Metidos ya los protagonistas de pleno y con intensidad en su aventura, ésta se copmplica de manera inesperada. En los capítulos 49, 50, 51, 52, 53 y 54
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49
Era el bosque más tenebroso que habían visto jamás y parecía no tener fin. Más de media jornada viajando por él y no se cruzaban con nadie, pero sin embargo presentían cercana la presencia de muchos. Estaban siendo vigilados prácticamente desde el momento en que acamparon a la orilla de la gran espesura al atardecer del día anterior. La lógica les sugería que si querían atacarles, habían tenido ya oportunidades más que sobradas.
Cuando comenzó a pesarles sentirse vigilados, Divea decidió revelar quién era de un modo que pudieran entenderlo desde dondequiera que estuviesen. Pidió a Conall que frenase los bueyes y se situó de pie sobre el pescante al tiempo que extraía de un zurrón el mayor de los objetos de identificación que le había dado Galaaz, una piedra esculpida de un palmo de ancho, con una espiral en el centro y cuatro aspas. La sujetó sobre su pecho con la izquierda, mientras levantaba la mano derecha portando la marca-árbol y repetía tres veces el saludo a Karnun, dios de los bosques.
En seguida se oyó el galope de un caballo que se acercaba.
El jinete vestía la túnica blanca y resultaba visible una lira atada a la grupa. Tenía unos cuarenta años, su pelo completamente amarillo colgaba libre y sus bigotes y su barba eran los más largos que ninguno de ellos hubiera visto nunca.
-¿Quién eres? –preguntó a Divea, sin dirigirse ni mirar a nadie más.
-Este es mi viaje de iniciación para profesar como druidesa. Me llamo Divea y vengo de las clanes galaicos, en Hispania, del lugar que los cristianos llaman Santa Tecla.
-¿Cerca del Camino al Fin de la Tierra? –exclamó más que preguntó el bigotudo.
-Sí –respondió Divea.
-Nos habían dicho que habíais sido exterminados y que en nuestro milenario Camino al Fin de a Tierra campan ahora los peregrinos de la cruz. ¿Traes alguna prueba de que procedes de allí?
-Sí. ¿Puedes llevarme ante tu druida?
-¿Quiénes son estos?
Divea fue señalándolos.
-Conall también busca el saber para profesar de bardo o de íntimo. Alban es nuestro guardián. Dagda y Nuadú son sacerdotisas de los clanes astures. Fomoré es un... –Divea se mordió el labio- digno y destacado miembro de otro clan galaico y, por último, Fergus es uno de los personajes más prodigiosos que habréis tenido oportunidad de conocer. Viene de Galacia, es marino y su clan fue masacrado.
El bigotudo los escrutó un largo rato, durante el que rumió la prolija presentación realizada por Divea.
-Mi nombre es Goiniu. Vosotros, Fergus y Alban, cabalgaréis cerrando el cortejo. En el pescante iréis tú, Divea, junto a Dagda y Nuadú. Fomoré y Conall seguirán el camino a pie, detrás de la carreta. Ahora, esperad un instante.
Goiniu batió las palmas varias veces, de un modo que parecía la secuencia de un mensaje preestablecido. Debía de ser así, porque tras una larga espera, se acercaron dos hombres y dos mujeres a caballo portando grandes ramos de hermosas flores púrpuras de cyclamen y racimos de potentillas fruticosas amarillas. Todo el bosque era una sinfonía de aromas, y a pesar de ello percibieron el de las flores que se les ofrecían, a causa de su abundancia.
-Engalanaos todos la cabeza –el tono de Goinio les pareció demasiado autoritario para tratarse de un bardo-. Pero tú, futura druidesa, debes vestir de blanco. ¿Llevas algo adecuado?
-Tendría que deshacer un hato.
-No podemos retrasarnos más –dijo Goiniu y volvió a batir las palmas.
En seguida se les acercó una amazona portando una hermosa túnica a la grupa, que Divea vistió, sencillamente, encima del ropón oscuro. Se pusieron en marcha.
Poco más adelante, pasaron delante de un monolito parecido a los que habían visto cerca de la playa, pero esculpido profusamente. Presentaba símbolos innumerables y muchos grabados semejantes a los que abundaban en las cercanías de Santa Tecla, pero lo que más destacaba era la figura de un hombre sentado, que portaba un aro en la mano derecha y una serpiente en la izquierda.
Goinio se dio cuenta de la mirada interesada e interrogante de Divea.
-¿Has oído hablar de Vercingetorix?
La muchacha negó con la cabeza. Ya nunca se ruborizaba, pero se sintió en entredicho y no supo por qué.
-Es el mayor héroe de los celtas galos –informó Goinio- y éste es uno de los muchos monumentos que le dedicamos. Hace más de mil años, consiguió vencer muchas veces al César de los romanos, pero no enfrentándose en batallas, sino mermando su fuerzas en escaramuzas por todas partes. Llegó a ser tan temido, que lo sitiaron en el reino de Alesia, de donde somos originarios muchos de nosotros; César cercó la ciudad con doscientos mil hombres, aunque a Vercingetorix sólo lo acompañaban unos tres mil. Después de muchos sufrimientos, y cuando los habitantes de Alesia estaban muriendo de hambre y sed, Vercingetorix cabalgó hasta el campamento de César y rindió sus armas ante él. Fue llevado a Roma, César lo exhibió como trofeo en un desfile y al final lo mandó decapitar.
-¡Cuánto se parece ese héroe a nuestro Viriato de Hispania! –exclamó Dagda.
-También para la memoria y el orgullo de los galos es Viriato un gran héroe –aclaró Goinio.
-Pero la traición cometida con él por los romanos fue más innoble –comentó Divea.
-Así es –dijo Fomoré elevando la voz, pues se encontraba a cierta distancia, un par de pasos tras la carreta-. Sedujeron a dos de sus más íntimos para que lo traicionasen, y después de que lo mataran, cuando fueron a cobrar la recompensa les dijeron los romanos una frase que ha quedado para la más ignominiosa historia de nuestro pueblo: “Roma no paga a traidores”. También en nuestra tierra de Hispania hubo varios castros celtas que resistieron a los romanos con tantos en contra como Alesia. El más dramático fue Numancia.
Sin parar de narrar heroicidades de los celtas antiguos, continuaron camino toda la tarde, hasta el anochecer. Tenían la sensación de transitar por el fondo de un mar vegetal; tan densa, oscura, abundante e interminable era la espesura de ese bosque, el más extenso que cualquiera de los siete hubiera conocido.
Cuando la luz del día comenzó de declinar, Goiniu ordenó detenerse y batió las palmas en una secuencia más prolongada y compleja que las del comienzo del viaje.
Pasados unos momentos, fueron acercándoseles jinetes deslumbrantes por su aspecto. Vestían a medias de pieles blancas y a medias, de metal muy lustroso. Más parecían dioses o héroes de leyenda que hombres. Formaron un gran círculo en torno a los siete forasteros y entonces pudo Conall contarlos. Sumaban cuarenta y nueve, siete veces siete, y no le cupieron dudas de que eran guerreros expertos y seguramente temidos por sus enemigos. También él los halló temibles y no supo por qué, hasta que recordó una frase de Galaaz: debían temer a los dioses guerreros y Conall no fue capaz de imaginar ningún grupo que mereciera más ese calificativo.
50
Los guerreros celebraron una ceremonia sin desmontar, un juego muy vistoso y emocionante en el que los caballos llegaban a saltar y bailar, alzados sobre las patas traseras. El bardo Goiniu observaba de reojo a los siete visitantes, satisfecho por el asombro que mostraban ante las evoluciones equinas. Cruzamientos de dos hileras a un ritmo vertiginoso en los que llegaban a estar a punto de topar entre sí, recogidas de objetos del suelo que otro jinete había lanzado y apeamientos a galope para volver a montar de un salto tras haber puesto un solo pie en tierra. Más que un rito, daba la impresión de ser una demostración de habilidad de equitación que a los cuarenta y nueve guerreros les enorgullecía sobremanera, y que duró hasta que la noche hubo cerrado del todo.
Consideró Conall que lo dieron por finalizado sólo porque la oscuridad impediría contemplar todos los detalles y admirar pericia tan impresionante, a pesar de las antorchas que habían ido encendiendo. Entonces, los guerreros rodearon a los cuatro hombres; apartándolos de las mujeres, los condujeron junto a un arroyo y les obligaron a desnudarse del todo.
Les indicaron que se sumergieran en el agua, en la que tiritaron y le castañetearon los dientes durante un buen rato. Finalizado el baño, desmontó uno y les barrió y sacudió toda la piel con manojos de juncos y flores blancas intensamente aromáticas, recitando una salmodia como si realizara un rito de purificación que ninguno de los cuatro conocía. Una vez enjugados con paños muy suaves y cálidos, les entregaron cortas túnicas blancas y ofrecieron caballos a Conall y Fomoré, los dos que no disponían de montura.
En seguida, guerreros y visitantes emprendieron la marcha al trote para llegar muy pronto al nementone más grande que ninguno había imaginado. Un claro del bosque muy extenso, abarrotado de gente sentada en el suelo, en banquetas y hasta en las ramas de los árboles. La noticia de la llegada de celtas de lugares remotos debía de haber circulado rápidamente por el bosque.
Conall no se podía quitar de la cabeza la pregunta de por qué él, Divea y Alban debían temer a los dioses guerreros. ¿O pensaba Galaaz sólo en uno entre los tres?
Después de desmontar, siguieron a pie entre la multitud con dirección al sagrado círculo de piedra, donde Divea y las dos sacerdotisas se encontraban sentadas ya junto a otras personas, y aunque las expresiones que vislumbraba Conall en los presentes, al pasar, eran cordiales y muchas de ellas sonrientes, no conseguía librarse de un vago temor. Intuía que estaba olvidando algún dato, cualquier anécdota o leyenda que había oído contar y que ahora no conseguía recordar, pero que su espíritu se esforzaba por traerle a la mente como si quisiera prevenirle de algo. ¿Podía ser que sus percepciones se hubieran trastornado por las novedades, que les llegaban en oleadas a cada paso en ese bosque tan magnífico y extraño, donde todo le olía a hechizo?
El druida Partholon casi igualaba la edad de Galaaz, y aunque había más druidas en el bosque de Brocelandia, era el de autoridad superior. Consideraba a la muchacha ansiosa de conocimientos que acababa de acoger en el sagrado círculo, el ser más bello que había visto en su dilatada vida, y había tenido que tratar con beldades famosas en toda la Armórica. Admiraba la armonía perfecta de su rostro, la dulzura de su sonrisa, la cascada dorada de su pelo y la gracia de su figura, pero le complacía más su modestia y el notable esfuerzo de comportarse con humildad. Después de tocar la marca-árbol de Karnun, el cascabel de Ogmios y el círculo de bronce, y oír recitar con exactitud las tres frases rituales, cuatro o cinco preguntas y un par de gestos le habían bastado para comprender que la muchacha no era ignorante ni podía considerarla una simple aprendiza. Pese a su juventud, apreciaba en ella fuerza, dominio y autoridad. Haría cuanto estuviese en su mano para ayudarla.
-¿Dices que también debes visitar Anglia, Gales e Hibernia? –le preguntó.
-Es lo que me ordenó el gran duida Galaaz.
-Acertada decisión. De ese modo, completarás la más profunda y extensa preparación druídica de que yo tenga noticia. Pero sería conveniente que permanezcas aquí todo el tiempo que puedas, porque es mucho lo que deseamos darte a conocer. Bastará con que llegues a Anglia justo antes del solsticio de verano, que te conviene celebrar en un gran nementone de piedra que existe allí y que es viejo como el tiempo. Previamente, nosotros te instruiremos en cuanto necesites y aún no conozcas.
Divea agradeció la buena disposición con una inclinación de cabeza y una sonrisa que aceleró el corazón del viejo druida. ¡Cuántas leyendas antiguas acudían a su mente con sólo mirarla!
Partholon pidió a Goiniu que interpretara la canción de Tristán e Isolda, y a Conall le ordenó que tomase una lira para acompañar el ritmo. En el instante que el bardo tomó su instrumento y se puso de pie, cesó el murmullo y se hizo un silencio tan completo, que podían oírse los rumores naturales del bosque. Goiniu tenía razones para la arrogancia de su porte y el orgullo que demostraba a cada paso, pues su voz estaba extraordinariamente bien timbrada, los versos fluían de su boca sin vacilación, la melodía era muy hermosa y relataba una historia conmovedora.
Divea no estaba segura de que Galaaz se la hubiese contado, pero le resultó muy familiar el relato de los dos amantes ante quienes la vida había puesto obstáculos insuperables. Marco, el rey de Cornualles, tenía un sobrino muy apuesto llamado Tristán, a quien encargó viajar a Hibernia en busca de la bellísima princesa Isolda, con cuyo padre había pactado tomarla en matrimonio. Cumplido el encargo y ya en el navío que los llevaba de vuelta, Isolda y Tristán bebieron por error un elixir de amor eterno destinado al futuro esposo de la princesa, el rey. Por ello, impensadamente el amor mutuo cayó sobre sus pechos, intenso y arrollador como un terremoto. Un amor imposible, porque el rey Marco se dio cuenta de la traición de su sobrino y mandó matarlo. Desesperada, Isolda se valió de un ardid y logró ser enterrada junto con su amado.
Acabada la canción, muchos de los presentes tenían lágrimas en los ojos y también Alban, que miraba de soslayo a Divea como si encontrase en el relato alguna afinidad con su porvenir y el de la futura druidesa. Como se encontraba en el centro del corro, junto a Goiniu, Conall podía observarlos a todos y además de esa mirada esquinada del gigante, se dio cuenta de que, muy atento al poema, Fomoré presentaba una expresión más sombría que triste. Cuando notó que se levantaba disimuladamente y abandonaba el nementone, dio una disculpa apresurada al bardo y se escabulló tras él a ver si lo que se proponía hacer a escondidas le proporcionaba un argumento con el que obligarlo a abandonar el grupo, apartándolo así de Divea.
Tuvo que seguirlo en una caminata más prolongada de lo que había previsto, por lo que fue dejando señales que le permitieran encontrar el camino de regreso. En cambio, tuvo la impresión de que Fomoré caminase iluminando el sendero con su mirada, porque, además de no dudar, no mostraba signos de desear reencontrar el modo de regresar, puesto que no señalaba árboles o arbustos que le sirvieran de referencias. Tenía que haber indagado en el poco tiempo que llevaban con los galos, para ser capaz de moverse a oscuras con la aparente seguridad con que lo hacía. Cerca de un curso de agua del que se oía el rumor, cogió un manojo de flores abundantes y lo hizo dando la impresión de que murmuraba plegarias antes de arrancar cada una de ellas.
Desde que lo viera por primera vez durante aquel ataque, le había parecido un hombre dinámico, una especie de aventurero experto en la lucha y, por lo tanto, en pendencias de todas clases. Ahora, se comportaba con la devoción de un místico.
Llegó al arroyuelo sin la menor vacilación, como si conociera de antemano su existencia. Recorrió unos pasos por la orilla, arriba y abajo, hasta dar con un lugar que pareció satisfacerle. Entonces, se arrodilló y, tras unos momentos de recogimiento, rozó la arena con la frente convulsionada por el llanto.
La extrañeza de Conall aumentaba por momentos. La Luna en cuarto creciente, junto con el brillo de las estrellas, iluminaba fantasmagóricamente la escena, pero no lo suficiente para apreciar todos los detalles. Además, no podía ver su cara, que en todo momento permaneció vuelta hacia el curso del agua. No obstante, consiguió distinguir que realizaba alguna clase de ritual desconocido, algo que aun guardando cierta similitud con las celebraciones celtas, parecía propio de otras culturas. Permanecía todo el tiempo de rodillas, y extendía el tronco hacia delante y hacia ambos lados de modo rítmico, como si estuviera interpretando una danza al compás de una música que sonase en su cabeza. Eran sus movimientos tan enérgicos y progresivamente rápidos, que Conall consideró que debía estar sudando a chorros. De pronto, se detuvo y de nuevo tocó la arena con la frente. Según las convulsiones de sus hombros, volvía a llorar pero no se oían sus gemidos.
Pasados unos momentos, cogió gran número de guijarros del fondo del arroyo que colocó ordenados en un círculo en la parte seca, y fue clavando ramitas de muérdago entre ellos. Postrado en el centro de esa especie de nementone improvisado, se encogió sobre sí mismo y permaneció completamente inmóvil un largo rato, aunque sus hombros seguían agitados por el llanto. Mucho después, se puso de pie y echó flores en el curso del agua en un tramo de unos cien pasos.
Nada de ello se parecía a cuantos homenajes a la diosa había visto celebrar Conall en su bosque de Santa Tecla.
¿Qué debía temer de ese hombre? ¿Se habría convertido al cristianismo y tenía oscuras intenciones con relación a Divea? ¿Quién era, en realidad, Fomoré?
51
Los días siguientes, Conall no paró de rumiar su pálpito de que Fomoré ocultaba secretos graves; una idea que iba creciendo estimulada más por sus gestos que por sus actos. El joven aspirante a bardo miraba a sus compañeros de viaje para constatar con asombro que él era el único que sospechaba. Pero, a fin de cuentas, ¿por qué se preocupaba? ¿Qué era lo peor que Fomoré podía hacer, matar a la futura druidesa? En este caso, habría solucionado la mayor de sus preocupaciones. Sin embargo, no conseguía librarse de la idea de que tenía que permanecer en guardia ante ese hombre exageradamente reservado que tanto atraía a las mujeres. Entre los cotorreos intrascendentes de las sobremesas, oía más comentarios alabando la donosura de Fomoré que los dedicados a la mismísima Divea, quien, aunque no le gustaba reconocerlo, poseía belleza de diosa.
