verdaderos herejes son ellos, que adulteraron desde Constantino el mensaje de Cristo y principalmente aquel mandamiento que decía “no juzguéis y no seréis juzgados”. Ellos juzgaron a los cátaros y todos cuantos se han opuesto a sus intereses con una crueldad que algún día les tiene que ser devuelta si hay justicia divina. Aquellos hombres buenos, los cátaros, sencillamente trataban de aplicar a sus vidas las enseñanzas de Cristo con austeridad, amor y humildad; con amabilidad, ternura y disposición para el consuelo
-Eso eran, hombres buenos –dijo Miquèu, hablando como si musitase una oración-. Eran hombres y mujeres buenos, tolerantes y sin prejuicios, que no excluían a nadie por nada, ni por su condición social ni su origen, ni por sus vicios o virtudes, ni por su forma de entender la vida. Para ellos, sólo había una clase de personas. Todos iguales.
-El paratje –afirmó Marianna.
-Exacto –dijo Miquèu-. El paratje, o igualdad total, era uno de sus fundamentos.
-Así es –concordó Marianna, a quien intrigaba la prolijidad de los conocimientos de Miquèu tanto como la vehemencia con que los expresaba-. Aparte de conocimientos, ciencias y devociones mucho más antiguas y muy anteriores a Jesucristo, los cátaros basaron su fe en el evangelio de San Juan, el discípulo amado de Cristo que muchos creen que podía no ser un hombre en realidad. Ese evangelio era su fuente de doctrina más cercana a los cánones católicos.
-Pero me da que no todo lo que practicaban viene de ese evangelio, ¿verdad, Marianna? –dijo Miquèu, y parecía bullir un sollozo en su garganta-. La igualdad plena de hombres y mujeres, la igualad plena de... todos, sin rebajar los derechos ni los méritos por la sexualidad...
-¿Paratje, decís? –preguntó Bartolomèu-. La idea de igualdad de todos, ¿no es cosa de la revolución francesa?
-Pues no, Bartolomèu –afirmó Marianna-. Aparte de otras muchas tradiciones antiguas, entre los cátaros, aquí mismo, en los Pirineos, se practicaba de verdad la igualdad. Todos tenían los mismos derechos, sin exclusiones. Habréis observado que los pergaminos que hemos visto hasta ahora fueron escritos por mujeres en todos los casos.
-Tos los romieus que passaran prendan aigo senhado –recitó Miquèu bajo la mirada desconfiada de Marianna-. Todos los romeros que pasen, que tomen agua bendita.
A solas, después de terminada la reunión, Marianna no acababa de decidir si tenía o no que temer traiciones de Miquèu. Ocultaba algo, evidentemente, pero ¿de qué naturaleza? Como si su mente quisiera escapar de esa pregunta, como si rechazara sumar una preocupación más a las muchas que tenía, volvió a verse a sí misma a los doce años.

Su riquísimo atuendo venía siendo elogiado por los invitados de mossen Roger hacía más de una hora. Maravilloso el vestido de seda rosa y la sobrefalda de brocado carmesí. Incomparables el corpiño de terciopelo rojo y los rizos de encajes que lo orlaban. Encantadores los lazos de tisú que remataban sus trenzas. Sus galas y ornamentos originaban los más exagerados superlativos, aunque en la sala se encontraba presente toda la aristocracia de Zaragoza. Lo que al comienzo de la merienda organizada por el mossen le halagaba tanto, ya comenzaba a aburrirle.
Desde que escenificara, diez días antes, aquella comedia de gritos y temblores en la cama del mossen, él se comportaba de un modo que no conseguía comprender. Estaba gastando dinero como nunca lo había visto hacer, y ella era el único objeto de su generosidad; vestidos suntuosos, sus primeros zapatos de tafilete, una medalla de oro de la Virgen del Pilar, una pulsera con piedras rojas. La madrugada que gritaba y se convulsionaba más, era seguida de un regalo cada vez más espléndido.
Pero el mossen sólo se mostraba alegre y arrebatado por el éxtasis en los instantes que seguían a sus propias convulsiones y gritos y los que ella interpretaba. Después, permanecía todo el tiempo con la mirada fija en algo que no parecía estar presente. Había una sombra en su mirada que nunca había visto antes, como si le acechase un monstruo terrorífico que sólo él podía ver.
Fue así durante varios años. Recurrentemente, ella descubría esa mirada de terror irracional en busca de un espanto que sólo él veía. Podía ocurrir en los momentos que más feliz y confiado parecía, durante un banquete de gala, durante la celebración de su cumpleaños, en medio de una de las veladas musicales que organizaba con regularidad. Un semblante que se había mantenido durante horas sereno y plácido, de repente, sin que hubiera a la vista nada que lo justificase, se volvía lívido y su mirada se hundía en aquel tunel donde habitaba el terror.

Marianna sonrió y se pasó la mano por la frente como quien enjuga una gota de sudor. Se guardó los pergaminos en el refajo. Contempló a Miquèu que, sentado lejos de los demás, charlaba animadamente con Ricar, ajeno a la tormenta que había originado en el ánimo de Marianna. Era una estupidez permitir que el turbador y joven campesino le hiciera revivir el misterio irresuelto que tanto la había inquietado hasta la muerte de mossen Roger.

Como el motivo de la reunión no requería juramentos ni consulta alguna de la Querimonia, el armario de las seis llaves permanecía cerrado, pero se encontraban presentes los seis portadores de las llaves, los bayles de todos los terçones. En la cabecera de la mesa del Consejo General, el síndico Raimundo Tinel y en el otro extremo, el arcipreste mossen Pèir. Tinel recitó las fórmulas rituales de apertura de la sesión y a continuación, dijo:
-Mossen Pèir, ¿La situación es tan grave como me dijisteis ayer, en privado, cuando me solicitasteis esta reunión?
-Sí lo es. Guzmán Domenicci ha conseguido seducir al comandante de los franceses con la promesa quimérica de un tesoro, y lo más increíble es que De Montesquiou ha tragado el anzuelo.