Pero su atención se desvió de tales conjeturas, atraída por otra cuestión.
Él y los otros seis fueron descubriéndola poco a poco, según entablaban conversación con gente diferente mientras comían o participaban en los ritos. Aunque el caso no se mencionaba apenas, pocos días más tarde comprendieron que no eran los únicos forasteros. Como si el bosque de Brocelandia y toda la Armórica fuesen el refugio más deseado por los celtas supervivientes en Europa, día a día iban conociendo a fugitivos procedentes de los más variados y remotos lugares. Llegados de Helvecia, Dalmacia, Media, Dacia, Valacia, Tracia, Galia Belga y muchos otros lugares, narraban con resignación las persecuciones atroces de las que habían huido. Los incendios de bosques y la quema de mujeres celtas se habían convertido en una epidemia que asolaba el continente de banda a banda.
Los relatos les parecían a los siete compañeros tragedias antiguas, porque sus protagonistas, obligados a recorrer distancias enormes hasta llegar a la seguridad de Brocelandia, habían tenido tiempo de sobra para digerir el dolor y convertirlo en poesía. Aún así, Divea mostraba consternación oyéndolos; Alban giraba habitualmente la cabeza para mirar hacia el vacío, como si no pudiera contener de otro modo su gallardo impulso de correr a luchar contra las injusticias; las dos sacerdotisas habían sido entrenadas para consolar a los dolientes, pero aún así se notaba que tenían que reprimir el llanto; Fergus inclinaba siempre la cabeza, como si necesitase aislarse de cuanto les rodeaba para asimilar las narraciones y no sumarlas al dolor de sus propios recuerdos; Conall afectaba indiferencia sin sentirla de verlas, porque algo se agitaba a su pesar en en su vientre y le retorcía las entrañas. Por su parte, Fomoré siempre estaba al borde del llanto en esas ocasiones, pero sólo Conall lo notaba porque él era el único que jamás dejaba de observarlo. Pese a cuanto reflexionaba sobre la inutilidad de preocuparse por unas intenciones que, de ser perversas, sólo podían beneficiarle, la vigilancia de Fomoré se había convertido en una obsesión.
Constantemente descubría en sus ojos luces alternadas con sombras abismales mientras escuchaba los relatos. Uno en particular le afectó de manera arrolladora, aunque más parecía una leyenda y no tenía nada que ver con el sufrimiento de los fugitivos. Lo relató un hombre muy viejo, cuyo acento, algo difícil de entender, revelaba que su clan había vivido muy aislado en algún lugar remoto. Según pudieron entender, hablaba de cierto anillo forjado con oro robado a la diosa del río, pero que aún así un poderoso druida le había insuflado una facultad maravillosa; quien se lo pusiera, sería el rey del bosque. Por consiguiente, fueron muchos los que lucharon por su posesión en justas y en escaramuzas, a veces muy crueles. Finalmente, lo ganó en buena lid un joven llamado Sigfrido, de quien se había enamorado la muchacha más hermosa del clan, Brunilda. Sigfrido se convirtió en rey, pero cuando se disponía a celebrar los esponsales con Brunilda, la noche anterior lo traicionó el mejor de sus amigos, que le dio a beber un elixir fingiendo que brindaba por el acontecimiento. Profundamente dormido Sigfrido por el efecto de ese licor, el traidor pudo quitarle el anillo y lo mató. Mas el traidor fue sorprendido por la guardia del rey antes de tener tiempo de ajustarse el anillo, que le arrebataron para entregárselo a Brunilda. Ésta, desconsolada por la muerte de su amado, en vez de ponérselo para convertirse en reina, corrió al río de la diosa y lo tiró al agua, donde desapareció para siempre.
Cuando al anciano terminó su narración entre toses y falsetes de la voz, Fomoré lloraba desconsoladamente. Se cubrió el rostro con las manos y echó a correr para escapar de la perplejidad del grupo.
A la memoria de Conall acudió de inmediato la escena que había sorprendido aquella noche bajo la luz difusa de la Luna, junto al arroyo; el extraño rito que terminó con el lanzamiento de flores sobre el curso del agua.
52
El día que Conall descubrió que Divea miraba a Fomoré con ternura, no consiguió dormir en toda la noche, sorprendido de la intensidad de su nerviosismo, porque no le encontraba explicación racional.
Había ocurrido cuando uno de los refugiados de Helvecia contaba su tragedia, culminada con la quema de su casa, mujer e hijos, a excepción de la mayor, llamada Gwynna, que estaba ausente cuando comenzó el ataque. En el centro del círculo de oyentes, se abrazaron padre e hija mientras hacían el recuento de sus pérdidas; sus palabras las trababan los hipidos del llanto. El padre, un hombre muy robusto y velloso con voz atronadora, llamado Arthan, tuvo que beber un elixir que le ofreció el bardo Goiniu, porque estaba a punto de caer fulminado por el dolor. Haciendo un esfuerzo supremo para vencer los ahogos que le dificultaban el habla, pidió a su hija:
-Gwynna, cuéntales lo que viste cuando llegabas a casa.
De unos dieciocho años, la muchacha tenía ojos inmensos del color de las profundidades de un lago. Cuando comenzó el relato, el lago se precipitó por un torrente de llanto, lo que entristeció a cuantos la escuchaban, y muy especialmente a Fomoré y Alban. Éste hizo algo que Conall nunca le había visto hacer antes; apresuradamente, cogió todas las flores que pudo en los matorrales asomados al claro, añadiendo a continuación unas ramas de muérdago, y corrió a depositar el ramo ante los pies de Gwynna con delicadeza impropia de un guerrero. Tan perpleja como todos los presentes por el homenaje, y aunque sin llegar a tranquilizarse del todo, el llanto de la joven se volvió más moderado y su expresión se serenó. Pero las expresiones de los otros seis miembros del grupo eran de asombro, maravillados por un gesto tan insólito y desusado en la conducta habitual del cadete.
-Volvía de recolectar grosellas –narró Gwynna-, y estaba a punto de salir al pequeño claro de mi casa cuando vi delante, en el camino, a un hombre vestido de negro que no era uno de los habitantes del bosque. Se encontraba de espaldas a mí y tenía la mano derecha alzada enarbolando una cruz. Su silueta se recortaba contra el resplandor de un fuego muy grande y comprendí que mi casa estaba ardiendo. Primero, me quedé paralizada de miedo, pero me sacudí a mí misma en seguida, empujada por el temor de lo que estaría ocurriéndoles a mi madre y mis hermanos. Por suerte, ese hombre no se había dado cuenta de mi llegada. Me abrí paso a través de la maleza para poder observar el claro desde otro sitio, escondida a cierta distancia del hombre de la cruz. Lo que vi pudo hacerme gritar, aunque conseguí morderme los labios y cerrarme la boca con las dos manos apretadas. Mi madre estaba desnuda, rodeada por mis cinco hermanos, desnudos también. Alrededor de ellos, unos diez hombres reían a carcajadas mientras los abofeteaban a los seis, que sangraban por la boca, inclusive los dos más pequeños, los gemelos, que sólo tenían cuatro años de edad. Ese carrusel de golpes y risotadas duró mucho. Yo quise salir a suplicarles que dejaran en paz a los míos, pero mis piernas estaban siendo sujetadas por Karnun, porque no podía moverlas. Y en el momento que más me desesperaba por no poder correr hacia ellos, fue cuando lo hicieron...
En este punto, Gwynna volvió a gemir.
-Que la madre Dana me perdone, porque no fui capaz de ver todo lo que les hicieron a mis hermanos; me sentía demasiado horrorizada por lo que hacían a mi madre. Primero, rebanaron sus pechos con un machete muy grande y a continuación, le clavaron ese mismo machete en el sexo, hasta la empuñadura. Sólo pude volver a abrir los ojos después de mucho rato, cuando ya se habían marchado los hombres con sus antorchas. Los cuerpos de mi madre y mis hermanos ardían en una hoguera.
Fijos en padre e hija, los ojos de Fomoré se llenaron de lágrimas, se cubrió la cara con las palmas de las manos y trató de esconder la cabeza entre las piernas cruzadas, como si estuviera avergonzado. Fue entonces cuando Divea lo miró de aquel modo. Era posible que nadie más que Conall lo advirtiera; la futura druidesa fijó un buen rato los ojos en los de Fomoré al tiempo que apretaba los labios reprimiendo un sollozo.
A causa de sucesos parecidos, Conall sentía crecer los obstáculos y las acechanzas, y por ello los monstruos del insomnio le hicieron reparar en detalles a los que de día, y mientras tenían lugar, no les daba importancia. La ansiedad del desvelo le obligó a realizar una especie de balance del tiempo transcurrido desde que llegaran a la Armórica. Le pareció que algo muy importante había ocurrido durante aquel extraño rito celebrado por Divea y Fomoré alrededor del monolito gigante, en el campo de las piedras clavadas en la tierra. Desde aquel día, eran frecuentes las miradas de inteligencia entre ambos, como si se comunicaran arcanos muy herméticos que nadie más debía conocer. ¿Se había enamorado la muchacha de ese hombre que tan graves secretos parecía ocultar?
Una vez que Conall hubo reflexionado, hasta los recuerdos más vagos le sirvieron para reforzar su convicción. Estaba seguro de que durante la gran comida de la mañana, no habían parado de dirigirse las miradas con las que tanto parecían decirse, aunque no pronunciaran ni una palabra.
Y mientras, Alban en la inopia.
Se preguntó Conall si el cadete podía convertirse en su instrumento para empezar a librarse de obstáculos. Alban era demasiado simple, sin dobleces ni prejuicios, un hombre todo fuerza pero sin malicia; tanto, que no había descubierto el entendimiento, que a él le parecía indudable, de la futura druidesa con un hombre que seguramente le doblaba la edad, y ello a pesar de que todos en el grupo estaban convencidos del amor que Alban sentía por ella. ¿O ese amor flaqueaba? Porque el homenaje del cadete a la helvética Gwynna, más que un intento de consolarla, había parecido una ofrenda de amor, sobre todo por el añadido del muérdago.
Podía ser un simple espejismo, pero en cualquier caso, sabía Conall que, continuara o no amando a Divea, lo que no dejaría nunca de hacer Alban sería cumplir con su deber de proteger a la futura druidesa.
Por consiguiente, también querría protegerla del peligro que un hombre tan misterioso como Fomoré podía representar para el buen fin del viaje de iniciación. Conall celebró su propia capacidad de intriga. Bien manejado, Alban iba a ser una herramienta para la realización de sus ambiciones.
53
Las reuniones en torno a los celtas desplazados de todo el continente se convertían al atardecer en una especie de palestra donde daban la impresión de competir con sus nostalgias, el tamaño de sus desventuras y la emoción de sus leyendas.
Siempre que se encontraba presente, Partholon permanecía con los ojos fijos en Divea, observando con atención todas sus reacciones, incluidos los gestos más involuntarios. Ella se daba cuenta del escrutinio y le parecía lógico. El gran druida de la Armórica no podía quedar en entredicho ni exponerse al ridículo dando su inmenso saber a alguien que no lo mereciera. Pero esa mirada ejercía sobre ella un efecto que le causaba mucha incomodidad. Partholon poseía un magnetismo especial, una facultad que jamás había notado en su bisabuelo Galaaz. Seguramente, tenía que ver con el hecho de que no era un simple druida, sino el supremo de un número desconocido de druidas de toda la Armórica. Ignoraba cuántos serían, pero por los comentarios y por las idas y venidas de los “dioses guerreros”, calculaba que lo menos había veinte clanes, lo que significaba que podían ser más de veinte los druidas. Partholon encarnaba, por consiguiente, la cumbre del poder celta de un país muy grande, además de ser el máximo depositario del conocimiento y la autoridad moral.
No tenía nada que temer de él, sino todo lo contrario; por lo que ella había observado, probablemente iba a ser el druida que mayores y más abundantes consejos y conocimientos iba a proporcionarle. No obstante, cuando Partholon se acercaba a las tertulias del anochecer, Divea trataba de estar arropada por los miembros de su grupo, no sabía bien por qué. Solía sentarse entre las sacerdotisas Nuadú y Dagda, teniendo detrás a Conall, Alban, Fergus y Fomoré. Y aún así, había momentos en los que sentía que la mirada del gran druida laceraba su piel.
-En mi tierra, en el reino de Polonia, había un rey extraordinariamente bondadoso a quien un druida le vaticinó que su hijo, el príncipe recién nacido, llamado Segismundo, sería un soberano muy cruel. Por tal razón, lo mandó encerrar en un torreón, para que creciera sin conocer su cuna y nunca ambicionara el trono.
Quien hablaba era una mujer que todos sospechaban que era sacerdotisa en su país y por alguna razón inexplicable se negaba a reconocerlo. Tenía unos veinticinco años, se llamaba Brigit y bajo la holgada túnica se presentía uno de los cuerpos más voluptuosos que Fergus había contemplado nunca. El rostro era atractivo sin que su belleza fuese nada especial, a excepción del pelo de color cobrizo que le llegaba a la cintura. La razón por la que intuían su condición sacerdotal era su fervor en los rituales y la evidencia de que conocía de memoria las principales invocaciones.
Divea se lo repetía a los suyos en innumerables ocasiones, cuando expresaban la extrañeza que Brigit les causaba. Les aseguraba que si no se trataba de una virgen que había profesado, podía hasta haber recibido formación druídica, aunque acaso no hubiera completado su preparación. Era Fergus quien más le preguntaba al respecto, como si Divea pudiera darle respuestas que sólo Brigit poseía.
Hacía dos días que el gálata no paraba de mirarla, y los seis compañeros de su grupo se dieron cuenta de su deslumbramiento. Sin embargo, presintieron que sería mejor no hablar ni bromear, porque consideraban a Fergus capaz de reprimir el impulso y negarse a sí mismo el brote de algún sentimiento, con tal de contradecirles. Sin hablar entre ellos de la estrategia a seguir, decidieron darle alas precisamente fingiendo ignorar sus expresiones de arrobo.
-Un día –continuó Brigit su relato- una dama sufrió un percance cerca de la torre donde Segismundo estaba preso como resultado de la agorera profecía, y al descubrir la luz a lo lejos, corrió en su dirección para pedir refugio. Descubrió al apuesto prisionero encadenado, a quien oyó quejarse de su falta de libertad, en un bosque donde todos eran libres, animales, personas y Naturaleza. Mientras se compadecía de él, la dama fue sorprendida por el guardián del rey, y la hizo prisionera porque sus órdenes eran terminantes: nadie debía conocer la existencia del príncipe. Pero la casualidad juega con los seres humanos y ocurrió algo que ningún adivino había pronosticado: la reina tomó a esa muchacha como doncella, y pocos días más tarde, ésta abogó ante la soberana a favor del prisionero sin sospechar que era su hijo. Oyendo el rey las súplicas de su esposa, decidió hacer una prueba. Mandó dar un elixir a Segismundo para que durmiera profundamente y en tal estado fue llevado al palacio donde, una vez despierto, le convencieron de que era rey. Y así pudo cumplirse la profecía. Segismundo se comportó como el más perverso y cruel de los reyes, ocasionando que su padre ordenase que le dieran un nuevo bebedizo y, bajo sus efectos, volvió a ser encadenado en la torre, ahora dispuesto el rey a que fuera para siempre. Pero entre tanto, el pueblo, que desesperaba porque la corona no tuviera heredero, al enterarse de la existencia del príncipe organizó una revuelta y el rey se vio obligado a liberar a su hijo. Le entregó la corona convencido del trato terrible que daría a la gente que había suplicado por su libertad y le había derrocado a él para aclamarlo como soberano. Pero la madre Dana, el padre Lugh y todos los dioses concedieron su inspiración a Segismundo, que al comprender que su cruel actuación como rey no había sido un sueño, sino desventurada realidad, se avergonzó de sí mismo y, arrepentido, se arrodilló ante su padre para pedirle perdón y devolverle la corona. Y fue desde entonces un príncipe ejemplar. Así, se había cumplido verdaderamente la profecía, pero sólo de manera transitoria.
Todos los presentes permanecieron unos momentos absortos en el rostro de Brigit, esperando que hablase de alguna tragedia personal como culminación del relato, porque era esto lo que muchos de los desplazados hacían, narrar una leyenda para situar a sus oyentes en el clima y en el paisaje de su propia desgracia. Pero no fue lo que hizo Brigit. En su lugar, miró hacia Conall con ojos que éste sintió como cuchillos; el aprendiz de bardo sintió un escalofrío y bajó la cabeza para eludir esa mirada penetrante, que parecía capaz de desentrañar sus anhelos más inconfesables.
Fergus, cuya fascinación había crecido oyendo el relato, preguntó:
-¿Existen en tu país las sibilas?
Brigit palideció y una intensa sombra cruzó por su rostro.
-¿Supones que he contado la historia de Segismundo para predisponeros a mi favor, con el propósito de que no me rechacéis? ¿Crees que tengo el poder de la adivinación y la profecía?
Durante unos momentos, los presentes parecieron esfumarse, como si una intensa luz les otorgara cuerpo y materia solamente a ellos dos.
-¿No lo tienes? –preguntó Fergus a su vez.