-¿Un tesoro, tesoro, o sea, un tesoro de esos con gemas, perlas y oro? –se burló el bayle del terçon de Pujòlo-. ¿Cuál?
-El de los cátaros –respondió mossen Pèir, muy serio.
-Pues, en ese caso, tal vez no sea tan quimérico –apuntó el bayle del terçon de Arties, un rubicundo hombre cercano a la vejez- ¿Quién no ha oído en el valle hablar de ese tesoro? Cuando el río suena...
-¿Y os parece, mossen, que tenemos que preocuparnos verdaderamente por lo que puedan hacer los soldados? –preguntó Tinel.
-En otras circunstancias, sería una anécdota sin mayores consecuencias –afirmó el arcipreste- o, por lo menos, sin consecuencias que debieran preocuparnos. Pero en estos momentos, los militares franceses se sienten menos seguros, menos imbatibles que hace unos meses, porque parece que los ingleses en alianza con la corona española, les están dando muchos quebraderos de cabeza al norte de Aran, y por los Pirineos, España recupera posiciones, sobre todo gracias a la valentía de la gente del pueblo, que organiza en las montañas de toda la península bizarras partidas de bandoleros, que llaman “guerrillas”. Los de Napoleón están tan soliviantados en estos momentos, que un señuelo como el que les ha ofrecido Domenicci puede llevarlos a multiplicar sus atrocidades, porque los vecinos de Casau oyen todas las noches las francachelas que organizan en el fuerte de la Sainte Croix, donde todos se emborrachan hasta perder el conocimiento y llegan a revolcarse y refocilarse en yacijas con tratos contra natura, y ya sabemos como actúa la gente que bebe, quiebra sus controles morales y se desespera en exceso. Sabed que lo que relatan los religiosos de toda España es sobrecogedor; donde pueden, los franceses entran a saco y requisan las riquezas, sin respetar que sean o no religiosas, y las trasladan apresuradamente a la confortable seguridad de los palacios y museos de su país. En los lugares que se resistieron, como Málaga, pasaron a cuchillo a casi todos sus pobladores e incendiaron completamente la ciudad, después de robar y llevarse toda las riquezas, hasta las imágenes de los santos patronos, que eran de plata maciza. Nosotros no tenemos cosas tan valiosas, pero no creo que nadie pueda confiarse en el Valle de Aran estos días. Con una turba de soldados convencidos de que pueden enriquecerse de repente gracias a un tesoro, las tropelías van a ser incontables e insufribles. Ya están siéndolo, como algunos de vosotros sabéis, en esa granja de Mijaran donde torturan a dos fugitivos que han hecho prisioneros. Quien les tortura, Dios me perdone –mossen Pèir se persignó- es precisamente ese hombre de la Iglesia que nos han mandado de la Santa Sede, y uno de los que torturan, Jàn, es un buen muchacho a quien yo mismo bauticé. Ésta es la primera de una insufrible cadena de atrocidades que vamos a ver cometer. Si no se nos ocurre cómo evitarlo o mitigarlo, padeceremos muchas desgracias.
Rimundo Tinel cabeceó un poco y preguntó tras una meditabunda pausa:
-¿Qué proponéis, mossen?
-Lo que siempre hemos hecho los araneses cuando nos sentíamos amenazados a lo largo de la historia: decir que sí cuando estamos diciendo que no.
El síndico general y cuatro representantes de los terçones asintieron sonrientes. Los bayles de Marcatosa y Lairissa se apresuraron a disentir casi al unísono:
-Pero no podemos arriesgar nuestro futuro. Alguna colaboración habrá que mostrar a los militares franceses, porque nuestras haciendas y nuestra vida siempre han dependido en gran medida de Francia y seguirá siendo así por siempre, estén o no estén entre nosotros los soldados de Napoleón.
Raimundo Tinel sonrió levemente al responder:
-Decís bien. Mostrémosles colaboración, pero ello no quiere decir que se la vayamos a dar realmente, ¿verdad? No querréis dejar de ser araneses libres para convertiros en cortesanos lisonjeros de una prima o una amante del corso...
Mossen Peir y los otros cuatro bayles sonrieron con expresiones de entendimiento.
-Y en cuanto a esos dos pobres muchachos que están siendo torturados con tanta crueldad –continuó el síndico-, ¿podemos hacer algo?

Había cerrado la noche cuando Amiel y Hugo regresaron a la cueva.
Varios dormían, unos pocos conversaban en voz muy baja y Marianna observaba disimuladamente a mossen Laurenç, en el contraluz del pequeño fuego que ardía ante la bocana; desde la vuelta de su prolongado paseo por la nieve había permanecido inmóvil, meditabundo y muy sombrío, sentado en el jergón con la espalda apoyada contra la roca de la pared.
Los sonidos de la aproximación del par les alertaron, pero sin alarmarse porque adivinaron quienes eran. Todos los que velaban acudieron a recibirles con ansia de saber, pero aguardaron pacientemente mientras comían y se reponían del ascenso.
Fue Amiel, un joven granjero muy desenvuelto, natural de Salardu, quien relató:
-Volvemos tan noche porque mirar queríamos lo que hacen esos cabrones al oscurecer, ya que durante el día hubo más gente de la cuenta y allí no hay sitio para dormir tantos. Y claro, resulta que sólo cuatro soldados se han quedado de guardia, y los demás han vuelto a la Sainte Croix; y el puerco romano, a sus misas y altares. A Jàn y Ferran los tienen cerca de Mijaran, en la granja de Pau Palop que, como recordaréis, los franceses la requisaron hace poco con todos los animales. El pobre Pau ha sido quien nos ha enseñado un punto desde donde mirar con seguridad y también nos ha acompañado hasta más acá de Unha para confirmar que volvíamos sin tropiezos. El Pau está tan desesperado, que tuvimos que agarrarlo para que no perdiera la cabeza y corriera a soltar su rabia contra los franceses y el romano. Pensad si la desesperación no será justa sabiendo que desde que se lo quitaron todo no tiene apenas qué darles de comer a sus hijos, ya que su única pariente en el valle, su hermana Adelaida, también lo ha perdido todo por los de Napoleón.
-Has mencionado al romano –dijo Marianna-. ¿Quieres decir que el enviado del Papa estaba allí?
-Sí.
-¿Qué hacía?
-Era él quien los torturaba.
-¡Me cago en la madre que parió al Domenicci ése, que se lo folle el Diablo! –exclamó Manel.
-¡Grosero! –reprochó contenidamente Laurenç, muy bajo aunque Manel pudo oírlo, puesto que replicó:
-Y tú, mossen de mierda, eres de la misma puta cuerda que ese puerco romano.
Todos se encogieron de hombros y ni secundaron a Manel ni comentaron el reproche del mossen, cuya expresión reprobadora con la mirada fija en los ojos de Manel era más dura que cualquier palabra.
-Cuenta, Amiel –preguntó Marianna- ¿Qué clase de tormento aplicaba el romano a Jàn y Ferran?
-Cuento lo que vi, no lo que les hagan que yo no pudiera ver. Varios soldados los obligaban a estar de rodillas en la pocilga, con el cuello, los brazos y manos amarrados con cuerdas a sus muslos. Los tenían sin camisa, amenazados por un círculo de mosquetes y espadas, mientras el romano los azotaba. Había mucha sangre en las espaldas de los dos y el azote del romano también salpicaba sangre como el caño de una fuente roja.
Marianna cerró los ojos. La imagen de Laurenç, torturado en la sacristía, se repetía ahora en la granja de Pau Palop.
-¡A ese hijo de puta hay que follárselo! –proclamó Manel.
-¡Virgen del Pilar! –invocó Marianna-. Es posible que Jàn aguante algún tiempo un tormento así, pero Ferrán se derrumbará pronto. Y no sólo se trata de la sangre inocente que están derramando, sino de la nuestra, porque no tardarán mucho en delatarnos. Salvo que aceptemos perder este refugio y la libertad, tenemos que rescatarlos hoy mismo.
Durante unos segundos, todos rumiaron sus propios pensamientos. La idea de bajar a rescatarlos les parecía descabellada por su peligro extremo, pero Marianna tenía razón; también era extremo el riesgo de no hacer nada. Perder el refugio y retornar a sus casas sería como entregarse. De repente, todos sentían mucho miedo. Fue Bartoloméu quien rompió el silencio:
-Creo que el miedo y la precipitación pueden traernos más penas, Mariana. ¿Todos sentís tanto miedo como yo?
Hubo asentimientos generalizados.
-Por el miedo por nuestra vida y la de los nuestros, que tanto nos alela –continuó Bartolomèu-, más nos convendría cavilar mucho, mucho, cada paso que demos.
Marianna movió la cabeza; el peso de la preocupación era una roca de granito golpeando sus sienes. Tuvo que hacer un esfuerzo para decir:
-El miedo merma gravemente las facultades y hasta llega a anularlas. No os dejéis dominar por él, porque hay que encontrar solución ahora mismo, y no podemos perder la cabeza.
-Pero ir a esa granja será un puto suicidio colectivo –dijo Manel- y nos van a follar...
-¡Grosero sinvergüenza! –volvió a reprochar mossen Laurenç.
Bartoloméu pensó que tenía que aprovechar la siguiente ausencia del mossen para volver a proponer la creación de un tribunal que le juzgase.
-Vos no vendréis con nosotros, mossen –resolvió Marianna-. Mejor será que permanezcáis aquí, para consolar espiritual y físicamente a los que vayamos regresando, si es que conseguimos volver. Amiel, ¿abundan los árboles en torno a la granja de Pau Palop?
-Mucho.
-Traza en el suelo el plano, con todos los detalles que recuerdes; por ejemplo, los árboles cuyas ramas lleguen a cubrir sus muros desde fuera.
Ayudado de los comentarios y objeciones de Hugo, Amiel fue dibujando las distintas partes del edificio en el suelo de tierra. Emplearon más de una hora tanto en discusiones con las que los hombres intentaban disuadir a Marianna como en calcular cada una de las posibilidades que se les ocurrían. Marianna pasó mucho rato dando explicaciones diversas sobre el dibujo, indicando posiciones y señalando puntos sobre las líneas trazadas por Amiel. Hora y media después, se pusieron en marcha.

-Sí, mossen Pèir. Monseñor Domenicci les aplica personalmente el tormento, con sus propias manos.
Observando la palidez del rostro de su joven coadjutor, el arcipreste comprendió que le afectaba muy vivamente lo que había presenciado.
-¿Y ellos resisten?
-Ni Jàn ni Ferran han abierto la boca más que para gritar de dolor.
-¡Dios, misericordioso! Van a morir sin dar su brazo a torcer, como perfectos araneses y grandísimos cabezones que son. Dime, Jaume, ¿tú tienes idea de dónde se esconden los... fugitivos?
-No, mossen. En todo el valle corre el rumor de que su refugio está “por allí arriba”, pero nadie sabe el punto exacto, ni si eso que está arriba se halla al este, oeste, norte o sur. Cuando dicen “por allí arriba”, muchos señalan hacia el Maladeta, pero vos sabéis que ése es un sitio imposible. Lo curioso es que con tantos cuchicheos, nadie les habla a los franceses ni siquiera del rumor.