Brigit bajó la mirada con los labios apretados. Si no se trataba de que poseía esa facultad tan temida, resultaba evidente, sin embargo, que trataba de callar algo que debía de ser muy grave. Partholon reprochó al gálata:
-No la conturbes si no quiere responderte. Si no es verdad lo que sospechas, porque Brigit tiene derecho a procurar que nadie la tema sin justificación, y si es verdad, porque de todos modos le asiste el derecho a reservárselo. Ser sibila es un don que los dioses otorgan a muy pocas y muy raramente, porque la mujer que lo reciba debe poseer fuerza descomunal, prácticamente sobrenatural, para poder soportar el horror de sus propias predicciones. Pero de todos modos, existe entre nosotros una profecía revelada, que debe de estar a punto de cumplirse: “Surgirá de la oscuridad un héroe que conocerá vuestro porvenir. Ocurrirá después de un rojo atardecer”.
Sólo Fomoré y Divea miraron el pelo cobrizo de Brigit con un sobresalto.
Desde la postura que mantenía, Brigit miró a los ojos del druida de un modo que sólo éste percibió. Partholon asintió imperceptiblemente.
Fergus no había advertido ese cruce de mensajes mudos, porque todo lo que le preocupaba era la respuesta a otra pregunta. ¿Los dioses le habían impuesto el calvario que tanto le avergonzaba y que callaba obstinadamente, aunque su corazón casi lo había superado ya, para premiarle al final del desasosiego con el privilegio de conocer a Brigit? Porque, en efecto, llevaba dos días agradeciendo a todos los dioses que hubiesen puesto a Brigit en su camino.
Quien sí había advertido la comunicación muda entre la joven y el druida era Divea. La sospecha se convirtió para ella en certeza en ese preciso instante, pero impuso silencio a sus labios, aunque sin dejar de repetirse que llegaría el momento en que Brigit y ella tuvieran que hablar. Luego de hacerse varias veces a sí misma esta observación, con objeto de no olvidarla, reparó en que Alban se había ausentado del nementone en compañía de Gwynna, la helvética de los ojos como lagos. En vez de sentir los celos que tal vez habría sentido sólo dos o tres lunas antes, la futura druidesa sonrió con dulzura. Era exigible a todo druida saber, osar y callar, y por lo tanto, no haría ningún comentario ni cometería indiscreciones sobre lo que estaba ocurriendo en el pecho del principal de sus guardianes. Tal vez la madre Dana se había compadecido de su tristeza por el vaticinio que le comunicara en el río astur, y su anuncio de que Alban no continuaría con ella no significaba que iba a morir, sino que decidiría quedarse a mitad de camino, rendido al amor.
54
Iba a cumplirse una luna completa desde la llegada a la Armórica y los siete comenzaban a tener la sensación de haber vivido desde siempre en el bosque de Brocelandia. Era el más extenso y múltiple universo celta que cualquiera de ellos hubiera conocido y todos encontraban allí espacio y facilidades que alentaban sus sueños. Hasta el menos predispuesto, Conall, permitía sin pensarlo que se aflojasen sus resistencias con el adormecimiento momentáneo de sus ambiciones, ante una vida que no dejaba de ser bucólica, como en cualquier bosque, pero que era al mismo tiempo dinámica y colmada de posibilidades. Los innumerables orígenes de los refugiados añadían color y amenidad al conjunto, enriqueciéndolo.
En ese ambiente tan fecundo y favorable para su preparación druídica, Divea llegó al convencimiento de que las siete sesiones a solas con Partholon habían sido las más provechosas desde que comenzara el viaje en el castro de Santa Tecla. Aunque antes de presentarse ante él dominaba la preparación de las tres series de siete elixires, las invocaciones principales y las secundarias, así como muchos arcanos, el druida armórico le enseñó a venerar al dios local Belenus y por su inspiración aprendió a identificar con exactitud y curar los males de salud en el cuerpo humano, nuevos medios para conseguir que las heridas cicatrizaran con rapidez, el modo de entablillar los miembros con huesos fracturados, la lucha contra los malos espíritus que a veces se apoderaban de las mentes, la predicción del clima, los signos para descubrir veneros subterráneos de agua utilizando una delgada rama seca de roble y muchas otras técnicas útiles para la vida cotidiana en los bosques. Tendía, por lo tanto, a creer que ya disponía de la toda preparación necesaria para recibir la consagración de druidesa y no le encontraba sentido a proseguir el azaroso viaje a Anglia e Hibernia. Pero era esta clase de presunciones contra lo que más le prevenía el gran druida:
-Cuando crees que lo sabes todo, demuestras tu ignorancia suprema. Un sabio debe vivir por siempre con la mente abierta a los nuevos conocimientos y las posibilidades desconocidas. Con mucha más razón un druida. Nuestra misión es demasiado complicada, querida niña, y son incalculables nuestras responsabilidades. Es nuestra misión cuidar del espíritu de nuestro pueblo y también de sus cuerpos. Somos jueces, sacerdotes, consejeros y curanderos, y muchas veces nos vemos obligados a actuar también como si fuésemos reyes. Si lo piensas un poco, comprenderás el peso de lo que se te avecina.
Divea asintió con una reverencia, y fue despedida por el druida con un último consejo:
-Deberías comenzar a prepararte para el viaje a Anglia. Falta sólo media luna para el solsticio.
Cuando se dirigía al claro del nementone, donde se reunían a charlar y festejar todas las tardes, Divea vio que Fergus regresaba del dromon. Cada cuatro o cinco días, el gálata iba a caballo a la costa, para revisar el estado del navío y comprobar que nada ni nadie lo perjudicaba. Pero esta vez traía una compañera a la grupa. Tuvo que esperar a verlo pasar para descubrir que se trataba de Brigit que, abrazada a su cintura, sonreía con plenitud mientras, con el trote del caballo, se agitaba el cobre de su melena como una especie de hechizo. En la posición algo forzada a que le obligaba ir sentada de lado mientras giraba la cintura para abrazarse a la de Fomoré, todos los relieves de su cuerpo resaltaban como bendiciones de los dioses, como si Bran hubiera creado un modelo perfecto para que los hombres descubrieran la lujuria.
No podía dudar de que ella y Fomoré se entendían bien, y hacía varios días que lo notaba. Pero hasta ese momento no había caído en la cuenta de que pudiera tratarse de amor. Este pensamiento le causó mucha preocupación. En caso de que así fuera, ¿el enamoramiento del gálata podía afectar al viaje? ¿Trataría Fergus de convencer a Brigit de viajar con el grupo o lo convencería ella para quedarse? Faltaban muy pocos días para emprender la travesía hacia Anglia; necesitaba una respuesta.
Y además, estaba pendiente la conveniencia o, más bien, la necesidad de mantener una conversación con Brigit en privado, porque una druidesa tenía que ser advertida necesariamente si entre la gente que debía gobernar había una sibila. Si en los próximos días los signos y los rumores confirmaban la existencia del romance, pediría a Brigit hablar a solas.
En la tertulia del anochecer, todos escucharon con emoción los relatos de un matrimonio llegado de Hiperbórea, porque esa mujer y ese hombre eran de los pocos que no gemían con el relato de tragedias, ya que su viaje no lo había motivado la destrucción de su clan ni nada parecido.
-Los clanes de Hiperbórea viven pacíficamente y se multiplican. Todos somos felices en los bosques y lagos entre los que moramos. Nosotros hemos parado en este bosque de paso a nuestro destino último, que es el Camino al Fin de la Tierra. Cuando lo culminemos, volveremos al país donde nacimos.
Divea no quiso desalentarlos advirtiéndoles de cuanto ella y sus compañeros habían presenciado en el camino milenario de los celtas. Viajando con los medios que esa pareja llevaba, una carreta tirada por un único animal, tardaría todavía mucho en llegar y a lo mejor la madre Dana permitía que cambiaran las cosas.
Se acomodó como de costumbre, rodeada por los de su grupo, aunque en esos momentos sólo eran cuatro puesto que faltaban Fergus y Alban. Por mucho que lo intentó, no consiguió interesarse por las conversas ni escuchar los relatos de los sucedidos de cada uno. Pensaba en el consejo de Partholon. Tenía que preparar el viaje, pero no se le ocurría que debiera hacer nada distinto de lo habitual. Aunque la conversación con Brigit sí estaría fuera de lo habitual y parecía claro que no podía postergarla. ¿Tenía algo más que resolver con algún otro de los miembros de su grupo? Ninguno de ellos había llegado a expresar de palabra la pregunta que detectó en los labios de todos tras el rito celebrado a medias con Fomoré ante el gran monolito, recién llegados a la Armórica; si era atinada su presunción de que ellos desearon preguntar algo en aquel momento, entre los monolitos, lo habían olvidado.
Conall mostraba un semblante sombrío, ya a todas horas, y Divea se preguntó por qué; como respuesta, recordó el consejo de la diosa, que le había prohibido prescindir de él pero le sugería que lo vigilase. Fergus podía salvarle la vida, pero ¿cómo sería posible que se cumpliera el vaticinio si, por amor a Brigit, decidía permanecer en Brocelandia? De Fomoré esperaba mucho, pero no se sentía capaz de proponerle ni exigirle nada; estaba segura de que él tomaría por su cuenta las iniciativas pertinentes. Las dos sacerdotisas actuaban casi siempre como tales, y tampoco creía que tuviera nada que pedirles. En cuanto a Alban, Divea seguía sin resolver el misterio de lo que la diosa le había comunicado; extrañamente, la madre Dana no le atribuía ninguna misión relacionada con ella, cuando era el que tenía un encargo más concreto desde el comienzo, el deber de protegerla. No lo comprendía, puesto que era su principal guardián y el más fiel, a pesar de que el fornido cadete parecía haberse enamorado de la helvética Gwynna. No pudo evitar sentir un escalofrío, que tampoco consiguió interpretar.
55
Faltaban sólo cinco días hasta la fecha elegida para abandonar Brocelandia y sentían cierta tristeza y algo de vértigo por el temor a lo desconocido, dado que los dos países a los que tenían que dirigirse residían en las brumas de todos los misterios y las leyendas más terroríficas de las tradiciones celtas.
Tras un recuento de la luna y media pasada en ese bosque maravilloso, Conall notaba que no había avanzado gran cosa en la consecución de sus planes, porque la intensa preparación recibida del bardo Goiniu abarcaba sobre todo artes como la poesía y la música, y aspectos formales de los ritos. Poco más. Nada que pudiera servirle de verdad si un día se encontraba ante la oportunidad de ejercer de druida, y por lo tanto continuaba pendiente su propósito de ser capaz de parecer sabio. El de librarse de Alban, ahora le parecía una posibilidad inminente y sin tener que hacer nada. El de prepararse para poder suplantar a Divea llegado el momento, cada vez le parecía más inalcanzable.
Por su parte, Divea había confirmado que Fergus llevaría consigo a Brigit, y todavía no había encontrado la oportunidad de hablar a solas con ella. No podía postergarlo más sin faltar gravemente a sus responsabilidades de futura druidesa, porque no le estaba permitido dudar ni sentir miedo, ni vacilar en la toma de decisiones.
La predicción divina sobre la desaparición de Alban de su vida, no parecía que fuese a cumplirse en el bosque de Brocelandia; por lo tanto debía concentrarse en la resolución de lo relacionado con la enigmática mujer de pelo cobrizo. El problema era que no convenía que ningún miembro del grupo supiera de esa conversación, pero Brigit pasaba todo su tiempo al lado de Fergus, lo que hacia imposible la discreción indispensable si ella deseaba mantener el secreto de su condición.
Tuvo que recurrir a la ayuda de Partholon.
-Señor, ¿me está permitido pediros un favor?
El druida sonrió. ¡Cómo admiraba a esa juiciosa y sabia muchacha, y cuánto iba a sentir su marcha!
-Se te permite.
-No ignoráis que son muchas las voces que murmuran sobre la naturaleza verdadera de Brigit. Hay quien afirma que podría ser una sibila. Sabéis bien, porque forma parte de las enseñanzas que tan generosamente me habéis dado, que yo tendría que conocer esa condición si fuera cierta, a fin de cumplir de la manera más conveniente mis cometidos de druidesa. Dado que se dispone a viajar con mi grupo a Anglia, debería hablar a solas con ella sin conocimiento de quienes viajarán conmigo. ¿Existe alguna posibilidad de que vos me facilitéis que pueda mantener esa entrevista en secreto?
-Sí, hija mía. Existe y así se hará. Ve con el Sol alto a la morada de Goiniu. Él te conducirá a donde Brigit estará esperándote.
Llegada la hora en que el Sol brillaba en el centro de su recorrido diario, de manera que los cuerpos apenas proyectaban sombra, Divea fue a visitar al bardo Goiniu.
-Querida niña, el gran druida me ha dado una orden que ha modificado en parte lo que te había dicho esta mañana. Yo no te conduciré a donde Brigit te espera, porque tú debes descubrir ese lugar usando tus deducciones a partir de tres palabras que yo te diré. Así, desea Partholon comprobar si has aprovechado sus enseñanzas. ¿Estás de acuerdo?
-Debo obedecer, Goiniu. Pero me da miedo decepcionar al gran druida.
-No temas, Divea. No lo harás.
-¿Cuáles son esas tres palabras?
-Agua, roca y amor.
-¡Oh!
El bardo sonrió.
-No te apures, muchacha. No es tan complicado...
-Pero es que en este bosque hay veneros de agua y arroyos por todas partes. He visto peñascos magníficos, muy numerosos, en todos mis desplazamientos en busca de hierbas. Y de amor, alabanzas sean dadas a la madre Dana, sobra en todos los corazones. ¿Cómo voy a encontrar la solución en un momento, si se trata de que Brigit está esperando?
-Sí, está esperándote ya. Y te repito que no te apures. Sólo tienes que pensar en cuanto has visto en Brocelandia. Los dioses te inspirarán la solución. Ahora, ve.
Divea salió de la hermosa cabaña circular del bardo con la mente en blanco. Pocos pasos más adelante, se detuvo. Agua, roca y amor. No eran tres pistas, sino una sola. Tenía que pensar en un punto donde esas tres palabras cobraran sentido al mismo tiempo y no por separado. Y debían referirse a un lugar no lejano ni inaccesible. Sintió algo de vértigo, a causa del esfuerzo de pensar con rapidez y la necesidad de hallar la solución a tiempo de que Brigit no llegase de desesperar. Pocos días antes, habían celebrado un rito de la fertilidad en honor de Ainé, la diosa del amor y la pasión, que no había tenido lugar en el nementone. Lamentablemente, ella no había podido asistir, vetada por sus quince años. Casi estuvo a punto de ruborizarse recordando los comentarios aislados que había escuchado sobre el desarrollo del ritual. ¿Dónde estaba ella cuando partieron hacia el sitio de la celebración? Un pequeño esfuerzo bastó para caer en la cuenta de que no los había visto partir, pero sí recordaba el retorno, aunque dado el estado de euforia ebria de los celebrantes, habían regresado alborotando y desde varios puntos. Pero tenía clara la dirección aproximada de donde procedían todos.
Echó a correr hacia ese punto y muy pronto tuvo que detenerse ante el cauce de un arroyo tumultuoso que descendía veloz entre raudales. Agua y roca, pero todavía no podía combinarlas con amor. Como no podían haber cruzado ese río, dedujo que tenían que proceder de más arriba, siguiendo el torrente.
Encontrar el lugar sólo le costó unos momentos más. Descubrió antes el brillo rojizo del pelo de Brigit que las características que resumían muy obviamente las tres palabras del bardo. El río caía por una pequeña cascada en una poza de belleza deslumbrante, encajada por el fondo entre rocas blanquecinas y por el lado donde Brigit esperaba, bordeada de flores con una abundancia tal, que el verde quedaba oculto por el bordado multicolor, en el que reconoció gran abundancia de camomila, tomillo, hisopo y orégano, que llenaban en aire con un aroma penetrante. Aunque no tan abundantes, vio también flores de lavanda y de salvia, por lo que un hálito de magia hacía que el lugar pareciera irreal. Aislado casi en el centro del manto de flores, había un monolito semejante a los del campo de las piedras clavadas, pero éste era una pulida roca blanca coronada por una imagen muy hermosa de la diosa Ainé.
Brigit no le sonrió, pero no había hostilidad en su expresión.
-Sé lo que quieres, Divea.
-Pues si lo sabes, estás respondiendo afirmativamente mi pregunta.
-Así es.
-¿Te causa dolor?
-Desde que empecé a pensar, Divea, antes de conseguir andar. Pero con el paso de los años, he aprendido a vivir con mi naturaleza.
Divea recordó que en la reunión donde la vio por primera vez Brigit no había contado ninguna desgracia personal, y sólo habló de aquel príncipe encadenado por su padre para que no se convirtiera en un rey perverso. Si había sufrido tanto como decía, ¿por qué no hablaba de ello?
-Porque hay demasiado dolor sangrante entre los refugiados de este bosque –respondió Brigit a la pregunta que Divea sólo había forjado en su pensamiento-. Las que son como yo deben conseguir dureza de acero, para no sumar su dolor al que tanto abunda en el mundo. ¿Guardarás mi secreto o tendré que huir de nuevo?
La pregunta sirvió para que Divea comenzara a sospechar cuál podía haber sido el motivo de que la mujer de pelo rojizo se hubiera refugiado en Broceladia. Notó que Brigit asentía muy levemente, como si confirmase esa sospecha, pero al momento vio que se abatía igual que si recibiera un mazazo en la cabeza.
-Corramos, Divea. Algo tremendo ocurre.
No tardaron mucho en llegar al nementone, donde había mucho movimiento. Alzados como dioses guerreros sobre sus monturas, diez de los cuarenta y nueve que hicieran aquella vistosa exhibición de monta el día de su llegada al bosque, llamaban apresuradamente a los hombres.
-No somos suficientes para frenarlos –gritaban-. Debéis acompañarnos al menos cincuenta a caballo. Daos prisa.
Divea y Brigit supieron en seguida lo que ocurría, gracias a los comentarios de la multitud alborotada que se había reunido en el claro. Un ejército muy bien pertrechado, cubiertos los hombres de armaduras y los caballos de lorigas, avanzaba con dirección al principal poblado del bosque y no lo hacía con buenas intenciones.
En seguida comenzó a oírse desde todas las direcciones el trote de los caballos. Los celtas respondían en masa la llamada de los dioses guerreros y Divea vio con desolación que Alban, Fergus y Fomoré se sumaban al ejército improvisado. ¿Qué iba a pasar con ellos y con la prosecución de su viaje de iniciación?
Sintió que Brigit acercaba los labios a su oído para susurrar:
-Partirás en la fecha prevista, pero con un hombre menos, y los invasores serán derrotados antes de que el Sol despierte de nuevo.
De tal modo comprendió Divea por qué había dicho su bisabuelo que debía temer a los dioses guerreros. Se cubrió el rostro echándose a llorar, convencida de que su fiel escudero Alban no volvería de la expedición.
martes, 23 de diciembre de 2008
lunes, 22 de diciembre de 2008
EL OCASO DE LOS DRUIDAS, aquí gratis, mientras la ladrona disfruta lo que me ha robado.

La aventura de la futura druidesa adquiereya todo el dramatismo, al tiempo que van apareciendo personajes sustanciales en la historia, durante los cap´ítulos 43, 44, 45, 46, 47 y 48
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y otros cinco
43
Sentía ganas de llorar, pero no iba a hacerlo.
A fin de cuentas, sólo era una muchacha de quince años, pero esta realidad, por mucho que se la recordase a sí misma, no justificaría su flaqueza. Sobre todo, porque si Taliesin había muerto ella sería lo más parecido a un druida que quedaría en los contornos. Su deber era reconfortar a los demás.
-¿Qué haremos si nadie ha sobrevivido? –preguntó Alban.
-Seguir adelante, hacia nuestro destino –respondió Divea, pensando que tenía que guardarse su propia tristeza y compartir sólo la alegría que pudiera encontrar en la negrura de la tragedia.
-Pero habíamos resuelto viajar por mar –arguyó Conall-, y quién sabe si Fergus volverá para conducirnos a su navío. Ahora sabemos que ir adelante por tierra, hacia la Galia, puede llevarnos muchas lunas o años quizá, según aseguró Taliesin, cosa que ignorábamos cuando salimos de nuestro bosque.
-Así es –afirmó Dagda-. El año pasado, llegó a Onix una familia celta procedente de la Galia, que venía en busca del Camino al Fin de la Tierra. Dijeron que el viaje en carreta les había tomado siete lunas.
-Yo estoy convencida de que Fergus regresará –afirmó Divea-. Permaneceremos en este lugar hasta que no lo haga. Ahora, lo que nos conviene es comer y dormir por turnos. Nos ocultaremos lo mejor posible junto a aquel carvallo y velaremos por si merodean cerca peregrinos de la cruz. No creo que Fergus pierda el camino de regreso para volver con nosotros, porque los marinos encuentran caminos en el mar, donde no los hay, pero debemos estar atentos para que no pase de largo. Ahora, por favor, Alban, busca algún animal pequeño que Nuadú, Dagda y yo podamos ofrecer a nuestra madre Dana en sacrifico.
Cuando Alban volvió más tarde con un chivo casi recién nacido muy balador, cuya madre había debido de morir en el incendio, las dos sacerdotisas y Divea ya habían instalado un ara con la ayuda de Fomoré y Conall. Se trataba de una piedra bastante plana apoyada sobre otras cuatro más pequeñas, de modo que el resultado era aceptablemente digno. En cuanto llegó Alban, tras entregar a Divea el quejumbroso animalito, se unió a los otros dos hombres para improvisar el círculo sagrado. En seguida que estuvo completo, corrió monte arriba en busca de un poco de muérdago.
-La energía de ese joven es sobrehumana –comentó Nuadú.
Divea sonrió tristemente, antes de decir con orgullo:
-Sobre todo, si recordamos que hace cuatro días parecía que iba a morir.
Se preguntó si sería ése, de todos modos, el destino que le designaba la diosa. Se sacudió el pensamiento agitando la mano derecha, como si con ello pudiera borrar la preocupación que sentía por el leal y valiente guerrero.
Volvió Alban con abundantes arañazos en las manos, producidos al arrancar sin cuchillo el muérdago, que colocaron sobre el círculo y en torno al ara. Divea dudó en el momento de inclinar la cabeza sobre su pecho para comenzar las invocaciones; recordó que vestía un ropón casi negro. Debería cambiarlo por una de las dos túnicas blancas guardadas en el bulto atado en la carreta. ¿Sería indispensable? Notó que tanto Dagda como Nuadú miraban esquinadamente su vestimenta y decidió que no tenía más remedio que cambiarla.
Por suerte, atinó al señalar un primer fardo, que Conall desató. Oculta por las dos sacerdotisas, que la cubrían sujetando en alto dos mantos para formar una especie de tienda, Divea cambió el ropón por una túnica ceremonial.
Iba a ser el primer animal que sacrificase personalmente. ¿Cómo iba a superar su repugnancia por la posibilidad de hacerle sufrir? ¿Cómo iba a desposeerlo de la vida? No paraba de balar. Tenía hambre y seguramente sentía un abandono que no había sido voluntario; la pobre cabra de cuernos rojos, de una raza que Divea había visto por primera vez entre los astures, seguramente había muerto recordando a su cría. Tenía que sobreponerse. En unas circunstancias como las presentes, la compasión representaría una rémora muy grave, inaceptable en una druidesa.
A falta de un cuchillo de obsidiana, que habría de proveerse en cuanto pudiera, Alban le ofreció el puñal que portaba en la cintura.
-Hazlo sin temor, pero no te hieras, porque es un cuchillo muy eficaz –le dijo.
Divea no dudó más. Alzó las manos al cielo, rogó a Lugh y a Bran inspiración, suplicó a Dana que postergase todo lo posible el mal augurio de Alban y bajó los ojos hacia el animal que sujetaban las dos sacerdotisas. Miró con fijeza el gaznate del convulso animal antes de descargar el cuchillo.
44
El amanecer los encontró exhaustos. Apenas habían conseguido dormir, desvelados por el insoportable olor a humo y el recuerdo de la alegre gente del clan de Taliesin. Cuando la oscuridad dio paso a la claridad, miraron abajo con pasmo. El bosque se había convertido en una extensión negra y gris hasta donde alcanzaba la vista, que el llanto nublaba. Los incendiarios habían desterrado la vida de uno de los parajes más hermosos que existieran sobre la Tierra y, tal como había quedado, tardaría generaciones incontables en renacer. El único movimiento que conseguían notar era el de los pequeños troncos de arbustos calcinados que iban cayendo, vencidos por los rescoldos, con un último crujido que era como un lamento.
El hedor resultaba tan insoportable como la visión.
-Nada ha podido sobrevivir ahí –dijo Fomoré con tristeza.
-Ni siquiera consigo ver a los que deben estar disfrutando su hazaña –comentó amargamente Alban.
-Cuando incendian –aclaró Conall- no suelen esperar a ver los resultados. Se alejan en cuanto terminan de invocar a sus dioses, a quienes les dejan el trabajo de exterminar a los que llaman paganos pecadores.
-¿Qué dioses serán esos –reflexionó Divea en voz alta- capaces de tolerar que unos locos tan fanáticos destruyan su obra?
-Noto algo que se mueve –alertó Nuadú.
Estrujadas por su dolor y abrazadas para consolarse mutuamente el desconsuelo, las dos sacerdotisas astures no mostraban interés por la conversación y permanecían cerca del camino, acechando con ojos nublados por el llanto el milagro de ver llegar vivos a los miembros de su clan. Antes de reconocerlo, escucharon su voz:
-¡Divea, Nuadú, Dagda, estáis ahí?
Todos sintieron alborozo por el regreso del gálata a excepción de Conall, que frunció los labios con desagrado cuando llegó por fin a la colina donde lo esperaban.
-¿Has encontrado a alguien? –preguntó Nuadú, anhelante.
Fergus bajó la cabeza al tiempo que negaba.
-Siento ganas de lanzarme desde un peñasco muy alto –dijo con un suspiro-. Ya es la segunda vez que me ocurre esto; ver perecer por el fuego cuanto quiero y a los que amo. Me pregunto si los dioses me han maldecido por una mala acción que no consigo recordar y piensan castigarme una y otra vez hasta que muera.
Divea observó la mirada baja del gálata. Su consternación estaba justificada, pero era difícil imaginar que la compasiva madre Dana o el bonachón Bran, o el sabio y comunicativo Lugh quisieran mal a un hombre con una voz tan maravillosa y una bondad tan a flor de piel, combinada con su innegable simpatía. Consideró que disponía de un arma que le levantaría el ánimo:
-Amigo de tierras tan lejanas, si no puedes evitar que los pájaros de la tristeza vuelen sobre tu cabeza, impide al menos que aniden en tu cabello. Hay motivo para que te alegres, porque ayer, cuando dialogaba con nuestra madre Dana, me reveló algo que te concierne.
Fergus levantó la cabeza. La miró tristemente a los ojos, pero sonrió al preguntar:
-¿De veras?
-Sí. Como sabes, yo no puedo repetir sus palabras ni sus vaticinios, pero debo decirte que sin tu ayuda, ninguna de mis metas podría realizarse. Si tú atentases contra tu vida como has dicho, yo tendría que morir también, porque habría dejado de tener una misión en la Tierra.
Fergus apretó un poco los labios. Durante el baño de purificación, había sentido un deseo casi incontenible de acercarse a la poza para vigilarla. Ansiaba ver su cuerpo desnudo, un ansia más fuerte que su voluntad. Se había contenido más por el temor a ser descubierto por los demás hombres que por recato. Ahora, haber sentido ese impulso le avergonzaba insoportablemente. Como si pensar fuese nocivo y remolonear resultase inconveniente, decidió que había que ponerse en marcha.
-Si no calculo mal el tiempo, llegar al abrigo donde escondí mi dromon nos llevaría toda una jornada. ¿Quiénes desean venir?
Todos asintieron, incluidas las dos sacerdotisas.
-Pues hemos de emprender camino inmediatamente, por si encontrásemos razones para ocultarnos, lo que podría alargar mucho el viaje. Contando con vuestra ayuda para tripular el dromon, llegaremos en pocos días a la Galia y no tendréis que afrontar más horrores en tierra. Dado que yo llegué hasta aquí desde un lugar diez veces más lejano, y sin que nadie me ayudase, estoy seguro de que llegaremos allí sin tropiezos. Ahora tú, futura druidesa, te ruego que pidas a los dioses que consigamos avistar el mar de los astures sanos y salvos.
45
Sólo tuvieron que apartarse del camino una vez. Fue al principiar la tarde, poco después de dejar atrás la tierra calcinada del bosque. Transitaban en silencio, rumiando la amargura que les causaba la muerte de lo que había sido un paraíso. Casi tan impresionante como la desolación era la extensión tan inmensa que ocupaba; bordearla hacia el norte en busca del mar les tomó más de media jornada.
-Atención –alertó Alban-, veo ahí abajo peregrinos que suben para acá.
-No son peregrinos de la cruz –afirmó Fergus.
-Pero tampoco pertenecen al pueblo celta –afirmó Conall.
-Casi todos visten ropones oscuros –dijo Fomoré, y preguntó a Fergus: -¿Quiénes crees tú que pueden ser?
-Cetrinos desmujerados.
-Cuando los mencionabas, creía que hablabas de gente del país lejanísimo de donde vienes –comentó Fomoré.
-Ya os dije que los cetrinos desmujerados creen que tienen que apoderarse de todo el mundo para su dios –dijo Fergus-. Y su principal obsesión es apoderarse de la Europa de los celtas. Están por todas partes y todo lo arrasan. Lo que más odian es la cruz de los peregrinos, pero están convencidos de que su dios les dice que deben exterminarnos a todos los que no compartimos sus creencias.
-Pues no los veo yo venir con ganas de guerra – comentó Conall.
-¿Debemos temerlos a pesar de todo? –preguntó Divea.
-Sí –respondió Fergus-, mucho, y principalmente vosotras tres. Lo mejor será que nos escondamos hasta perderlos de vista.
Condujeron la carreta hacia un pequeño altozano a la izquierda del camino, cubierto de densos matorrales en los que se ocultaron. Los cetrinos desmujerados comenzaron a pasar por el tramo de senda que podían observar a sus pies a través de la espesura. Sus vestimentas eran demasiado diferentes de cuanto conocían, así como los tocados y, sobre todo, su piel. Pronto comprobó Alban que no iban a descubrirles, porque ni siquiera vigilaban sus flancos ni el camino que tenían delante; sus centinelas sólo miraban atrás, como si les aterrorizara algo que les perseguía.
La piel de todos ellos tenía un color algo oscuro y lívido, con labios gruesos rodeados de barbas hirsutas y negras. Llevaban ampulosos tocados en la cabeza y vestían varias túnicas, unas encima de las otras, como si prefiriesen portar todo su equipaje en el cuerpo para no tener que transportarlo atado en carretas ni a la grupa de sus monturas, vestiduras en las que predominaban los tonos oscuros o negros, aunque el color de algunos mantos era el natural de la lana o el lino. Lo que resaltaba más en su ropa eran los desgarros y la sangre que manchaba a la mayoría. Sus expresiones eran tan tristes como el aspecto general del grupo.
-Creo que han sido derrotados –dijo Alban hablando en susurros- y regresan al lugar de donde proceden con el rabo entre las piernas.
-Así parece –concordó Fergus- y ni imagináis de lo que se han salvado estas tierras. Los espantos que causan los cetrinos desmujerados son peores que lo peor que hayáis sabido jamás. No existe sobre la Tierra ningún pueblo capaz de mayores atrocidades. Llegan a despellejar vivos a sus prisioneros mientras les exigen con alaridos y azotes que adoren a su dios.
-¡Eso es imposible! –exclamó Conall-. ¿Cómo van a exigir adoración a quien, por sufrir un suplicio tan terrible, sólo estaría pensando en morir cuanto antes? ¿No serás tú quien ha hecho esa clase de cosas?
Fergus apretó los labios. De los compañeros de Divea, ese muchacho retraído y huraño era el que menos confianza le inspiraba. Le espetó acercando el índice a sus ojos:
-Si quieres comprobar la realidad de lo que cuento, no tienes más que bajar ahí y dejarte apresar por ellos. Ahora que vuelven derrotados, no sólo te harían eso, sino cosas mucho peores, porque también es la gente más vengativa que existe.
Conall notó que el grupo daba mucho más crédito al gálata que a él. Pese a su tristeza, las dos sacerdotisas sonrieron levemente ante el reto irónico de Fergus. Pero él no podía tenerlas todas consigo. Ese hombre tan seductor y tan adornado por la Naturaleza le inspiraba malos presentimientos. No sólo porque representaba un obstáculo para sus planes, sino porque intuía que no había contado toda la verdad sobre su pasado. Hallaba demasiadas sombras en su narración. Sombras que tanto Divea como Alban parecían empeñados en ignorar. No descansaría hasta matarlo, y lo haría cuando se encontrasen navegando en su barco y en cuanto consiguiera aprender a gobernarlo.
-Creo que podemos seguir nuestro camino–dijo Fomoré.
-Esperemos un poco más –dispuso Alban-, hasta asegurarnos de que no llega ninguno más ni les persigue otro ejército.
46
Cuando Conall vio por vez primera la silueta del navío desde el acantilado, ya no le cupieron dudas de que Fergus mentía y tenía mucho que ocultar. Aunque estaba cubierto de matorrales para que resultase difícil de descubrir a primera vista, su tamaño podía apreciarse con nitidez y le pareció enorme. La barcaza donde él había trabajado con los cristianos, en las playas cercanas al Castro de Santa Tecla, la tripulaban nueve hombres, a veces con dificultad si la mar se encrespaba. Un cálculo somero le permitió estimar que serían necesarias cuatro barcazas iguales puestas en fila para alcanzar la eslora del que el gálata llamaba “dromon”.
¿Cómo iba a poder tripularlo él solo, tal como afirmaba? Mucho menos, durante la travesía tan amplia que decía haber hecho. Ni aún creyendo que poseyera dones prodigiosos como los héroes de las leyendas, podría nadie admitir que hubiese gobernado sin ayuda un navío como aquél. ¿No habría navegado con un grupo grande de hombres a quienes, mediante recursos arteros, había matado una vez que tomaron tierra? Aunque no tan grande como Alban ni tan robusto, era un hombre físicamente poderoso y parecía muy astuto. Seguramente, también era un pillo redomado y alevoso, capaz de traicionar a su estirpe y hasta a su propia madre. Tenía por fuerza que ser así, pues a la vista del navío no se le ocurría ninguna otra explicación.