-Entonces, si no es posible averiguar dónde están no puedo hacer lo que tanto me gustaría si supiera cómo llegar a su refugio; ni razonar con ellos para que espacien sus incursiones y sean moderados, al menos durante unos días a fin de que podamos ayudar a Jàn y Ferran, ni convencer a ese mossen apóstata para que se entregue y permita a la Iglesia recomponer su magisterio. Pero... –mossen Pèir procuraba pensar deprisa, porque tal como le había descrito el coadjutor el tormento no creía que los dos prisioneros pudieran sobrevivir más de un par de días- en cambio, sí puedo tratar de hablar con el enviado del Papa e invocar su caridad en nombre de Nuestro Señor. Tú, ve a casa de Raimundo Tinel, el síndico; lleva el caballo, para no tardar; repítele lo que acabas de contarme e infórmale de que mientras hablas con él estoy tratando de abogar por esos pobres muchachos ante monseñor Domenicci.
En esos momentos, Guzmán Domenicci murmuraba una oración que le hacía sentir más y más miserable conforme pronunciaba cada palabra. Tras apretarse un poco más el cilicio en su dormitorio, volvió al despacho, donde Jean permanecía con la pluma en la mano, recortada su silueta contra la intensa luz del candelabro, en la misma postura que tenía cuando el monseñor había decidido ausentarse unos minutos antes. A pesar del nuevo dolor que el cilicio le causaba, Domenicci continuaba sintiendo con igual intensidad y angustia una convulsión al contemplar el perfil de su secretario y los reflejos dorados de su pelo. Oró mentalmente para que no alzase la profundidad azul de sus ojos hacia él.
-Señoría –dijo uno de los criados, asomando la cabeza por la puerta entreabierta-. Os solicita el arcipreste.
El esfuerzo de observar las buenas maneras ante un ser tan insignificante como el arcipreste de ese valle miserable, representaba un dolor aún más lacerante que el del cilicio, por lo que la ternura que Jean le inspiraba se desvaneció, borrada por el desagrado y un furor no contenido del todo.
-No le permitas entrar ni acomodarse en mi salón. Dile que espere ante la puerta, pues debo terminar el dictado de una carta.
Dio la espalda al criado para denotar que no toleraría ninguna réplica ni más preguntas, y recuperó el hilo de lo que llevaba más de dos horas tratando de hilvanar como relato a los obispos de Seo de Urgel y de Tolosa. Ahora ya podía concentrarse adecuadamente en la elección de las palabras correctas, pues el bello secretario había pasado a ser solamente un instrumento gracias a la serenidad recobrada. Bajó al zaguán casi una hora más tarde.
-¿Qué te trae, arcipreste? –preguntó desde el umbral del portalón.
-¿Podría entrar, señoría?
-¿Tan largo es lo que deseas decir?
-Si su señoría me lo permite...
-Bien entra. Pero no te puedo conceder más que un cuarto de hora, así que apresúrate y no me hagas perder la paciencia.
El arcipreste fue precedido por el enviado del Papa hasta una modesta sala que no era el salón de visitas del palacete del barón de Les. Mossen Pèir sintió más fastidio que temor por ese rasgo de desconsideración, pero también por la altanería forzada con que el romano se desplazaba; notó que algún dolor en su pierna derecha le hacía mantenerla rígida y cojear muy ligeramente. Sin acabar de sentarse en un pomposo sillón dorado, una especie de trono, mientras señalaba al arcipreste el único asiento que había además del suyo, un escabel, el hombre de Roma exigió de nuevo:
-Apresúrate, mossen.
-Señoría, debo rogaros que esos dos campesinos, Jàn y Ferran...
-¡Insolencia! –exclamó Dominecci-. ¿Cómo te atreves?
-La mujer de Jàn está a punto de parir, y dicen las comadronas que la desesperación por las noticias del sufrimiento de su marido va a hacer que se malogre el niño. Por su parte, Ferran es un muchacho de salud algo delicada...
-Escucha, mossen, ni una palabra más, te lo ordeno. Son dos grandísimos pecadores carentes de humildad y mansedumbre, que no practican con sinceridad la fe de Cristo y que se niegan a obedecer. ¿Tú sabes lo que se juega la Santa Madre Iglesia en este asunto? ¿Crees que es por un capricho de Su Santidad que yo haya venido personalmente?
-Pero... os ruego, señoría...
-¡Estás acabando con mi paciencia! No sigas, o me veré obligado a imponerte una penitencia. Márchate ahora mismo.
-¡Por los clavos de Cristo, señoría! –rogó todavía mossen Pèir, con tono lastimero.
Domenicci se alzó como una tromba y, como si estuviese arrebatado por un torbellino, se puso a abofetear reiteradamente el rostro compungido del mossen, con ambas manos, igual que un molino agitado por un ventarrón.
Mossen Pèir sintió el impulso de levantarse y responder el ataque; lo reprimió a duras penas, engullendo el maltrago como la la más amarga porción de hiel que había tenido que tragar en su vida. Mas a pesar de que sus votos y su posición le obligaban a someterse a todos los dictados de la Iglesia representada por ese hombre abominable, observó un detalle que estuvo a punto de desatar las ligaduras de su fidelidad a la jerarquía y la prisión de su ira; algo rígido y enhiesto abultaba el rico hábito de su señoría a la altura de la entrepierna. Apretó con fuerza los ojos, hizo una ligera reverencia ante su atacante y sin darle la espalda, se retiró hacia la entrada de la habitación. Una vez allí, corrió hacia la salida. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, encontró a Raimundo Tinel esperándolo sin amarrar el caballo.
-¿Qué os ocurre, mossen?
-Permite que no te hable de ello en este momento. Debes disculpar mi silencio.
-Me he apresurado a cabalgar hasta aquí a causa de lo que me ha dicho Jaume, vuestro coadjutor.
Mossen Pèir miró de reojo el portalón que acababa de trasponer
-No es seguro mantener esta conversación aquí, don Raimundo. Vamos a la Vicaría.

No se escuchaba ni el más leve sonido ni brillaba luz alguna en la granja donde habían sufrido tortura Jàn y Ferran durante todo el día. Un silencio y una oscuridad que extendieron el desaliento entre los quince que habían bajado de Forat de l’Embut.
-¿Estás seguro de que permanecieron aquí? –preguntó Marianna a Amiel con un susurro.
-Créelo. Todos los demás marcharon a Vielha al oscurecer. Los soldados, para la Sainte Croix y el romano, al palacio del barón. Escuché las órdenes que les daban a los cuatro soldados de guardia, y aunque no hablo el francés muy bien, entendí que les mandaban que no les dieran a Jàn ni a Ferran agua en toda la noche.
-Entonces, no tienen más remedio que seguir ahí dentro –murmuró Manel.
-Yo creo que los soldados estarán durmiendo –opinó Hugo-, aunque también les mandaron que velasen “tout la nuit”.
-Pues si durmiendo están, sorprenderles más fácil será -dijo Marc.
-No nos confiemos –aconsejó Marianna-. A ver, Amiel, ¿dónde estaban exactamente Ferran y Jàn cuando los torturaban?
-Ahí, en esa pocilga del rincón.
-Entonces, o se los han llevado a Sainte Croix después de que os marchaseis o los tienen en otro lugar, aquí mismo. ¿Dónde podría ser?
-Por muy perros que sean los franceses –aventuró Amiel-, a lo mejor se han compadecido y no han querido que duerman en la peste asquerosa de la pocilga. Pueden haberlos llevado a una de las dos habitaciones de la entrada y quedarse los cuatro en la otra, o también podrían estar dos soldados con Ferran en una habitación y otros dos con Jàn en la otra. También podrían tenerlos en el gallinero, donde habría uno de ellos de guardia mientras los otros descansan por turno, pero no consigo ver nada.
-Yo tampoco –dijo Marc.
-En ese caso –concluyó Manel-, como no podemos seguir uno a uno los pasos que estudiamos en el Forat, tenemos que renunciar al asalto y volver a la seguridad de nuestra mina.
-Calla, Manel, por Dios y su Madre –rogó Marianna-. Aunque no podamos hacerlo como habíamos planeado, tenemos que encontrar el modo. Sería un suicidio dejarlos para que consigan los franceses hacerles confesar dónde estamos y, mucho peor, consentir que los maten. Hay que salvarlos.
-¿Qué se te ocurre? –el tono de Manel sonó sarcástico e imperioso a pesar del cuchicheo con que todos se comunicaban.
-Se me ocurre... –Marianna dudó-. A ver, Amiel, ¿hay alguna granja muy cerca, de cuyos dueños puedas fiarte del todo?
-Una, la del hermano de mi padre, pero no está demasiado cerca.
-¿Necesitarías ir a caballo?
-No. Tardaría más si voy al bosque dónde hemos dejado amarradas las monturas y si, luego, al volver, tengo que dejarla de nuevo allí para que no resuenen los cascos al llegar aquí. Será menos tiempo si voy andando, directamente.
-¿Cuánto tiempo? –preguntó Marianna.
-Un poco menos de una hora para ir y volver.
-Adelante, entonces. Pide a la mujer de tu tío que te preste el candelabro más bonito que tenga...
-¡Un candelabro! –exclamó Manel.
-Calla, no me hagas perder la paciencia –reprendió Marianna y continuó: -Por favor, Amiel, corre y no tardes más de lo que has dicho, y no te olvides de traer velas.
-Recuerdo que la mujer de mi tío tiene un candelabro de peltre, con tres brazos. ¿Tú crees que servirá?
-Sí –respondió Marianna-, será algo pesado, pero me valdrá. Por favor, date prisa.
El tiempo que demoró en volver Amiel, lo aprovechó Marianna para improvisar un plan nuevo, que fue explicándoles conforme se le ocurrían las ideas. Un poco más de una hora más tarde, Amiel le entregó un candelabro de cerámica con cinco velas y dijo con expresión triunfal:
-Parece que mi a mi tío le van bien las cosas. Ha comprado éste y otro candelabro igual de cinco velas, que ocupaban cuando yo llegué los dos extremos de una mesa muy grande, también nueva.
-Es magnífico –aprobó Marianna-. Bien, es el momento de ponernos en marcha. ¿Tú crees que disponemos de dos horas hasta el amanecer, Manel?
-Creo que un poco más.
-¡Bien! Adelante. Preparaos todos.
-Marianna... –Hugo contuvo el aliento-, ¿estás segura de que quieres hacerlo?
-Completamente.
-¿No tienes miedo?
-Por supuesto que sí, pero me daría terror que vaciléis y no penséis con claridad en lo que cada uno tiene que hacer. Bueno, todos a sus puestos y permaneced atentos a los silbidos de Marc.
Mientras hablaba, Marianna había ido despojándose del vestido y soltándose el cabello. Ensalivó la punta de los dedos de ambas manos para atusarse la melena y a continuación chupó el índice derecho para perfilarse las cejas. Ensayó varias veces la sonrisa y, por fin, se humedeció los labios. Afortunadamente, apenas corría una brisa ligera, por lo que encendieron las cinco velas en pocos minutos.
Mientras Manel sostenía el candelabro, ella forzó el escote de la camisa a fin de dejarse los hombros y parte de los senos al descubierto, agitó la melena para que reposara sugestiva en los hombros y se apretó los pechos para realzarlos bajo la sujeción del refajo. Trató de imaginar qué aspecto presentaría ya que no podía mirarse en un espejo; con un ademán de resignación, tomó el candelabro con la mano izquierda y se dirigió hacia la entrada de la granja mientras todos los demás se situaban en las posiciones acordadas.
El defectuoso portón no tenía aldaba de llamar en sus tablas sin pulimento, mal cortadas y peor ensambladas. Marianna pretendía despertar a los que estuvieran más cerca a la primera llamada, sin que, al verse obligada a repetirla, tuviera tiempo a acudir el que estuviese más lejos, de guardia. Por ello, se agachó a recoger una piedra con que golpear la puerta. Mientras trataba de encontrar una a tientas, oyó el crujido de los goznes y una voz que le preguntaba en francés:
-¿Qué quieres, mujer?