Era espléndido y sólo observando lo recóndita que era la playa, y lo abruptos y despoblados que parecían los alrededores, podía comprender que nadie lo hubiera robado. Por alguna extraña razón que escapaba a sus cortos conocimientos náuticos, el gálata había varado el dromon de popa, en vez de cómo había visto hacer a los cristianos, que varaban sus barcazas de proa. Lo menos medía cuarenta pasos de eslora y unos seis u ocho de manga. Aunque no se veían los remos, pese al embozo de matorrales podían distinguirse doce amarres y doce anclajes en cada borda. Por lo tanto, serían necesarios veinticuatro remeros para moverlo cuando no soplara el viento. El mástil era grueso, aunque no demasiado alto, siendo, en cambio, anchísima por la base la vela triangular, que estaba arriada y en posición casi de lado. En una plataforma elevada, a proa, había una máquina cuya función no consiguió imaginar.
Notando la admiración del grupo, Conall sintió deseo de dejar en evidencia al gálata preguntándole cómo había podido tripular él solo un barco tan grande y complicado, y si no se habría deshecho con perfidia de la gente llegada con él desde un país tan remoto y a través de un mar tan peligroso. Pero de ese modo lo pondría en guardia contra él, lo que no le convenía. Se reservó el reproche y dijo en cambio:
-Magnífico navío. Ardo en deseos de navegar a bordo.
Fergus ni siquiera lo miró. Se limitó a sonreír.
Por su parte, a Divea la dominaba el desconcierto. Hasta la madrugada precedente, no había dejado de intuir cercana a la madre Dana, pero desde que comenzara a oler el salitre marino ya no la sentía. ¿La había abandonado o se trataba de algo nuevo que debía aprender a asimilar?
-¿Qué es aquella máquina? –preguntó Fomoré a Fergus.
-¿La de proa? Es la catapulta para lanzar el fuego griego, el arma más temible que han inventado los bizantinos. Ya veréis.
-Nosotras no podemos viajar ahí –dijo Dagda, señalándose a sí misma y a Nuadú.
-¿Por qué? –preguntó Divea.
-En ese mar tan temible y peligroso, no veo ríos ni fuentes donde poder invocar y hablar con la madre Dana.
Divea sonrió.
-No te inquietes –aconsejó-. El mar es el río más inmenso de todos y, por lo tanto, es también la morada de la diosa.
Conall apretó los labios. ¿Cómo había conseguido ser tan prudente, sabia y ocurrente una niña que era más de un año menor que él? Desde que regresara de su baño purificador en la poza del río, percibía en ella algo distinto que le causaba desasosiego.
47
-Desconfío de que consigamos reflotar nunca ese navío tan grande –dijo Conall cuando amaneció, pensando de nuevo en su experiencia entre los pescadores cristianos.
El descenso a la playa había sido penoso, pues tardaron mucho en encontrar una senda por donde los bueyes y los caballos pudieran bajar, y la noche cerró del todo en cuanto pisaron la arena dorada. Durmieron amontonados, dándose calor entre sí para vencer los tiritones que les causaba el relente marino porque no se atrevieron a encender un fuego que podía descubrirles.
Cuando se pusieron en movimiento a la mañana siguiente, Conall repitió en voz alta muchas veces su incredulidad, pero no encontró eco para un escepticismo que todos se esforzaban por ignorar. Necesitaban aliento, no que él les desanimara. Las dos sacerdotisas bajaban los ojos a fin de no verse obligadas ni siquiera a asentir o negar con la cabeza. Alban y Fomoré fingían sordera mirando para otro lado. Divea deseaba no tomar partido, pero la realidad era que también dudaba.
-Esperad a que suba la marea –propuso por fin Fergus-; yo digo que navegaremos sin dificultad.
Dirigió con autoridad la operación de embarque de la carreta, los bueyes y los caballos por una rampa de solidez asombrosa, cuyo posicionamiento mediante sogas muy gruesas sujetas a un cabrestante del mástil, así como la apoyatura en el rebalaje, les costó esfuerzos extenuantes a los siete, y tuvieron que vendar los ojos a los seis animales para que no rehusaran subir a bordo. A media mañana, dieron por acabados los preparativos y se derrumbaron sobre cubierta sudorosos y con el ánimo algo menos pesimista; estaban listos para la travesía, a la espera de que el dromon flotase libre.
Efectivamente, con la pleamar sólo tuvieron que unir fuerzas entre los siete para que la nave desencallara del todo.
-Abordad deprisa –urgió Fergus-. Debemos izar la vela antes de que se le ocurra rolar a este viento del sur tan favorable, que nos llevará a altamar si no remoloneamos y yo puedo estabilizar el timón.
Lo consiguieron antes del atardecer. Al principio, les parecía retroceder más de lo que avanzaban, a causa del bamboleo y los golpes de las grandes olas, pero a pesar de esa percepción notaban que iban separándose de la playa. Lentamente, el barco encontró acomodo en su medio natural y a todos les pareció que cobraba vida propia, como si el espíritu bonachón de Bran lo gobernara en vez de Fergus, que era quien aferraba sudoroso el timón, una simple palanca muy pesada y dura de manejar.
Cuando la nave estuvo por fin enrumbada y cesaron las órdenes a gritos y las maldiciones desaforadas del gálata, pudieron examinar con admiración la hermosa estructura de madera sobre la que se encontraban. Todos los detalles eran espléndidos, incluidos los doce asientos vacíos de remeros a estribor y los doce a babor, situados en un nivel por debajo de cubierta. Tenían que ser artesanos muy habilidosos los que habían armado el navío y hombres muy sabios los que lo habían inventado.
Navegaron toda la noche sin variar el rumbo por temor a los escollos litorales que no serían capaces de descubrir en la oscuridad. Al amanecer siguiente, cuando Fergus roló a estribor para navegar paralelamente a la costa desvaída por la distancia y la calima, Dagda se echó a llorar:
-Ya no reconozco nuestras montañas –se lamentó.
Nuadú la abrazó para consolarla.
-Volveremos –prometió-. Tú tienes que regresar, ¿verdad, Divea?
-Sin duda.
-¿Ves, Dagda? Como Divea está obligada a volver convertida en druidesa, nosotras también lo haremos.
Divea suspiró hondo, pero procurando no emitir ningún sonido. Ella no estaba tan convencida de la seguridad del regreso. Viéndolo encogido, sentado en la cubierta con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la borda, notaba que Alban flaqueaba y no quería preguntarle si todavía sentía debilidad por sus heridas no cicatrizadas del todo o si era que sufría mareos. Con la principal fortaleza del grupo aparentemente abatida, todo le resultaba a Divea demasiado azaroso. Aunque había asegurado a Dagda que el mar era también el hogar de Dana, a semejanza de cualquier río, las certezas naufragaban en el fondo de su pecho, porque el mar era una inmensidad devoradora de toda convicción donde nadie podía sentirse dominante. Trataba con todas sus fuerzas de repetirse a sí misma las frases que la diosa le había inspirado en la hermosa poza del río astur: jamás volvería a dudar, jamás volvería a tener miedo y jamás vacilaría al tomar decisiones; pero las palabras se desdibujaban en su mente, vencidas por la angustia.
Todo continuó así durante dos días. La costa les parecía siempre igual, una sucesión de montañas mas o menos remotas, vagamente verdes con algún que otro pico blanco de nieve. Pero al tercer día, notaron que cambiaban de rumbo y miraron todos hacia Fergus con expresiones de interrogación.
-Ahora, navegamos hacia el norte –dijo el gálata.
A pesar del cambio, no perdieron la costa de vista. El cuarto día dejó de haber tantas montañas; la línea de la costa se volvió muy regular e indistinta. Sólo veían a lo lejos embarcaciones pesqueras muy pequeñas. Ninguna que se pudiera comparar con la suya.
-De aquí en adelante, podemos comenzar a tener tropiezos –dijo Fergus.
-¿Peligrosos? –preguntó Alban.
-Según Taliesin, a quien los dioses hayan acogido en su morada, los galos son por aquí expertos navegantes.
-¿Ya estamos frente a la Galia? –preguntó Divea.
-No exactamente –respondió Fergus-. Según creo, llegaremos a la verdadera tierra de los celtas galos manteniendo firme el rumbo norte. De ese modo, digo yo que un día cualquiera veremos frente a nosotros uno de los países más sagrados de nuestro pueblo. Se llama Armórica y ardo en deseos de llegar, porque dicen que encontraremos maravillas y prodigios difíciles de creer.
Conall hallaba a cada paso motivos para reforzar sus sospechas sobre el gálata, que se conducía con excesiva confianza en lugares que decía no conocer. Gobernaba el navío como si llevase en la cabeza dibujada la ruta y ahora hablaba de países que parecía haber visto. La convicción de que les mentía creía cada jornada en la mente del joven aprendiz de bardo.
-Atención -alertó Alban-. Aquel navío viene directo a nosotros.
Todos se enderezaron para confirmar la observación del cadete. Si no había perdido el timón, no cabían dudas de que el timonel de ese navío buscaba un encontronazo.
-Y es el más grande que hemos visto hasta ahora –comentó Fomoré.
-No estamos en condiciones de luchar –afirmó Fergus-, porque somos muy pocos y si se atreven a abordar un navío como éste será porque ellos son muchos. Digo yo que si los dejamos acercarse podrían vencernos sin duda, así que no debemos permitírselo. Por suerte, nosotros disponemos de recursos que ellos no pueden ni imaginar. Así que necesito que tú, Conall, me sustituyas al timón. No tienes que hacer nada, solamente mantenerlo tal como está, sin moverlo ni a babor ni a estribor. Para ayudarte a fijarlo, sujétalo con ese taco de madera. Los demás, venid conmigo a proa, a excepción de la futura druidesa, que permanecerá también junto al timón. por motivos de seguridad, si no le importa acatar las previsiones de un modesto marino.
Divea asintió, pero Conall estuvo tentado de negarse. Llevaba cuatro jornadas viendo al gálata sudar para gobernar esa tranca tan pesada y no se creía capaz de imitarle. Pero, por otro lado, sintió satisfacción porque confiara en él. No había avanzado nada en la consecución de los tres retos que se había propuesto antes de abandonar el bosque de Santa Tecla: Ser capaz de parecer sabio, librarse de Alban y suplantar a Divea. Si conseguía gobernar el timón sin errores, lo consideraría una señal de los dioses ysentiría ayudaría fortalecerse su espíritu para conseguir algún día mostrarse sabio. Tenía que timonear y salir airoso.
La galera se dirigía hacia ellos con evidentes propósitos hostiles. Ya se había acercado lo suficiente como para distinguir que se amontonaban numerosos hombres junto a las bordas, armados para la lucha. Debían de haber descubierto ya lo escaso del personal a bordo del dromon. Alban, Fomoré, Dagda y Nuadú no abrían la boca, convencidos los cuatro de que había llegado la hora de rendir cuentas ante Gundestrum y suplicar la compasión de Lugh.
-Ayúdame a apuntar hacia ellos, Alban –la voz de Fergus les sobresaltó a los cuatro.
El gálata estaba girando con gran esfuerzo la extraña máquina de proa, una catapulta provista de una especie de caño. En vez de una piedra o cualquier otro proyectil, lo que había preparado para ser empujado por el resorte era una simple tinaja de barro con la boca sellada con estopa y algo que parecía cera, pero más oscuro. Había otras muchas tinajas iguales amontonadas alrededor de la máquina. Con la fuerza de Alban sumada a la de Fergus, consiguieron orientar el caño hacia la galera.
-¿Quién maneja bien el arco? –preguntó el gálata.
-Yo –respondió Fomoré-. ¿Pero de qué va a servirnos un arco frente a esa turba?
-Ya lo verás. ¿Eres certero?
-Para la caza, sí. En otros casos, no estoy tan seguro.
-¿Acertarías en el casco de la galera, cerca de la proa? –insistió Fergus.
-Cuando esté un poco más cerca, creo que sí –respondió Fomoré.
-Pues elige el que te parezca mejor de esos diez arcos. Nuadú y Dagda, atad trozos de paño en las puntas de doce flechas, que impregnaréis con aceite de ese ánfora. Tomad fuego del candil, y tenedlo preparado para ir prendiendo las flechas en el momento que Fomoré y yo las disparemos. Atento, Fomoré, que pronto van a estar a tiro de flecha. Alban, ayúdame a tensar la catapulta, y en cuanto yo lance, apresúrate tú a tensar de nuevo dos veces más.
La máquina fue disparada y todo lo que ocurrió fue que la tinaja se convirtió en añicos al impactar en el casco de la galera, derramando el líquido que contenía. Sonó una carcajada general tan estridente, que pudieron escucharla en el dromon.
-¡Otra vez, Alban! –urgió Fergus.
Dispararon dos veces más con otras tantas tinajas. El concierto de risotadas llegó a ser atronador.
-Ve prendiendo flechas para mí, Dagda, y tú, Nuadú, enciéndeselas a Fomoré. Venga, amigo, contén la respiración y concéntrate, porque tenemos que acertar donde las tinajas han impactado.
Las primeras dos flechas cayeron al agua y las risotadas aumentaron. Pero la tercera golpeó en el casco aunque no con suficiente fuerza para clavarse. A pesar de ello, a todos en el dromon les maravilló lo que ocurrió. La pequeña llama del paño impregnado de aceite se convirtió en una fogarada instantánea que obligó a enmudecer a los burlones de la galera. Extrañamente, también ardía fuego sobre el agua donde había caído el líquido de la tinaja.
-Fomoré, trata de acertar con otra flecha a la derecha de proa, donde todavía no arde –apremió Fergus-. Yo tengo que correr a popa.
Con zancadas vehementes, el gálata llegó al timón y le gritó a Conall:
-¡Ayúdame a mover la palanca hacia aquel lado!
Echados ambos sobre la gruesa y pesada tranca, consiguieron hacer que basculara hasta el límite en dirección a babor.
Unos momentos más tarde, cuando parecía que la galera, casi completamente incendiada, iba a impactar contra el dromon, éste roló bruscamente y el encontronazo fue evitado. Mientras se alejaban de los atacantes vieron que los marineros enemigos estaban lanzándose al agua, desesperados.
Habían vencido. Los cuatro hombres se dejaron caer en cubierta, festejando el triunfo con rebotes y palmadas, mientras Dagda y Naurú aplaudían. Ante los gritos de júbilo de sus seis acompañantes, Divea se distanció un poco y se postró ante una pequeña imagen de la madre Dana. Sentía vergüenza de sí misma por el miedo paralizador que acababa de pasar. Agradeció a la diosa haber salido indemnes de una situación tan peligrosa, y se repitió de nuevo que jamás volvería a dudar ni a tener miedo, ni a vacilar en la toma de decisiones.
-¿Qué había dentro de esas tinajas? –preguntó Fomoré, acercándose a popa con los ojos desorbitados. Más que curiosidad, había en ellos visos de alucinación.
-Eso es el fuego griego del que a lo mejor has oído hablar –respondió Fergus-, porque es un secreto bizantino del que todos los marinos se asombran. Mientras nos queden tinajas, digo yo que no tenemos nada que temer en estos mares.
48
Varios días más tarde, avistaron una prolongada lengua de tierra llana a babor, cuando la esperaban por el norte.
-No sé qué país será ése –dijo Fergus-. Yo diría que todavía no puede ser Anglia, porque sé que está bastante más al norte y al otro lado de la Armórica, y es más fría y brumosa de lo que ese lugar aparenta. Ésa tiene que ser una isla pequeña y sin importancia. Sin variar el rumbo, digo yo que llegaremos pronto a la ansiada tierra de los galos que debemos encontrar, ya lo veréis
Como si los dioses le hubieran escuchado, poco más tarde se les reveló frente a proa una línea intensamente verde. Conforme fueron acercándose, vieron que se trataba de una costa muy recortada y llena de rías, radas, islotes y pequeñas penínsulas. Peligrosos escollos abundaban por doquier.
-Hemos llegado a la Armórica –aseguró Fergus-, gracias y gloria a Dana. ¿Sabes lo que debes buscar aquí, Divea?
-Si lo quieren los dioses, en primer lugar, piedras clavadas en tierra; después, un rito que ignoro, aquí mismo, y el saber de los galos, en un bosque llamado Brocelandia. Al gran druida Galaaz le contaron que el clan celta más vital y numeroso del continente vive en ese bosque, a una jornada de la costa de Armórica, pero también le dijeron que Brocelandia es interminable y peligroso.
-Entonces, tendremos que desembarcar la carreta –afirmó Fergus-. ¿Con cuántos necesitas viajar?
-Al menos, tiene que acompañarme Conall, pues también para su futura condición de íntimo o de bardo es éste un viaje de iniciación.
-¡Y yo! –afirmó Alban con vehemencia-. Si hay peligros en ese lugar, mi misión es protegerte.
-También deberíamos ir nosotras –apuntó Nuadú, indicando a Dagda y a sí misma- para que los dioses no crean que les hemos abandonado.
-Tres mujeres y sólo dos hombres, uno de los cuales estaba a punto de morir hace pocos días –ironizó Fergus-. Digo yo que no podemos deshacer este grupo, pues por alguna razón habrán querido los dioses que seamos siete. Hay que encontrar un abrigo donde el dromon no pueda ser avistado desde tierra ni por mar, porque tenemos que viajar los siete a ese legendario bosque de Brocelandia.
Al segundo día de búsqueda, encontraron una playa de sólo unos quince pasos de ancho, encajonada entre una escarpadura de piedra gris y un islote alto y muy empinado. Tras fondear, Fergus pidió a Fomoré que explorase lo que hubiera sobre las encrespadas rocas del acantilado.