A pesar del sobresalto, Marianna no descompuso el gesto ni se alzó con rapidez. Lo hizo con mucha suavidad, hasta que consiguió sobreponerse y esbozar la sonrisa más radiante de su repertorio. Sólo entonces miró al soldado a la cara.
-Vengo a pediros auxilio.
El soldado, que tenía toda la ropa desajustada como si acabase de ponérsela con apresuramiento, alertado por el ruido que Marianna pudo haber producido al palpar el portalón, contempló a la maravillosa mujer medio desnuda que portaba un candelabro y se preguntó si no estaría durmiendo todavía. Escenas tan mágicas y prometedoras no se presentaban nunca en las guardias, donde todas las sorpresas que cabía esperar consistían en asaltos y agresiones, o sucesos siempre desagradables.
-¿Por qué necesitas auxilio? ¿Qué te ha ocurrido?
-Vivo en aquella granja –Marianna señaló hacia su derecha, confiando que hubiera alguna lo bastante cercana-, y mi marido está con el ganado por Beret, en los prados del verano. Me ha despertado un ruido y cuando he conseguido encender este candelabro, he notado con mucha claridad que alguien había en mi corral. Sé que el asaltante se ha dado cuenta de que lo he descubierto, y por eso he corrido hasta aquí, en busca de vuestra protección y la de vuestros compañeros. Porque tenéis más compañeros, ¿verdad?
El soldado entendió la pregunta como una cautela de Marianna para fiarse de él con la seguridad defensiva de su virtud que podía representar que hubiera más gente, en vez de permanecer con uno solo encontrándose medio desnuda.
-Sí, mujer, entra y no te preocupes. Estamos tres, aunque somos cuatro; pero uno ha tenido que cabalgar de improviso al fuerte en busca de municiones, pues nuestro sargento olvidó proveernos y nos dimos cuenta de que no disponemos más que de las cargas. Imagina qué peligro. Entra, por favor.
Confiando en que Marc, que se encontraba agazapado a pocos metros, hubiera escuchado con claridad tan valiosa información, Marianna siguió al soldado hacia el interior. Mientras andaba, se arremangó un poco la falda para exhibir la pierna derecha hasta un poco por debajo de la rodilla. Notó que el soldado la contemplaba de reojo mientras sacudía a otro soldado, profundamente dormido en un jergón.
-Marcel, despierta, que tenemos visita.
-Mierda, estaba en el mejor sueño. ¿Qué ocurre, Antoine?
-Esta buena mujer necesita nuestro amparo. Alguien está robando en su casa.
-No podemos ir –arguyó Marcel-. Sería deserción de la guardia.
-Ella no pretende tal cosa, ¿verdad? –preguntó Antoine volviendo un poco la cabeza hacia Marianna-. Sólo necesita refugio, por si los ladrones la han seguido, y posada hasta el amanecer.
Marcel encogió los párpados, deslumbrado por la intensa luz del candelabro que Marianna portaba, y sonrió apreciativamente al comprobar que se trataba de una mujer joven y hermosa y no de una campesina burda en edad de desmerecimiento. Como un gesto reflejo, se sobó el abultamiento de la entrepierna de unas calzas blancas que parecían estar muy sucias, aunque el candelabro no llegaba a iluminarlas del todo. Marianna le sonrió con expresión incitadora y todos los sentidos en tensión suprema por el esfuerzo de evaluar la situación al detalle. El tercer hombre, ¿dónde se encontraría? Si sólo eran esos dos los que dormían, el otro tenía que permanecer despierto, guardando a Jàn y Ferran. Un enemigo despierto representaría un obstáculo.
-Monsieur Antoine... –dijo Marianna suavemente-; antes me dijisteis que eran ustedes tres hombres aquí y, como mujer casada y recatada que soy, temo por mi buen nombre y no querría ser presa de la maledicencia. ¿No irrumpirá de improviso ese tercer soldado en esta estancia?
Antoine sonrió jubilosamente, por la promesa que la pregunta implicaba. Dando por descontado que Marianna no se opondría a nada de cuanto él y Marcel le pidieran, movió la cabeza en ademán de negación mientras decía:
-No te preocupes, mujer. Está junto al gallinero, guardando a... bueno, no te inquietes, que allí permanecerá.
Ese soldado alerta iba a imposibilitar el plan. Tenía que atraerlo junto a sus compañeros.
-¿Seguro que está lo suficientemente lejos? –preguntó Marianna al tiempo que depositaba el candelabro en una tosca mesa y se sentaba en una banqueta procurando que la luz le diese de lleno, ya que necesitaba ser vista con claridad mientras realzaba sus atractivos.
-No tan lejos, que esta granja es un cuchitril apestoso. Sólo hay unos pasos entre nosotros y el gallinero, por eso huele tan mal, pero Louis sabe que debe mantenerse de guardia y permanecerá en su puesto aunque haya visto la luz.
Grave asunto si el tal Louis era de verdad tan disciplinado. Marianna giró la cabeza en torno como si le resultase muy interesante el examen de la pequeña habitación, donde no había más muebles que la mesa, dos banquetas y dos jergones. Simuló la expresión de sentirse maravillada y rió muy ruidosamente.
-Oh, no exageréis, monsieur –dijo con un tono de voz algo más elevado de lo normal-, no es verdaderamente un cuchitril esta granja. Su anterior dueño, Pau Palop, la tenía en muy alta estima.
-También a vos, señora, se os tendrá en altísima estima –lisonjeó Marcel.
Marianna agradeció el cumplido con una sonrisa radiante y se alzó un poco más la enagua como por descuido. La risa no había sido lo bastante alta como para atraer al soldado llamado Louis. Necesitaba hacerle acudir cuanto antes, porque, además, podía estar a punto de regresar el que había ido a la Sainte Croix en busca de municiones, a lo que no podía dar lugar.
-¡Qué galante sois, monsieur Marcel! –Marianna soltó una carcajada cantarina en el tono más estridente que pudo-. Para mí que sois de esos soldados que van dejando huellas amorosas por donde pasan.