Habían escondido ya el dromon de modo que no pudiera ser avistado desde mar abierto, y se encontraban, por consiguiente, muy cerca de tierra. Lo suficiente como para poder ver con admiración la facilidad con que Fomoré escaló la pétrea pared vertical, de unos cincuenta pies de alto.
-No consigo imaginar el pasado verdadero de ese hombre –comentó Alban.
-¿Algo te preocupa? –preguntó Divea.
-No. Tenemos pruebas de su lealtad y su decencia, y lleva con nosotros el tiempo suficiente como para saber que no se trata de hipocresía, porque nos habríamos dado cuenta pillándolo en cualquier error. Pero encuentro en él muchas cosas raras. Su aspecto no es muy celta, como veis. Pero tampoco se parece a los cristianos con quienes pescaba Conall. Ni, mucho menos, a los cetrinos desmujerados que vimos pasar derrotados en la tierra de los astures. Además, sin duda posee preparación guerrera. Dispara flechas mejor que el mejor arquero que yo haya visto, y miradlo ahora. ¿No es como si estuviera entrenado para asaltar murallas?
Todos abundaron en esa apreciación. Divea miró intensamente a los ojos de Alban, diciéndose que la madre Dana iba a causarle una pena muy honda cuando lo apartase de su lado. Por suerte, no sabía cuándo sucedería y, por tanto, podía tratar de no pensar en ello.
Fomoré regresó con el Sol alto.
-Los riscos forman una muralla también del lado de tierra –les informó-, aunque no tan alta. Más allá, hay una llanura muy extensa, pero no he visto signos de que esté habitada. No creo que tengamos la mala suerte de que alguien se asome a esas peñas por casualidad y descubra el dromon.
-Entonces, aquí lo dejaremos –resolvió Fergus-. Primero, vamos a buscar una playa cercana donde descargar la carreta y los caballos, con los cuales se quedarán las tres mujeres y tú, Alban. A continuación, nosotros tres recogeremos todas las ramas y matorrales que podamos a lo largo del día, para tapar la cubierta con ellos a fin de embozar más aún nuestro navío. Es demasiado valioso para perderlo. Volveremos aquí con él tan sólo Fomoré, Conall y yo. Una vez que nos aseguremos de que el dromon no podrá ser descubierto, Fomoré nos ayudará a Conall y a mí a subir ese acantilado para ir en vuestra busca. Divea, si no te opones al plan, digo yo que nos encontraremos al amanecer para partir todos con destino al bosque de Brocelandia.
Divea asintió.
El lugar donde durmieron las tres mujeres, Alban, los caballos y la carreta, presentaba un aspecto insólito. Casi desde la orilla del mar, partían tierra adentro rectilíneas y largas formaciones de piedras altas y estrechas que no eran creación de la Naturaleza. Ni el cadete ni la futura druidesa, ni las dos sacerdotisas, consiguieron imaginar su significado.
-Mi bisabuelo me avisó de que encontraría “piedras clavadas” –murmuró Divea al oído de Alban, al amanecer-, pero no me explicó lo que son ni me avisó de que serían tantas. Me ordenó que preguntase por el rito en honor de los constructores de los pilares del cielo, que dijo ignorar, pero no veo con quién podríamos averiguar. Y su orden era que lo celebrase entre las piedras clavadas.
-¿No lo conocerán las sacerdotisas? –preguntó Alban.
-Es un saber druídico, Alban.
-Pues también convendría tratar de enterarse de qué pueden significar unas piedras tan numerosas y tan extrañas.
Dado que era Fergus quien mostraba mejor conocimiento de la Armórica, gracias a sus conversaciones con Taliesin y las leyendas gálatas que no paraba de mencionar, decidieron preguntarle en cuanto llegase. Se les sumó poco más tarde, en compañía de Conall y Fomoré.
-Divea –dijo Fergus-, aseguraste que tenemos una jornada de viaje por delante, así que lo mejor es partir deprisa, a ver si consiguiéramos encontrar ese clan antes de anochecer.
-Primero, debo celebrar un rito entre esas piedras –arguyó Divea- y no puedo partir hasta que lo haya hecho. El problema es que no lo conozco y el gran druida Galaaz me ordenó averiguarlo.
-¿Qué denominación le dio el druida a ese rito? –preguntó Fomoré.
-“Ceremonia en honor de los constructores de los pilares del cielo”- respondió Divea.
Fomoré asintió. Los miró a todos y, como si superase un obstáculo interior muy poderoso, pidió a Divea:
-Quisiera apartarme un poco contigo, para hablarte a solas ante aquella piedra de allí, la más alta.
-¡No, sola no! –exclamó Alban-.Yo iré también.
Fomoré miró fijamente los ojos de la futura druidesa que, en seguida, miró a Alban negando con la cabeza. Se alejó en dirección a la gran piedra con el hombre que más preguntas desconfiadas le inspiraba al cadete. Llegados junto al monolito, que tenía la altura de más de tres personas, dijo Fomoré:
-Lo que voy a revelarte no puedes decírselo a los demás. En el caso de que lo hagas, me veré obligado a huir y desapareceré para siempre, y moriré porque no creo que yo sea capaz de sobrevivir en esta tierra tan alejada y tan diferente de la nuestra. Ten la seguridad de que lo haría, Divea. ¿Comprometes tu silencio para siempre o he de abandonarte aquí, y ahora mismo?
-Si lo que ocultas, y quieres que oculte yo, no perjudica a ninguno de los que nos acompañan, cuenta con mi silencio.
Aupado encima del caballo, Alban miraba ansiosamente en dirección al gran monolito, dispuesto a galopar a la menor sospecha de que sucedía algo improcedente. Pero todo lo que consiguió ver fue que Divea y Fomoré giraban varias veces en torno a la piedra, ella detrás de él, mientras ambos alzaban las palmas de las manos al cielo y recitaban algo que no le fue posible escuchar.
-¿Qué son estas piedras? –preguntó Nuadú a Fergus.
-Cuenta la leyenda que ya estaban aquí cuando llegaron los celtas –respondió el gálata-. Son millares y millares, y nos parecen piedras pero no lo son.
-Sí son piedras –contradijo Conall-. Yo he tocado esas tres.
-Pero no eran piedras en el momento de alzarlas. Era una materia prodigiosa, parecida al barro y moldeable como él, que iban amontonando y se solidificaba al instante. Fijaos en que por algunos lados se notan todavía las pellas, unas sobre las otras, como si en el origen hubieran sido fango. Son piedras milenarias, pero en algún momento fueron reblandecidas por los hombres, que las levantaron gracias a conocimientos que hemos olvidado. Así pudieron construir estos monumentos increíbles. Tan pesados, que ni centenares de hombres podrían moverlos.
Cuando, acompañada de Fomoré, Divea regresó junto al grupo, notó que todos tenían una pregunta en los labios en relación con lo que les habían visto hacer, y presintió que no responderla le acarrearía alguna clase de conflictos futuros.
-Podemos partir –anunció sin añadir nada más.
El Sol no había remontado vuelo todavía.
jueves, 18 de diciembre de 2008
Más de EL OCASO DE LOS DRUIDAS

La aventura se calienta. Los expedicionarios empiezan a arrostrar los primeros desafíos. El drama se pone ya de manifiesto.
Dentro de muy poco,
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y otros cinco
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Sin duda, la última frase de Tasielin sugería que había gente rodeándoles oculta en la espesura, pero no vieron a nadie más durante el resto del camino; sólo empezaron a cruzarse algunos muchachos a punto de llegar al nementone. Divea conocía la palabra como denominación general de cualquier lugar sagrado y ceremonial celta, pero, quizá por su modestia, en su clan no la aplicaban nunca al claro del bosque donde Galaaz presidía los ritos extraordinarios. El recinto sagrado de Onix era prácticamente de las mismas dimensiones pero mucho más esplendoroso y por ello pudieron sentir la presencia cercana de algún dios; por todos sus recovecos se entreveía el juego de las ondinas, casi se oían sus cantos y se desparramaban oleadas de intenso perfume a madreselva. En vez de improvisarlo para cada rito, el círculo de piedra era una construcción sólida y bien acabada y, por lo tanto, permanente, formada por sillares de granito labrados con regularidad y perfectamente encajados entre sí. El ara tenía por base una piedra cuadrangular cubierta de hermosos bajorrelieves esculpidos, enorme, muy pesada e imposible de desplazar.
Un roble gigantesco, el más grande que los visitantes habían visto nunca, bastaba para dar cobijo a todo el claro bajo su copa inmensa. Junto a él, los demás árboles parecían muy enclenques, ante los cuales ahora sí estaban agrupándose gran número de personas. Entre ellas, muchos jóvenes y bastantes niños, lo que le pareció a Divea la escena más alentadora y optimista que podía imaginar en un poblado celta. En ese instante, ansió que Galaaz pudiera verlo para que se alegrara su corazón.
-Recostadlo bajo el roble sagrado –ordenó Taliesin a Conall y Fomoré, que sostenían el cuerpo herido del cadete-, y despojadlo de ropa para descubrir sus heridas.
Depositaron a Alban directamente en la tierra cubierta de hojas, musgo y grama, sobre la que habían salpicado manojillos de una hierba que no reconocieron. Fomoré tuvo que desnudarlo solo porque a Conall parecía repugnarle la idea de tocar al fornido aprendiz de guerrero. Se produjo un rumor y exclamaciones contenidas de consternación cuando quedaron visibles las heridas. Presentaban feos y numerosos abultamientos oscuros y la piel de todo el brazo, incluido el hombro izquierdo, se había vuelto negruzca y cárdena. Por el nerviosismo, las expresiones y el énfasis de los murmullos, comprendió Divea que sus anfitriones temían por la vida de Alban al menos tanto como ella.
Ninguno de los tres escuchó orden alguna, pero las sacerdotisas acudieron deprisa, como si acabaran de ser llamadas; eran cuatro, bellas y jóvenes. Igual que el druida, vestían largas túnicas blancas resplandecientes, y su pelo iba trenzado profusamente con prímulas; tan abundantes, que componían una especie de tocado muy aparatoso cuyo aroma era perceptible aun a varios pasos de distancia. Se arrodillaron dos a cada lado de Alban y se dieron a untarle un elixir blanquecino y pastoso que portaban en dos cuencos, pero no sólo en el brazo y el hombro, sino en todo el cuerpo. Parecían seguir una cadencia predeterminada e invocaban a los dioses Mabon, Cernunnos, Belenus o Karnun según la zona del cuerpo que embadurnaban, conforme iban descendiendo del cuello a los pies.
A continuación, dio comienzo un ritual que duró la noche entera. Por la aparatosidad de cuanto fue sucediendo, tanto Conall como Divea permanecieron hasta el amanecer con expresiones de perplejidad y, a veces, de cierto escándalo, pero no Fomoré, a quien todo complacía mientras daba muestras de que nada podía impresionarlo de modo especial. La primera parte de la ceremonia consistió en una escena que Divea conocía de oídas, más por los relatos de Galaaz que por los de su madre, y referidos a los antiquísimos buenos tiempos. Cuando el crepúsculo cubrió de brumas el bosque, se oyó un canto coral delicioso, una melodía llena de sugerencias que parecía compuesta e interpretada por los propios dioses. La música se aproximó poco a poco hasta que fue entrando en el nementone un solemne desfile de muchachos de ambos sexos casi desnudos, cubiertos tan sólo de pequeños delantales florales en la cintura. Profusión de flores en sus cabezas componían grandes tocados multicolores. Desfilaban acompañando con sus pies el ritmo de la canción y cada tres pasos se detenían fugazmente, dando un suave golpe en el suelo, para reanudar en seguida el ritmo. Portaba cada uno una luminaria que no parecía muy pesada, pero las sujetaban con ambas manos, con ademanes llenos de gracia y dulzura, adelantando alternativamente, a compás, un hombro y otro. Totalizaban cuarenta y nueve, que formaron al pararse un nutrido redondel en torno al círculo de piedra. Sin moverse del lugar, dieron lentamente media vuelta hacia la multitud y, ya de cara a todos los presentes, entonaron canciones muy dulces en un idioma que los recién llegados no consiguieron entender, aunque muchas de las palabras sonaban como las celtas. Parecía un himno antiguo. A una señal de asentimiento de Taliesin, reanudaron el desfile sin romper la formación y fueron colgando los candiles en ramas y arbustos en todo el perímetro del claro.
Ni Divea ni Conall habían visto jamás tanta iluminación nocturna, pero, extrañamente, la intensidad de la luz no desterraba el misterio ni la sensación de presencias divinas cercanas. Entre las llamitas oscilantes, el perfume de las flores y la música, el claro había sido tomado por algo inmaterial y enigmático que flotaba en el aire, una atmósfera mágica que sólo ellos dos hallaban extraordinaria. Los naturales de Onix, y también Fomoré, mostraban gozo, satisfacción o inquietud compasiva, según lo cerca que estuviesen del cuerpo yacente de Alban, pero no reflejaban sus rostros la menor extrañeza. Sin embargo, Conall no lograba aligerar su temor ante algo que no sabía reconocer y de lo que recelaba. Al mismo tiempo, Divea abría los ojos y movía las ventanillas de la nariz como si presintiera la proximidad de una deidad que ansiaba ver, sin conseguirlo.
Los últimos siete candiles de la procesión fueron colocados en torno al cuerpo inmóvil de Alban. Como había tanta luz general en el nementone, la futura druidesa comprendió que no se trataba de iluminar más intensamente al enfermo, sino de proporcionarle calor.
Taliesin tomó asiento en el punto del círculo más cercano al tronco del roble gigante y llamó a Divea, indicándole sólo con un gesto que debía sentarse a su lado. Le murmuró al oído:
-Necesitas fijar en tu memoria las palabras de invocación que voy a pronunciar ahora, así como lo que haré a continuación.
Al principio, el tono de voz del druida alcanzaba tan sólo para que Divea pudiera oírlo recitar una plegaria a Lugh de la que ella conocía algunos pasajes. Pronunció luego, un poco más alto, cortas invocaciones a la madre Dana, a Brida y a Bran, todas las cuales se las había enseñado ya Galaaz a su bisnieta. Las dos últimas, sin embargo, Divea no las había escuchado jamás. Se trataba de un conjuro en el que el druida conminaba a Inger, la repartidora de mortandad, y a Gundestrun, el dios de la venganza y la muerte, que pasaran de largo esa noche por el nementone de Onix.
Hubo un momento en que Divea sintió la tentación de escribir parte del conjuro para no olvidarlo, pero la desechó a tiempo de no sentirse transgresora, porque ningún alumno podía aprender lo que le convenía si desobedecía a su maestro.
Cuando se alzó para situarse junto al ara, Taliesin hizo una señal y cuatro hombres depositaron un ciervo muy grande sobre la gran piedra labrada. El hermoso animal no se debatía, por lo que en un primer momento le pareció a Divea que estaba muerto, lo cual carecería de sentido puesto que iba a ser sacrificado. Pero ciertos movimientos reflejos de las patas traseras le revelaron que había sido tranquilizado con un elixir. De repente, su propio clan le pareció anticuado y bárbaro. ¿Por qué no se le habría ocurrido a Galaaz hacer lo mismo? Al no resistirse el animal ni patalear, el cuchillo de Tasielin abrió limpiamente su fuente de la vida del cuello, y sólo agonizó unos instantes. La sangre fue recogida en un cuenco de madera por una sacerdotisa muy joven, aún con los atributos de novicia, y se lo entregó a Taliesin con una reverencia. A continuación, otra novicia le ofreció un frasco con una pequeña cantidad de un elixir que Divea no reconoció, pues no distinguía el color a causa de encontrarse todo en el nementone teñido por la luz dorada de las luminarias. Tomando sangre del cuenco con un pequeño jarro, Taliesin colmó con ella la capacidad del frasco y lo agitó enérgicamente. Alzó las manos a cielo mientras le indicaba a Divea con el mentón que se acercase.
-Apoya tus manos en mis brazos, hermosa druidesa.
Divea obedeció. Le satisfizo mucho reconocer la invocación que el druida pronunciaba en esa extraña postura, y pudo recitarla a dúo con él. Al terminar, Taliesin sonrió mirando a Divea a los ojos y le preguntó:
-¿Sabes de memoria la fórmula del segundo de los siete elixires excepcionales?
-Sí.
-Magnífico. En cuanto terminemos lo que vamos a hacer ahora, irás con mi bardo al taller, donde te encerrarás a solas y lo prepararás. Él te aguardará en la puerta., pero no tendrás que llamarlo para pedirle ingredientes, porque allí tienes todo lo necesario. Antes de ir, ven primero conmigo junto a ese pobre muchacho. Debemos ayudarle a beber completo el elixir de este frasco.
A Divea se le aceleró el corazón mientras un nudo de llano y desolación oprimía su garganta. En el rostro lívido de Alban se habían desparramado los peores presagios.
38
El resto de la noche lo recordaba Divea coloreado por la pátina de un sueño, porque todo en el bosque de Onix estaba revestido de tintes prodigiosos. A ella misma le maravilló el tino con que compuso el elixir al primer intento, y a partir del acierto se sintió como si flotase sobre las brisas y los aromas de la morada de los dioses. Taliesin lo olió y asintió con aprobación cuando le entregó el preparado en el centro del nementone. Con expresión muy complacida, el druida tomó su mano para acercarse a Alban, indicó a una sacerdotisa que le forzara la boca para mantenerla abierta y le obligaron a beber todo el elixir, juntas en el borde del cuenco las manos de Taliesin y Divea.