Oyendo tal lisonja, Marcel no mostró desconfianza por el sospechoso entusiasmo de Marianna, sino que acabó de enderezarse del jergón, tensó el torso desnudo y alzó los hombros, en un despliegue orgulloso de sus atractivos físicos. Un torso ligeramente cubierto de vello dorado sobre marcada musculatura. Marianna halló que podría resistir su contacto sin náusea, no así el de Antoine, cuya fofa barriga rebosaba ostentosa sobre las calzas blancas.
-Monsieur Marcel, puedo notar que vos sois hombre de acción, a juzgar por lo mucho que demuestran haber trabajado vuestros miembros.
Marcel sonrió mientras tensaba jactanciosamente el brazo, para exhibir un bíceps notable. Marianna calculó que ya sólo faltaban unos pocos minutos para que le cayese encima, y todavía no había entrado el que estaba de guardia. Tenía que acelerar las cosas.
-Digo... monsieurs, que ese compañero vuestro, Louis, podría restarnos intimidad a nosotros tres, que tan bien pudiéramos pasarlo. Vos, monsieur Antonine, que parecéis tan autoritario y persuasivo, ¿no podríais indicarle al tal Louis que no se le vaya a ocurrir entrar en esta habitación?
Había una promesa clarísima en la pregunta. Antoine se encontraba en trance. Su ademán de alelado no era la única evidencia; la sonrisa no se borraba de sus labios y sus ojos fulguraban prendidos al canalillo de los pechos de Marianna. Obedeció la indicación como un autómata. Se dirigió al vano que daba al patio y dijo muy alto, sin salir, sacando sólo medio cuerpo por la puerta entreabierta:
-Escucha, Louis, Marcel y yo recibimos una visita privada y por ello no debes acercarte a este cuarto. Si tienes paciencia y aguardas, también tú tendrás tu porción de felicidad antes de que amanezca.
Marianna se preguntó si la argucia rendiría pronto el resultado que esperaba, porque iba a sentirse sucia si permitía que esos dos hombres llegasen a culminar su gozo con ella. Llegaría un punto en el trato en que no habría vuelta atrás, un punto en el que ella sentiría ganas de vomitar y no podría evitarlo. Tenía que apresurar las cosas. Se puso de pie y acarició el mentón de Antoine con expresión muy mimosa y los labios fruncidos como si aflorase un beso; cuando él fue a alzar la mano para tocarla, ella se rebulló con una carcajada y se echó hacia Marcel diciendo muy alto:
-¡Oh, cuánta fogosidad la vuestra, monsieurs! Refrenad tan ardorosos afanes, que frente a vuestra sabiduría de grandes amantes yo sólo soy una pobre campesina joven e inexperta.
Marcel acababa de envolverla en un abrazo mediante el que Marianna notó que la naturaleza le había predispuesto ya. Al mismo tiempo, se oyó cercano el canto gangoso de un urogallo y un poco después, una corneja. Sin rechazar del todo el contacto de Marcel, tendió los brazos a Antoine, que continuaba paralizado como una estatua, con una sonrisa bobalicona. Lo atrajo, forzándolo a acercarse, como si pretendiera que el abrazo le envolviese a él también, cosa que Antoine pareció rechazar; pero, sorprendentemente, Marcel agarró un brazo de su compañero para obligarlo a formar el trío. En ese instante, se oyó un golpe seco tras la puerta que Antoine había usado para hablar con Louis.
-¿Qué ha sido eso? –se alarmó Marcel.
-¿De qué hablas? –preguntó Marianna.
-He oído un golpe ahí fuera. Voy a ver.
Marianna oró mentalmente para que ese golpe fuese lo que ella necesitaba que fuera. Cuando Marcel fue a abrir la puerta, se desasió de Antoine y palpó bajo su corpiño, en busca del pequeño puñal. Una vez que la puerta fue abierta, ella fue la primera en notar que había un cuerpo abatido en el suelo; su esperanza se había confirmado; Louis había acudido a fisgonear por las rendijas, momento en que uno de los hombres lo había rendido de un golpe. Durante unos segundos, Marcel miró hacía el vacío antes de advertir que Louis se encontraba derrumbado a sus pies; en el instante de ir a agacharse a ver qué le pasaba, recibió también un garrotazo en la cabeza. Antoine, que observaba con prevención lo que ocurría en la puerta, al ver caer a Marcel volvió la cabeza hacia Marianna, que ya no pudo arriesgarse más y lanzó el puñal hacia su pecho. Pero no atinó a clavárselo más que superficialmente; Antonine saltó hacia ella y la hizo caer de espaldas. Marianna tuvo que debatirse más de un minuto bajo las manos que pretendían estrangularla, hasta que sintió que esas manos perdían la fuerza. Abrió los ojos mientras un chorro de sangre caía sobre su rostro; más arriba de la cabeza abierta de Antoine, vio la expresión triunfal de Manel y su garrota.
-Corre, Marianna, que un jodido soldado se nos ha escapado.
-No puede ser. Estos tres son los únicos que había.
-Pues eran cuatro, tal como nos había dicho Amiel; maldita sea la puta que lo parió, nos ha sorprendido cuando volvía a caballo de algún cometido. Según llegaba, viendo que somos muchos, ha dado media vuelta y ha puesto el caballo a galope.
-¡Vuelve a la Sainte Croix! –dijo Marianna-. Sabía que había un cuarto hombre, pero estos me han dicho que no volvería de la Sainte Croix hasta el amanecer, a donde había ido en busca de municiones. Va a dar la alarma y mandarán a por nosotros. Debemos apresurarnos. ¿Cómo están Jàn y Ferran?
-Jodidos a latigazos, pero pueden cabalgar. Iremos en busca de los caballos y vendremos a por ellos.
-Hay que darse prisa, Manel, pero tenemos que incapacitar a estos. ¡Marc!, ¿estás ahí fuera?
-Sí, Marianna –respondió el joven asomando la cabeza por la puerta abierta.
-Llévate siete hombres en busca de todos los caballos y tráelos para acá deprisa.
Sin esperar respuesta ni mediar otro comentario, Marianna comenzó a amarrar las piernas y brazos de Louis. Imitándola, Manel se puso a hacer lo mismo con Marcel. A Antoine no parecía necesario amarrarlo, puesto que la herida de su cabeza parecía mortal. Media hora más tarde, Ferran y Jàn fueron aupados a la grupa de dos compañeros y se dispusieron a emprender el regreso a Forat de l’Embut.
-De una cabalgada que llega se oye el jaleo –avisó Marc.
Marianna aguzó sus sentidos. Efectivamente, llegaba un grupo en respuesta a la alarma del soldado que había escapado.
-Atentos –dijo Marianna-. No podemos ir directamente al Forat de l’Embut, porque les pondríamos en nuestra pista y tarde o temprano descubrirían la mina. Hay que dar un rodeo y no podemos ir hacia ellos. Corramos en dirección a Beret y ojalá encontremos por donde cruzar pronto hacia nuestro refugio, si conseguimos un paso seguro tras despistar a los franceses.

Escoltado por sus seis criados, Guzmán Domenicci irrumpió como un torrente en el arciprestazgo. Eran las siete de la mañana.
-¿Dónde está tu amo? –preguntó al coadjutor sin mediar saludo alguno.
-Creo que realizando su aseo –el joven cura no protestó por ser tratado como un criado; señaló un cuartillo del huerto, algo distante de la vivienda.
Domenicci apartó bruscamente al coadjutor y se lanzó hacia el cuartillo, cuya frágil puerta empujó de una patada. Sentado en la tabla agujereada que le servía de letrina, mossen Pèir alzó la cabeza con sobresalto. Le costó unos segundos reconocer al enviado del Papa, porque ya se había librado del cabestrillo y sólo llevaba sujeto el brazo con un pañuelo atado al cuello.
-¡Monseñor!
-Esa ramera demoníaca ha conseguido liberar a los dos prisioneros antes de que confiesen. Te ordeno que hoy mismo se proclame en todos los templos del valle la obligación que tienen los araneses, en el nombre de Dios, de entregarla a ella y al apóstata o denunciar dónde se esconden. Tienes que mandar a todos los párrocos que adviertan a sus feligreses de que estarán en pecado mortal y serán excomulgados quienes los oculten o les ayuden a escapar. El que los entregue, hará bien; el que los mate, sería bendecido por Dios en otros momentos, pero dadas las circunstancias, también pecaría, porque el Santo Padre los necesita vivos para que nos confíen la preciosa información que poseen. En cuanto los tengamos, yo sabré obligarles a confesar, ya que están en juego asuntos muy graves de la Santa Madre Iglesia. Ponte en marcha ahora mismo sin dilación, te lo ordeno.
Sin más, Dominecci echó a correr hacia donde le esperaban sus criados. Todavía en estado de perplejidad, mossen Pèir tardó unos minutos en poder alzarse de la letrina y completar su aseo. Lo que había acordado la noche anterior con el síndico, Raimundo Tinel, iba a tener que ser llevado con la máxima discreción. Con disimulo en realidad. Antes de sentarse a escribir la carta que el coadjutor se encargaría de llevar a caballo para que fuesen leyéndola todos los curas, se arrodilló un momento y rezó un padrenuestro. El rostro atormentado de Cristo le hizo sentir que no podía ser cómplice del sufrimiento que estaba a punto de abatirse sobre las cabezas de los araneses.
Mientras tanto, muy impaciente, el comandante De Montesquiou aguardaba noticias de la granja de Pau Palop. Hacía mucho más de una hora que el pelotón de caballería se había lanzado en pos de los fugitivos, y todavía no había sonado ningún cornetín esperanzador. A cambio, el centinela le avisó de la llegada del hombre de Roma. Un problema más que sumar a los que ya tenía.
-Comandante, esto que ha ocurrido es intolerable –espetó Domenicci en cuanto fue conducido a su presencia.
-Modere su tono de voz, monseñor.
-¡Te recuerdo, comandante, que una insubordinación ante mí es lo mismo que si se cometiera ante Su Santidad!
De Montesquiou contuvo la respuesta que le apetecía dar. Sus hombres no habían dado excesiva importancia a la promesa de conseguir riquezas mediante la captura de dos personas que, verdaderamente, era como si se las hubiera tragado la tierra. Ahora estaba claro que no se las había tragado la tierra y que disponían de ciertos medios y organización. Ya no estaba en juego sólo su interés personal ni le importaban mucho la impaciencia insolente de Domenicci; ahora estaba en entredicho la autoridad del ejército del Emperador. Tenía que actuar, pero, primero, necesitaba librarse de la molestia que el romano le causaba.
-Os ofrezco, monseñor, un acuerdo. Vos no me importunáis más ni me distraéis de mis obligaciones, y yo realizaré mi cometido, que en estos momentos coinciden al ciento por ciento con vuestro interés. Os aseguro que en muy pocos días vamos a apresarlos. Y si tengo que desencadenar una guerra, lo haré.
Domenicci se mordió un labio. Se dio cuenta de que estaba enemistándose con De Montesquiou cuando más lo necesitaba, por lo que debía atemperar sus expresiones. Tragó saliva para moderar el tono de voz antes de decir:
-Muy bien, comandante. Confío plenamente tanto en tu buen criterio como en tu capacidad ofensiva y estratégica para emprender esa guerra. Que así sea, pues, y aguardaré atento a ver los resultados de tu furia, porque estoy convencido de que sabrás inspirar el terror necesario como para que todos los araneses ansíen entregarnos cuanto antes a la pareja de relapsos malditos. Que los sufrimientos, la sangre y los horrores de la guerra obliguen a los mentirosos pecadores anareses a reconocer nuestra verdad.

Mañana, dos nuevos capítulos
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