A partir de ese momento, dio la impresión de que los astures olvidaran al moribundo, puesto que todos se agruparon en el centro del claro incluidas las cuatro sacerdotisas que habían estado atendiéndolo. Siguieron inspiradas recitaciones del bardo, que llamó a Conall a su lado y le puso una lira en las manos, aunque el joven no fue capaz más que de marcar el ritmo. Continuaron mucho rato como si estuvieran festejando una boda o un natalicio, con música, relatos de leyendas antiguas y baile. Se mostraban tan jaraneros, que no parecía preocuparles lo que, de ocurrir, sería prácticamente una resurrección.
Lo más chocante, tanto para Divea como para Conall, fue cuando, en una pausa del baile, las cuatro sacerdotisas se desnudaron completamente para pasar a continuación varias veces frente a la concurrencia, observándolos a todos. Tras el escrutinio, cada una tomó a un hombre de la mano, siendo Fomoré uno de los elegidos. Los cuatro hombres fueron invitados a desnudarse también y los condujeron junto al cuerpo de Alban. Divea notó por vez primera el azoramiento de Fomoré, quien hasta ese momento le había parecido incapaz de asombro o rubor. Además, admiró la perfección de su cuerpo, que semejaba el legado de un héroe mitológico. Las cuatro parejas se arrodillaron en torno a Alban; permanecieron largo rato todos con las manos juntas, formando una rueda, y las cabezas bajas, murmurando invocaciones y plegarias a Brida, Belenus, Lugh y Dana, terminadas las cuales pasaron cada uno la mano por la frente del herido. Al final, salieron los ocho del claro y desaparecieron en la oscuridad total de la espesura de donde no volvieron hasta el amanecer. Divea tenía ganas de preguntar al druida por lo que estuviesen haciendo, puesto que las sacerdotisas tenían que permanecer vírgenes hasta la muerte y, descartado el amor, no conseguía imaginar qué otra cosa podían significar los emparejamientos, la desnudez y su prolongada ausencia.
Con las primeras luces, grupos de jóvenes introdujeron en el claro grandes banquetas, pesadas mesas, capazos de alimentos y ánforas de vino. Prepararon el festín con la soltura y la rapidez de quien lo hiciera con frecuencia. Taliesin llamó a Divea a su lado y, a su vez, el bardo indicó a Conall que se sentara junto él. Conall vio con desagrado que estaba demasiado lejos del druida como para oír lo que hablase con Divea, principalmente porque el bardo comenzó en seguida a explicarle lo que él consideraba que debía aprender, además de empeñarse en que le probara la armonía de su voz, sobre lo que el joven tenía dudas razonables y por ello aceptó cantar sólo al oído del bardo .
-¿Siempre dormís a los animales antes de sacrificarlos? –preguntó Divea.
-No –respondió Taliesin-. Sólo cuando no debe ser turbada la paz de un moribundo y es indispensable que Mercurio acepte el homenaje.
La respuesta angustió y tranquilizó a Divea al mismo tiempo. Le angustió que continuase llamando moribundo a Alban y le tranquilizó constatar que el clan de su bisabuelo no era tan bárbaro.
-¿Quién es Mercurio?
-Oh, muchacha, discúlpame. Hablo de nuestro gran Lugh. Desde que los romanos se lo apropiaron y lo llamaron Mercurio, muchos celtas se han acostumbrado a invocarlo con ese nombre y a veces hasta los druidas nos confundimos.
-¿Creéis que Alban morirá, gran druida?
Antes de responder, Taliesin desvió la mirada de su único ojo hacia el punto donde reposaba el joven.
-En este momento, puedo ya asegurarte que no.
Divea giró la cabeza hacia Alban, porque comprendió que el druida había detectado algún signo novedoso. El cuerpo del herido ya no se encontraba boca arriba; echado sobre su costado derecho, había adoptado una posición casi fetal, pero que se hubiera movido por sí mismo no era lo más llamativo. Su color era más sonrosado, la inflamación del brazo se había reducido y sus labios sonreían, seguramente a causa de un sueño placentero.
-¿Estáis seguro de que va a sobrevivir a heridas tan horribles, gran druida?
-Tranquilízate. Vivirá. ¿Le amas?
Divea bajó los ojos, sonrojada más por su irresolución que por un sentimiento que no tendría nada de censurable. Taliesin sonrió y no quiso azorarla más. Encontraba admirable el buen sentido y la profundidad de los conocimientos de quien todavía era una niña si sólo se la miraba, sin escucharla.
-El clan de Onix está maravillosamente vivo, gran druida –alabó Divea-. Me asombra vuestro vigor, vuestra alegría.
Taliesin apretó los labios.
-No te engañes, querida muchacha. La vida no es aquí tan plácida como crees. Vivimos acosados, Divea. Nos han ido empujando a lo más alto y remoto del bosque, y aún así, constantemente tenemos que repeler ataques, cada vez más feroces. Según mis noticias, sólo quedamos tres clanes en estas montañas, y eran diez en mi niñez. Llevamos más de un milenio perseguidos y masacrados, pero últimamente el fanatismo y la saña de nuestros enemigos se ha vuelto insoportable. Acechan con perversidad alevosa a las mujeres que se desplazan solas, para raptarlas y someterlas a humillaciones terribles antes de quemarlas en hogueras. Lo descorazonador es que la desgracia no nos alcanza solamente a tu clan y a los de estas tierras. ¿Ves aquel joven gálata, tan juguetón y sonriente?
Señalaba a un hombre de veinticinco años aproximadamente, con aspecto agradable.
-¿Qué significa esa palabra, gran druida?
-Gálata es el natural de Galacia, una tierra celta situada más allá de la Dacia, al sur del Mar Negro. También su clan ha sido exterminado.
Divea sintió arder sus mejillas, porque aunque no recordaba el gentilicio, había una vaga huella en su memoria del lugar nombrado; supuso que su bisabuelo le había descrito ese lejanísimo país. Al mismo tiempo, sintió enojo consigo misma. No debía ruborizarse con tanta frecuencia, porque ese defecto debilitaba la autoridad que debía transmitir un druida a todas horas. Se propuso aprender cuanto antes a dominar el rubor.
Taliesin llamó con una señal a un criado y le ordenó:
-Pide a Fergus que se acerque a comer con nosotros.
Habían distribuido los primeros alimentos, a excepción del druida y Divea, unos cestitos con frutas y nueces, y rebanadas de pan sobre las que iban colocando tajadas asadas del ciervo sacrificado la noche anterior. Mientras el criado obedecía la orden, les ofrecieron a Taliesin y la futura druidesa sendas bandejas plateadas, colmadas de frutos, pan y tajadas de carne. Tanto las bandejas como el contenido resultaban más distinguidos de lo que recibían los demás. También ofrecieron una bandeja igual al hombre que llegó a sentarse junto a ellos.
-Decidme, señor, en qué puedo serviros –preguntó el gálata con acento exótico y voz muy bien timbrada.
Divea sintió un leve estremecimiento que no supo explicarse. No era por el atractivo viril y potente de ese hombre de mirada traspasadora y sonrisa burlona; tampoco por la voz, que sonaba como había imaginado que sonaría la de los dioses. Su proximidad le hizo escuchar dentro de su cabeza un mensaje de la madre Dana, un aviso, pero no consiguió discernir si quería advertirle en su contra. También los dioses Bran y Ogmios trataban de hablarle, pero les entendía aún menos; hasta el mismísimo Lugh le señalaba al agraciado extranjero como si ella estuviera obligada a detectar en él algo que habría de temer o convenirle en el futuro. Supo que de nuevo tenía el cutis completamente rojo y bajó la cabeza procurando taparse con la lustrosa manzana que estaba a punto de morder, para que ni ese hombre extraordinario ni el druida se dieran cuenta.
-No es para mi servicio por lo que te he llamado –respondió el druida-, sino para el de esta dama que, como tú mismo puedes notar, lleva la marca de la madre Dana en la frente y pronto ha de convertirse en druidesa. Ha llegado hasta nosotros en la primera etapa de su viaje de iniciación y, por ello, estamos obligados a proporcionarle todo el conocimiento de que seamos poseedores. Por mi parte, querido Fergus, he comprobado a lo largo de la noche que es muy poco el saber que puedo transmitirle, porque ella conoce ya casi todo cuanto necesita sobre atributos de los dioses, ritos, elixires, plegarias e invocaciones. Por todo ello, que tú te encuentre entre nosotros representa una gran ventaja, porque a la formación druídica de Divea le beneficiará también saber de países lejanos y sus vicisitudes.
39
-Salí a pescar solo aquel día –narró el gálata-, porque nada anunciaba que pudiésemos sufrir un ataque. Más de cien generaciones llevábamos cohabitando con Bizancio sin dificultades insuperables. Sólo de vez en cuando teníamos algún percance o un desencuentro con poblados vecinos, y era más por cuestiones pecuniarias que por persecución religiosa. Es sabido en todo el orbe que Bizancio se ha vuelto muy disoluto y a sus poderosos no les preocupa demasiado la defensa de la ortodoxia cristiana ni hacen proselitismo en las tierras que domina su emperador. Pero todo se está desmoronando últimamente. Creedme si os digo que el Imperio Bizantino agoniza.
-¿También hay allí peregrinos de la cruz? –preguntó Divea.
-Sí, pero no son ellos los que hacen desmoronarse la autoridad de Bizancio. Ni siquiera a nosotros nos atacan, porque llevamos muchas generaciones conviviendo no sólo en mi bosque, sino también en la Capadocia, que debe ser el lugar del mundo con mayor concentración de cenobios cristianos. El problema llegó de Oriente. Son hombres de aspecto cetrino, desmujerados, que luchan artera y subrepticiamente por apoderarse de Bizancio y del orbe. Por aquellas tierras, llevan dos o tres generaciones ganando poco a poco terreno. Ellos dicen que su dios les exige expandir su religión por todo el mundo, y afirman que para ese dios es lícito que maten al que no quiera adorarle. Por tal razón, es la gente más temible de la que jamás he sabido. Todos los que asolan esas tierras son hombres y a donde llegan, raptan a las mujeres para vejarlas, usarlas y humillarlas, y luego las matan sin compasión ni sentimiento de culpa, porque consideran que las mujeres no tienen alma. Salí aquel día a pescar en el río Halys y nunca lo hubiera hecho, aunque estar ausente de nuestro bosque me salvó la vida –Fergus suspiró-. A cambio, perdí la vida de mis padres y la de mi hermana. Cuando volví al poblado, el bosque ardía y tuve que huir y ocultarme de los cetrinos desmujerados que habían prendido el fuego. Vagué a partir de entonces más de un año. Sabed que Bizancio domina un reino muy extenso; lo descubrí por el tiempo tan prolongado que me tomó encontrar la capital. Una vez allí, y habiendo convivido con ellos tres lunas, comprendí con desconsuelo que jamás sería aceptado por los cristianos y que no conseguiría adaptarme a sus costumbres. Surgió entonces en mi mente la idea de descubrir si eran verdad dos de nuestras principales leyendas celtas. La primera, el Camino al Fin de la Tierra. La segunda, Hibernia, el reino donde los celtas son libres, felices y poderosos. Pero había perdido mis pertenencias en la casa incendiada de mis padres y no tenía nada, ni siquiera información sobre dónde podían estar esos lugares. Y la única ciencia que yo dominaba era la navegación. Dado que el mar en Bizancio es como un río, no sospeché al principio lo diferente que es gobernar un navío en mar abierto. Y no tuve otra ocurrencia que robarles un dromon.
-¿Qué es eso? –preguntó Divea, disimulando su escándalo por el robo.
-Un navío muy grande, la invención más importante de Bizancio, que domina toda la mitad oriental del Mar del Centro de la Tierra gracias a los dromones. Los hay tan inmensos, que necesitan hasta doscientos remeros y llevan dos velas latinas, pero en los más corrientes van unos sesenta remeros con un mástil y, por lo tanto, con una sola vela triangular que es muy pesada e ingobernable. El que yo robé sólo necesitaría veinticuatro remeros y otros diez tripulantes más. Imaginad la ayuda que han tenido que prestarme Lugh y la madre Dana para que yo consiguiera navegar solo. Ignoro cómo me fue posible llegar hasta aquí, porque el mar es el mundo más traicionero y proceloso que existe. Nada hay seguro sobre el mar, podéis jurarlo. Vine caboteando, a merced de los vientos por no disponer de remeros, sin acercarme jamás a los puertos habitados, buscando celtas que pudieran orientarme. Después de penalidades que no os cuento por no haceros sufrir, varé el navío en esta tierra astur por error, porque calculé mal el punto donde la Tierra acaba. Tuve la suerte de encontraros a vos, Taliesin, y a vuestro pueblo, pero, como sabéis, ya he desistido dos veces de recorrer el Camino al Fin de la Tierra porque he visto lo sumamente peligroso que se ha vuelto con tantos peregrinos de la cruz, tan diferentes de los bizantinos. Descartado recorrer el Camino, debería seguir viaje a Hibernia, pero no acabo de decidirme. He comprobado con graves quebrantos que pasadas las Columnas de Hércules, el mar es todavía más espantoso y sé que necesitaría una tripulación que me ayudase a continuar. Supongo que mi dromon seguirá intacto, porque conseguí guardarlo en una playa muy recoleta y aislada por grandes acantilados, pero no acabo de decidirme a reemprender viaje, aunque no debería tardar en hacerlo.
En la mente de Divea comenzó a brillar una luz muy lejana e imprecisa. Sospechó que estaba a punto de entender el aviso de la madre Dana. Y el de Lugh.
40
Habiendo pasado la noche en vela, lo que se juntó al cansancio del viaje, tanto Divea como Conall durmieron gran parte del día. Cuando despertaron a media tarde, a la futura druidesa le dio el corazón un brinco. Alban estaba sentado en el sagrado círculo de piedra, conversando con Fomoré, Fergus y Taliesin. También a Conall le saltó el corazón, pero no de alegría. Divea corrió hacia el cuarteto.
-¡Alban –exclamó-, gracias y honor a nuestra madre Dana!
De cerca, notó lo profundas que eran las ojeras del cadete y la palidez cenicienta que aún cubría su rostro. Parecía uno de los muertos vivientes de las leyendas y aunque lo veía gesticular y casi sonreír, le costaba creer que estuviese vivo de un modo natural porque acudían a su memoria antiguas y terroríficas fábulas sobre conjuros infernales de ciertos druidas malvados, pervertidos por sus ambiciones, que habían renegado de Dana y Lugh para someterse al dominio absoluto y excluyente de Gundestrum, la diosa de la muerte y la venganza.
-Creo que la gloriosa Dana ha debido de necesitar mucha ayuda –respondió Alban, cuyo humor era mejor que su aspecto aunque la voz chirriaba como si no fuese humana-, porque he visitado las profundidades de la morada de Gusdestrun.
Divea sintió un escalofrío. Los muertos vivientes de las leyendas jamás reconocerían el dominio de Gundestrun y ni siquiera la mencionarían, pero en el fondo de su espíritu algo le inclinaba a permanecer en guardia ante Alban; se sobrepuso evocando los sonrojos y los pellizcos en el corazón, en su bosque del castro hasta pocas lunas antes, cada vez que se cruzaba con él.
-¿Hablas verdad? –preguntó a punto de gemir.
-Si, Divea. He visto la cara de todos los muertos de nuestro clan que conocí en vida. Ha sido peor que la peor pesadilla. En la próxima batalla, querría antes morir que volver a pasar por una experiencia igual. Ya sé que ahora debo mi vida a muchos y en primer lugar a este nuevo amigo, Fomoré, que tan esquivo resultó todas las veces que traté de encontrarlo cuando descubrí que alguien nos seguía. Pero asegura nuestro anfitrión el gran druida Taliesin que sobre todo te debo la vida a ti.
La voz chirriante del cadete flaqueaba en falsetes a causa de la debilidad y los jadeos, pero la última frase sonó con un énfasis muy especial. Volvió el rubor al rostro de Divea, lo que ya había llegado a considerar un problema serio. Fergus detectó al instante el azoramiento de la muchacha y se compadeció. Decidió ayudarla preguntándole:
-¿No te pesa la responsabilidad de haber sido elegida futura druidesa?
-Oh, sí. Mucho.
-Pero tiene el toque de la diosa –afirmó Alban, ufano y alzando el hombro, que todavía presentaba visos amoratados-. ¿Hablas de ese peso por su juventud o porque es mujer?
Desesperada en busca de argumentos en defensa de Alban contra la sombra importuna del fondo de su espíritu, Divea sintió ahora que él estaba defendiéndola y que, por lo tanto, esa sombra era absurda.
-Había oído leyendas de druidesas que moraban en el río originario de los celtas –repuso Fergus-, allí donde dicen que late el corazón de Europa, pero nunca conocí a ninguna. Mujeres druidas no son imaginables en Galacia, pues en Bizancio y los países de su imperio los hombres se reservan la supremacía y hasta existen lugares sagrados, como Athos, donde se prohíbe la entrada de mujeres y no sólo eso; tampoco permiten entrar a los animales hembra. Ese viaje de iniciación que dices que acabas de empezar, y del que todos hablan aquí, ¿dónde debería culminar?
-En Hibernia.
Fergus sonrió de un modo que todos hallaron cautivador, a excepción de Conall, cuya expresión mostraba la alarma que el gálata le inspiraba.
-Entonces, los dioses han querido unirnos –afirmó Fegus con alegría. Tenía un modo ampuloso de gesticular que a todos seducía, ya que añadía exuberancia a sus gracias físicas-. Mi destino final también es Hibernia. Hemos de hablar sobre la conveniencia de hacer juntos ese viaje.
-No creo que nuestro gran druida Galaaz lo aprobase –opuso Conall con tono ronco y aprensión que Divea detectó.
La tez del futuro bardo había palidecido. No se le ocurría el medio de librarse de Fomoré para sentirse libre de llevar adelante su plan, y ahora podía sumarse otro obstáculo más.
-Mi bisabuelo –Divea recalcó la palabra mirando a Conall a los ojos- nos detalló las tierras que ambos hemos de visitar, tú para alcanzar la condición de bardo o íntimo y yo, la de druidesa. Pero nunca señaló los medios para llegar a ellas ni nos prohibió ninguno.
Conall bajó la mirada, pero su percho ardía. Divea preguntó a Fergus:
-¿Si viajásemos en tu navío, irías directamente a Hibernia?
-No –respondió Fergus-. Es muy peligroso navegar en grandes mares abiertos y yo sólo sé hacerlo de cabotaje. Si he entendido bien vuestra descripción –se dirigía al druida Taliesin-, antes de Hibernia se encuentra Anglia y antes, la Galia, ¿no es así?
-Exacto –respondió Taliesin y añadió dirigiéndose a Divea: -Precisamente, son ésas las tierras donde que me dijiste anoche que tu druida te ordenó buscar la sabiduría.
-Así es señor. ¿Y sería más rápido viajar en el navío que en la carreta?
Divea había comprendido por fin el aviso de la diosa.
-Mucho más rápido –repuso el druida, aunque la pregunta se dirigía a Fergus-. Ese navío puede ser para ti y tus compañeros como la vaca de cinco patas.
Los forasteros miraron al druida, interrogantes. Taliesin continuó:
-Se cuenta por estas tierras que, hace millares de años, los primeros fundadores celtas perdieron toda noción del paisaje porque los cubría una niebla tan espesa que no podían ver ni sus propias manos. Se encontraban desesperados, temerosos de toparse con monstruos de los que no podrían huir porque no serían capaces de verlos, y sin poder tomar decisión de dónde fundar su poblado. De pronto, escucharon el sonido de un cencerro que se acercaba y, poco a poco, fue surgiendo de la niebla una vaca con cinco patas. Sin hablar, les indicó claramente que se agarrasen a su rabo y de tal modo les condujo a un maravilloso lugar donde organizar un hogar ideal para el clan. El navío de Fergus es vuestra vaca de cinco patas.
-Entonces, hemos de viajar juntos –afirmó Divea.
-Espero que me permitáis ir con vosotros –dijo Fomoré.
Conall tenía los ojos desorbitados y miraba en torno como si buscase la orilla en un mar agitado por la tempestad.
-Gran druida Taliesin –Divea inclinó la cabeza-, ¿podéis indicarme qué más he de hacer para que esta etapa del viaje se considere cumplida?
-Ya te he dicho que no veo que yo pueda enseñarte más de lo que sabes. Quien te instruyó, lo hizo muy bien. Entre los clanes astures solamente te falta dialogar con la diosa en un venero, entregar tus secretos a un pozo y bañarte con las xanas para tu purificación. Todo ello, podrás hacerlo en lugares muy cercanos a este bosque, pero hemos de esperar a que este muchacho acabe de sanar del todo, porque tienes que viajar bien protegida contra las acechanzas de los peregrinos de la cruz. Necesitarás ir en la carreta y te acompañarán dos de mis sacerdotisas, que señalarán los caminos.
-Mañana estaré dispuesto para partir con ella –aseguró jactanciosamente Alban.
41
Alarmado por la vehemencia de Alban y considerando que necesitaba más reposo, Taliesin no les autorizó a partir hasta tres días más tarde.
La medianoche anterior, celebraron un ritual en que participaron los expedicionarios y nadie más: Divea, Conall, Alban, Fomoré, Fergus y las dos sacerdotisas, sentados en el círculo de piedra. Al contarlos, comprendió la futura druidesa por qué le asignaba Taliesin dos sacerdotisas cuando bastaría con una para indicarles el camino. El druida quería redondear el sagrado número siete. Todos bebieron el quinto de los elixires excepcionales y permanecieron mucho tiempo en recogimiento absoluto, pidiendo inspiración a los dioses.
A punto de emprender viaje, Taliesin encabezó el desfile hasta el lugar donde la carreta aguardaba. Todos los bultos necesarios para el viaje, mantos y alimentos principalmente, eran portados por sirvientes, pues los siete viajeros, a quienes se les había vestido de oscuro para pasar inadvertidos, se desplazaban con la cabeza gacha y las manos entrelazadas por indicación del druida.
Cuando estaban a punto de partir, Taliesin ofreció un caballo a Fergus, aconsejándole que vigilase siempre un flanco mientras Alban guardaba el otro, también a caballo. Las dos sacerdotisas llevaban sus propias monturas.
Partieron al amanecer. Divea, sentada junto a Conall en el pescante. Fomoré en la trasera, con las piernas colgando sobre el estribo. Las dos sacerdotisas al frente de la comitiva y los dos escuderos, a los lados de la carreta. El druida había ordenado que a todos los varones se les proveyese de equipamiento abundante de armas. Por tanto, a excepción de Conall, que por su aprendizaje de bardo le estaba prohibido, los hombres iban armados con lanza, machete, puñal al cinto, arco y tahalí con carcaj en la espalda, y hermosos escudos redondos celtas de metal labrado y pulimentado.
El viaje no fue demasiado largo y llegaron a su destino sin contratiempos.
Cuando el Sol brillaba ya en toda su plenitud, se detuvo la comitiva en un punto que señalaron las sacerdotisas, el fondo de una quebrada rodeada de laderas muy empinadas y, aún así, cubiertas de abundante vegetación. Los helechos llegaban colgar a causa de la verticalidad del lugar donde brotaban y eran la planta más abundante y visible, pero en las anfractuosidades de esas paredes vivían muchas otras especies, desde las turberas que envolvían las balsas del río, hasta grandes brezales y rocas hermosamente tapizadas de musgo. En la parte superior de las dos laderas más próximas podían verse en abundancia fresnos, arces, hayas y abedules. Daba la impresión de que el hombre no hubiera tocado ni alterado esa floresta desde el origen del tiempo.
Después de acampar los hombres en un pequeño meandro del río, Divea fue conducida por las dos sacerdotisas a un manantial de agua caliente. Una vez que localizaron el punto exacto donde manaba el agua, la dejaron sola. Permaneció absorta en ese venero cubierto de vapor hasta el sol alto. Desde que abandonara su bosque del castro, había tenido momentos de vacilación, porque no sentía la presencia de la diosa. Ahora, advirtió en seguida que la estaba tocando, pero no en la frente tal como decían los de su clan, sino en los hombros. Notaba las manos divinas apoyadas en ellos, lo que le produjo una parálisis que no era desagradable; no conseguía moverse, pero no deseaba hacerlo. Las palabras de la madre Dana brotaban en su pensamiento con claridad. Debía vigilar a Conall pero se le prohibía prescindir de él. Fergus podía salvarle la vida. Fomoré podía convertirla en druidesa. A Alban, extrañamente, la diosa no le atribuía ninguna misión o había olvidado mencionarlo, lo cual no tenía sentido puesto que era su principal protector. Divea no pudo evitar volver a sentir un escalofrío. En el momento que notó que sus miembros recuperaban el movimiento, supo con seguridad total y con desolación que no volvería a ver al gran druida Taliesin. Por último, volvió a oír la orden de que jamás olvidara las tres claves del conocimiento, saber, osar y callar.
Como si hubieran sido invocadas, las sacerdotisas supieron que Divea había terminado y se aproximaron a ella; tomándola de ambas manos, la condujeron a la boca de un pozo muy profundo y volvieron a apartarse.
Era demasiado joven para tener muchos secretos, de modo que sólo le tomó un momento echarlos al pozo. Pese a la levedad de sus culpas, oyó que se precipitaban por la profunda sima como grandes piedras. Sin esperar a que las sacerdotisas llegasen, acudió a su encuentro.
-¿Dónde debo tomar el baño purificador con vuestras xanas?
-Es aquí cerca –respondió la más joven, llamada Nuadú-, pero nosotras sólo podemos mostrarte la poza de lejos. Se nos prohíbe acercarnos a la orilla.
-Me gustaría bañarme con vosotras, pues tengo aún muchas preguntas que hacer. ¿Qué puede ocurriros si desobedecéis la prohibición?
-Ignoramos cuántas xanas moran en esa poza, pero sabemos de una que es terriblemente celosa. Acepta que los hombres entren en su morada y también una niña, como tú, que sea pura y posea el conocimiento de los veintiún elixires sagrados, incluidos los siete que son patrimonio exclusivo de los druidas. Pero no quieren a mujeres adultas como nosotras, porque creen que venimos a apoderarnos de su casa. Por consiguiente, no podemos acercarnos.
Sin más explicaciones, Nuadú señaló una hermosísima laguna escondida bajo las frondosas copas de castaños, olmos, sauces y densos matorrales y arbustos. El espejo del agua se enmarcaba en una tupida alfombra de nenúfares en la mayor parte del contorno y en grandes áreas de la superficie.
En el momento de desnudarse del todo aunque sin desprenderse del frasquito colgado de su cuello, y mientras saltaba al agua, Divea supo que algo prodigioso iba a ocurrirle a su cuerpo durante ese baño. No consiguió imaginar el qué, pero sí notó que avanzaba por sus venas una especie de fuego que no quemaba, mientras el corazón lentificaba sus latidos que se volvieron firmes como martillazos en la fragua. Súbitamente, la Divea con quien había convivido desde su nacimiento era otra, aunque no supiera quién. Pero ya no era la misma. Igual que un torrente interior, fueron cayendo convicciones absolutas sobre su espíritu: jamás volvería a dudar, jamás volvería a tener miedo y jamás vacilaría al tomar decisiones. Ante tanta claridad y firmeza, anheló conocer el porqué de que la diosa no le hubiera mostrado en el venero el destino de Alban a su lado. Preguntó a la catarata que sentía deslizarse por el fondo de su pecho y sólo encontró el eco del vacío. Alban no estaba incluido en su porvenir. Hasta el día anterior, esta noticia le habría partido el corazón; ahora la recibió sin resignación ni acatamiento. La nueva Divea se respondió a sí misma que cuando hubiera de dilucidar cualquier cuestión relacionada con Alban, debería actuar no con pasión o sentimientos, sino con el tino y la sabiduría de una druidesa. Y así lo haría.
Mientras retozaba en el agua, tibia por la cercanía del manantial, Divea consideró que si la xana era tan celosa como Nuadú aseguraba, también era sigilosa, pues no sintió su presencia en ningún momento. Sí notó otras presencias cercanas en el fondo del agua, pero ninguna era hostil. Hasta percibió que en ocasiones le rozaban los pies como si quisieran transmitirle seguridad y confianza.
De pronto, resonó una música muy triste en su cabeza, tan melancólica como la última canción que había escuchado de los labios del bardo Tito. La diosa le apremiaba para que se uniera a las sacerdotisas y, en seguida, corrieran las tres hacia los hombres que aguardaban.
Cuando llegaron al meandro que albergaba el pequeño campamento, vio que Fomoré se apresuraba a apagar el fuego con los pies mientras Fergus echaba tierra por encima. Alban, sobre el caballo, estiraba el cuello y miraba con expresión seria hacia la parte baja de la quebrada, por donde se abría al valle. Mientras, Conall rehacía deprisa las ataduras de los bultos y los cargaba en la carreta.
-A pesar de lo lejos que estamos del camino principal –dijo Alban-, hemos escuchado un tropel de gente que bajaba con dirección al bosque. Por el ruido, creo que eran guerreros.
-A mí me han sonado como los ejércitos de cetrinos desmujerados –comentó Fergus.
Divea recordó el anuncio de la diosa en relación con Taliesin. No sintió angustia ni dolor como habría sido normal hasta poco antes, sino la necesidad de acudir a aportar lo que estuviese en su mano, porque esa advertencia le revelaba que habría mucha gente sufriendo dentro de pocos momentos.
-Corramos tras ellos –dijo con impaciencia y un sollozo en la garganta que no permitiría que apareciese en sus ojos.
-Nos masacrarían, Divea –opuso Fomoré.
-¿Teméis que ataquen nuestro bosque? –preguntó la sacerdotisa Nuadú. Notando el asentimiento, añadió: -Pues no debéis agorar males para mi clan, porque los guerreros de Onix son los más feroces y valientes del mundo. Llevamos muchas generaciones sin que ningún ejército consiga vencernos, y esos hombres lo intentan cada año.
-Vayamos entonces –dijo Divea-. Siendo así, no tenemos nada que temer.
-Vayamos –aceptó Alban-, pero muy lentamente. Ahora, las dos sacerdotisas no encabezarán el cortejo, sino que viajarán en retaguardia porque seremos Fergus y yo quienes vayamos al frente. En marcha.
Divisaron el fuego mucho antes de llegar al bosque de Onix.
42
Pocas cosas podían doler más a un celta que ver arder un bosque, salvo la pérdida de seres queridos. Y si el fuego era apocalíptico y ocasionaba la desbandada masiva de animales aterrorizados, el dolor se desbordaba en desconsuelo. Veían correr los osos gruñendo con desesperación y la estampía de ciervos bramando con voces casi humanas, y se les rompía el corazón. La mayor parte del paisaje era un mar de llamas, cuya intensa luz se reflejaba en las nubes perezosas del atardecer primaveral. Parecía que los dioses, furiosos, hubieran decidido exterminar la vida de la Tierra.
Parados en un altozano hasta el que llegaban vaharadas de aire caliente como el de un horno, todos lloraban a excepción de Divea. Permanecía demasiado absorta en calcular las posibilidades que el clan de Tiliesin tuviese de sobrevivir a la catástrofe, y en prever lo que a ella le correspondería hacer en cualquier caso.
-Nuadú –llamó a la sacerdotisa-, ¿consideras posible que los tuyos hayan tenido ocasión de salvarse?
El llanto impedía a Nuadú responder. Divea se dirigió a la otra sacerdotisa:
-Acércate, Dagda. No conozco a fondo tu bosque, como sabes, e ignoro qué ubicación tendría vuestro poblado en relación con las comarcas de alrededor.
-Vivíamos en lo más recóndito, Divea. Como te explicó nuestro gran druida Taliesin, los celtas venimos sufriendo acoso hace muchas generaciones, y por ello fuimos refugiándonos donde más difícil era dar con nosotros, lejos de los caminos, del curso sagrado de los ríos y de los miradores donde pudiéramos ver o ser vistos. Si recuerdas nuestro nementone y lo tortuoso que fue abandonarlo, comprenderás que no puede haber en un bosque un lugar menos visible ni menos accesible. Sólo a pie o en caballo es posible llegar y encontrarlo, y únicamente si conoces muy bien el camino.
-Entonces, ¿no han tenido tiempo de huir?
Ahora fue Dagda la que se echó a llorar. Negó con la cabeza.
-Pero alguna posibilidad tendrán –protestó Alban, consciente de que Taliesin no sólo le había salvado la vida, sino que se la había regalado cuando apenas le quedaba- Es un pueblo demasiado hermoso y bueno como para ser exterminado y desaparecer en el olvido.
-No creo que haya sobrevivido ninguno –dijo Conall, cuyo humor ninguno de los presentes era capaz de calificar a pesar de las lágrimas que manaban de sus ojos.
-¿Por qué lo afirmas tan rotundo? –preguntó Fomoré.
-Porque siento olor a carne quemada.
-Están muriendo millares y millares de animales abrasados –opuso Divea- ¿Cómo no va a oler a carne quemada?
Las dos sacerdotisas miraron a Divea como si esperasen de ella un milagro.
-Disculpa, Divea –dijo Conall-. Yo he olido dos veces el hedor de las piras donde queman a las mujeres celtas que ellos llaman brujas. El olor de la carne humana chamuscada no se olvida jamás.
-Si alguien te mirase algún día con esas intenciones... –Alban titubeó.
-¿Qué? –preguntó Divea, enternecida por el titubeo del enorme muchacho.
-Ese individuo no podría volver a mirar a nadie nunca más, aunque yo muriese con él.
Divea inspiró hondo. Ignoraba cuál sería el destino que la diosa reservaba a Alban, y ello profundizaba mucho más la gratitud que su devoción y afecto le inspiraban. Tendría que haberse ruborizado, pero se dio cuenta de que no sucedía. Comprendió que ya no volvería a ocurrirle jamás.
Los siete guardaron silencio durante un largo rato. El desconcierto y el dolor no vencían la fascinación del resplandor. Comenzaba a anochecer, y por contraste, el incendio iba refulgiendo cada vez más, hasta que llegó a parecer imposible que existiera algo más en el mundo.
-Voy a cabalgar por este lado –Fergus señaló con voz muy ronca una suave ladera situada a la izquierda del mar de fuego-, a ver si logro ver a alguien. Este pueblo me acogió y agasajó como un hijo muy querido, y siento que se me retuercen las entrañas con la idea de no volver a estar con ellos.
Sin añadir nada más, puso el caballo a galope y se perdió de vista.
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